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Antes y después

5 07 2006 - 08:03

Apenas se supo que Argentina tenía que enfrentar a Alemania, el curtido pueblo alemán tomó la noticia como una mera circunstancia. Casi todos los berlineses que me conocían, ante la eventualidad, me decían con una sonrisa, “¿después del viernes qué vas a hacer? Porque el viernes se vuelven a su casa”. Algo parecido se daba en la calles, cuando buscaba la provocación al pasearme por Mitte, Charlottemburg, Schoneberg, o cualquier otro tradicional barrio berlinés. No sucedía lo mismo en Kreuzberg, el distrito con mayor densidad de inmigración turca, o cuando me cruzaba alguno de los tantos iraníes u otra variedad de asiático de las que residen en esta ciudad. Ellos estaban esperando al equipo que pudiera darle un golpe de knock out a Alemania y, por caracter transitivo, al alemán que en la vida diaria los mira con desdén.

El ocasional encuentro con argentinos en las calles de Berlin, que comenzaron su llegada en masa el día anterior al partido, no era tan agradable. Se movían en grupo, casi nunca menos de tres, con el mismo aire sobrador que cuando llegan a la puerta de Rumi o Crobar. En esas horas previas, la mayoría parecía embarcada en una gigantesca búsqueda del tesoro, con las entradas para el partido como zanahoria principal. Y no porque quisieran asegurar su presencia, sino porque era el pasaporte para el adictivo submundo de la reventa. En algunos puntos de la ciudad (cerca del estadio, en el hotel de los jerarcas de la AFA), vendían entradas a argentinos que pudieran mostrar su pasaporte. Inclusive amigos estaban como hipnotizados con la posibilidad de hacer unos euros extra. Que la aventura consumiera horas de cola y espera en una de los lugares más interesantes de Europa, era un detalle menor. Había que conseguir entradas de más para sacarles plata a estos alemanes que estarían desesperados y dispuestos a pagar fortunas por un ticket de estos verdes y gigantes que incluyen chip de seguridad y están totalmente despersonalizados. La cuestión es que la fantasía de la reventa, que en el índice www.ebay.de cotizaba arriba de mil euros, a cien metros del ingreso al Olimpia Stadion, ni aun el germano más bondadoso pagaba más de cuatro billetes de cien de curso en casi todo el continente.

A diferencia de partidos anteriores, el ingreso fue más rápido y sobre la hora. Esta vez no lo vi a Francella camuflado, con su remera argentina con la inscripción “Guillermo” en la espalda, ni vi el enjambre que rodeaba a Susana Gimenez, que entraba al trotecito ante la mirada perpleja de los locales. No importó, porque apenas asomabas la cabeza al campo de juego te olvidabas de todo. Sin dudas el estadio más imponente que vi en mi vida, y eso que ya había estado en 2001 para ver un amargo partido del Hertha BSC, el equipucho de la capital alemana. Retocado para el mundial, con el techo y las 72.000 butacas ocupadas, te podías quedar un buen raato recorriéndolo con la vista una y otra vez. Por su estructura, no tenía barandas de donde colgar las banderas que los argentinos habían llevado en cantidad, y así quedaron desplegadas detrás del arco en el espacio que deja la pista de atletismo. Cualquiera tiraba la bandera, y los muchachos de seguridad la estiraban con un dedicación admirable. Hasta que empezó el partido. Al rato hubo un gol, casi inesperado; llegó otro que se veía venir; tediosos treinta minutos extra y unos penales que ante cada intento argentino provocaba una silbatina que te dejaba un zumbido en los oídos. Desenlace con sabor a bratwürst y a otra cosa.

.Mientras esperaba en los pasillos del Olimpia Stadion reunirme otra vez con mis amigos, aún vestía la bandera argentina como capa con un nudo hecho a la altura del cuello, regalo de mi sobrina. Había sido el amuleto que me acompañó a lo largo de cinco partidos, pero ahora me dejaba en offside ante los alemanes victoriosos Tal vez por ese aspecto de superhéroe en desgracia, sentí que como a ningún otro argentino los alemanes que pasaban me daban la mano, me felicitaban y me deseaban suerte para la próxima. Lo que trasladado a Buenos Aires puede sonar a “provocación a piñas”, en los pasillos del estadio era con buena onda y con una amabilidad mayor a la que los argentinos habían usado con los mexicanos.

Al día siguiente, luego de que Zizou diera cátedra y que, con sus mosqueteros, dejara en el camino al cuco brasilero, los alemanes se veían en la final con Francia. El trámite que el equipo de “Klinsi”, como ellos llaman a su DT, tenía que superar con Italia, lo fui a ver en un coqueto bar de Charlottemburg con unos amigos locales. Ir al Fan Fest iba a ser insoportable. Por el calor, que hace días no baja de los 30 grados, por la cantidad de gente que supera las 200.000 personas y porque el domingo un loquito quiso entrar con el auto y se llevó puestos a 200 fanáticos que paseban por ahí. Como era de esperarse, el público que me rodeaba no era el más futbolero del mundo, sino los típicos seguidores ocasionales de la circunstancia “mundial de fútbol”. Asi hubo que soportar que gritaran por cualquier jugada intrascendente, vivaran cualquier rechazo de la defensa con remera blanca y aplaudieran toda intervención del arquero Lehmann. Cuando ya se restregaban las manos para vivir los penales, llegaron los dos sopapos italianos y miles de berlineses se quedaron con la mano a cinco centímetros de la bocina, o el aire atragantado ante la corneta que se quedó muda. “Se acabó”, decía uno con gorrito, bandera y collares hawaianos con los colores de su patria, “por un buen rato no como más pizza ni pasta” y le hincaba el diente a un donner kebab, el sandwich turco que se consigue por toda la ciudad a un promedio de dos euros.

Como bien me dijo aquel alemán, los argentinos nos volvimos a casa. Peor ellos que no se pueden ir a ningún lado y van a tener que aguantarse el final de la historia con el incómodo e inesperado rol de actores de reparto. Y a jugar por el tercer puesto.


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