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Bésame poco 3

3 08 2006 - 15:21

Agradezco las muestras de apoyo que desde distintos puntos del país me han llegado solidarizándose con mi campaña por un saludo seco entre varones. Desde Córdoba a Tucumán, de Córdoba a San Clemente del Tuyú ( sic!), pasando por medios de la capital, saqué a la luz un tema que inquieta a los argentinos. Por eso lo que a continuación voy a decir posiblemente moleste e irrite a muchos, y no me sorprenderá que me retiren no sólo aquel apoyo sino la confianza tan duramente conseguida. Me pasó algo parecido hace poco con un pronóstico equívoco y malinterpretado que hice para el Mundial de futbol, y, quizás ahora, se repita la decepción. Pero sólo quisiera pedir al menos un momento de paciencia para que puedan comprender un eventual retorno a los besos.

El jueves a las 19 hs, como todos los jueves nos reunimos en el café chuchi y velezano, El Limbo, un grupo que participa del Seminario filosófico de los Jueves hace ya décadas. Como queda frente a mi estudio siempre llego primero y me pido un whiski. Lo habitual es que el primero en aparecer sea Leonardo, y así fue. Se acerca y se ríe, me saluda y se sienta. Ni me da el beso ni la mano, se sigue riendo. Hablamos de futbol, le cuento que el otro día escuché una entrevista de Mario Mactas a Cavenaghi en Moscú, y que recordaba que era para mi el mejor nueve de las últimas épocas. Le comentaba que esperaba que Basile lo tome en cuenta, aunque, la verdad, es que yo ya renuncié por cansancio acumulado a ser hincha de la selección nacional. Figura en actas.

Al rato cae Gustavo, sonriendo, le da un beso a Leonardo y se sienta a mi lado. Me da una palmada en la espalda, me pareció un simil extraño de pésame. Llega Marcelo y le da un beso a Gustavo y Leonardo y a mi me dice hola. Dante le da besos a Leonardo, Gustavo, Marcelo, y me dice al pasar “qué hashé campeón”. Cuando llega Alfredo Tzveibel, un hombre absolutamente perdido en el Olimpo y que para llegar al Limbo tiene que bajar de donde viene, se dobla y me estampa un beso, Lo miro extrañado, me mira extrañado, y se sienta. Todos se ríen. La entrada de Álvaro es de alguien sumamente serio, es psicoanalista, que besa a todos y me dice gravemente, como preocupado: hola.

Hay algo que marcha mal. Indudablemente no era esto lo que estaba en mis planes. Sugerí una reflexión sobre nuestras costumbres, me dieron su beneplácito, les pareció atinado, y ahora se ha convertido en un problema aparentemente personal que me ha tocado en desgracia, y la gente que me rodea lo ha asumido y actúa en consecuencia.

Yo he sido tartamudo hasta mi avanzada juventud y ya viví la bella indiferencia de mis semejantes que jamás se daban por enterados de mi dolencia. No quisiera ahora, además sin que nadie me lo pidiera, haberme inventado un estigma por el cual me hago conocido por “el maniático que tiene problemas con los besos con barba”. La verdad es que todos pueden hacer lo que más les venga al alma, y si la automaticidad del beso les place, si la rutina húmeda les resbala, si están demasiado grandes para alterar hábitos, no será por eso ni por nada parecido que nuestro país sobrelleve los (k)armas que tiene.

Así que el que quiera besarme que lo haga, si es muy alto, me pondré de puntas de pie, si es bajo me agacho, si es par, enchufamos directo. Lo importante es el cariño.


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Del mismo autor:
Diccionario político argentino #5
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