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The Envelope

7 10 2004 - 15:14

Bar de sacket and henry. Breakfast now” , dice el mensaje, obviamente tipeado desde un celular y acompañado de una foto de la esquina de Sacket & Henry, Bklyn, NY; time-stamped 10:37 AM. Son las 10:38 y acabo de despertarme. Coincidencias como esta —coincidencias mucho más asombrosas que esta, como la de nombrar una novela de Pynchon y verla aparecer en la calle a los tres metros— plagaron mi breve estadía en New York la semana pasada, prologando nuestra excursion en el inesperado mundo de I Heart Huckabees, una película que habla también de coincidencias como estas.

Lo cual no es necesariamente una meta-coincidencia, puesto que Huckabees habla de demasiadas cosas, ese es su gran mérito. Tiene otros muchos, pero la ambición los opaca. ¿Por qué no hacer una película simple sobre la existencia humana, abarcando todo lo posible? Impresionante lo de David O. Russel, que puede darse el lujo de cumplir o no (para mí cumple) después de animarse a semejante promesa. Cómo le irá a Huckabees es un misterio. Mi deseo es que se Malkovichice todo lo posible.

Más allá de sus obvias virtudes en otras áreas, una de las cosas que más me impresionaron de Huckabees es la facilidad con que se ubica dentro de un paradigma iluminista al que suscribo fervorosamente— el cual, debo reconocer, no goza de buena salud. Todos mis intercambios con gente de la Industria (en cualquier idioma, la industria del cine es excluyente en la manera de nombrarse a sí misma; no existe otra cosa, la industria es la Industria), mis conversaciones con development people a ambos lados del atlántico, decía, desembocan en el mismo calllejón sin salida: Wonderful, it would never get made. Detecto últimamente una novedad en esta queja habitual: todos empiezan a decirlo con hartazgo. En la medida que películas como Huckabees existan, hay esperanza de que toda esa gente atascada en instancias intermedias de la Industria se rebele, aunque sea un poco, en los papeles y no sólo en las conversaciones de viernes a la noche.

Esta otra coincidencia, la de decenas de execs y producers empezando a sentir el cosquilleo de la depresión que hasta ahora parecía exclusivo de escritores y directores con veleidades artísticas, no es en realidad nada casual. No hay que asignarle al azar más de lo que corresponde. Estamos llegando a un punto en el cual la imbecilidad de nuestros mayores y, sobre todo, sus renunciamientos, se cristalizan en obra. Una obra de mierda, for the most part, que deberá encontrar una respuesta en lo que, aterrorizante, se extiende ante nosotros como una obligación. Se acerca la década del ‘20, y va siendo hora de hacer pública nuestra ansiedad; la sensación de que si no lo hace uno no lo hace nadie. Declararlo en público involucra un riesgo altísimo, pero callarlo no tiene demasiada gracia. Después, si no, van a decir que nos salió por casualidad.

Como deslizó Semán de manera críptica en un editorial reciente, su heladera tiene serias afinidades con la de Charly García, al menos durante mi estancia. Estos comentarios internos son evitables; supongo que sucumbimos a ellos porque la distancia nos impide mantenerlos en la esfera privada que de todos modos se confunde cada vez más con la pública a medida que este website nos da permiso. Y no se trata, como estaba a punto de disculparme hace un segundo, de que nuestra vida en común y nuestras actividades sean indisolubles, sino de todo lo contrario.

Si bien hay algo de overlap, a veces (el trabajo conjunto sobre Sarmiento que obstinadamente preparamos con Semán es un ejemplo), no nos une mucho más que una visión particular de las cosas. Esa visión, sugiero, tampoco es casualidad. Y, si estoy en lo cierto, es un buen síntoma que tantas otras cosas nos separen. A veces me invade una mini-esperanza generacional. (El que tiene una teoría al respecto, en estado embrionario, es Daniel Nieto. Lo animo por este medio a que empiece a escribirla.)

El azar fue (digo “fue”, wishful thinking) una preocupación que atravesó el pensamiento occidental durante las dos décadas pasadas como un vicio. Un predicament bien de clase media, aunque no es esa su característica más cuestionable. Mi problema con este interés en el azar es que casi siempre revela, si uno se fija, un nihilismo inconfesable. Y mi problema con el nihilismo inconfesable es la segunda parte. La valentía nunca fue un valor que yo haya tenido en alta estima, pero el único nihilismo posible es un nihilismo confeso. La otra opción es demasiado cobarde, o demasiado fiaca, o ambas cosas. De Fight Club para acá (sin olvidar el empuje pionero de Bruce Robinson a fines de los ‘80) el diagnóstico de lo que nos rodea va cobrando una claridad que todavía no se expresa masivamente, en gran medida porque sigue siendo sólo eso, un diagnóstico demoledor, y nada más.

Más que apurarnos a sugerir un tratamiento, quienes escribimos acá (y muchos otros que no escriben acá ni hablan castellano) nos abocamos juntos y separados a depurar el diagnóstico en público. Huckabees es un ejemplo. No me animo a decir más que esto en plural. En lo personal, sí, veo que el paradigma capitalista en crisis (en crisis las pelotas) se anima a cualquier cosa en gran medida porque los intelectuales bienpensantes no se animan a ninguna. Ni al nihilismo, como decía más arriba, ni al iluminismo que reclamo como derecho adquirido en todas las de la ley. En lo cultural, al menos, no tiene ninguna gracia enfrentarse al mercado declarándolo ajeno.

El capitalismo es ciego a lo que vende; cientos —tal vez miles— de quienes lo hacen posible no son ciegos y callan, pero callan cada vez menos. Again: en la década del ‘20 veremos de qué sirve que hayan empezado a hablar. Quejarse no es garantía de nada, pero es un buen primer paso si uno se queja como corresponde.

Contestando mail a mitad de camino entre New York y Berlín me encuentro con demasiadas instancias de gente sugiriendo que “we should push the envelope”. ¿Qué envelope? Nunca supe. Jamás cuestioné la frase, y de pronto necesito saber de dónde viene. Trataré de averiguar mañana, pero en cualquier caso me tranquiliza la intuición de que es lo que estamos empezando a hacer, tardíamente. Aunque ya no haya envelopes y los mensajes vengan por el aire, con una foto del bar al que debo acudir a desayunar con Semán, ahora mismo, hace tres días, eat, drink, smile, en un continuum atravesado por departure lounges, todos iguales, llenos de gente que no tiene ganas de hacer lo que hace.


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