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Hernanii Mundial #15

9 07 2006 - 22:37

Volvía esta tarde de laburar, después del partido, y en el camino hacia los cines Angelika, donde me tenía que encontrar con Semán y con mi mujer para ver una película francesa que resultó ser bastante mala, me crucé con decenas, centenares de italianos festejando en las veredas de los restaurantes cancheros del Soho. En Manhattan está lleno de italianos, pero no de los grasas de New Jersey tipo Tony Soprano sino tanos de verdad, todos parecidísimos a los futbolistas de su selección, con las patillas esculpidas, el pelo engelado y las camisas de Paul Smith de 250 dólares. Yo iba en la moto, paraba en los semáforos y les hacía un gesto muy argentino que sólo los italianos entienden: con los pulgares y los índices de cada mano formando dos paréntesis a veinte centímetros de distancia, me ponía las manos delante de la panza y movía los labios diciendo “qué culo que tienen”. Lo hice tres o cuatro veces, y los tanos se volvían locos. Uno, con la casaca de –nada menos- Zambrotta, se me acercó y me empezó a discutir a medio metro, pero el semáforo gracias a Deus se puso verde y yo aceleré por West Broadway hacia el norte.

La bronca enorme que tenía era, por supuesto, por la horrible final que había jugado Italia y por el exageradísimo premio que se había llevado un equipo al que en los últimos ochenta minutos del partido le importó un carajo atacar o hacer cualquier cosa para que el partido no terminara empatado. Que una propuesta tan rácana y desvergonzada pueda llevarse la Copa del Mundo me jode instintivamente, porque siempre quiero que pierdan los equipos odiosos (odioso en el sentido de que a los italianos no les importan que los odien), pero también por la pésima noticia que supone para el fútbol mundial: ¿cuántos entrenadores de equipos de todo el planeta habrán visto hoy la final y habrán dicho “la pucha, al final al catenaccio no hay con que darle” y se enamorarán desde pasado mañana del 4-4-1-1 industrial y peloteador que puso Lippi hoy en la cancha? Estas cosas habitualmente generan un efecto contagio, crean algún tipo de moda. Sobre todo en Italia: si el calcio estaba atravesando algún tipo de dilema psicológico, por la falta de triunfos de sus equipos en Europa, el discreto éxito de su defensivismo en la selección en la última década y la humillación de los escándalos por corrupción, esto liquida todo. Los italianos, desde hoy, vuelven a pensar que tener ocho o nueve tipos todo el tiempo detrás de la pelota y tirar pelotazos para forzar córners es una táctica que al final tiene resultado.

La victoria de Italia, además, le pone un moño malvado al Mundial, envalentonando a los Bilardos-Maquiavelos de todo el mundo que dicen que ganar es el único objetivo, y que tener equipo de perros rabiosos que insultan, embarran y ensucian es un objetivo saludable: mejor ser temido que ser amado. La Argentina de Pekerman, que quiso ser amada y admirada, un intento que yo creo que vale la pena emprender, es un niño tierno al lado de esta Italia enervada y desvergonzada a la que en todo momento le importó un carajo el que dirán.

Por otra parte, Francia, que claramente, y mucho más después del partido de hoy, ha mostrado ser el mejor equipo del torneo, será olvidada, y su imagen desteñida por el incomprensible cabezazo de Zidane, cuyos minutos finales como profesional son el retiro más trágico y dramático de la historia del fútbol. En estos días leí varias veces por ahí que Francia e Italia eran dos equipos comparables, por su firmeza defensiva y su solidez en el mediocampo. Me parece una injusticia: Francia es mucho más ofensiva que Italia. Una manera fácil de comprobarlo es comparar sus mediocampistas por los costados: Camoranesi-Perrota, dos obreros, por un lado (Camoranesi parece habilidoso porque usa colita y las medias arremangadas sobre las canilleras, pero no lo es), y Ribery-Malouda, dos jugadores que, sin ser grandes estrellas, por lo menos desbordan o pisan el área rival de vez en cuando.

En fin. Todo esto probablemente no sirva de mucho. Ahí están los diarios botones alabando el “corazón” y el “tesón” de Italia, porque no se animan a decir en tapa “amarrete” o “especulador”. Yo sé que habrá muchos que no me creerán, pero yo no quiero ser campeón del mundo así: no quiero ganar el Mundial sólo por el hecho del ganarlo, porque es una satisfacción que dura poco. Todos sabemos que las cosas que se consiguen así, amarreteando, sin que importen los pasos intermedios, no satisfacen mucho, que media hora después estamos pidiendo más. Me sentiría más orgulloso de Argentina si hubiera quedado eliminada haciendo lo que había propuesto desde el principio, pero los cambios antes del gol de Alemania y el barullo final borronean esa sensación.

Otro temor: que el triunfo de Italia envalentone a los Bilardo-Maquiavelos reales del fútbol argentino, quienes seguramente pondrán una presión enorme en las próximas semanas para colocar un técnico sin contenido en la selección: los mismos que quieren que Argentina vuelva a ser un equipo odioso y odiado, de los que te comen el hígado, finjen penales, hacen tiempo, piden tarjetas para los contrarios, se hacen los lesionados. Yo, en cambio, quiero que nos quieran. Parece una pelotudez, una ingenuidad tremenda, pero no veo las ventajas de ser odiado. Esta vez estuvimos cerca; ojalá la próxima lo estemos aún más.


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