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La Muerte y la Brújula

19 07 2006 - 18:37

Hoy fue un día duro. Una andanada de Katiushas mató a dos nenitos de 3 y 9 años en Nazaret. ¿Cómo? ¿No era una ciudad sagrada? ¿No era la ciudad de Cristo?

¿Y los muertos en Safed? ¿No era este el lugar fundado por un hijo de Noé después del diluvio? Y qué me dicen de Haifa. ¿No es acaso el centro sagrado de la religión Bahai?

Estoy harto de los cuentos bíblicos. De muy mal humor y cansado por el día húmedo me enteré al atardecer que estos dos pibitos que murieron estaban jugando afuera y les cayó el cohete.

Si, en el Líbano mueren nenes también. No me jodan. Es que cuanto más a mano tengo a la muerte, me resulta más fácil la identificación. Además, uno está de un lado y hay que tachar a dos de los nuestros. También cayeron dos soldados. Pero eso es más normal aunque sean dos menos también.

Alegta Goja

La zona central del país, encabezada por Tel Aviv, estuvo de alerta todo el día porque Inteligencia le dijo a la Policía que hubo infiltrados desde Cisjordania y que podría haber un atentado gigante en alguna ciudad del corazón israelí.

Kfar Sava y Raanana, dos feudos de argentinos, vivieron una jordana de aquel viejo temor del terrorista suicida que se inmola.

Y cuál es acaso el miedo que uno prefiere. El conocido o el inédito. Para los que vinimos en los últimos años desde Argentina este miedo al Katiusha es nuevo.

Yo nunca le tuve temor al atentado suicida. Lo banalicé con que si ocurre no tengo otra alternativa que morir en él. Que las divinidades no quieran que quede impedido porque querría morir. Pero esto es nuevo y de golpe me hace acordar a esas películas donde caen meteoritos y la gente no sabe para dónde disparar. O en los dibujitos en los que a los personajes malos les cae un piano en la cabeza.

Los malos son los que matan o mandan matar. Eso lo tengo claro. Los malos están allá en el sur de Beirut y en los ministerios de Jerusalén. Todos son malos y no les importa. Matar por un ideal, anda a cagar.

Yo no me quiero morir porque otro tiene una ideología y levanta el arma. Yo no le tiro una piedra ni a uno de Platense y para mí el fútbol es más relevante que la política.

El talante me está empezando a cambiar. Ya no sé cómo explicarle a los que me preguntan desde Buenos Aires sobre lo que “realmente” pasa. Es como que no me creen que estamos a salvo. No comprenden que estamos acá porque decidimos estarlo como experiencia. Punto final sin discusión. ¿Qué? ¿Los que toman ácidos o se tiran en barril desde el Niágara no viven experiencias rayanas al peligro? ¿Es distinta la muerte por un Katiusha que por la incomprensión de un chorizo con arma que, alocado por la pasta base, no entiende que no tengo efectivo? En ninguna de las dos se puede elegir.

La muerte es romántica para los que quedan vivos. Es mito para los que así lo desean y morbo para los cobardes.

Yo salí a la mañana a cerrar el semanario, tomé el colectivo y llegué a la oficina. No me morí.

Laburé, se cortó la luz, volvió y cerré la publicación.

Salí, me tomé el colectivo de vuelta y vine a mi casa, en el corazón de Tel Aviv, a dos cuadras del mercado más popular de la ciudad donde una vez se voló un palestino y murieron varios. No dejé de ir pero elegí, por esos engañosos juegos mentales, cuando ir.

Los que estamos en zonas más seguras ofrecemos refugio a los que están en peligro. Algunos, en la desesperación, cruzan de norte a sur para evitar los Katiusha pero se olvidan de lo que tiran desde Gaza. Es un cierto caos si no sos de acá y estás expuesto.

Ah, me olvidaba. Entre las decenas –no exagero– de radios en español que nos llaman a la redacción, mi jefe eligió un sólo programa, el de Nelson Castro. Y yo también uno, el del Gordo Cardoso. Me gusta hablar con él, la verdad, aunque no lo hago muy seguido.

Me dijeron que mañana llega Lanata y que viene un equipo del programa de Andy Kusnetzoff. Che, en vez de mandar al Diego o a Tangalanga…


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Del mismo autor:
Creer o reventar
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Paraguas Asesinos
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