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Picando III: Pasiones Equivocadas

18 07 2006 - 14:09

Las crónicas del Líbano de Rasha, la película de Coppola sobre una novela de Mircea Elíade, los doce años del atentado de la AMIA, me han vuelto circunspecto. La avanzada del ejército israelí, el asesinato a mansalva de civiles en Beirut, el aparente carisma del líder de Hezbollah, organización vinculada al crimen de decenas de argentinos en la calle Pasteur, la película de mi director de cine favorito sobre un relato de un erudito rumano de historias de las religiones que apoyó a la Guardia de Hierro rumana y a Hitler en la época de gloria del fascismo rumano, país en el que nací, y en donde varios miembros de mi familia nacidos en Cluj, fueron asesinados en los campos, todo esto me hacen pensar en algo más que en la leche y el vino .

El otro día leí una nota de Eliaschev en Perfil en el que dice que el gobierno argentino es rehén del de Venezuela, amigo de Irán, y que por eso no condena los atentados de Hamas y Hezbollah. Notas así me dan vergüenza. No es malo especular con buena fe, pero es necesario no borrar la delgada línea roja que marca la separación entre la zona de la verdad y la de la mentira.

Vivimos tiempos de guerra y no de política. Los negociadores han perdido. La famosa ruta de la paz no existe. La cantidad de muertos y la política del terror pretenden establecer las nuevas relaciones de fuerza. En Israel hay generaciones que han nacido militarizadas y que odian a los árabes. Hay muchos jóvenes israelíes que han dejado el país espantados por la vida que les espera. Sería bueno que los sionistas no sólo hablen de los que van a Israel sino de los que se van.

Seguramente, o quizás no, Eliade y Cioran, deben haberse arrepentido de sus posiciones antisemitas y prohitlerianas de la década del treinta, pero que yo sepa, jamás lo han publicado. Cada uno siguió con su tema, uno con los misticismos, el otro con sus breviarios de la podredumbre existencial. Nosotros también tenemos a nuestros personajes que alentaron la tortura y el odio; hoy se lavan las manos en nombre de la república liberal en la hora clave del domingo a la noche.

Perseguir en otros pasiones equivocadas es una tarea entre triste y cobarde, sólo vale la pena cuando nos quieren distraer como si nada hubiera pasado. Y pasa.

La tarea de los Baremboim, los Saïd, Rabin, los moderados de uno y otro bando, se ha silenciado. Edward Saïd, el ensayista, profesor de literatura y músico palestino, ha escrito profusamente sobre el dolor de su pueblo, sobre la expulsión de sus territorios en el año 48, sobre la violencia ejercida por el estado de Israel sobre sus hermanos. Daniel Baremboim, el gran pianista y director de orquesta, nacido en la Argentina y amante de nuestro país, llevado por sus padres a Israel, país del que es ciudadano, por lo tanto de familia de sionistas, es uno de los críticos más agudos de la política de Israel. Los dos han creado el grupo musical que recorre el mundo, formado por árabes y judíos. Esta idea parece estar muy lejos de la realidad, sin embargo no deja de ser una utopía viva. Los judíos debemos reconocer que hoy en el mundo no hay un problema judío sino un problema palestino, me refiero a una opresión del pueblo palestino. Que tienen derecho a un estado como lo tenía el pueblo judío al fin de la segunda guerra.

En realidad es algo absurdo que recomiende nada a los judíos ni a nadie. Es mi posición personal que me compromete sólo a mi mismo, es la que le trasmití a los representantes de la asociación Simón Wiesenthal, en una conversación que tuvimos no hace mucho, ellos que pertenecen a una organización creada por un soldado de la libertad, que derivó penosamente en llamarse cazadora de nazis, les dije esto mismo, que ya no hay problema judío. Sí hay, y siempre habrá, antisemitas, es decir imbéciles. El escritor Imre Kertesz tiene absoluta razón, el prejucio antijudío ya no es doctrinario, es sencillamente necio.

En uno de los últimos números del New Review of Books, se comenta la polémica que produjo un libro de dos académicos de la Kennedy School de Harvard sobre el lobby israelí en EE.UU y su peso en las decisiones de la política exterior yanqui. Entre argumentos que van y vienen, la posición de Chomsky, esta vez, fue la más razonable. El gobierno norteamericano no necesita de consejos de dirigentes judíos para seguirle el olor al petróleo.


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