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Run, Hernanii, run!

20 06 2006 - 01:23

En su amable refutación de mi crítica publicada en elamante.com, Hernanii reconoce hasta cierto punto haber dicho una insensatez. Su afirmación de que la “Argentina reconciliada” se había expresado a través de los pies de Saviola y Messi habría sido producto de la excitación y el entusiasmo fuera de control. A la pregunta natural de porqué ese entusiasmo no se había expresado con una bravata futbolística sino por semejante aserto sociológico la respuesta parece devolvernos la culpa a Quintín y a mí quienes, en las páginas de El Amante, habríamos cometido las mismas extrapolaciones con las películas. En el medio sugiere que mi afirmación respecto de que no tengo especial predilección por el equipo argentino no puede ser cierta. Vamos por partes.

Me resulta un poco ridículo reseñar las diferencias entre una película y un partido de fútbol pero el estilo de discusión de Hernanii nos lleva a ese impensado lugar. Como precursora de su relación entre el partido del viernes y la suerte del país cita una nota de Quintín que refería a Forrest Gump. Cualquier película, hasta la más pasatista, establece con el mundo una relación fuerte; por lo menos mucho más fuerte que la que puede tener un partido de fútbol, encerrado en sus reglas preestablecidas y sus 23 voluntades enfrentadas (sumo al referí, claro). El fútbol tiene una lógica interna muy poderosa y cerrada en sí misma. Esa es una de las claves de su éxito, al menos en lo que a mí respecta: durante los 90 minutos de juego me olvido de la enfermedad y la muerte, de los gobiernos y la economía. Las películas, en cambio, refieren al mundo exterior de una manera incontestable. El caso de Forrest Gump, para colmo, es mucho más extremo: la materia misma de la película son las circunstancias históricas que los EE.UU. atravesaron desde la década del 60. A diferencia de lo que sucede en un partido, el caos apenas ordenado por la figura de un árbitro, en una película suele haber una mirada personal rectora, que se expresa a través de las imágenes. En este caso particular, Forrest Gump, casi diría que es imposible no hablar de la película en términos de “conservador” y “reaccionario”. Contra lo que recuerda Hernanii, lo que Quintín intentaba en esa nota era trascender los estrechos límites de análisis de la corrección política. Pero más allá del contenido puntual (la cita era de memoria, sin el texto a mano), no queda claro cómo aquel análisis de la película de Zemeckis podría justificar una relación entre los 25 pases antes del gol de Cambiasso y la Argentina kirchnerista. Sinceramente creo que el peso de la prueba no recae sobre mí.

A esa objeción de principios le agregaría otra pragmática. Siempre que se sacaron conclusiones políticas a partir del fútbol como juego se dijeron tonterías o cosas siniestras (en general, ambas cosas a la vez). Para no usar el remanido ejemplo de la dictadura y el Mundial me referí en aquella nota a una circunstancia mucho más trivial, la de un olvidado partido de eliminatoria y el entusiasmo que éste provocó en el Dr. Grondona. No para mancharlo a Hernanii por asociación con el conductor de Hora Clave sino para recordar como cada uno de esos ejercicios se hace humo en cuestión de días, habitualmente hasta que llega el siguiente partido. El fútbol siempre da revanchas, dicen, lo que significa que todo es efímero: triunfos, derrotas y la teoría sobre la Argentina que se haya construido sobre ellos. Las conclusiones sociológicas a partir del fútbol venían en cero y no fue la teoría de la Argentina reconciliada la que abrió el marcador.

Por último quiero aclarar algo del orden de lo personal. Hernanii no imagina un espectador de fútbol al cual le importen más los jugadores que la camiseta que visten. No cree una afirmación mía en tal sentido y dice:

“que le dé casi lo mismo que gane Argentina o cualquier otro equipo que “genere belleza” es el típico argumento de laboratorio que en los hechos no se cumple: siempre llega el momento del grito de gol desesperado e inexplicable.”

Como aclaré en la nota, el mayor conocimiento de los jugadores argentinos determina mis simpatías en forma más determinante que en otros casos (aunque con la televisación globalizada hasta ese sesgo estoy perdiendo, encariñándome con Henry y Ronaldinho tanto como con Riquelme y Aimar). Lo cierto es que he hinchado a menudo por otros países jugando contra Argentina (partidos del 78, todo el 82, parte del 86, todo el 90, nada del 94 y todo el 98, alcanzando una cierta neutralidad en 2002). Como hincha de River migré a Vélez en el año 82 para poder verlo al Beto Alonso y años antes había seguido la campaña de Gimnasia porque jugaba la versión más loca y creativa del Loco Gatti. Y para terminar esta relación de supuestas traiciones incluyendo al autor de la crítica de Forrest Gump, el día más feliz de mi relación con Quintín probablemente haya sido aquel en que Colombia le hizo cinco goles a la Argentina. Lo vimos juntos, en el departamento de su madre, en el medio de un cierre de El Amante. Nos pareció una jornada hermosa para el fútbol. Y eso que el equipo de Basile no nos caía para nada mal, eh.

Hernanii dice que los que nos resistimos a ver en el fútbol algo más allá del fútbol nos perdemos algo. Y yo creo que es exactamente al revés, los que le cargan a los jugadores responsabilidades y representaciones más allá de sus posibilidades y conocimiento se están perdiendo la esencia del deporte más bello del mundo.


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Del mismo autor:
El Síndrome Benito
Fútbol y Dictadura (low-key)