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Hernanii Mundial #14

6 07 2006 - 23:08

Arriesgándome a desatar la ira de Quintín, inicio este panfleto con una afirmación escandalosa: el Mundial no me pareció tan malo. Tampoco creo que el futuro del fútbol esté amenazado, o que el Mundial deba someterse a cirugía mayor, o que nuestro deporte favorito haya sido cooptado por los malos y ha dejado fuera a Q. y los buenos.

Si el Mundial estuviera en una situación de crisis terminal, sería imposible de explicar su popularidad: no hay ningún jugador en el mundo que se niegue a jugarlo, no hay federación en el mundo que no lo ponga como su gran objetivo deportivo. El planeta, con la excepción de Estados Unidos, prácticamente se detiene para ver el Mundial, y no hay ninguna señal de que esté empezando a hartarse. Yo no veo crisis: el juego no fue brillante, pero tampoco lamentable (lamentable fue Italia 90), y el espíritu, la mística del Mundial, parecen estar en bastante buen estado de salud.

Un ejemplo de torneo en crisis es, por ejemplo, la Copa América: no sabemos cada cuánto se juega ni quiénes la juegan, y muchas veces faltan los mejores jugadores de cada equipo. Muchas cosas se podrían hacer para mejorar la Copa América (mi propuesta es hacerla cada cuatro años, con 16 equipos, incluyendo a algunos de la Concacaf, en el año siguiente a los Mundiales). Pero no se me ocurren muchas cosas para mejorar el Mundial salvo algún fine-tuning específico. Quintín se queja del desgaste y del calor: eso fue siempre así, y este año se suponía que no iba a ser así, pero Alemania está disfrutando del verano más caluroso en mucho tiempo. Echémosle la culpa del calor a Bush y a las petroleras, los que quieran hacerlo, pero no a Blatter. Tampoco se puede hablar de la crueldad de los horarios: más de la mitad de los partidos de segunda ronda se jugaron a las nueve de la noche.

Q. dice también que muchos de los 32 equipos tuvieron un nivel pobre. Estoy de acuerdo, pero no creo que la solución sea bajar el nivel de equipos (Q. no dice que haya que hacerlo). El Mundial se ha hecho demasiado global –y eso es algo bueno— como para llevarlo para atrás otra vez.

Yo disfruté bastante el Mundial, en parte porque el de Corea-Japón lo vi poco, por el tema de los horarios y de la eliminación rápida de Argentina, y extrañaba esa droga de estar encadenado a algo seis horas por día. También lo disfruté porque hubo algunos partidos muy buenos (Brasil-Francia, Alemania-Italia, Italia-Estados Unidos, Suecia-Inglaterra, entre otros), partidos que quizás no brillaron técnicamente pero tuvieron esa cosa huracanada, la excitación y el dramatismo que sólo el Mundial puede ofrecer. Suecia-Trinidad y Tobago no fue un gran partido para el paladar de los chefs del fútbol, pero yo lo disfruté como un enano. Eso también es el Mundial, esa cosa de estar como un niño esperando el milagro, haciendo fuerza por jugadores de la tercera división de Inglaterra a quienes nunca volveremos a ver.

Tiene razón Quintín en que éste fue un Mundial de defensores y no de delanteros, que los dos equipos que llegaron a la final son dos equipos con enorme potencia defensiva y mediana o baja potencia ofensiva. Esa es una mala noticia: habría estado bueno ver llegar más lejos a equipos más arriesgados –como, por ejemplo, la Argentina de los primeros partidos o los irresponsables marfileños y ghaneses—, pero no ha ocurrido. Ha sido un Mundial, en efecto, en el que los sistemas defensivos ahogaron a los delanteros: por primera vez desde Chile 62 el goleador va a tener menos de seis goles (a menos que Henry meta tres el domingo), y entre los candidatos a mejor jugador del torneo hay un montón de defensores. ¿Quiere decir eso que el fútbol “ha experimentado un retroceso”?

Observando el fútbol de clubes de los últimos años, uno sí puede decir que la tendencia ofensiva y de fútbol a un toque de los principales equipos europeos (Barcelona, Arsenal, Lyon, incluso el Chelsea) no se ha trasladado a las selecciones nacionales. ¿Por qué? Bueno, quizás porque preparar un equipo para jugar 50 partidos en un año es distinto que preparar uno para jugar siete partidos en un mes, donde hay menos margen para arriesgar y menos tiempo para que un técnico puedo armar circuitos automáticos. Todo indica, sin embargo, que estos equipos enérgicos y brillantes (sobre todo el Barsa) seguirán jugando este año de la misma manera y, probablemente, ganando. El fútbol, en ese sentido, está lejos de ser tomado por los “malos”: cada vez más equipos eligen el 4-3-3 y también hace tiempo que los clubes italianos, mucho más aferrados al catenaccio-pelotazo que su selección, no ganan nada.

También creo que hubo buenas noticias en el Mundial: Francia 06 me parece un equipo mejor armado que el campeón Francia 98, que llegó a la final después de sufrir ante Paraguay, Italia y Croacia, contra ninguno de los cuales jugó bien; el de este año ha tenido mucha más autoridad. La Italia de este Mundial ha sido más generosa que la de los últimos tres o cuatro torneos, sobre todo contra Ghana y en el alargue contra Alemania, lo que ojalá tenga efectos sobre la psicología de los equipos de la Serie A. Alemania ha traído aire fresco para un país que hacía medio siglo que venía jugando igual; se pinchó en los últimos dos partidos, pero tan sólo el hecho de cambiar un estilo sólido y pesado por uno rápido y liviano le da mucho mérito a Klinsmann y saca a los alemanes del sopor de tener que aguantar una selección que sólo servía para llegar a la final sin emocionar a nadie.

¿Cómo calificaría entonces al Mundial? Diría que normal, lo que quiere decir que la pasé bastante bien. En línea con los últimos dos o tres, mejor que Italia 90 y peor que el de México, cuando en realidad era un pre-adolescente que lloró con el gol de Rudi Voller en el minuto 80 de la final y miró los demás partidos con nulo espíritu crítico.

Ah, el maldito espíritu crítico, esa variante del ego que nos impide ser felices y nos hace exagerar nuestras ideas, o imaginar apocalipsis, sólo para tener una voz clara y algo que decir.


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