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Volver al Yucatán
Marcelo Ballvé
5 07 2006 - 20:55
Ya conocía el Yucatán. A los trece años había visitado las ruinas
mayas en Chichén Itzá. De esa visita tengo pocos recuerdos. A las pirámides es como si no las hubiera visto. Si cierro los ojos y trato de recordarlas, la única imagen que veo no tiene nada que ver con la arquitectura maya. Es la memoria de un indio con un sombrero blanco de ala ancha que vi al costado de un camino rebanando una víbora a machetazos.
También me acuerdo de Xel-Ha, una piscina natural creada al borde del mar por formaciones geológicas. Un enorme acuario. También Xel-Ha era un lugar sagrado para los mayas. Consideraban el lugar como una de las entradas terrestres al mundo de los dioses, el más allá inminente donde se comunicaban lo celestial, lo subterráneo, y lo acuático. Durante ese viaje recorrí, claro, el famoso hormiguero turístico: Cancún, y las ruinas mayas en Tulum al sur del balneario. Las de Tulum son pirámides soberbias sin ser muy altas, construidas a orillas del mar, sobre un acantilado.
Volver al Yucatán fue un ejercicio triste. Ya se está pareciendo a Florida en Estados Unidos, otra península tomada por el turismo masivo y jubilados adictos al sol. El Yucatán siempre fue un lugar que despertó los peores instintos en sus conquistadores. Fueron famosos, por su crueldad, los españoles que intentaron domarlo en la época colonial. Ahí la guerra de la conquista fue constante, y quizás solo con la construcción de la franja hotelera en Cancún se logró un control definitivo sobre ese territorio históricamente tan arisco.
Cancún fijó el destino de la península. Hasta hace relativamente poco, Cancún no existía. Fue el invento de burócratas y magnates mexicanos, un delirio del Partido Revolucionario Institucional. Un delirio que se arraigó en las arenas blancas y prosperó y se multiplicó. El Sheraton, uno de los primeros, asemeja la forma de una pirámide maya. Cancún es el monumento que nuestra civilización ha tributado inadvertidamente a la península. Más que cualquier iglesia católica o protestante, son los hoteles (con su afán de emular la iconografía, la topología, y la arquitectura maya) quienes definieron el curso de la civilización en el Yucatán
contemporáneo.
Por la carretera entre Cancún y Playa del Carmen: kilómetros de franja costera con su selva raquítica. También se ven los poco prolijos intentos de resembrar la palma chit, una planta nativa que ha sido desplazada por los coqueros, ambientación requerida para tranquilizar a los turistas. La carretera es un largo recorrido a través de una civilización hotelera. Las grandes entradas de los resorts son custodiadas por guardianes armados con metralletas. Más allá, cerca de la playa, en la distancia, se distinguen los techos y líneas de los hoteles, asomándose por arriba de la selva reducida. Eso de un lado, el lado del mar. Del otro lado no hay nada. Ahí está la selva y el humo de las quemadas. Es en la selva donde sobreviven los mayas en sus pueblos de retaguardia y donde están la mayoría de las pirámides.
De vez en cuando por la carretera un cartel aconseja a los motoristas que manejen con cuidado, pero lo hace de una manera metafísica.
El cartel dice:
Después de un accidente ya nada es igual.
En la playa cerca de Tulum, a pocos kilómetros de las pirámides, un amigo me muestra la mansión que una vez perteneció a Pablo Escobar, ex-monarca de la cocaína. El caribe Mexicano es una nueva ruta de seda donde lucran, y mucho, personajes como el ex-jefe del cartel de Medellín. Pienso: Escobar debe haberse sentido cómodo aquí, entre estos despojos verdes, lo único que queda del antiguo Yucatán después del accidente.
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