Click here
Más Features

El fin de la vía (8) | El fin de la vía (7) | El fin de la vía (6) | El fin de la vía (5) | El fin de la vía (4) | El fin de la vía (3) | El fin de la vía (2) | El fin de la vía (1) | Néstor Kirchner, la (primera) película | Renuncio | Graciela Bevacqua | Testamento: 4.2 Memoria y Condición Humana |







Ojalá

26 06 2006 - 12:02

Pocas veces vi tanta cantidad de gente triste. Terminó el partido del sábado en Leipzig y algunos cuates quedaron petrificados durante un buen rato, otros a los llantos en un rincón abrazando su bandera y el resto se consolaba como podía. Había muchísimos mexicanos en el estadio, en Leipzig y dando vueltas por Alemania. Debió ser uno de los paises no europeos que más turistas aportó a este mundial.

Las estimaciones no oficiales hablaban de unos 40.000 compatriotas de Alex Lora. Un borrachin que me crucé en el subte de Berlin me dijo que él calculaba unos 60.000 y que para ellos el presupuesto de la aventura mundialista no bajababa de los u$s 9.000. A pesar de llegar muy ilusionados, era complicado encontrar a hinchas de Los Tricolores contentos con su técnico Ricardo Lavolpe. La enemistad declarada con el máximo referente del fútbol mexicano, Hugo Sanchez, haber dejado afuera a Cuatemoc Blanco (el último ídolo antes de Rafa Marquez), que entre los 22 haya incluído a su yerno, y su documento argentino, eran situaciones que no se digerían en casi ningún estómago azteca. Sin embargo llegaron a Leipzig haciendo mucho ruido, mucho más que los argentinos y casi tanto como los alemanes de esa ciudad que salían a las calles a ver el partido en el que vencieron a Suecia y los dejó en cuartos de final. A cien metros de la estación de tren central de la ciudad, camino al centro, en las esquinas comenzaban su trabajo los revendedores, disfrazados con remeras de argentina y méxico. Se trataba de turcos o iraníes que con siglos en el oficio copaban la parada para comprar por poco y vender por más.

A tres horas del partido, una enorme plaza a trescientos metros del estadio, la carpa de canje de tickets explotaba de gente que iba y venía. Como se trataba de un partido de octavos, la FIFA vende un voucher que hay que cambiar por la entrada que pemite el ingreso al estadio. Por esa zona mixta de oferta y demanda, mucha gente con el cartelito de “I need tickets”. Ninguno bajaba de € 150-200 y casi nadie pagaba más de € 400. Si se tiene encuenta que los precios oficiales iban en un rango de € 45 a € 120, la diferencia no estaba mal.
Con tanta reventa, (como dije en otro post, lo de la entrada personalizada es un bluff) en el precioso Zentralstadion, la fanaticada estaba bastante mezclada. Entonces dos hinchas mexicanos quedaban en el medio de 200 argentinos y viceversa.

En cuanto al partido, vi otro y no el que describió Quintin. Argentina jugó mal, sin parar a nadie por los laterales, con un Riquelme muy errático y fastidioso, con poco peso ofensivo, Heinze descontrolado y con Ayala, Abondanzzieri y Mascherano (en el segundo tiempo) como baluartes casi exclusivos. Los de Lavolpe en cambio tenían orden, abrían la cancha, presionaban y Guardado y Rafa Marquez eran de los mejor de la cancha. Si los mexicanos venían con medidas ilusiones, con el desarrollo del juego se lo tomaron en serio el hecho de quedar entre los ocho mejores del mundial. En el entretiempo, unas chicas mexicanas buscaban las preocupadas caras de hinchas argentinos (que había de sobra) y difrutaban el momento provocando casi al borde del quilombo. El cancionero mexicano era bastante pobre, con dos hits “mé-xi-có, me-xi-có” y el trillado “Sí se puede, sí se puede”. La hinchada argentina retrucaba con los clásicos, “vamos vamos, argentina”, “Argentina es un sentimiento, no puedo parar”, el combativo “a estos putos le tenemos que ganar” y “Ponélo al Chavo, la putá que te parió”, para la ocasión.

A pesar del cambio de actitud en el segundo tiempo, de que todas las variantes ofensivas que Argentina tenía para ofrecer estaban en la cancha (Tevez, Messi, Aimar) y del gol mal anulado en el final, daba la sensación que México ganaba por puntos. Apenas empezó el alargue, llegó el golazo de Maxi Rodriguez con el mismo efecto de la mano de Popó Freitas a la Hiena Barrios. “No se puede, no se puede” comenzó a cantar la hinchada y los de verde y sombreros anchos masticaban la realidad que se repetía como gobierno del PRI.

Minuto 120 y la albiceleste en cuartos. De regreso al centro de Leipzig, gritaban los argentinos que estiraban su travesía una semana más, gritaban los alemanes confiados en el partido del viernes 30 (“canten ahora que el viernes se vuelven a casa” decían con una sonrisa) y aullaban los mexicanos que encontraron su final antes de lo esperado. Alrededor de las 3 de la maniana, la estación central de Leizig era un cementerio de personas con remeras verdes tiradas por todos lados, durmiendo mientras esperaban el tren que los llevara… a casa.

Al día siguiente en Berlin, los mismos hinchas germanos que vivían los primeros partidos con el mismo entusiasmo de una kermesse, ahora despliegan banderas, hacen ruido y esperan muy confiados el partido del viernes en esta misma ciudad. Caminar por estas calles con una remera celeste y blanca provoca sonrisas de consuelo, con alguna frase del estilo “el viernes se les termina el mundial” o el aliento de la enorme comunidad no alemana que vive aquí para acabar con el sueño aleman. Ojalá.


————————————

Del mismo autor:
Antes y después
Aplaudan, burros
Pitch Tunisian Fever
En la cancha