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Fútbol por TV

7 08 2006 - 08:45

Después de la experiencia del mundial, me quedé ansioso con el fútbol. Me había reencontrado con una rutina protectora de la infancia, un espacio al abrigo de todo mal que no sea la derrota deportiva. Es cierto que alguna gente sufre mucho por esa razones, pero no es mi caso. Hincha de River, me molesta menos que mi equipo pierda a que sea prepotente, que haga tiempo, que renuncie a atacar porque va ganando, que tire la pelota a cualquier parte. Pero también me molesta que los otros equipos lo hagan. El sueño del niño-hincha es un campeonato cuyos partidos sean fiestas de lujos y goles, con jugadores hábiles, aplicados, inteligentes, generosos. Y con técnicos, periodistas, dirigentes, árbitros que entiendan que el fútbol es así esencialmente y no una oportunidad para abusar de sus pequeñas o grandes cuotas de poder.

Por eso vacilaba frente a la posibilidad de ver el torneo local. Hay demasiada miseria y demasiada violencia en el fútbol argentino. Me altera también un periodismo arrogante, agresivo y obsecuente, que dispone de un exceso de páginas o minutos de aire y llena esos vacíos con insidias baratas y polémicas mal encaminadas. De hecho, dejé de ver fútbol local sistemáticamente cuando se implantó el codificado, hace ya muchos años (ni sé cuántos). Y, en los últimos cinco años, creo que no vi un solo partido del torneo de la AFA. Es una larga ausencia, como para romperla irreflexivamente, pero lo hice y vi los seis partidos televisados del fin de semana. Casi me empacho pero, bueno, aquí está la crónica de estos tres días inolvidables (?), donde casi todo fue un descubrimiento.

Racing (2) – Chicago (0). Empecé despacio, casi espiando el partido. De hecho, en el entretiempo me puse a ver una entrevista a Macri que le hacían en otro canal Víctor Hugo y Perfumo y preferí seguir la charla, por lo que dejé el partido abandonado unos minutos. Era muy malo el juego, pero las hinchadas estaban eufóricas. Especialmente la de Racing que, por lo que pude comprobar, no ha abandonado su costumbre de autoestimularse al principio del campeonato, hasta producir una euforia previa generalmente injustificada. Parece ser el caso este año, aunque haya vuelto el técnico Merlo. Los que no parecen haber vuelto son jugadores de jerarquía. Su gran esperanza goleadora es el repatriado Facundo Sava, que viene de jugar en el Lorca de la segunda división de España, un club al que nunca había escuchado nombrar (se fundó en 2002). Ojo que el colorado Sava siempre me pareció un buen jugador. En realidad, de los 22 que salieron a jugar sólo lo conocía a él y al arquero Campagnuolo. El partido fue una pura desprolijidad con Chicago mejor en el primer tiempo y Racing en el segundo. Pero el inefable árbitro Daniel Giménez inventó un penal cuando faltaban quince minutos y ganó Racing (después hubo otro penal más). Parece que la AFA anunció que los jueces iban a dirigir como en el mundial y Giménez cumplió con la orden: tarjetas por tonterías y penales inventados. Lo que me sorprendió es que, tanto por televisión como en La Nación y Clarín del día siguiente, los cronistas afirmaran que había sido un penal indiscutible. Me acuerdo cuando Giménez empezó en primera y le regalaba penales a Boca de local. No cambió mucho, pero ahora es internacional. Hay mucha miseria en el fútbol argentino. El periodismo augura un buen año racinguista, ya que empezó jugando mal y ganado por el árbitro. Personalmente, no le doy mucho crédito a Racing, protagonista de un partido altamente confuso, un duelo vertiginoso de imprecisiones. Chicago, por su parte, no pareció de los peores.

Después de un debut preocupante el viernes, dudé ante el primer partido del sábado, no prometía ser un espectáculo inolvidable. De hecho, los primeros 19 minutos de Arsenal (3) – Gimnasia (1) fueron un espanto. Dos equipos confundidos y desatinados. Pero entonces se cortó la luz. Hay mucha miseria en el fútbol argentino. Tras esperar unos minutos, los dirigentes le avisaron al árbitro Pompei que el problema no tenía arreglo y Pompei anunció por televisión: “No va más. Está suspendido.” Tras ver como los jugadores se lamentaban por no poder seguir, cambié de canal. Pero, al rato, haciendo zapping, me sorprendí de que estuvieran jugando de nuevo: la luz había vuelto misteriosamente. Lo verdaderamente curioso es que estaban jugando mucho mejor, como si los nervios del debut se hubieran disipado y los protagonistas, más sueltos, exponían lo mejor de su repertorio. Arsenal hizo un buen partido, mientras que Gimnasia se desarmó en el segundo tiempo. Un tal Valdemarín (yo no lo conocía) entró al final y metió un golazo. Ah, Pompei no es muy carismático frente a la cámara (ni demasiado confiable…) pero el suyo fue el mejor arbitraje que vi en el fin de semana.

Un poco más entonado y optimista, me dispuse a ver Colón (1) – Independiente (4). Por comer con Flavia me perdí los primeros quince minutos donde hubo dos tiros de Independiente en el palo y un penal (dudoso, es imposible decidir por televisión porque otros jugadores tapan la jugada) convertido por Colón. Cuando empecé a ver, me consolé pensando que en el entretiempo repetirían esas incidencias. Craso error. Hay mucha miseria en el fútbol argentino. Hace tiempo que ya no se repiten los goles al final, pero ahora se suprimió también el clásico resumen durante el intervalo (que, además, duró como 25 minutos). La política de embargo de las imágenes por parte de TyC es francamente repugnante. Hay que esperar hasta el domingo a la noche para ver un gol del viernes. En lugar de promover el fútbol, estimulando la repetición de las mejores jugadas, estos tipos las secuestran. Para más bochorno y dislate periodístico, en el entretiempo aparecen cronistas de las otras canchas que comentan el partido en seco, como si estuvieran en la radio (antes solían dar los goles de los otros partidos también). Supongo que la idea detrás de esta aberración es que se guardan la audiencia para los programas de entre semana: horas y horas de gente hablando, liberando cada vez más su autoindulgencia (hay que ver qué rápido van empeorando los periodistas jóvenes en la tele), tratando de atrapar la atención del oyente con recursos bajos. Uf…

Pero el partido sí que fue interesante, sobre todo en el segundo tiempo, con Independiente demoliendo a su adversario bajo la brillante conducción de Daniel Montenegro. Había visto jugar poco a Montenegro y me dio la impresión de que es de una categoría superior a la del fútbol argentino. Es un misterio que no esté jugando en Europa (¿será muy lagunero?). También me impresionaron bien Ustari, Gioda, Rodríguez, Marín, Machín, Ortemán y el goleador Denis. Independiente promete. Colón hizo lo que pudo, pero parecería que le falta algún jugador o que, por lo menos, Giovanni Hernández se enchufe.

El domingo me levanté entonado y me puse a leer los diarios. Descubrí algo insólito: La Nación califica no solo a los jugadores, sino a los técnicos. Por ejemplo se puede leer lo siguiente: “Jorge Burruchaga (técnico de Independiente): 8. Tuvo confianza y no se desesperó en los momentos de zozobra”. Hay gente que no tiene sentido del ridículo. Hay mucha miseria en el fútbol argentino.

Como no tengo el codificado, me dirigí al café La Marca para ver los dos primeros partidos de la tarde. En los televisores no se escuchaba nada, pero descubrí que tenían un salón al fondo con pantalla gigante. Allí me instalé, solo durante el primer encuentro de la tarde, pero acompañado luego por una barra brava de unos veinte viejos del lugar, que coparon las instalaciones para ver a Boca. Allí tuve que disimular el hecho de que no era precisamente boquense, aunque no tuve que llegar al bochorno de gritar los goles. Me limité a aplaudir cortésmente.

Gimnasia de Jujuy (0 ) – San Lorenzo (1) fue algo espantoso. San Lorenzo hizo el gol a los dos minutos y defendió los 88 restantes. Sólo faltando diez minutos, con el adversario jugado, logró hilvanar un contragolpe. Los jujeños, frente a una defensa superpoblada, no tuvieron la precisión ni la convicción suficientes. Pero lo peor fue que se jugó a no jugar. Cada roce era motivo de exageración en la caída, de bronca con el rival, de mal humor y dientes apretados. La tribuna estaba también muy agresiva. La cara más fea del fútbol argentino, un lugar en el que hay mucha miseria. Dirigió Baldassi, que a falta de conocimiento de los nuevos, me parece el mejor réferi argentino. Intentó dejar jugar, dar la ley de ventaja, darle al juego la agilidad a la que los jugadores se oponían. Pero la mediocridad del juego fue más fuerte y Baldassi terminó confundido y sacando tarjetas sin ningún criterio.

Nunca había visto el encuentro central de una fecha, el que fuera el primer partido codificado. Cuando hacía zapping, me sorprendía ver que otros canales transmitían el partido sin mostrarlo, apuntando a las tribunas, como si fuera la versión del clásico para los pobres. Algo muy desagradable, propio de la miseria del fútbol argentino. Así que rodeado de viejos bosteros, me dispuse a disfrutar por primera vez en mi vida de este magno evento dominical. De hecho, no era la primera vez absoluta, porque cuando era muy chico, a fines de los cincuenta, los clásicos del domingo se transmitían en directo por canal siete (el único que había), en un programa que se llamaba “Fútbol por TV”. Recuerdo como si fuera hoy como un zaguero central (“full-back” en la época) al que apodaban “El Gallego Pérez” le hizo un célebre gol en contra a Amadeo Carrizo en un partido contra Racing. Después puede ser que algún clásico se haya televisado, pero no me acuerdo. Así que sentí cierta emoción cuando me encontré, de pronto, con la cancha de Boca casi llena. También me sorprendió ver que comentaba Macaya Márquez, ya que creía que se había jubilado. De hecho, los viejos gritaban: “jubilate, viejo de mierda, hincha de River”. Boca (3) – Banfield (0) fue un gran partido, una exhibición de Boca, que me pareció un equipo tremendamente lujoso para los estándares locales. Ofensivo, virtuoso, sereno, Boca se parecía al River de los mejores tiempos, cuando de local era cuestión de verlo gustar, golear y ganar. Incluso, jugaron a un ritmo no del todo acelerado, haciendo la pausa justa, lo que le da más distinción al juego. Era como si las medias raras a rombos que usaron los jugadores (los viejos gritaban: “No me gustan esas medias, parecen de trolos”), fueran el símbolo de que Boca se permite cualquier extravagancia. Como hay mucha miseria en el fútbol argentino, un equipó tan exuberante resulta insólito. Banfield aguantó lo que pudo, que fue un tiempo y algo, pero Boca tiene una pila de buenos jugadores: El arquero Bobadilla, Ibarra, Díaz (un defensor impresionante), Gago, Battaglia, Cardozo (19 años, una sorpresa), Marino, Barros Schelotto. Y Palermo, Palermo es un fenómeno. Recuerdo haberlo visto hace muchos años, cuando jugaba en Estudiantes tirarse de cabeza a los pies de un contrario. Le decían de todo, era el prototipo del burro. Lo increíble de Palermo es que sigue siendo el mismo burro, pero es además un gran jugador. Ayer, el grandote venía de una semana difícil, por la muerte de un hijo recién nacido y el festejo fue todo lágrimas. A los dos minutos saltó en un centro contra el defensor y el arquero contrarios y los dejó tirados a los dos. Después saltó de nuevo, cabeceó y rompió el travesaño. En el segundo tiempo hizo dos goles despatarrándose, después de pifiarle a la pelota un par de veces. Pero cuando Palermo interviene en la circulación de la pelota, siempre acierta y revela una gran inteligencia. El que no me convenció del todo fue Rodrigo Palacio: muy egoísta, muy pendiente de la imagen y poco efectivo. Tal vez haya tenido una mala tarde. Pero el Boca de ayer es un equipo que yo no creí que pudiera existir en el fútbol argentino.

Azorado por el gran juego de Boca, me volví a casa para ver River (2) – Lanús (0). Lo primero que noté fue que los jugadores de Lanús tenían sus apellidos en la espalda. Esa buena costumbre, igual que la de asignarle un número fijo a cada jugador, había llegado también a los campeonatos locales. Pero bastó que un equipo decidiera omitir los nombres para que los otros los imitaran, cuando los nombres son muy útiles para ver el partido por televisión. Es que hay mucha miseria en el fútbol argentino. Yendo al partido, River jugó bastante bien. La incorporación del colorado Lussenhoff a la defensa es un buen aporte. Recuerdo que lo veía jugar en México a la misma hora que daban los partidos codificados. Ese Belluschi dice mi amigo y dentista hincha de Vélez Ricardo Motta que es muy bueno. Pero ayer alternó buenas y malas. Lo que es evidente es que tiene una dinámica impresionante, pero pareció un poco atropellado. Seguramente va a aprender, pero cuando lo hayan vendido a Europa. Sambueza es un jugador rápido y fino, y con Gallardo le da distinción al medio. Higuain tiene clase y hace goles. Farías no tanto de lo primero, pero creo que, en su lugar, va a jugar Ortega, que entró un rato y mostró unas ganas bárbaras y los recursos intactos. ¡Grande el burrito! El problema de River, como el de todos los equipos de Pasarella, es que tiene algo de cuadro chico: basa su estrategia en la salida rápida y el contragolpe. Por ahora, Boca juega mejor y parece tener más variantes. En Lanús me impresionó Aguirre, un volante hábil y de gran despliegue. Elizondo está demasiado (e injustamente) agrandado. Ayer le dieron una plaqueta que no tuvo la delicadeza de agradecer como corresponde (espero que Tomás Abraham, experto en ceremonial y despedidas, coincida conmigo). A cada rato, Elizondo dice que no sabe hasta cuándo va a estar motivado para seguir. Habla como si fuera un jugador, que se tiene que entrenar de verdad y aguantar los golpes. Con su aire de Robocop ahora canchero dirigió más o menos, se equivocó en un montón de fallos. Nunca fue un árbitro muy lúcido para ver el juego, así que haría bien en prestar más atención.

Y así terminó la fecha. No hubo empates, pero sí un gran gol del paraguayo Cardozo para Newell’s y ganó el desagradable Estudiantes, con el desagradable Verón y el desagradable Simeone de técnico. No habría que ser tan prejuicioso, la gente con tantos odios como los míos es parte de la miseria del fútbol argentino.


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