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La biblioteca del Bodrio

11 08 2006 - 11:26

La venta mediática, estafa tan eficaz como la cultura llame ya, nos engañó a todos. Sí, señores: el acto que dio inauguración al ciclo “La otra biblioteca” en homenaje a Borges, a veinte años de su muerte, y que culmina el próximo sábado, desaprovechó la oportunidad histórica, por así decirlo, de despegarse con creatividad (¡vaya si Jorge Luis lo merece!), del sinfín de actividades conmemorativas de la vida y obra de este autor.

El escenario del recorrido propuesto, de “narración lumínica, audiovisual y la edición en miniatura del cuento ‘La lotería en Babilonia’”, es el anticuado edificio del Centro Nacional de la Música (ex Biblioteca Nacional), en cuyo espacioso y ornamentado hall, la rubiecita que hizo la prensa del evento, adelantaba bastante ansiosa que “Va a ser algo muy moderno y con sorpresas, va a estar bueno”.

Podemos dar cuenta de tres momentos sucesivos que se correspondieron con los discursos de Horacio González, María Kodama y José Nun. Minutos antes de que el primero, actual director de la Biblioteca Nacional, comenzara a hablar, se produjo la única instancia de provocación sensitiva realmente efectiva por parte de los organizadores, cuando de la parte central de una de las paredes–anaqueles de la sala Alberto Williams (en tiempos del Borges director, Mariano Moreno), comenzó a expelerse un humo translúcido, cuyo correlato fue el “Poema de los dones” recitado por el escritor. Y la sincronización mediante la cual aquél era expulsado, en bocanadas densas y tenues, y las palabras, emitidas, formaba una cadencia tan perfecta, que motivó la imagen (auditiva) de que era el espíritu borgeano, gigante y mitológico, el que se manifestaba en un acto sorpresivo y nos dejaba boquiabiertos. O como si la imaginación aún albergara una remota esperanza, y fuera el mismísimo Borges el que nos diera semejante lujo.

La sala, antiguo punto neurálgico de la biblioteca, acentuaba esa sensación Borges me habla. Aunque su aspecto parece no responder a un estilo arquitectónico específico, en el que sus ahora repisas vacías contrastan con el cielo raso sacro, la semioscuridad completó la escena enunciativa prolífica en suspiros.

Después de la exquisitez, el letargo. Luces de todos los colores, como parodia involuntaria de una escena circense de bajo presupuesto (la del preludio del número del tigre domesticado en el que el felino no es ninguna metáfora), imágenes de libros y amores, y frases en las que Borges se autorretrataba políticamente: “no sé porque me hice radical, luego conservador”.

González, informal y de pelo entrecano a la altura de los hombros, tiró, casi al final de sus dichos, en una especie de sinceramiento, que “acá se hacen las pruebas acústicas en Buenos Aires”. Del chiste tácito, que el propio González no preveía, como si su cuerpo fuese hablado por el castellano, todavía puede oirse el eco de su jajajá ridículo, ya que si algo funcionó perfectamente mal esa noche, fue el sonido. “Agradezco a Nun, a Pepe Nun” fue el común denominador de sus frases.

La viuda del escritor, la del pelo bicolor artificial, blanco amarillento y chocolate, enfundada en un tapado de piel marrón, comenzó recordando que “Borges eludía lo obvio. Por eso, yo pensaba hablar de Borges y su relación con los libros, pero no (¡chachán, chachán!), voy a hablar de Borges y Buenos Aires”. Su texto ensayístico, que pretendía persuadirnos de algo que ya sabemos, hacía que la hamaca de la atención del público fuera del “Borges bla bla bla” con desánimo al “Cito: bla bla bla” con algo más de intensidad. Digamos que, si el cuento borgeano tiene la facultad de mantener en vilo al lector hasta la última línea, consumando el clímax en ésta, Kodama ni siquiera calentó al público mayor, que en la gimnasia discursiva es el más despierto.

Ahora, la que no dosificaba para nada la atención, fue una señora de unos ochenta y nueve años muy bien disimulados, profesora de oratoria en la Manzana de las Luces, que se atrevió a gritar “¡No se oyeeee!”, rompiendo el siempre previsible cristal de la solemnidad.

– Acá tenés un ejemplo de pésima oradora.
– Sí, monocorde, ¿no?
– ¡Monocorde, monótona, mono–todo!

El desarrollo había indicado que el discurso del Secretario de Cultura de la Nación, el lungo José Nun, arrancaría en desvantaja por la nimiedad de sus predecesores. Pero el episodio de aquella mujer que no se había cansado de aconsejarme cómo dar finales, que se ganó la mirada de la audiencia por el látigo de su protesta, lo dispuso en cierta ventaja. Nun no dudó en despacharse, a su turno, con que “reitero, es la primera vez que leo un discurso”. Entonces, muy pausado, anticipó que leería apuntes de su adolescencia, de cuando en su “izquierdismo”, a los quince años, descubrió a Borges. Su relato, de una estructura retórica similar al de Kodama, con juego de dualidad simple, podría resumirse en algo así como que cada cual tiene al Borges que se merece y que prefiere. Nun proliferó en textuales del cuento “El otro”. Nada legendario. Puede ser que Borges amerite el recurso a la cita, pero abusar de ella confirma el fin de demostrar innecesariamente una (supuesta) erudición.

Lo que pasa en la mayoría de este tipo de ceremonias recordatorias, es que lo rico, lo que puede exprimirse hasta la nervadura de lo aprovechable, suele estar en el off de record y en los pasillos: jóvenes de Filo, siempre con esa roña construida, ensimismados ante la multitud de sexagenarias afrancesadas (generando, los muchachos y las viejas, ese efecto de sentido del nosequé intelectual), de las que sobresalía, ya a las siete de la tarde, antes del embole programado, la pendeja de 89.

–Yo en el ‘67 entrevisté a Borges para organizar una charla para Casa Cuna.
–¿Y cómo fue el trato con Borges?
–Éramos todas mujeres y nos trató con mucha simpleza, pero preguntó insistente dónde se hacía la reunión.
–¿Y dónde la hacían?
–En una asociación francesa. “Sí, si son franceses, entonces sí”, me dijo Borges.

Habló con la madre y le preguntó: “Madre, ¿tengo un compromiso tal día? ¿No?, bueno, quedamos para ese día, señora”.

El retraso de Nun, de casi una hora, puso nerviosa a Marita Ballesteros antes del inicio del acto. Un guardia de seguridad, puching ball psicológico de aquélla, se mareaba de tantos “¡Yo te digo una sola cosa, Roberto. Una sola cosa…!

Después de las nueve, cuando el Tata Cedrón se disponía a interpretar el “Poema de los dones” y otros escritos de Borges, con acople chirriante incluido, todos comprobaron definitivamente que la ganga directa no incluye emotividad. Todos menos Alicia, la oradora profesional, que seguía pasando revista porque sabe un toco y que debería darles una tarjetita personal a los bodrioanfitriones.


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