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Bésame poco

28 07 2006 - 20:28

He lanzado una campaña en Buenos Aires para terminar con el sistema obligatorio de besos entre varones. Se ha llegado a un límite insostenible. No quisiera morirme a los besucones con extraños, socios, admiradores, colegas, tíos, periodistas, conocidos, amigos. Tengo primos pero no los veo, con eso puedo ahorrarme algunos besos. He comenzado la acción con los amigos, a quienes les pedí que no lo tomaran como algo personal. Desde este día nos daremos la mano.

Es franco, viril, leal, distante pero respetuoso, el dar la mano. Darle la mano a una mujer bella es una golosina para los que se ratonean fino, pero ése es otro tema. Lo han recibido con beneplácito, algunos con sorpresa, otros con ironía, nadie pensando que es un disparate. Son muchos los que están cansados de los besos. Un buen apretón de manos y de vez en cuando, por qué no, el clásico abrazo porteño acompañado por el grotesco italianismo “qué hacés papá ”.

Un amigo me la quiso complicar y dijo que a él le molestaba el tuteo, que se bancaba un beso —con “usted”— mejor que un “vos” sin beso. Le dije “déjeme de romper las pelotas” y le estampé un último beso.

Me preguntaron de dónde creía que venía la costumbre. De acuerdo a los datos que se pueden obtener de la tradición ciudadana, es un resto del hippismo de plaza Francia. Nació entre artesanos y guitarreros que iban al cine Mignon a ver Woodstock. Fueron ellos los que no han podido desprenderse del chupón hipposo y lo han hecho ceremonia masculina. Importa poco que los rusos se besen en la boca o que los hindués se toquen el culo, aquí nos estrecharemos la mano. Una amiga me dijo que la boca es la continuidad del ano, la verdad es que no me habia dado cuenta de lo que todo el mundo sabe. El pintor Francis Bacon se dio cuenta del asunto. Cuando me recuerdan la continuidad de nuestro aparato digestivo con sus dos orificios de input y output, por lo visto pienso en el arte. No sé para qué sirve esta información fisiológica por más que se me diga que es una muestra de la intimidad y la privacidad de la boca. Mi propuesta y campaña no tiene un significado psicológico, no sé si mi boca está más cerca de mis fueros personales que mi mano derecha. Todo mi cuerpo tiene derecho a vivir tranquilo. Es una cuestión de cercanía. Si fuera un oso hormiguero me bancaría el chupón de un conocido, total lo veo a dos metros. De ser un manicorto, un muñonero, el dar la mano exigiría que nos rocemos los pantalones con el prójimo y preferiría los mails. Pero siendo un homo erectus, no hay como los brazos para conservar los lugares. Respecto de las mujeres, no hay campaña por el momento porque no se puede batallar en dos frentes. De todos modos la consigna ya está establecida: beso con las amigas y mano con todas las otras. No hablo de esposas.

Hablando de esposas quisiera terminar con otro tema, para desarrollar, quizás, en otra entrega. Se ha estudiado muy poco lo que sucede cuando un matrimonio viaja en su coche. Supongamos que a la manera habitual el varón conduce y la mujer le grita. Frená, mirá para atrás, cuidado a la izquierda, ¿por qué giraste a la derecha?, otra vez estacionaste mal. Estaba en rojo.

He visto que cuando se invierte la situación, el marido hace lo mismo. Es un rito clásico de la conyugalidad en el que se exteriorizan desavenencias, desprecios, impaciencias y el pequeño botiquín de odios tiernos. Se ha extendido el modismo a la propiedad y gestión del control remoto.

Digo esto porque presenciando una escena como la descripta, recordé a Sócrates cuando hablaba con Jantipa, su esposa, y le decía en su reducto doméstico: sólo sé que… vos sabés.

Cuando se reunía con los muchachos, con Fedón, Glaucón, Lisis, Hipías, luego de estamparles un beso les decía antes de sentarse: sólo sé que nada sé, y se armaba el truco. La historia ha conservado la escena en la que el sabio despliega su conocimiento, y olvidó el saber reconocido de la copiloto. Un apretón, amigos.


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