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Cómo escapar del Zeitgeist (primera parte)

22 07 2006 - 20:52

Lavo los platos mientras escucho el discurso de Fidel Castro, en vivo, por Radio Nacional. Por algún motivo está hablando de Clinton.

“Son unos mentirosos. Cada vez que uno dice una verdad, seguro, seguro que se callan la boca. ¡Esa es la moral de ese Imperio Asqueroso!”

La última vez que escuché un discurso de Castro fue en Los Angeles, una noche de verano agobiante, justamente durante la administración Clinton. Castro sonaba mucho más joven. Hablaba de cosas que no tenían nada que ver con nada. Era incomprensible. Tardé un buen rato, el tiempo que me llevó manejar desde el centro hasta Silverlake, en darme cuenta de que el discurso era viejísimo, probablemente de fines de los ‘60. No lo pude confirmar porque después la radio empezó a pasar salsa sin que mediara aclaración de ningún tipo. Pero cada tanto, cuando me acordaba, buscaba esa emisora al atardecer y casi siempre aparecía Castro, dando algún otro discurso maratónico grabado quién sabe hace cuánto tiempo.

Nunca supe si la emisora estaba a favor o en contra de la revolución. Las dos posibilidades eran igualmente verosímiles. Aunque no repetían el mismo discurso, era evidente que eran todos iguales. El de hoy también. Aunque incorpore elementos de color local (“¡Acusarnos a nosotros! ¡Al país donde nunca ha habido un desaparecido, y quien puede entender esto mejor que los argentinos…!”) y mencione a la mujer de Bonasso (“la difunta Anita”) y la caída de la Unión Soviética, que

“por errores, por debilidades, por perder la batalla de ideas, se derrumbó.”

Es interesante ese reconocimiento acerca de la “batalla de ideas”, y suena extrañísimo en el contexto de alguien que cierra diciendo “Patria o Muerte” y propone una extraña variante del optimismo a las decenas de miles de jóvenes que lo escuchan con veneración:

“Ningún pesimista puede ser revolucionario. El revolucionario es como el combatiente, combate hasta la ultima gota de sangre.”

Y dale con la sangre.

Hoy estuvimos toda la tarde tratando de evitar, no con mucho éxito, que la redacción de TP se libanizara como consecuencia de algunos reportes que recibimos desde Medio Oriente. Mientras escribo esto, dos periodistas de Radio de la Ciudad se congratulan de vivir en un país sin bombas. “Hay que valorar eso. Mirá cómo están en el Líbano. Nosotros estamos mejor, es importante.” Lo que dicen es indiscutible, pero la conclusión es irremediablemente banal, como si estuvieran comparando la cantidad de baches o el ratio de impuestos entre dos ciudades. Y además me hace acordar a cosas muy parecidas que escuché cuando era chico, en la década del ‘70. Me hace acordar a Mafalda.

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1. ¿Qué dice el Zeitgeist?

Hace poco decidí empezar a subrayar cada instancia local de un concepto cuya popularidad intuía creciente (el bold es mío):

Si bien en la práctica, como dicen ahí en la radio, venimos bastante bien, es innegable que la idea de dar la vida por algo está de moda, también en Argentina, como no lo estuvo en muchos años.

Me refiero a la idea de que el cuerpo humano, compuesto por cientos de millones de células, cada una de las cuales contiene miles de moléculas cumpliendo funciones específicas que tardaron cientos de miles de años en definirse, está ahí para que vos lo mates o lo “ofrendes” en nombre de la patria socialista, cristiana, peronista o selenita.

No es una buena idea. Y como tal debe haber sido relegada a una segunda línea en la “batalla de ideas” que dice Castro que perdió la URSS, porque hoy goza de un inusitado revival en el recuerdo de algunos y en las acciones de otros.

¿Cómo puede ser?

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Página 2

Daniel Dennett empieza un libro extraordinario (que salió el otro día y leí en una tarde, sin poder parar) describiendo una particularidad de las hormigas negras que recuerdo perfectamente haber observado durante tardes de siesta en la provincia de Buenos Aires. La hormiga trepa por el pastito. Sigue trepando. Se cae. Se vuelve a trepar, al mismo pastito. Más alto, más alto. Se cae. Vuelve a trepar. Así durante horas. ¿La hormiga es boluda? Difícil, seguramente obtiene algún beneficio, porque el procedimiento es clarísimo y compartido por miles de otras hormigas. ¿Qué gana la hormiga?

“Wrong question, as it turns out,” dice Dennett. La hormiga no gana nada. Está infectada por un parásito, el Dicrocelium Dendriticum, que necesita llegar al estómago de una vaca o de una oveja para completar su proceso reproductivo. No es una situación privativa de las hormigas. El Toxoplasma Gondii es más conocido, y se carga a una gran cantidad de ratones que no pueden evitar correr enloquecidos por ahí sin notar la cercanía de gatos que oficiarán de huésped después que ellos. Parásitos similares infectan también a otras especies, y su peculiaridad es evidente. Los animales infectados terminan comportándose de maneras absurdas (“incluso suicidas”, subraya Dennett) en beneficio del parásito, no del huésped. La sugerencia de Dennett es que a nosotros nos pasa lo mismo, pero con las ideas.

Lo dice en serio. No es una metáfora ni un invento de Dennet, pero no me voy a poner a hablar de memes porque tengo que terminar de escribir esto antes del lunes. El libro de Dennett (Breaking the Spell, Religion as a Natural Phenomenon) le da veinte vueltas a Dawkins, y vale la pena leerlo entero. Para lo que sigue nos alcanza con aprehender el concepto sin necesidad de probarlo, y basta con aceptarlo como analogía válida. Para lo cual me desvío un segundo con aclaraciones y disclaimers.

Para Dennett la idea es el parásito. No es impensable, sin embargo, otra analogía en la cual la idea fuera el instrumento del parásito. O, pensado en términos evolutivos, la adaptación del parásito. De hecho, esto puede sonar incluso mejor en abstracto, aunque uno no sepa con qué llenar los espacios en blanco. Algo de esto propone David Sloan Wilson en otro libro reciente sobre religión, Darwin’s Cathedral. Su hipótesis es que la religión es un fenómeno social evolutivamente diseñado para alentar la cooperación dentro de un grupo determinado (y no entre grupos). El problema de Wilson (que Dennett señala) es que la idea de selección natural grupal no le cierra a nadie que se tome la evolución en serio. No es fácil encontrarle la vuelta y no pretendo hacerlo yo acá, sólo subrayar que la analogía entre ideas y parásitos (o virus) se pone complicada cuando te toca pensarla en el contexto de procesos sociales complejos, sobre todo porque las ideas tampoco viven aisladas en la cabeza de uno. Uno puede terminar asumiendo relaciones de causa-efecto que son fácilmente cuestionables. Sam Harris, en un reportaje reciente, hablando de los enfrentamientos armados que aparecen en los diarios, decía:

I think it is a profoundly widespread and disempowering myth, particularly among secularists and religious moderates, that these people would be killing each other anyway.

Quintín, por teléfono, hace media hora, me decía exactamente lo contrario: que el error es aceptar a la religión como un factor en toda esta demencia, de origen (para él) netamente político. Harris y Quintín se podrán poner de acuerdo o no, pero los argumentos razonables que expone cada uno sugieren la probable presencia de más actores que un huésped y un parásito. Seguramente hay más. Pero asumamos que con parásito y huésped alcanza. Aunque nos tiente garabatear un modelo superador, no estamos (por ahora) en condiciones.

Las construcciones ideológicas como sopa primordial para todo tipo de masacres encajan perfectamente con la analogía de Dennett, que habla de religión en su libro pero no se va a ofender si le tomamos prestado el concepto. El caso de Castro es un buen ejemplo. ¿De qué manera podría él arengar, como lo hizo hace un rato “¡Hágase lo racional”, a los gritos, y después hacer lo que hace con los habitantes de Cuba? Para unir una cosa con otra hace falta una construcción ideológica que opere de relé entre las necesidades (originalmente psicológicas/fisiológicas) de sus actos y lo que te tiene que vender en cada discurso. Ahí está el parásito (la construcción compuesta por la Revolución, el Imperio, etc.) ¿Pero no hay otras ideas en el medio? ¿No hay operadores específicos de los cuales la idea se nutre para sobrevivir, así como otros la amenazan desde afuera? Lo mismo le pasa al parásito de la hormiga, que tampoco vive en el vacío. De hecho, vive en la hormiga, y la hormiga es susceptible a la luz, a la lluvia, a que la pise yo en un descuido o la calcine un nene con una lupa.

Disputada a menudo desde la biología, la analogía de Dennett (y Dawkins) tiene límites, pero no son esos los que nos importan acá. Incluso biólogos de lo más estrechos se ocuparon alguna vez de la idea de “evolución cultural”. Stephen Jay Gould tiene un ensayo buenísimo sobre la evolución en el aspecto de Mickey Mouse a lo largo de su vida ficticia, y lo mismo podría hacerse con Snoopy o con Mafalda. En ese sentido menciono acá a la hormiga. Ya que volvimos a Mafalda, pasemos de nuevo a la escena local sin olvidarnos de la hormiga y su parásito.

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Página 3

2. Qué dicen del Zeitgeist.

Entre Dennett y los 58 mails que hoy me dieron ganas de tirar la computadora por la ventana, leí también Tiempo pasado, el segundo libro de Beatriz Sarlo que da vueltas alrededor de la memoria como parte de un proceso que imagino en tres tomos. No sé por qué. No sé si hay un tercer tomo, pero yo quiero más. Son libros muy disfrutables. Tiempo pasado me resultó menos divertido y más sensato que La pasión y la excepción. Me parece que ambos títulos hacen justicia al contenido de cada libro; el primero algo caótico, caprichoso y tentador, el segundo más tranquilo y anclado en el sentido común. Me tienta un tercero épico, lo cual posiblemente sea imposible si Sarlo sigue tomándose tan en serio a sí misma. Todo es demasiado serio. Salvo por el momento en que a Sarlo se le escapa un chiste que supongo involuntario.

Gobernado por este espíritu de época, un film de Albertina Carri, Los Rubios, reúne todos los temas atribuidos a la posmemoria de una hija sobre sus padres asesinados.

Rewind. ¿Qué clima de época? Sarlo aclara:

La sensación de una demasía política, que es claramente un signo de estos tiempos…

Pará. ¿De qué año es el libro? 2005. ¿Cuál cree Sarlo que es el “signo de estos tiempos”? Durante toda su meditada descuartización de la película de Carri, Sarlo parece estar impugnando los ‘90, el menemismo, el “neoliberalismo”, como quieras llamarlo — lo que ella entiende como una negación de “la dimensión más específicamente política de la historia”. Parece un texto escrito hace diez años. Pero es de ahora, igual que la película de Carri.

No me iba a quedar tranquilo si no veía Los Rubios, y le agradezco a Sarlo el empujón, porque la película es interesante, por muchos motivos. En principio por su honestidad inusual, que la convierte naturalmente en una película que va a contramano del clima de época (de ahora), y que fue objetada por el INCAA durante su rodaje precisamente por eso. Lo perturbador es comprobar que las objeciones del INCAA y las objeciones de Sarlo son las mismas. No están expresadas de la misma manera —Sarlo sabe leer y escribir, y cuenta con la ventaja de haber visto antes la película, durante la cual se expone en detalle la postura del INCAA—, pero en última instancia ambos caen en la grosería de reclamarle a Carri una visión más “política” de sus padres. En el caso del INCAA, se trata exactamente de lo que uno esperaría de ellos. Pero lo de Sarlo da miedo.

Empieza subrayando la distancia entre Carri “y las ideas políticas que llevaron a sus padres a la muerte” (el bold es mío) y sostiene que a la protagonista de Los Rubios le cuesta entender las elecciones de sus padres porque “las razones de esos dos militantes, si no se las busca en la política de la época, serán definitivamente mudas”. Sarlo es, habitualmente, más mala que la peste, pero en este caso supera cualquier cosa que yo haya leído antes. Hace uso de los recuerdos infantiles que no sin dificultad Carri incluye en la película para insinuar que habla “desde ese lugar infantil”, y concluye que es esa búsqueda disfuncional la que impide a Carri “concentrarse en los motivos que llevaron [a sus padres] a la militancia política y a la muerte”.

Altísima dosis de convicción para alguien que cree que todavía vivimos en el ‘95, y también una saña inusitada que me dio mucha curiosidad. Algo tenía que haber en Los Rubios que irritara a Sarlo al punto de sacarla de las casillas y exponerla abusando en público de una mujer treinta y tantos años más joven que ella.

Después de haber visto Los Rubios no sé qué es lo que le molesta tanto a Sarlo, pero intuyo que tiene que ver con el escaso grado de participación de su generación en la película. La declaración del INCAA también mencionaba este tema, pero Sarlo lo lleva a mayores al reclamar incluso por el espacio que se les niega en los títulos a sus contemporáneos sobrevivientes.

También son anónimos los amigos militantes que ofrecen su testimonio en el film: caras y voces a los que el espectador no puede unir con un nombre propio. Sólo en letras muy pequeñas, en los agradecimientos finales, esos nombres aparecen escritos, separados de sus correspondientes imágenes, que permanecen como imágenes de desconocidos aunque mantienen con la directora y con su doble una relación afectiva inocultable.

El pobre espectador, que no puede unir con un nombre propio, tal vez note algo que Sarlo no menciona: los nombres de los perros y los caballos que aparecen en la película comparten el mismo status con los “amigos militantes” en los títulos finales. No puedo hablar por Carri, pero en mi vida, perros y caballos han hecho mucho más por explicarme las cosas que me interesan del mundo que Sarlo y los exponentes locales de su generación, así que el gesto me resultó justo y refrescante.

Pero se equivoca Sarlo cuando sostiene que la película de Carri sobrevuela superficialmente sobre las declaraciones de los “amigos militantes”. Es cierto que aparecen poco, pero cuando aparecen dicen cosas extraordinarias. Una mujer (que no puedo unir con un nombre) recuerda a sus amigos “estructurando las cosas de un modo que todo se convirtiera en un análisis político”, y en la misma frase a “los fierros, los chicos, todo mezclado” en las casas de esas familias. También señala, no sé si a propósito, una de las dos contradicciones más interesantes que se mencionan en la película. Define las vidas de aquellos militantes como “una apuesta”, aclarando enseguida que “estaban en un círculo del que no se podía salir”. Esta tensión entre lo voluntario y lo inevitable aparece de nuevo en otro reporteado, que dice que “todos en esa epoca eran intolerantes”. Y también aclara que no sabe si se podía ser tolerante: “En última instancia estabas jugándote la vida, es comprensible.” Carri no se ocupa de dar vuelta el silogismo, pero uno lo puede hacer solo. ¿Habrías estado jugándote la vida si hubieras sido tolerante?

De a poco va quedando claro que, pese a la inocultable evidencia de que el Clima de Epoca actual celebra ciegamente los valores nominales de esa época dorada, ni Sarlo ni el INCAA están dispuestos a tolerar la impertinencia de un par de personas que se aparten en serio de esta cosmovisión. Un poco puede ser, incluso se podría cuestionar “las ideas políticas que llevaron a Fangulo a la muerte.” Pero guarda con decir que ninguna idea política lleva a nadie a la muerte, guarda con decir que las razones son mudas, porque ahí las cosas se complican. Las autocríticas de Sarlo en su libro anterior empiezan a parecer menos sinceras y más oportunistas, y su equivocación sobre el Zeitgeist actual se ve menos como un error y más como una construcción artificial que le proporcione interlocutores donde ya no hay, porque si hay viene Sarlo y te pega.

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Página 4

Dice Dennett, en el libro del que hablábamos antes:

You don’t get to advertise all the good that your religion does without first scrupulously substracting all the harm it does and considering seriously the question of whether some other religion, or no religion at all, does better.

Y dice Sarlo, ejemplificando esto en el suyo:

”(...) la idea de derechos humanos no existía en las décadas de 1960 y 1970 dentro de los movimientos revolucionarios. Y si es imposible (e indeseable) extirparla del presente, tampoco es posible proyectarla intacta hacia el pasado.”

“Derechos humanos” dice, no “iPod”.

No hace falta un paseo por Google porque no se trata de patotear a Sarlo sino más bien de aplacar su ira. Ya vendrá alguien a contarnos cuál es el origen preciso de la idea de derechos humanos. Pero más allá de las monstruosidades inherentes a la Revolución Francesa, la declaración de 1789 pegaba en el poste. O la declaración de independencia de los Estados Unidos (“life, liberty and the pursuit of happiness, blah, blah”) En cualquier caso, no sé cuándo se habrá creado, pero estoy seguro de que el Instituto Internacional de los Derechos del Hombre ya existía en la década de 1960.

Que la idea no existiera “dentro de los movimientos revolucionarios” no es muy sorprendente. El serial killer de acá a la vuelta tampoco tiene libros de Simone Weil y Ernest Becker en su biblioteca. O sí, si es como John Doe. ¿Hay alguna diferencia? ¿Cuál es?

Antes de pasar a lo que Sarlo sugiere, tal vez haya que aclarar que lo que afirma con semejante convicción es proporcionalmente igual de falso. Tiene que ser perfectamente posible proyectar la idea de derechos humanos hacia un pasado tres décadas posterior a la Declaración Universal de los Derechos Humanos (ahí sí me fijé en Google, no lo pude evitar).

Ah, pero los movimientos revolucionarios no sabían. Jodéte, flaco. Agarrá los libros, mirá la tele. No querían saber. Ya que estamos, el hecho constatable de que la idea existía fuera de los movimientos revolucionarios, demuestra que fue posible entonces extirparla de ese presente, al menos en parte, y sugiere algo peor: que, pese a lo que dice Sarlo, también es posible extirparla del nuestro. Indeseable, sí, también. Todo es indeseable desde que empezamos a hablar del tema.

Entiendo que Sarlo no quiera renunciar a lo que ella llama “la densidad de temporalidades diferentes”, pero tampoco estamos hablando de la Edad Media. La ignorancia no es excusa si seguís siendo maoísta después de ver La Chinoise. Además, esta “densidad” aparentemente necesaria en nuestra visión del pasado reciente se disipa enseguida cuando se trata de emitir juicios de tipo político e ideológico respecto del terrorismo de estado, si bien podemos estar seguros de que la idea de derechos humanos tampoco era muy popular en las filas militares de los ‘70.

Sarlo le perdona la vida (apenas) a Carri mediante el procedimiento de asimilarla a un supuesto “clima de época” que atrasa por lo menos cinco años — cinco años cruciales. Y también relativiza la posibilidad de entender las atrocidades de los ‘70 salvo que uno asuma la cosmovisión que ella declara mayoritaria al punto de constituir el “clima de época” de entonces.

Pero “All you need is love” también era el clima de época de entonces. Había hippies, algo de lo que Sarlo estaba tan enterada como Kirchner, que en esos años formaba parte de la FURN. La FURN (Federación Universitaria de la Revolución Nacional) publicaba un semanario que se llamaba Patria y Pueblo, y que

(...) ridiculizaba a los hippies argentinos como imitadores de una cultura extraña y ajena para la Argentina, generada en los Estados Unidos como respuesta a la guerra de Vietnam. En un artículo titulado “Melenudos y dependencia” afirmaba:’En la Argentina, un país semicolonial, con su pueblo explotado, pedir la paz es querer consolidar el actual régimen de violencia’”. (+)

Así como ellos podían decir eso, Sarlo podía irse a la playa con un Winco a pilas y un disco de The Who. No eligió eso. Una pena por ella, pero uno no tiene la culpa, como tampoco la tiene de que ni ella ni los ex-militantes de la FURN, establecidos, convalidados por las peores casualidades, con todas las posibilidades del mundo, sigan criando distintas mutaciones del mismo parásito, a un costo altísimo, tal vez no para los portadores, pero sí para miles de infectados.

En la próxima entrega: Tips para diferenciar el Zeitgeist real de clones laterales, y estrategias posibles.
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(+) La cita es de La cara oculta de Kirchner, un libro de Walter Curia que no se puede leer, pero que tiene un par de datos interesantes en los primeros capítulos.


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