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Fútbol por TV #2

14 08 2006 - 14:26

El lunes pasado, ni bien terminé la nota para TP, me fui para el canal de San Clemente a pedir el codificado. Tal vez haya sido un acto irreflexivo. Me acompañó Flavia, que aprovechó para pedir que le decodificaran las películas en el otro televisor. Así fue como, al día siguiente, nuestro hogar tenía dos artefactos nuevos, dos cajas negras antedilivuanas que recibimos en comodato y un solo control remoto porque escasean, ya que la tecnología es tan vieja que ese modelo no se fabrica más. Pero nosotros siempre somos pioneros con las invenciones de punta, hasta tenemos DVD. Ahora, no sólo somos felices poseedores del mítico partido codificado, sino que gracias a HBO, Movie City y Cinemax, podemos volver a ver las películas americanas de la década del noventa, las que hace diez años comentamos en El Amante. Eso es el progreso.

¿Habrá sido un error? Me temo que el fútbol argentino es demasiado para mis nervios y tal vez sea cierto que si uno mira mucho se le atrofien las neuronas, como me dicen algunos amigos. En realidad, creo que ya se me empezaron a deteriorar viendo películas malas, pero tal vez me lo haya tomado demasiado a pecho y todo sea cuestión de disminuir la dosis. La de esta vez fue masiva.

Durante la semana me preparé a conciencia. A media mañana, me iba al café y leía exhaustivamente el matutino deportivo Olé. Flavia, que se concentraba en su libro, creía que sólo me aplicaba al Clarín (La Nación la leemos en casa) y no podía entender por qué demoraba tanto, hasta que me descubrió repasando los cambios en las formaciones de Godoy Cruz y Arsenal. Así que ahora recibimos también Olé a domicilio. Pero todo esto es temporario, quiero creer. Las lecturas me sirvieron, de todos modos, para enterarme de que Ramaciotti, el técnico de Belgrano de Córdoba había renunciado por desavenencias con “la gerenciadora”. La semana anterior, tres días antes de empezar el campeonato, Astrada, técnico de Rosario Central había sido despedido por “el grupo inversor”. Son instituciones nuevas, a las que me cuesta acostumbrarme. Ya van dos bajas en el gremio de los entrenadores. También me enteré de la inminente venta de Higuain en River y de la casi inevitable contratación de Lavolpe en Boca. Malas noticias. Lo más curioso de estas lecturas fue comprobar lo mal que están algunos jugadores de la selección argentina con sus clubes. Sorín en el Villarreal, Ayala en el Valencia, Scaloni en La Coruña (los tres separados del plantel), Tevez y Mascherano en Corinthians (peleas con la hinchada y los compañeros), Crespo en el Chelsea (problemas de adaptación que lo llevaron a pedir su transferencia al Inter ganando menos), Saviola en Barcelona (no va a jugar). Son demasiados casos (especialmente cuatro en España, en equipos distintos), como para pensar que se trata de una coincidencia. Si a esto se le agrega que algunos nombres famosos (Verón!) están pegando la vuelta y de que casi no hay figuras nacionales en los equipos importantes de Europa, daría la impresión de que los jugadores argentinos están empezando a tener mala fama en el exterior. Pero este, supongo, es un tema tabú.

También, durante la semana, llegaron algunas cartas. Gustavo Noriega y Nicolás Mauricio aseguran que Rodrigo Palacio, de Boca, es un gran jugador, mucho mejor de lo que me pareció a mí en el partido contra Banfield. También escribió Ernesto Resnik, que nos remite al website de Atlanta donde un ex dirigente habla del soborno de árbitros por parte de Atlanta y Racing en el campeonato de ascenso de 1985. Es una larga entrevista y el tema en cuestión está al final. No sé si todo lo que dice es rigurosamente cierto, pero parece sincero, es decir, el autor cree que las cosas ocurrieron así. Lo que esta intervención deja entrever con gran claridad es que, en ese entonces, los dirigentes de fútbol estaban convencidos de que era imposible ascender sin sobornar a los árbitros y que estos se vendían al mejor postor. El tema da para un libro, pero ese libro parece imposible de escribir a menos que lo haga un árbitro comprado o un dirigente que entregaba la plata en mano, es decir, alguno de los cómplices del delito. Por supuesto, la pregunta por la posible actualidad de ese tema es un tabú mayor aun.

El primer partido televisado fue el viernes, Chicago (3) – Argentinos (2). No esperaba gran cosa y no fue gran cosa. Apenas cinco goles bastante feos (hizo dos Pellerano, una rareza), aunque al segundo de Argentinos lo eligieron el mejor de la fecha en Fútbol de Primera (no fue tan bueno, les aseguro). El partido fue movido pero Argentinos dio la impresión de ser un equipo muy flojito. Chicago no me había parecido mal contra Racing y acá volvió a demostrar un medio campo inquieto comandado pon Carranza, un petizo pelado muy habilidoso y encarador, pero apoyado también en la seguridad de otro enano, Zarif y el desprolijo pero eficaz despliegue de Pellerano. Nunca había visto dirigir al árbitro Abal y me pareció muy malo. Cobró dos penales más que dudosos a favor de Chicago (uno atajado por Pontiroli, que jugó muy bien) y fue decisivo en el resultado final. El Polo Quinteros declaró al final del partido algo así: “me voy tranquilo porque el viernes pasado le regalaron dos penales a Racing contra Chicago pero ahora le regalaron dos a Chicago contra Argentinos, así que el próximo partido nos toca a nosotros.” Pero eso no fue lo peor de Abal. Se notó que no entiende el juego. Mostró ocho amarillas arbitrarias, cobró docenas de fallos al revés, no aplicó una sola vez la ley de ventaja. Es imposible creer que Abal o Giménez sean dos de los diez mejores árbitros de los que dispone la AFA, como para hacerlos dirigir todos los fines de semana.

Otra cosa que contribuyó a deslucir el partido fue la transmisión. Por esas raras cuestiones de subarrendamiento de derechos, el fútbol de los viernes no llega al interior por América TV. A esa hora, la señal se interrumpe, pero el partido viene por TyC Sports, con otro equipo periodístico. Entre ellos, el ubicuo comentarista Fabián Godoy, que se ha transformado en mi pesadilla personal. El tipo aparece hasta en la sopa: no solo comenta otro de los partidos sino que, como si esto fuera poco, está en el campo de juego en dos encuentros más (¡cuatro de seis, en total!). A Godoy no parece gustarle mucho el fútbol, pero sí el sonido de su propia voz. Así es como habla de más y juzga mal y demasiado. Se lo puede escuchar diciendo cosas como “este arquero está plagado de reflejos” o “el equipo justifica su victoria en los goles que convirtió”. Pero Godoy es joven, tiene mucho tiempo por delante para empeorar. Me dio la impresión, además, de que no solo los periodistas eran del equipo muletto, sino la transmisión en sí: escasa definición de la imagen, pocas cámaras, malas repeticiones y pésima dirección, con primeros planos que quedaban fijos mientras el partido se jugaba en otra parte. Parecía una transmisión de Canal 7 allá por 1967. Otra prueba de que el interior está postergado.

Esta vez, el sábado fue el día de los tres partidos, que empezaron con San Lorenzo (5) – Colón (0). Que, después del horror del domingo pasado, San Lorenzo haya hecho cinco goles fue una verdadera sorpresa. No voy a decir grata, porque todo lo bueno que le sucede a su técnico Ruggieri me deprime, pero por lo menos el partido no fue un espanto como la vez pasada. Esta insólita goleada tal vez se explique porque Colón (al que ya le habían hecho cuatro en la primera fecha) salió a jugar con un agujero negro en la parte izquierda de su defensa, que en el segundo tiempo se extendió al resto del equipo. Por otro lado, apareció en San Lorenzo el peruano Roberto “Malingas” Jiménez (¡qué buen sobrenombre!, tres sílabas, entre tantos infantiles de dos sílabas como Chacho, Bichi y Chino) que en el debut no la había tocado y esta vez dio la impresión de ser un goleador fino. Jugaron bien, además, Adrián González y Lavezzi. Y con eso alcanzó. Lo raro es que Colón parece tener buenos jugadores, pero es como si hubiera empezado el torneo fuera de forma física y futbolística. Los colombianos Grisales (este siempre me pareció medio trucho) y Hernández (cuando juega mal juega muy mal) están especialmente ausentes. Solo el Bichi Fuertes aparecía en el partido, pero Saja le sacó un gol cantado, aunque menos cantado que el que le sacó a Grabinski, la mejor atajada que vi en el campeonato: impresionante. Tampoco había visto dirigir a Rafael Furchi pero éste, a diferencia del tronco Abal, me impresionó bien. Conocedor del juego, sacó apenas una amarilla (lo que es toda una hazaña en esta época de referís de gatillo fácil) y llevó muy bien el partido. Por jugar bien y pasar inadvertido, dos diarios lo calificaron como “regular”. Los periodistas deportivos tienen serios problemas para analizar el arbitraje, entre otras facetas del juego.

Después vino Boca (2) – Central (1), una guerra futbolística. Un partido como para sentir la violencia de fondo que impera en el fútbol argentino. No llegó a pasar nada grave: en la cancha se pegaron bastante y en las tribunas se mataron a piedrazos, pero el mal clima impresionaba. Central salió a que Boca no le gane y estuvo cerca de conseguirlo, con un equipo muy concentrado en todas las líneas, desde el arquero Alvarez que le sacó dos pelotazos mano a mano a Palacio (sigue sin impresionarme, pero hay que esperarlo), una defensa aguerrida, un medio campo hábil (especialmente por el lado de Encina) y una delantera que cometió el error de dejar a Wanchope en el banco. Este parece el comentario de un amnésico, porque el arquero se hizo el primer gol de Boca y el costarricense terminó entrando para perderse un gol de manera aberrante. Pero el arquero es bueno y Wanchope es un gran delantero, que ha hecho mil goles en Inglaterra. Si lo esperan y lo respaldan, les va a rendir mucho en Rosario, pero no está claro que eso ocurra: la idea de haberlo dejado en el banco anticipa su futuro. Boca aguantó y aprovechó dos errores de Central para ganar, pero las pasó feas. No porque el adversario lo superara, sino porque es muy duro jugar partidos así, con esa hostilidad dentro y fuera del campo. El árbitro Baldassi tiene un problema. Es cierto que le tocó un partido muy difícil, con los jugadores muy nerviosos. Pero no hizo nada para calmarlos. Al contrario, sacó diez tarjetas, incluyendo una roja apresurada a Rivarola. Baldassi es un árbitro que, además de acertar en los fallos, tiene el don de generar credibilidad y confianza. Hoy es el candidato a dirigir el próximo mundial, pero eso le juega en contra: para no arruinar sus posibilidades, parece haber elegido contemporizar con el tarjeteo fácil y el estilo robótico que pregonan la FIFA y la AFA. Desde esa forma de dirigir, que no siente, ha perdido precisión y honestidad. Ayer, terminó confundido de nuevo, después de algunas sanciones dudosas (como el tiro libre en el primer gol de Boca) y algunas patadas excesivas. Fue muy impresionante ver por televisión, el domingo a la noche, a Coudet increparlo en el entretiempo por sacarle la amarilla. Le gritaba algo así como “boludo, me condicionaste y ahora me vas a rajar en el segundo tiempo.” La bronca del jugador con el juez era tan notable como su falta de respeto. Pero creo que Baldassi se metió en una trampa, la misma que amenaza hoy a los árbitros argentinos. El domingo a la mañana, dieron Chelsea-Liverpool por la Community Shield una especie de supercopa inglesa. De entrada, los jugadores estaban un poco alterados. Hubo un par de patadas y hasta un tumulto con un par de golpes y empujones. El árbitro, bien al estilo inglés, sin agitarse, les habló varias veces y sacó un par de amarillas. A los diez minutos el partido se había encarrilado y siguió muy tranquilo hasta el final. Lo que se ha logrado con la política del gatillo fácil es devaluar la amonestación y anular la advertencia. Al amonestar por nimiedades, al sacar diez amarillas por partido, los réferis han cercenado su poder de persuasión: no pueden hablarle a los jugadores para calmarlos ni sacarles la tarjeta amarilla solemnemente, como si se tratara de una verdadera sanción. De facilitadores del juego, los jueces se han convertido en policías de tránsito, de esos que parecen tener la obligación de traer cien boletas al final del día. La prensa ha contribuido mucho a esta contraproducente utilización del arbitraje en el fútbol. Parecen creer que los referís que no sacan mil tarjetas y cobran cien penales son cobardes, maricones. Desde la manía de tratar con estúpida sorna al árbitro que le habla a los jugadores, como si el reglamento exigiera jueces mudos, hasta el hábito de convalidar todos los excesos disciplinarios (ayer, a Baldassi, le pedían más tarjetas todavía y un par de penales), el periodismo contribuye a la impaciencia ambiente. El resultado es que se pega lo mismo, se simula más y se juega en un estado de completo nerviosismo. Pero me asustó Boca-Central. Fue feo. Cuando entró Wanchope, Alejandro Fabbri lo presentó así: “Los que lo conocen, dicen que Wanchope se dedica a la fotografía”. Usa un trípode.” Tardé un buen rato en entender que el fino comentarista quería decir que el jugador tenía un pene de tamaño importante. Oír para creer.

Después de la demostración de fútbol en la jungla, vino el bálsamo del fin de semana, Independiente (3) – Belgrano (1). Independiente ha jugado el mejor fútbol del campeonato (es cierto, van dos fechas y no vi a Newell’s). Hoy es muy difícil, en particular en el fútbol argentino, ver grandes maniobras de ataque. Independiente las hace, como las que precedieron a sus tres goles. Lo de Montenegro es brillante y espero que siga en este nivel. Me impresionó mucho Ortemán, y también jugaron bien Machín, Marín, Gioda, Rodríguez, Carrizo, Díaz. Pero no quiero olvidarme del arquero Ustari. Se equivocó en el gol y antes se le había escurrido otro tiro similar que fue (bien) anulado. Pero desde el loco Gatti (del que no puede ser más distinto en actitud corporal) no veo un arquero tan rápido mentalmente para cortar el juego lejos del arco. Es un espectáculo ver a Ustari anticiparse a la jugada: un viejo placer del fútbol que parece haber vuelto. El otro día hablé bien del arbitraje de Pompei y esta vez ratificó que sabe dirigir. Incluso, fue el autor de una pequeña proeza arbitral, de esas que los comentaristas no siempre advierten (el pelado de TyC, no sé su nombre, sí lo hizo) y que a los referís los ponen contentos: colaboró en el primer gol de independiente aplicando muy bien la ley de ventaja. En realidad, fue mejor todavía: primero, Montenegro se hizo un autopase pero había un compañero adelantado. Pompei hizo seguir y cuando Montenegro estaba por entrar al área lo agarraron de atrás. Se cayó, pero le dio lugar a la llegada de Rodrigo Díaz para convertir. El árbitro tiene ganas de gritar el gol cuando pasa eso, pero quedaría feo. Creo que Pompei no se equivocó en un solo fallo. Pero vean lo que dice Olé: “Arbitro: Juan Carlos Pompei, 3 puntos. Siguió las jugadas de lejos y eso puso en duda sus fallos.” La calificación y la frase son muy reveladoras. No es cierto que Pompei haya estado tan lejos, se trata de otra cosa. Para muchos cronistas es mejor Abal, que se equivocó en todas las jugadas pero es profesor de Gimnasia (como Elizondo), que Pompei, quien dirige muy bien pero tiene una actitud física poco carismática. En el arbitraje, cada vez más, la calidad se mide por la apariencia. El modelo es un tipo alto, bien erguido, de correr elegante y pocos gestos, inexpresivo y autoritario. Aunque no pegue una. Felicitaciones a todos.

El domingo fue verdaderamente difícil. Empezó con Banfield (1) – Lanús (1). A los dos minutos, el árbitro Pezzotta inventó un penal para Banfield. Un corner, un jugador que se tira sin que nadie lo toque y penal. Una escena repetida en el fútbol argentino. Al terminar el partido, el simulador de apellido Barraza, declaró: “Fue penal, me agarró un poquito de la camiseta y yo exageré, el fútbol es para los vivos.” En esas pocas palabras está explicado el problema. Como los réferis están cada vez más predispuestos a pitar cualquier cosa dentro del área, los jugadores viven inventando (este fue el caso) o exagerando, lo que es también una forma de simulación y debería penarse. Pero tampoco es la solución. Cada jugada en el área no se puede decidir entre penal y amarilla para el atacante. Lo que sí es una solución es dejar de cobrar pavadas, hasta que los técnicos le digan a los jugadores “en vez de tirarte seguí jugando porque esas cosas no se cobran más.” Esto no va a ocurrir, pero sería bueno. Los jugadores han aprendido que cada contacto puede ser interpretado como falta. Los árbitros, a su vez, han aprendido que, en la repetición en cámara lenta, es imposible saber si el contacto es solo eso y la caída es simulada o, en cambio, hubo un desplazamiento intencional del adversario. Además, saben que los periodistas (y los veedores) siempre están a favor de la sanción. Por eso se hace teatro como nunca antes y se sancionan faltas inexistentes todo el tiempo. En esta fecha hubo cuatro penales. A mi juicio, todos falsos. El que más verdadero parece, el segundo de Chicago, es el ejemplo típico de lo que decíamos arriba: una mano apoyada en la espalda que se transforma en empujón cuando se ve cámara lenta pero, en realidad, se trata de otro caso de exageración. Tal vez el reglamento debiera prohibir expresamente (bajo pena de no sancionarlas) el exagerar las faltas. Es tan poco deportivo como pegar una patada y solo se convierte en cosa de vivos porque hay árbitros y periodistas zonzos. Pezzotta sacó además diez tarjetas, incluyendo dos rojas apresuradas. No es tan malo como Abal, pero juega a dirigir mal, lo que no sé si no es peor. Aunque no es el único que lo hace.

Pero dejemos el asunto del arbitraje por un momento. Lo peor del partido no fue ese penal infame, sino la actitud del equipo de Banfield. Durante 88 minutos no hizo más que defenderse, pegar patadas y hacer tiempo de la manera más descarada. Cuando Lanús empató en el descuento, con un zapatazo impresionante de Graf, me puse muy contento. Lanús atacó todo el partido, quiso jugar al fútbol y produjo, otra vez, una buena actuación del mediocampista Aguirre. Banfield, en cambio, cometió la desvergüenza de dejar a Matute Morales en el banco y poner cada vez más defensores. No le funcionó, por suerte, pero la actitud de los locales produjo un partido muy desagradable. Tal vez el fútbol solo sea para los fanáticos de cada equipo. En ese caso, no veo por que lo televisan. Acá en San Clemente no conozco ningún hincha de Banfield. En Caleta Olivia no creo que haya tampoco. Lo deberían dar en circuito cerrado alrededor de la cancha, entonces. Digo esto, porque cada vez más gente, especialmente los periodistas, piensan que el fútbol no es un espectáculo y que los espectadores pagan por ver como los técnicos y los jugadores, que se sienten trabajadores más que deportistas, ensucian los partidos. Lo que no entiendo es cómo Banfield se clasificó para jugar las copas sudamericanas. Dicen que tenía otros jugadores…

El último partido fue Vélez (0) – Racing (0). Un verdadero espanto. Se jugó en la cancha de San Lorenzo, que tiene medidas muy grandes. Parecía que eran dos equipos de divisiones inferiores que, con el viento que había, no podían hacer llegar la pelota al campo contrario. En el primer tiempo Vélez jugó mejor, pero emparejó Racing en el segundo porque ajustó más todavía las marca, si cabe, y hasta tuvo un par de ocasiones de gol, en buena medida gracias al ingreso del colombiano Arizala, marcador de punta (¿por qué parece cada vez más que un defensor colombiano tiene más técnica que un delantero argentino?). El árbitro Elizondo se asoció a la fiesta del antifútbol. Sacó nueve amarillas inútiles, se equivocó en demasiados fallos para un partido tan fácil (cada jugador estaba a veinte metros del más cercano) y lució su nuevo look militar-desganado. Por supuesto, como la mayoría de sus colegas, no aplicó una sola vez la ley de ventaja. Desde que se modificó el reglamento y el árbitro puede volver atrás con la ley de ventaja si esta no se concreta, lo previsible era que se aplicara todo el tiempo, como ocurre en el rugby, donde los réferis dejan seguir cada jugada hasta que se resuelva. Sin embargo, ocurre todo lo contrario y este bonito y amable artículo del reglamento se aplica cada vez menos. La única explicación que encuentro es que los árbitros están tan atentos a la sanción y la tarjeta que desprecian cada vez más la continuidad del juego. Es cierto, por otra parte, que se requiere cierta agilidad mental para este propósito y no todos los árbitros la poseen. Pero Racing y Vélez jugaron como dos murgas.

Terminé Vélez-Racing con dolor de cabeza y un mal humor espantoso. Los diarios festejan la cantidad de goles de la fecha. Pero la media docena de partidos televisados del Torneo Apertura, más un poquito de Inglaterra, otro poquito de México… me liquidó. Esto me hace acordar al cuento del tipo que va al médico y le dice que está muy cansado. El médico le pregunta por su vida sexual y el paciente le contesta que todos los días le hace el amor a la mujer, a la amante, a la secretaria y a la vecina. El médico le dice: “Me parece que son demasiados coitos”. Y el paciente: “Qué suerte que me lo dice. Yo creí que era por la paja.” El vetusto chiste viene de cuando yo empecé a ir a la cancha, allá por 1964. En ese entonces también veía tercera, reserva y primera y también Primera B los sábados. Me parece que ya no estoy para estos trotes. Incluso, he abandonado la masturbación. Pero ayer no podía parar. Terminé viendo Fútbol de Primera y pude espiar un poco del show de los paraguayos de Newell’s (¿no les parece que Pasarella es medio mentiroso?) y también el penal que, entre otros regalos, el árbitro Giménez le hizo a River. ¿A quién le sirve tener un réferi tan malo? ¿Cómo llegó a internacional? ¿Por qué le siguen dando crédito los periodistas, como ocurrió después del bochorno con Racing y hoy mismo se lo otorga La Nación? Pero hay otras preguntas acuciantes, como por ejemplo, ¿Vale la pena seguir con esta crónica semanal? Son las seis y media de la tarde del lunes. Perdí el día. Estoy agotado. Veo una pelota y me mareo.


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