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Diario del Mundial # 16.2

24 06 2006 - 18:00

Sábado 24 de junio. 21.30 hs.

1. Si algo no quería era que México le ganara a la Argentina. La razón no es patriótica, sino de afinidad futbolística. Un equipo trabajó mucho tiempo (ese tiempo incluye a las selecciones juveniles de Pekerman) para armar un sistema de juego en el que los jugadores hábiles tengan cierta libertad y definan el resultado. Un equipo que confía en el talento de los jugadores (aunque también en su disciplina), sale a dominar los partidos y a ganar porque impone una circulación de la pelota y una profundidad en los avances que el contrario no puede detener. El otro equipo se dedica, en cambio, a cultivar el orden a rajatabla, a maniatar al contrario y tratar de sorprenderlo. No tiene estrellas, no tiene jugadores que valga la pena ver. Los más talentosos están bajo sospecha permanente del entrenador y no tienen nunca el puesto asegurado.

2. Equipos como México son difíciles de enfrentar y se dirá que ese es un mérito. Pero a los que pregonan las virtudes de ese modo de miseria deportiva les pregunto: ¿les gustaría ser hinchas de un equipo como el mexicano? Seguro que no. Uno no quiere un equipo así enfrente, pero tampoco con la camiseta propia. México es una garantía de sufrimiento, de sentimiento de inferioridad, de vivir a la búsqueda de un batacazo que nunca llega. México es un poco como Paraguay. Ha hecho un estilo de venir a los mundiales a especular, a sorprender a algún mediano, a perder en cuartos de final y seguir con eso de que “ahora al fútbol mexicano se lo respeta”. Hace años que clasifica y pierde en la segunda ronda. Ya es hora de que los mexicanos dejen de contratar autócratas como técnicos y surja una generación de jugadores que disfruten un poco del fútbol y a los que se les permita llevar el peso del partido y salir a ganar. Nadie se merece tener que ver todo el día la cara de matón amargado de Lavolpe y sus equivalentes. Si, al final, tanto cálculo táctico, tanta palabrería no conducen más que a la derrota en las circunstancias de siempre.

3. Sufrí mucho porque hoy los mexicanos estaban afilados. Su aspiración en el campeonato, después de clasificar gracias a la insólita mediocridad de sus compañeros de zona, se reducía a hacer un buen papel contra Argentina. Lavolpe sacó lo que tenía guardado: casualmente al juvenil Guardado, que hizo un gran despliegue, a Ramón Morales, un talentoso al que le dio por fin una oportunidad y a su goleador Borgetti, medio lesionado y todo. Salió a marcar con una gran tenacidad, puso una multitud en el medio pero también atacó por las puntas. Y confió en las jugadas preparada en cada tiro libre, en cada corner, su gran arma. Y con ella hizo un gol a los cinco minutos después de haberse apropiado del partido hasta ese momento.

4. A la Argentina se lo comieron los nervios. Aunque empató cuatro minutos después, sintió la presión del partido. La posibilidad de perder era una verdadera fuente de terror. Perder hubiera sido una auténtica catástrofe para este grupo humano: hoy, con una victoria, los cronistas ya están haciendo un festival del escarnio, desmereciendo las actuaciones anteriores, destilando miopía y rencor.

5. Si algunos jugadores ratificaron sus trabajos anteriores, (Abbondanzieri, Ayala, Mascherano, Messi), otros bajaron mucho su rendimiento (Saviola impreciso, Heinze descontrolado, Sorín estéril, Tevez empecinado). Scaloni no fue solución, Argentina se quedó sin salida por los costados y México le quitó toda la circulación en el medio. El problema del mediocampo sigue sin arreglo, pero esta vez México le sacó un gran provecho: durante 65 minutos, dominó el partido y se apropió de la pelota mientras que Argentina fallaba en cada ataque y le costaba marcar en defensa. Las pelotas divididas eran todas para los mexicanos.

6. Pero la dedicación mexicana tenía su límite. Fueron los veinte del segundo tiempo. Hubo un momento en el que Riquelme hizo la famosa pausa. Se hizo patrón de la pelota y la empezó a administrar para su equipo. Los mexicanos estaban cansados de su propio vértigo y empezaron a resignar el dominio. Entraron primero Aimar y Tevez, que empezaron a exigir a los defensores y luego Messi, que no llegó a terminarlas pero obligó a ser marcado entre varios. Argentina se recuperó después de penar un largo rato y desde allí en más, era cuestión de definir el partido.

7. Cuando Argentina empezó a darme un respiro, empecé a pensar que, de todos modos, no es fácil definir un partido. Hace falta, sobre todo, alguien que tenga la presencia de ánimo para hacerlo. Y hoy, parecía que el nerviosismo general determinaba que todo jugador frente al arco terminaría errando: la precisión requiere de aplomo y nadie en la Argentina (aun los que estaban jugando mejor) lo tenía. Me acordé entonces de un partido, Argentina-Francia en el 78, cuando Argentina sufría contra Francia (jugando los dos mejor, hay que señalarlo) y había situaciones pero nadie las aprovechaba. Apareció entonces Leopoldo Jacinto Luque, un jugador al que siempre admiré, porque sin ser un burro pero tampoco un gran virtuoso, se animaba a hacer cosas difíciles. Y ese día Luque sacó un zapatazo de lejos (no era su fuerte) y ganó el partido dos a uno. Pensé que el gol llegaría de la misma manera y me preguntaba quién sería el Luque de esta jornada. Y fui descartando a todos, pero me olvidé de Maxi Rodríguez. Y fue Rodríguez, confirmando que este mundial lo ha llevado a una altura increíble en su juego, el que metió ese golazo de lejos en el mundial de los goles de lejos.

8. Pero Argentina, a esa altura, estaba para ganar. Pudo haberlo hecho antes, con acaso la única combinación feliz de los delanteros que definió Messi y fue mal anulada. Lo hizo, como tenía que ocurrir. México a esa altura no era ya un rival peligroso. El triunfo en la red fue antes un triunfo en el juego. Cuando vino el gol, México ya estaba entregado, aunque la Argentina no se había enterado del todo.

9. Veo a los comentaristas tontos decir que los irritó Riquelme, que perdió la pelota, que tendría que haber salido antes, las necedades de siempre. Riquelme corrió como nunca y perdió muchas menos pelotas que cualquiera de sus compañeros y jugó muchas más. Y además fue el que aguantó y aguantó hasta que fue la hora de que Argentina pudiera tener la pelota y, desde allí, hizo todo para que no la soltara. Argentina no tiene un medio campo sólido. Sin Riquelme, los de adelante (se supone que tomen la pelota y gambeteen a todos) no la agarrarían nunca.

10. Uno de los líneas se asustó y le anuló un gol legítimo a Argentina. Pero el árbitro, el suizo Máximo Bussaca dirigió muy bien. Se encargó de que el partido fuera totalmente normal y que lo ganaran o perdieran los jugadores sin ayuda del juez. Durante los 90 reglamentarios sacó solo tres tarjetas amarillas. Una de ellas, la de Heinze, hubiera sido roja con otro árbitro por una de las disposiciones burocráticas de FIFA que alteran el espíritu del juego. Veo, en este momento a Borgetti en la televisión decir que México no ganó porque el árbitro no expulsó al jugador argentino. De eso he intentado hablar, en el fondo, en este comentario: de que estoy harto de que los jugadores acepten (a veces como excelente excusa) que no son ellos los protagonistas del juego. Es muy saludable para el fútbol que los árbitros no sean cómplices en la definición de los partidos.

11. A Argentina le toca con Alemania. Puede ganar o perder, pero será en un partido de fútbol. Lo de hoy, con equipos como México, es más un disgusto anticipado que un espectáculo deportivo. ¡Que Muera México!

Esta nota es parte de la Cobertura Obsesiva de Alemania 2006, a cargo de Quintín.


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