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Mi placita

24 07 2006 - 15:13

Tengo mi estudio en Palermo Viejo frente a una plaza que se atreve a llamarse Campaña del Desierto. Tiene una manzana de perímetro con una calesita, juegos para chicos, toboganes, hamacas, subibajas, y un arenero. Posee una belleza singular por sus lomitas, escalinatas, una enorme fuente circular con un chorro potente que llega a casi diez metros de altura, y gente variada. Viejos, niños, adolescentes, curdas y cirujas, taichichuanenses, desarropados de veraneo con sus reposeras, y uno de los primeros caqueros de la ciudad de Buenos Aires.

Como todos saben, este barrio es uno de los más concurridos por los sabuesos agenciados por dueños o por paseadores que llegan a administrar un pelotón de hasta veinte perros de todos los tamaños. El caquero es un territorio de tierra batida y apisonada, no muy grande pero tampoco mínimo, que permite que las mascotas jueguen y caguen en una zona restringida mientras los humanos, también de variado tamaño, se dedican a su solaz esparcimiento.

Es lo que quise hacer en un momento en que decidí ir a la plaza para continuar mi lectura del Emilio de Rousseau, que por algún motivo, de ningún modo premeditado, trata de las glorias de la naturaleza. Fue una casualidad, podría haber llevado Sobre héroes y tumbas o las Memorias del subsuelo, pero por uno de esos extraños azares de la providencia fue con el divino Jean Jacques que se produjo el evento.

Me senté en un banco solitario, a media sombra, pero me levanté y cambié de idea en busca del buen sol. Finalmente, me detuve junto a los que se apoltronan sobre una línea continua de una base con respaldo de cemento, que da vuelta alrededor de la fuente, esta vez seca y con el chorro muerto, frente al sol, recostado sobre el espaldar que da al césped, ralo y discontinuo. Abrí el libro y respiré, luego cerré el libro. Había olor a pedo dulce. No tenía a nadie al lado, el aroma insistía sin evaporarse, así que fijé mi vista en los elementos que me rodeaban por si asomaba algún sorete viejo, o un viejo sorete. Nada. Di vuelta la cabeza para recorrer el pastizal inmediato y tampoco nada. Resolví cambiar de lugar pero ni siquiera abrí el libro. Me senté y olí. El mismo pedo dulce. Me miré las dos suelas, impecables. No tomaba sol, no leía, parecía un perro, olía.

Decidí volver al estudio en donde tengo una terracita con plantas en la que al mediodía da el sol, y con una silla de plástico bien ubicada, finalmente, podía leer el Rousseau fuera del cacódromo universal.

Señores, mi terraza está en un contrafrente, no da a la plaza, es un loft de un segundo piso que medido según el patrón standard de la propiedad horizontal, es tercero. La visitan gorriones y palomas, que a pesar no ser limpias y mover un aparato digestivo generoso, de ninguna manera se caracteriza el órgano por ser tan productivo y difusor que dé cuenta de la emisión de un gas perfumado perfectamente distribuído desde la corteza a la primera capa atmosférica…

Mi terraza con sus ficus, sus quinoteros, agapantos, está azucarada. El barrio está cagado, no puedo pensar otra cosa. Tengo el teléfono del jefe de gobierno, el licenciado Telerman, lo conozco hace tiempo, claro que últimamente lo veo por televisión, y en un momento dado pensé en intentar llegarle con la noticia. Sé que le preocupa el Riachuelo y los vapores nauseabundos que se desprenden en sus márgenes. Pero la situación que estoy describiendo es un fenómeno inédito porque la mierda se ha sedimentado, no se arregla con una campaña para que los dueños de las mascotas lleven bolsita. Es parte integrante de la consistencia material de las callecitas de Buenos Aires. No se puede decir que sea una experiencia espantosa como un viaje en ascensor con un petómano profesional, porque éste azúcar moreno se mezcla con los aires de la ciudad, sus plantas, la basura, y da un regusto a napalm con soda.

No sé qué pensarán lo secretarios de turismo, ni los vecinos, ni Rousseau. Al ver que Beatriz Sarlo estaba siendo interpelada por Guillermo Raffo, se me ocurrió escribir una nota para la revista Punto de Vista, después me dije que hasta que saliera, el tufo llegaría a Frankfurt. En todo caso, el dato está lanzado. Para los interesados en caca confitada, la plaza queda frente al Bar Restó El Limbo, regenteado por el Rifle Pandolfi y la muchachada de Vélez.


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