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Katiushas en el norte y Kasam en el sur

18 07 2006 - 08:13

Hoy se cumplen doce años del atentado terrorista que voló la AMIA y que a los tirones empujó a la Argentina a formar parte de la comunidad internacional. Y no precisamente por su desarrollo.

Esa bomba en el Once, que apuntó directamente a asesinar a judíos y no a israelíes, mató a argentinos de todo tipo y factor. Dos años antes, en marzo de 1992, el terrorismo islámico había intentado arrastrar a la Argentina al escenario mundial que existe afuera de un estadio deportivo. Pero había elegido un objetivo político preciso: la embajada de Israel en Buenos Aires. Digamos que fue una jugada de T.E.G. que quiso hacer saltar a Tel Aviv más que a la Casa Rosada aunque no dejó de ser una bruta señal para Menem y los suyos porque demostró que allí se podía hacer cualquier cosa. Incluso que se instalara Hezbollah tal como lo hizo en el sur del Líbano.

Lo de la AMIA fue la revalidación del pase de factura al presidente y la instantánea de los años que se vivían. De la espuma del dólar y el germen del paradigma “Menem, Versus y Fainá” que acuñó mi amigo y amigo de Martín Sivak, Nicolás Goszi.

¿Se comprende entonces quién es Hezbollah? No creo que haga falta demonizar más a esa organización que aprovechó un terreno tan virgen en cuestiones de seguridad como la Argentina, y que gracias a los de turno en el poder permitió, con apoyo logístico incluido, que se instalara algo tan exógeno para el Cono Sur como el conflicto de Medio Oriente.

Ese día, el 18 de julio de 1994 podría haber muerto en la explosión. Sí, pero no. En ese entonces me ganaba la vida como cobrador de una gestoría que trabajaba para una multinacional.
La hoja de ruta de las cobranzas empezaban por Lanús y como la oficina estaba ubicada en Córdoba entre Larrea y Azcuénaga, la lógica indicaba siempre usar el subte Línea D cuya estación más cercana está en Córdoba y Junín. Sin embargo, con vicios de cadete, tenía mis trucos para tardar más y aprovechar el día para mis egoísmos y me había acostumbrado a tomar la Línea B en la estación Pasteur. El recorrido a pie hasta la estación era Córdoba hasta Pasteur, su ruta hasta Corrientes. Mil mañanas pasé por la puerta de la AMIA sin siquiera percibirla ya que nunca me había parecido interesante ni su labor ni su cúpula de inoperantes transeros que hacían lobbies menores y rascaban viajes gratuitos a Israel.

Ese lunes volví a optar por la Línea D. Ni idea por qué. Con el walkman al taco escuchando cassette –la radio no se escucha en el subte– hice combinación a Constitución y luego el tren a Lanús. Siempre tracción a cassette.

El próximo cliente estaba en el centro pero abría más tarde. Fui a Lanús, cobré, y me dirigía al centro cuando me enchufé el walkman de nuevo pero esta vez con la radio. Ahí escucho lo de la AMIA. Llamo inmediatamente a la oficina. Me dicen que llamó mi vieja, que está desesperada. La llamo, llora. La calmo, llora. Subo al tren. Bajo en Constitución. Subo al subte. Bajo en Callao. Subo por Córdoba. Es un hervor en pleno invierno. El Hospital de Clínicas es un hormiguero. Doy la vuelta por la plaza Bernardo Houssay. Cruzo Córdoba por Azcuénaga. Llego a la oficina. Un hijo de mil putas ya se había afanado un casco de Defensa Civil y se lo ponía en la cabeza payaseando. Les digo que voy a ver si puedo ayudar. Me dicen que no puedo hacer nada, que ya fueron a ver. Les digo que me voy igual, que soy judío. Bajo, tomo Azcuénaga. Paso San Luis. Doblo en Viamonte. Llego a la esquina de Pasteur. Hay policía que no deja entrar. Veo la montaña de escombros y polvo, polvo y polvo. Sorteo la línea policial –nada difícil, por cierto– y me mando. No veo ningún cadáver pero veo a unos pibes conocidos, fiambres comunitarios en camino a convertirse en dirigentes. Todos corren sin saber que hacer y eso que ya pasó como una hora y media del atentado. Cuando me doy cuenta de que estoy corriendo sin saber que hacer vuelvo a la oficina. Empiezo a caer pero no me doy cuenta más que del hecho físico. Respiro y recuerdo que es la segunda vez en el año que podría haber muerto al margen de las que uno no se entera.

En marzo de 1994, un mes antes de cambiar de trabajo y de barrio laboral, mientras esperaba a un amigo para ir a anotarnos a la Escuela de Cine de Avellaneda, me quedé haciendo tiempo en unos videojuegos de Corrientes y Uruguay, sobre la avenida. Puse una ficha a un juego de fútbol en el que me destacaba. Iba por los cuartos de final, casi directo a coronarme campeón del Hattrick Hero cuando un pibe me tira de la mochila y me grita “Fuego, flaco, fuegooo”. Ahí tomo conciencia del humo que se respiraba y de un estallido de un vidrio al que, concentrado jugando, ignoré y relacioné con un accidente doméstico. Salgo corriendo y veo por lo menos cien personas sobre Corrientes, cortada ya, que miran hacia arriba de los videojuegos. Había reventado el polígono de tiro Shooting Baires. Y me había salvado.

Mientras cae fuego sin fin sobre el Líbano y llueven Katiushas en el norte y Kasam en el sur, tengo que trabajar duro para el semanario que cierra mañana y sale a la calle el jueves.
Las noticias las debo tratar desde un punto de vista local, israelí, ya que somos el único semanario en español del país. El lado humanitario de lo que ocurre más allá de la frontera no tiene lugar. No me gusta. Pero es genial que haya Rashas y su primera mano de los hechos que se difunden al margen de las agencias de noticias.

En Tel Aviv hay un clima Guerra de Malvinas, aunque pesa un alerta sobre la ciudad. La gente hace su vida normal, sale, consume y está atenta a las noticias pero no hay pánico porque los cohetes caen lejos. En el norte y en el sur, ya dije.

Ayer, mientras terminábamos de cenar con mi mujer en casa escuchamos una especie de sirena. Nos levantamos en un microsegundo y apuntamos a la pieza de la beba. Falsa alarma. Una pelotuda recién mudada dos pisos más arriba taladraba algo a las 22.30 de la noche y el motorcito como que ululaba. La puta madre que la parió. Imaginen que se rompe un dique y que en vez de agua corre adrenalina. Nos miramos al borde de la crisis nerviosa. La calmé, la invité al balcón a fumar y a tomar un cortadito. A repensar. Por ahora, nos quedamos.


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La Muerte y la Brújula
Paraguas Asesinos
Requiem que no soñó serlo