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Hernanii Mundial #9

21 06 2006 - 22:08

Esta tarde, en un momento del segundo tiempo de Argentina-Holanda, mientras los argentinos empezaban a perder el entusiasmo y los holandeses intentaban hacer un último esfuerzo por no parecer de vacaciones, me di cuenta de a qué me estaba haciendo acordar el partido: parecía un amistoso, uno de esos semi-relevantes partidos lejos de los Mundiales en los que los técnicos prueban jugadores y que nosotros analizamos con lupa para ver cómo afectarán esos 90 minutos a lo que importa de verdad, el Mundial siguiente. Hoy estábamos en el Mundial y el partido no podía sacarse de encima esa chatura de quien está pensando más en el futuro que en el presente. No es culpa de nadie, probablemente haya sido lo más sensato guardarse jugadores, piernas y expectativas para el sábado, pero para aquellos muchos que esperamos cuatro años a que lleguen estas semanitas intensas, rifar así un partido, perder un día de adrenalina –que, para peor, se suma al semi-embole de ayer— es un poco decepcionante.

Fue un partido, entonces, del que no se pueden sacar muchas conclusiones, salvo que, para mí, el gran ganador del día ha sido Pekerman: encontró un momento perfecto para darle el gusto a la tribuna, puso a Tévez y a Messi desde el principio y ninguno de los dos lo complicó con una actuación sobresaliente, por lo que Pekerman podrá poner a Crespo y a Saviola contra México con las fieras ya más tranquilas y menos pedigüeñas.

Hoy jugamos con cuatro centrales en el fondo. Corríjanme si me equivoco, pero creo que desde el debut de Argentina en México 86, contra Corea, cuando jugaron Clausen por la derecha y Garré por la izquierda, que Argentina no pone en la cancha dos laterales de verdad jugando de laterales. El resto de aquel Mundial fue defensa de tres, lo mismo que el siguiente. En USA 94 jugamos con cuatro en el fondo, pero Basile quiso compensar y puso, como hoy, cuatro centrales, con Sensini y Chamot por los costados: sacando algunas escapadas rápidas pero algo torpes de Chamot, el experimento fue bastante malo. En Francia volvimos a los tres en el fondo (Vivas-Ayala-Chamot, la más habitual), lo mismo que en Corea-Japón (¡Pochettino-Samuel-Placente!). Ahora tenemos cuatro otra vez en el fondo, pero hoy fueron todos centrales: Coloccini sufrió un poco al colorado Kuyt, pero Cufré se las arregló bastante bien, quizás porque últimamente ha jugado bastante de lateral, según dicen quienes tienen el coraje de seguir el calcio de cerca. ¿Qué deben pensar los laterales que todavía siguen saliendo de las inferiores de los equipos argentinos? ¿Saben que no jugarán nunca en la selección? ¿O juegan de laterales porque quieren ser futbolistas y en ese puesto hay menos competencia?

Riquelme es un jugador fascinante. Hoy tuvo una primera media perfecta, daban ganas de aplaudir cada vez que tocaba la pelota o se rascaea la oreja, era igual: parecía controlar a todos sus compañeros y también a los holandeses. El partido se jugaba como él quería: dos trotes aburridos y de golpe, psssst, una puñalada al punto del penal. Después Riquelme y muchos otros jugadores, de ambos equipos, empezaron a perder interés en el partido y todo se hizo más fofo. Me pareció en un momento, de todas maneras, sobre todo en el segundo tiempo, que Riquelme no sólo elegía las jugadas porque le parecían las más apropiadas sino porque además enviaban un mensaje ideológico muy claro sobre su manera de jugar. Los gringos tienen una expresión muy buena: to make a statement, cuando alguien hace algo que es eso mismo pero además es una declaración de principios más amplia. Cada vez que toca la pelota, Riquelme no sólo está influyendo en esa jugada específica, sino que también está diciendo que él juega así y que es así cómo se debe jugar. Cuando un central pega una patada en el primer minuto, no sólo está cortando un movimiento concreto, sino que también le está diciendo al delantero rival que con él no se jode. Los statements tienen el problema de que se pueden convertir en un fin en sí mismo: esta tarde, como también en algún momento del segundo tiempo del partido contra los marfileños, me pareció que Riquelme elegía frenar una jugada con potencial de peligro sólo por el hecho de que todos sepamos que el que manda es él, que a él le gusta la lentitud y que el equipo va a moverse a su ritmo hoy, el sábado y hasta donde llegue Argentina. Es fabuloso que un jugador tenga tanta confianza en sí mismo y tenga tan clara su posición ideológica en el mundo del fútbol. Existe el riesgo de que el statement se convierta en un manierismo, porque los statements son un poco como el cuento ese del pibe que se la pasa anunciando la llegada del lobo: al final no te cree nadie, y a nosotros nos gusta Riquelme por cómo juega y por su filosofía, pero sobre todo por cómo juega. Hoy debió salir de la cancha quince minutos antes.

Messi es todo lo contrario: es, por ahora, la esponteidad total, el rayo de luz que va demasiado rápido como para poder verse a sí mismo. Si Riquelme ve los partidos y a sí mismo como si estuviera sentado en la tribuna, Messi juega siempre con cámara subjetiva: los ojos en la pelota, en los pies de los rivales y el sexto sentido diciéndole dónde están sus compañeros. Pero a toda velocidad: ni él mismo sabe cuánto puede dar o cuánto tiene que dar o qué cosas se supone que tiene que hacer para ser una estrella del torneo. En cada jugada empieza de cero, como si fuera el primer partido de su vida, y eso vuelve locos a sus rivales. Mientras hace esa gambetita facilona pero aparentemente imparable –casi siempre un enganche para adentro con la derecha—, Messi va pensando qué hacer con la jugada: cuando finalmente llega a una decisión, ya pasaron tres tipos de largo, pero él a veces está en el mismo lugar que al principio. Me parece que, como súper-turbo para la última media hora de cada partido, Messi puede haber encontrado su rol ideal en este equipo en las semanas que quedan.

Carlitos Tévez jugó bastante bien, fue el mejor del partido en un partido con pocas actuaciones esforzadas salvo la suya y la de Roberto Ayala, que se está tomando una revancha increíble de su ausencia en Corea-Japón. Cuando todos pierden la motivación, Tévez sigue dejándolo todo: un poco porque él es así, porque una de sus muchas cualidades es nunca creer que el destino de la jugada ya está decidido, y otro poco porque se sentía a prueba, sabía que en alguna medida se estaba jugando la cantidad de minutos con las que contará de acá en adelante. Sale reforzado del examen, aunque en algún momento pareció sobreactuar su compromiso con el partido, pegándole al arco un par de veces en las que pudo haberle dado la pelota a un compañero o insistiendo en querer resolver situaciones de uno contra tres a puro huevo.

Tenía pensado contestar hoy la paternal respuesta de Gustavo Noriega –no tengo mucho para decir, de todas maneras: sólo un par de contra-chicanas y aclaraciones— a mi respuesta a su respuesta a mi encendido panegírico argentinista post-goleada a Serbia, pero el sueño, la ya considerable extensión de esta nota y otra nota que tengo que escribir para mañana, por la que además me pagan, hacen que tenga que clausurar este acto en este mismo instante.


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