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Hernanii Mundial #12

29 06 2006 - 00:06

No la pasé bien hoy, en el primer día de abstinencia. Estuve aburrido, de mal humor, me dolía la espalda: me sobraba tiempo, nos sobraba tiempo a todos en el trabajo, donde nos habíamos acostumbrado a hacer el trabajo de ocho horas en cuatro.

España se quedó en el camino, otra vez, en su típico ciclo de ilusión y desencanto futbolístico. Casi todas las ideas que tenía sobre España ya las escribieron en estos dos días en El País, a cuya cobertura milagrosa he podido acceder hace alrededor de una semana. Un párrafo de Ramón Besa resume más o menos todo lo que quería decir:

Existe, ciertamente, la sensación de que Luis había dado con una alineación de 14 jugadores de manera un tanto improvisada. Los laterales se estrenaron en el torneo, la ubicación de Raúl es un problema eterno, no se supo nunca qué condicionaba la alineación de Senna o de Cesc y el aprovechamiento de las jugadas de estrategia provocó la sensación de que le sobraba gol: Torres y Villa dejaron de presionar porque competían por el Pichichi. Demasiada grandilocuencia para un equipo muy tierno, ingenuo, falto de liderazgo y sobre todo de futbolistas desequilibrantes.

La goleada contra Ucrania terminó siendo una maldición para España, que creyó que tenía un equipo cuando en realidad sólo estaba empezando a tenerlo. Esa certeza frenó la evolución, el esfuerzo, la inseguridad que incluso equipos campeones como Argentina e Italia ponen en cada partido: en los Mundiales los campeones empiezan de una forma y terminan de otra. Son como los amores de verano: la intensidad de un año entero condensada en un par de semanas. Nosotros sabemos que cada partido es un mundo, pero España creyó en dos días que ya no necesitaba más cambios y que sólo debía navegar en los talentosos pies de algunos de sus jugadores hasta la final de Berlín.

En el partido contra Francia, cuando vi que España recurría a Joaquín como salvador y que Senna reemplazaba a Xavi, supe que serían los franceses los que pasarían de ronda. Aragonés, que siempre fue un técnico más bien conservador y que sólo el mes pasado pareció enamorarse del 4-3-3 que le ha dado tantos éxtios al Barsa, enviaba de repente todas las malas señales posibles: reconocía el fracaso de la alineación de Raúl como media punta y sacaba del partido a Xavi, su otro único jugador de media cancha para arriba con algo de temple. España fue el otro día un molusco, un equipo blandito e invertebrado que toqueteaba muy lejos del arco de Barthez, sorprendido porque Francia le estaba haciendo partido.

Hace tres días me tomé el atrevimiento de recomendarle al técnico de Francia que pusiera a Zidane en el segundo tiempo, con el argumento de que sin Zidane Francia había jugado su mejor partido (contra Togo) y que la presencia del “10” ahogaba a Thierry Henry, empujándolo hacia el final de las jugadas. Me equivoqué parcialmente: Zidane jugó muy bien (todo el partido, no sólo con el golazo del final), pero sigue sin conectarse con Henry, quien por tercer Mundial consecutivo juega menos de lo que se supone que tiene que jugar. De todas maneras le tengo fe a Francia. Una parte de nuestros corazones albicelestes quiere jugar contra Brasil en la final y ganarles: eso sería la gloria máxima. Otra parte, más grande, tiene miedo de perder la final contra la brasileños o de que no lleguemos nunca a la final, así que lo mejor es que Brasil pierda cuanto antes. La mayor debilidad de Francia, creo, es su arquero. Lo demás está teniendo cada vez mejor pinta: Vieira y Makelele la rompieron contra España; jugando así deberían comerse crudos a Ronaldinho y Kaká con la excepción de las dos o tres jugadas geniales que ambos harán en algún momento y que son imposibles de evitar (no las han hecho todavía, pero hay que estar preparados); Ribery puede ser una tortura para Roberto Carlos, a quien nunca le gustó marcar y menos ahora, con treinta y pico de pirulos; Zidane y Emerson experimentan la misma decadencia física, por lo que el talento de Zizou podría desequilibrar; Henry es una incógnita.

No tengo buenas sensaciones para el partido de Argentina, pero supongo que es lo normal: hace 16 años que no llegamos a semifinales, no veo por qué deberíamos pensar que es fácil y lógico entrar al combo de los cuatro que juegan siete partidos. Alemania es un equipo simple, que juega fácil y rápido. La ventaja de la sencillez es que se aprende rápido; la desventaja es que cuando el equipo rival logra quebrarla, no hay estructura donde apoyarse para achicar los daños. Alemania es un equipo en transición: antes era una roca, ahora es un puñal. Klinsmann está cambiando la mentalidad de sus jugadores; todo el mundo pensaba que iba a tardar más tiempo, pero aparentemente las cosas les están saliendo bien bastante rápido. La sensación que tengo es que no tienen Plan B, que si el partido no sale como lo tienen planeado no saben cómo jugar. Alemania va a salir a atacar, con su entusiasmo y su vigor, con la convicción de que el partido así será suyo. El primer equipo que pueda torcerles el plan de vuelo tendrá una gran oportunidad. Esperemos que sea Argentina.

¿Cómo se les cambia el plan de vuelo? ¿Quitándoles la pelota, bajando el ritmo del partido? Probablemente. Con un jugador como Riquelme ésa siempre es una idea tentadora, aunque estos alemanes, como todos los alemanes, también parecen tener talento para el contraataque, por lo que habrá que tener cuidado dónde perdemos la pelota. Tomando prestados conceptos del básquet, lo que tenemos que decidir es si queremos intercambiar pocos ataques largos y masticados, en los que uno mueve la pelota de un lado al otro esperando el hueco; o si elegimos cambiar ataque por ataque. La primera opción, la de las posesiones largas, es la que prefiere Riquelme y la que sus defensores creen que es la única que puede hacer; la segunda es la que se ajusta mejor a jugadores como Saviola y Messi, mucho más desequilibrantes en el vértigo del uno a uno que en los llamados “ataques estáticos”. Tampoco hay que elegir: los buenos equipos saben cuándo conviene hacer una y cuándo hacer la otra. Yo creo que Riquelme puede ser desequilibrante en ambas, de la misma manera en la que Steve Nash ha sido el MVP de la NBA dos años seguidos a veces dando pases de cirujano y a veces poniendo los partidos en el freezer.

En su panegírico de Riquelme publicado ayer, Clarín entrevista al “10” de la selección, de quien cita la siguiente frase:

—¿Te pesa la responsabilidad de que todo pase por vos?
—Es que desde que juego al fútbol yo tengo la responsabilidad de jugar así como juego y no tengo problemas con eso. Otros marcan, uno ataja, unos hacen goles, yo debo tener la pelota. Y a mí eso me gusta mucho y no me condiciona.

Una de las cosas que me gustan de Riquelme es que no es falsamente humilde para hablar de sí mismo: se tiene toda la fe y cree conocerse muy bien a sí mismo. A mí me hubiera gustado que dijera “algunos marcan, otros meten goles, yo meto pases de gol”. Atajar, marcar y meter goles son actividad concretas, al igual que meter pases de gol. “Tener la pelota”, en cambio, es más abstracto, la suma de varios pequeños comportamientos a lo largo del partido. Quiere decir que cuando Riquelme se la pasa a Mascherano y después Mascherano se la devuelve a Riquelme, lo que está ocurriendo no es sólo un intercambio de pases inocente y simplón sino también el envío del mensaje de que uno está “teniendo la pelota” al contrario y a la tribuna, les está diciendo, sin decirlo, “el partido está bajo mi control”. Meta-fútbol, bah: lo que importa no es lo que pasa sino su contexto. Riquelme, lingüista del balón.


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