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Oupen faier

18 07 2006 - 16:45

La cosa arrancó hace unos días, cuando empecé a tirarme munición liviana con un blogger marxista que insistía en que lo que había en Medio Oriente era lucha de clases. Su post venía levantando polvo por apelar al recurso gráfico de un maguen david cruzado por una esvástica. Ya en otro momento nos habíamos dedicado a discutir en persona sobre las dificultades concretas de la planificación centralizada y otros “detalles” del socialismo, con lo cual estaba familiarizado con la naturaleza de su estilo.

La polémica empezó con la calificación de organización terrorista al Tsahal, cuyas siglas en hebreo significan Ejército de Defensa Israelí: en términos nominales, bastante lejos una cosa de la otra. En general, trato de discutir sobre la base de posturas relativas. Como la información nunca es suficiente y siempre puede haber alguien mejor informado, en lugar de aferrarme a una verdad, planteo pivotes sobre la base de lo que sé hasta el momento. Con lo que sabía hasta el momento, era claro que Israel ocupa desde hace unos cuantos años territorios que “no le corresponden”, por los cuales los palestinos pelean con distintas armas, diplomáticas y de las que explotan.

Lejos de ser una organización terrorista, Tsahal no es tampoco un cuerpo de ayuda humanitario en lo que al trato con palestinos se refiere. No obstante, a ese maltrato le encuentro otro origen, muy distinto a la vocación terrorista. Partiendo del supuesto de que un ejército tiende a comportarse en forma corporativa, defendiendo sus privilegios, pretendí desmarcar a “todo” Tsahal de la condición de terrorista, dado que es un ejército por el cual pasa la totalidad de la ciudadanía israelí en períodos de 2 a 3 años y, en los años que llevo tratando con israelíes, pocas veces creí estar frente a un terrorista. Hubiese sido inocente de mi parte sostener que los ejércitos quieren la paz o la desaparición de la amenaza de conflicto. De hecho, del lado israelí, los individuos que componen el conglomerado de instituciones que mantienen en funcionamiento el aparato militar se legitiman y defienden sus privilegios y porciones del presupuesto nacional porque la necesidad de defender y proteger de amenazas tiene su grado de aceptación en la sociedad. Del lado palestino, mantener la lucha frente al hostigamiento, la matanza de niños o cualquier otra aberración, como así también sostener la iniciativa reivindicatoria, le da masa crítica y respeto simbólico a Hamas y sus integrantes. Todo esto sazonado con los ingredientes religiosos que validan el martirio y promueven la Jihad: sin infieles, no habría razón de ser, con lo cual, los necesitan. En la medida en que se mantiene un clima “armónico” de tensión, en torno al cual, sin llegar a la paz, las cosas no se van al carajo todos los días, el riesgo de perder privilegios materiales y simbólicos, financiamiento o presupuestos, disminuye. A cualquiera le costará mucho tratar de convencerme de que no hay responsabilidad en los sectores más reaccionarios de Tsahal y Hamas en sostener esta situación en el tiempo.

El hecho que rompió el equilibrio del sistema planteado en estos términos fue la validación política de Hamas. Porque donde antes había un clima de tensión, ahora existe un apoyo manifiesto al brazo político de Hamas, que adhiere a la destrucción de Israel como método de resistencia. En ese contexto, la operación que sirvió de excusa, el secuestro del soldado, desencadenó un castigo colectivo sobre toda Palestina. ¿Cómo funciona? “Si ustedes no sólo no controlan a la fuente de nuestra amenaza de inseguridad, sino que encima la validan en las urnas, banquensé las consecuencias”. Así razonaron en Israel y así obraron. La tradición del castigo colectivo, salvo en el regateo de Abraham con dios donde le iba bajando el piso de justos por los cuales no era necesario destruir una ciudad de pecadores, es una constante en la tradición de la Torá.

Ahora, es prudente preguntarse si reventar centrales eléctricas, secuestrar un gabinete y el resto de la retaliation por el secuestro del soldado, utilizado por Hamas para negociar la liberación de presos palestinos y árabes, es negocio. Hay un punto previo a este planteo y es la necesidad de entender por qué Israel tiene presos árabes y palestinos. Nuevamente, el argumento de la seguridad: “si ustedes no hacen lo necesario para que no nos ataquen, no se preocupen, tenemos un servicio de inteligencia y unas cárceles maravillosas que son más efectivas que Guantánamo”. Y ahí no hay tu tía: si para evitar una explosión en el Disengoff tienen que chuparse un par de pibes dispuestos a ponerse un chaleco de trotyl, lo hacen. Acá sospecho está el embrión discursivo que tomará mejor forma en los ataques a Líbano: “preferimos a sus jóvenes encerrados antes que a los nuestros muertos”.

Hasta acá la cosa hubiera llegado hasta un nivel de relación de fuerzas que cristalizaría en un nuevo acuerdo diplomático. Entendámoslo de una buena vez: los acuerdos diplomáticos, como las leyes, son la cristalización de una relación de fuerzas a un determinado momento. Ahí donde alguno crea que tiene más fuerza relativa como para torcer el mapa de beneficios o responsabilidades congelado en el último acuerdo vigente, tendrá razones de más para empezar a hacerse el boludo primero, permitiendo sucesivas relajaciones, para finalmente mandar el acuerdo a la mierda e ir por lo que no ganó en la batalla anterior. Esto funcionará iterativamente hasta que se aniquile al adversario o alguien encuentre algo parecido a las tan gastadas “causas de fondo” y se ponga a cranear una forma de resolverlas a prueba de reaccionarios y/o reformistas.

Decía, todo hubiera confluido a un nuevo acuerdo siempre y cuando Hezbollah no hubiera intercedido para reclamar por la misma causa que reclama Hamas, matando soldados en el Norte y secuestrando un par más.

Hezbollah nace en el sur del Líbano como un movimiento terrorista (o resistencia organizada) contra la ocupación israelí, ocupación que a su vez se llevó adelante en una de las guerras para evitar que el Golán, punto estratégico desde el cuál se puede obtener una perspectiva completa del mapa israelí, quedase en manos de tipos con katyushas.

La apertura del frente norte pone en juego otra vez el comodín de la seguridad. Ahí vamos: “si ustedes, Estado soberano libanés, no pueden desarmar un ejército que no es del Estado y, para variar, dejan que pongan las bases en medio de territorios civiles, tengan cuidado porque a lo mejor los misiles van a destruir un par de cosas más en el camino”. Otra vez el castigo colectivo. Líbano, un país que fue colonia francesa, atrasado económicamente, sometido por el ejército sirio, que atravesó una guerra civil, al que le mataron un ex primer ministro (curiosamente, el aeropuerto que destruyeron las bombas israelíes se había bautizado en su honor: Hariri), guarda en su interior a Hezbollah. Las distintas fuentes de la prensa comentan que el poder militar de Hezbollah es superior al del propio ejército libanés. Los orígenes del financiamiento no son muy difíciles de adivinar. Para Israel da igual: la agresión viene de ese territorio, y la soberanía le importa muy poco. En los primeros días, destrozaron puentes, infraestructura, realizaron un bloqueo marítimo, además de matar civiles. Con lo cual, el escenario se ponía más feito. Personalmente, me costaba entender cómo nadie en Israel salía a la calle a pedir que paren con esa locura. Destruir un país entero, en el peor de los casos, sólo conseguiría validar a Hezbollah de cara a aquellos que todavía no se habían plegado a su causa. Ahí fue cuando salí a testear mi hipótesis. Chat con Amir (un israelí que conocí en Madryn en el medio de su viaje post colimba), llamado telefónico a mis abuelos en Rishon le Tzión, cerquita de Tel Aviv. En respuesta a mis inquietudes fue que conseguí darle forma al concepto anterior: “la responsabilidad por la pasividad es responsabilidad también, y de todos los que estén en ese suelo”. Por extensión: “preferimos sus muertos antes que la posibilidad de los nuestros”. Con lo cual, a reventar Líbano hasta que suceda lo primero: la rendición de Hezbollah, la pérdida de legitimidad, el éxodo, da igual.

Mientras el caldo se ponía más y más espeso, Egipto, Jordania y Arabia Saudita salieron a pedir tiempo juez ni bien Irán dijo que si se meten con Siria se pudre todo. El resto del mundo, salvo rednecklandia, dijo que Israel se había ido un par de kilómetros más allá del carajo. Los misiles llegaron a Haifa y el líder de Hezbollah, que sobrevivió a un ataque directo, amenazaba con sorpresas, mientras yo chateaba con mi tía, también en Rishon, que me decía sin perder el humor que andaban con los cascos puestos y preparados para bajar al refugio. Cuando le pregunto a mi tía porqué nadie propone en Israel parar un poco la mano, me habla desde el otro lugar común: los muertos que murieron defendiéndolos. Algo así como “la sangre derramada no será negociada” pero en hibrit. Cuando le comenté a mi tía que la ecuación planteada en esos términos tenía un problemita y era que seguiría muriendo gente, me dijo que me adoraba y que tenía que atender las mil ventanas de messenger con amigos argentinos que manifestaban su preocupación.

¿Hacia dónde converge esto? Como me decían mis abuelos, ya va a llegar la solución diplomática. Mientras Bush hacía gala de su torpeza y le comentaba a micrófono abierto a su socio Blair que si Siria le corta el chorro a Hezbollah esta mierda se termina, las hipótesis sobre el eje de la nueva relación de fuerzas a cristalizarse configuran un par de escenarios. Tal vez Israel gane militarmente antes de que llegue el nuevo acuerdo y no necesite condicionamientos para el alto el fuego. Tal vez no, y entonces Siria e Irán se comprometan a calmar a su cachorro pero sólo si le dejan las manos libres a Irán para hacer sus travesuras nucleares. Todo depende de quién la tiene más larga o quién llega más lejos.

Lo tragicómico es que, tarde o temprano, alguno va a creer que es un poquito más que lo que fue en aquel entonces, en este entonces. Y nuevamente, mientras unos especulen respecto de cuánto cuesta el kilo de legitimación en el sistema financiero-religioso árabe/musulmán, otros volverán a aplicar la misma regla: “los muertos de los demás antes que la posibilidad de mis muertos”.


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