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Una aproximación histérica a la narrativa

5 08 2006 - 11:11

Vamos a partir de una base nada segura: el texto de Mariano Damiani publicado en la Ñ del 29/07/06 no es en joda. No es una chicana burda simplificando la obra de tres autores que no le gustan, sino que es un sincero trabajo crítico que, ante el estado de las cosas en el campo literario, intenta buscar alguna dicotomía productiva para pensar la última producción literaria local.

Este modo de trabajo tiene antecesores directos en los trabajos de Marcelo Cohen (un artículo publicado en la revista milpalabras), Martín Kohan (un artículo publicado en la revista Punto de Vista) y Damián Tabarovsky (en Literatura de izquierda, al que podríamos agregarle Ejercicios de esgrima”, la respuesta que publica Guillermo Martínez).

Ahora, si con estos últimos se puede acordar o discentir, discutir o repensar, frente al artículo de Damiani la sensación es que mea afuera del tarro. Su argumentación es la siguiente: hay una cosa muy muy mala: El Mercado, al que el autor presenta como personificado: “inventa juegos”, “no soporta burlas”,y “está pendiente de la estadística”. Este Gran Mercado es un ente muy muy malo que tiene sus “leyes capitales” que aplica a la “Ficción Mercantil” que sería la producción literaria que circula en, por y para el Maldito Gran Mercado. Es decir: que escribe sólo teniendo en cuenta cuánto venderá. Igualmente –menos mal–, por más que El Mercado sea “un Dios todopoderoso homogeneizador”, hay, sostiene Damiani, un “nuevo tipo de ficción, la narrativa histérica” que no “cae en las redes del enemigo” –uf– y que es de “carácter positivo y político”.

Dos líneas, zonas, tendencias –o lo que se quiera– tenemos, entonces, planteadas en el artículo: el Bien, y el Mal. Un clásico. El Bien “puede verse con claridad por su violento rechazo a las leyes de la Ficción Mercantil”, que es algo así como el Mal Absoluto, literalmente hablando. Pero mejor que el autor lo explique: “el Mercado en realidad es un pesado lastre que nos ha dejado como herencia la siniestra globlalización perpetrada en los años 90 por los poderosos de turno”. Chan. Lluvia de chanes. Lastre–siniestra–perpetrada–poderosos. Cuánto mal junto, cuánto Mal. Los 90, puro Genio Maligno, cuánto Mal. Y los 5, 6, 7 o cuantos sean los poderosos de turno, todos alrededor de la Gran Mesa de Decisiones arrogándose el derecho a establecer las leyes de la literatura. Perdón: de la Ficción Mercantil. En fin, supongamos, entonces, con Damiani, que hay un Gran Mal, El Gran Mercado, que genera una Ficción Mercantil que, básicamente, sería una mierda: ¿cómo no buscar lo otro, lo que escapa a El Poder?

Tranquilos, entre citas de Barthes y Robbe–Grillet, grandes lectores de la ficción argentina contemporánea, Damiani nos orienta en la búsqueda.

Amparado en esta estrategia –esto es lo Malo/Viejo, así que lo contrario será lo Bueno/Nuevo– puede Damiani definir al “nuevo tipo de ficción”: en el doble movimiento simultáneo que la caracteriza, por un lado, lo ya dicho, “la ficción histérica rechaza las imposiciones del Mercado” y por otro “seduce (literariamente)”. Ahora, entonces, el autor se aboca a la descripción de las características del modo de esa seducción:

1) usa una narración no “directa” (por ejemplo, los verbos no en indicativo sino en condicional, como los usa Gisella Heffes en el –coincidamos una vez con Damiani– interesante primer tomo de su trilogía. Pero pienso inmediatamente, usos del condicional: “¿Encontraría a la Maga?”. Y pienso, menos inmediatamente, con cierta familiaridad con la injuria: “Yo tendría pensado decirle algo gracioso…ella me miraría pensativa…el silencio sería casi perfecto...”, que es el comienzo de una sucesión de tres carillas narradas en condicional en la novela Adiós pequeña, que Damiani publicó por Editorial Paradiso en el 95 en un claro gesto avant–garde de evasión de las leyes de la Ficción Mercantil. Y esto por no poner como primer característica de la “narrativa histérica” que “No es casual que el primer texto identificable como perteneciente a la narrativa histérica no tenga, salvo en el caso de los nombres propios, ni una sola mayúscula”, supuesta característica propia de la “narrativa histérica” que –tan sólo buscando entre los libros a mano– ya es un clásico en la poesía y en narrativa –pongo un antecedente al azar– Néstor Sánchez ya lo hacía hace 40 años);

2) “cuestionamiento de la temporalidad lineal” (Pienso: ya se hizo mil veces –Carpentier me viene ahorita a la mente– y es ejercicio de cualquier taller literario: ¿eso es la novedad, la nueva “tendencia”? En fin. Aprovecho el paréntesis para otro comentario. La Ñ pone el ensayo de Damiani indicado como “Literatura. Tendencias”. Recuerdo un comentario de Ricardo Ibarlucía hablando del periodismo cultural: “La moda tiene tendencias. La literatura y el arte, no. Referirse en esos términos es cosa de modistos o de gerentes de marketing”. En fin);

3) “fuerte tendencia poética que coquetea con la disnarratividad” (dicho a colación del trabajo de versificación en que se sostiene Praga, el segundo tomo de la trilogía de Heffes. Y me pregunto dónde queda la obra de Gamerro, Jeanmaire, Herrera, el último Pauls, Sagasti, el propio Kohan, Nielsen, Mairal, Terranova, o Ferreira, y eso sin meterme en los cuentos de Casas, Falco, Kogan, Incardona o Molina, y eso por remitirnos al margen de edades que Damiani esgrime sin decirlo y no irnos a los ya más mayorcitos Fogwill, Piglia, el Gusmán de Villa, Gandolfo, Cohen, Rivera o Martini, todos estos autores y obras que, por oposición, al no ser parte de este “nuevo tipo de ficción”, según la lógica de retórica y pensamiento de Damiani, quedarían en eso que él denosta y llama Ficción Mercantil);

4) “apuesta fragmentaria” (que ejemplifica con el primer capítulo de Los años 90 de Link, porque ahí el recurso es reponer líneas mensajes automático. Recuerdo un capítulo de Friends, una inteligente elaboración del Gran Mercado, que hacía la misma apuesta: una habitación vacía, un contestador, cámara quieta, los mensajes que van tejiendo un gag);

5)”apropiación de lo que identifica como ajeno a sí misma” (y siguiendo con el caso de Link como ejemplificación, se aduce, es del ensayo de lo que “se apropia”. A eso, en mi barrio dicen que, entre otros, Borges –¿un nuevo narrador?– ya lo practicaba –digamos: en los 30– genialmente, que Piglia –digamos, en el 80– también lo ha ensayado, etc).

Es decir, se plantean, básicamente, los lineamientos de una estética cuya zona –se puede afirmar, aunque no coincidamos con sus ideas– Tabarovsky ya había planteado más radicalmente, con mayor criterio, mejor argumentación, productiva euforia, pertinente sutileza y más afinados ajuste retórico y sentido del debate; y todo sin la contradicción básica que lo traiciona a Damiani: el “nuevo tipo de ficción” que plantea se define primero como rechazo a las demandas ajenas a la lógica de la escritura, para pasar luego a “huir de las imposiciones del Mercado”, para pasar luego a tener como “difícil misión” la lucha contra el Mercado, que será “su lucha principal, su primer frente de batalla”, para pasar luego a ser, la narrativa histérica, finalmente, “el espejo que devuelve la imagen invertida a El Mercado”.

Para rastrear este movimiento que va desde librarse de imposiciones hasta una determinación por enfrentamiento a El Mercado, bastaría ver cómo sobre el final del artículo aumenta la densidad de sintagmas del tipo “la narrativa histérica tiene que”, “su misión es” o “está acá para”. Así, entonces, inevitablemente, de un criterio de ética de escritor con el que podíamos coincidir –es decir: una escritura trabajada según la lógica del proyecto creador y no por cuánto va a vender– se pasa a una escritura que incorpora, en el mejor caso invertidas –pero no por eso libre de, sino más bien determinada ontológicamente por– las leyes de la mercantilización de la escritura. Es decir: una escritura formateada sólo en relación a cuánto se va o no a vender. Es decir, aquello tan denostado bajo el epíteto de “poética menemista”.


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