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Socialismo hoy y acá

17 08 2006 - 14:07

Conferencia sobre Socialismo en la sede del Partido Socialista en la ciudad de La Plata

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Hoy el socialismo no designa una ideología reconocible ni un Estado polìtico localizable. Las menciones de Gran Bretaña, Chile, Suecia, España, Uruguay, Brasil, Venezuela y Cuba también, como ejemplos de gobiernos de tendencia socialista, desorientan a quienes buscan un modelo o siquiera una realidad que inspire una política definida. Lo mismo sucede con la palabra “izquierda” o con el progresismo. Es como si toda una tradición hubiera perdido sus lugares de origen para soltar las amarras y formar parte del acervo cultural de la civilización contemporánea.

Equidad, justicia social, redistribución de las riquezas, pluralismo, democracia política, son lugares comunes del discurso político de hoy. Los escuchamos en un amplísimo abanico que va de López Murphy a Castells.

Las formas políticas heredadas del siglo XIX: liberalismo, socialismo, y el fascismo del siglo XX, no corresponden a fenómenos contemporáneos en los que no es raro encontrar muchas de estas formas mezcladas. No poder distinguir con claridad entre izquierdas y derechas, o entre progresismo y conservadores, es para muchos inaceptable ya que significa abrirle la puerta al nihilismo o a la anomia de valores. Por otro lado, el escenario mundial desde la caída del Muro de Berlín ha puesto en funcionamiento un diagrama del poder que se ha des-ideologizado dando lugar al crudo enfrentamiento de intereses y a un pragmatismo que juega sus principios en el balance de sus resultados.

Nuestro país es cautivo políticamente del peronismo. Sesenta años de su vigencia en una historia que no ha llegado a doscientos años, nos hablan de una presencia quizás inédita en otras sociedades. David Viñas dice que el peronismo es el sentido común de los argentinos. Pienso en el PRI mejicano y los setenta años de su hegemonía coronada por presidentes fugados y candidatos asesinados. Hoy trata de componer un nuevo espectro político en medio de grandes dificultades.

En Argentina el sistema de poder se ha reorganizado en derredor de la figura de Kirchner. Se lo acusa de ambiciones de poder desmesuradas y peligrosas para el funcionamiento republicano. La pregunta que me hago y hago apunta a la gobernabilidad de la Argentina. La alternancia entre dictaduras militares y gobiernos justicialistas, con intermedios de presidencias radicales que nunca han podido terminar sus mandatos, deben hacernos pensar en que algo extraño sucede en la sociedad argentina, no en el poder, sino en fuerzas dominantes y dirigentes de las variadas corporaciones, que limitan toda posibilidad de gobernar. Es frecuente que el personal gubernamental que resulta vencedor en las elecciones sea de todas maneras sumamente débil respecto de las fuerzas sociales con poder. Si no teje alianzas con sectores financieros, gremiales, políticos, industriales, militares o policiales, o con la Iglesia, llega a una parálisis de mando que congrega a toda la sociedad para su destitución. Sobran los ejemplos.

La pregunta que puede hacerse es si la sociedad argentina es particularmente insumisa. En varios sectores que hoy se oponen al gobierno hay un insistente pedido de disciplina, que se cobija en los reclamos por mayor seguridad ante una delincuencia incontrolable, el resquemor por la total licencia que se le a da la protesta callejera, las falta de autoridad al tener que hacer cumplir la ley, etc. Alrededor de Lavagna se juntan grupos menemistas que añoran la dirección política de aquellos tiempos, tanto en el orden nacional como en el de las alianzas internacionales, hacen grupo los perdedores de los últimos tiempos entre duhaldistas y alfonsinistas, todos aquellos que combinan reclamos ante un gobierno que dicen que gobierna solo y lo hace con una prédica ideológica que resuscita antagonismos y revanchismos de hace unas décadas.

Comparada con otras sociedades latinoamericanas, la nuestra muestra un proceso de democratización social que, unido a sus ingentes olas inmigratorias, le ha dado una dinámica diferente de los países de la región. Una vasta población indígena, el sangriento proceso de colonización española, regímenes de esclavitud hasta finales del siglo pasado en países como Brasil, han dado lugar a procesos de socialización que, bajo formas europeas de ensamble político e instituciones ideadas en los tiempos de la Ilustración, despliegan un orden de jerarquías de una fijeza comparable a los sistemas de castas. A lo que hay que agregar el poder de oligarquías y el de los intereses imperialistas que intervinieron militarmente en la zona del Caribe en buena parte del siglo pasado.

En nuestro país el poder está bastante distribuido. No hay una oligarquía hegemónica ni una burguesía de un solo color. Eso sólo sirve para alimentar anacronismos troskistas.

Basta calibrar el poder gremial de nuestra sociedad que durante las dictaduras más represoras no dejó de ser seducido por factores de poder, como en las épocas de Onganía, o cuando se proyectaba el movimiento nacional del almirante Massera. En épocas de regímenes civiles constitucionales el poder sindical es de gran peso.

A pesar de dejar de ser el nuestro un país preponderantemente industrial, el gobierno debió tejer una fuerte alianza con un sector de la CGT para poder contener a otros sectores gremiales más combativos. También para lograr apoyo político de una franja de la clase trabajadora a la que se le ha actualizado sueldos luego de la debacle del 2001, mientras casi la mitad de la población ha encontrado trabajo con sueldos con un promedio de un 50% del ingreso de los trabajadores integrados a la gran industria y a las corporaciones que brindan servicios.

Por la interrupción de una historia de progreso social, por el fin de la movilidad ascendente de los primeros sesenta años del siglo XX, y por la destrucción de su aparato productivo con la consecuente crisis social de los últimos años, la sociedad argentina está convulsionada, con mayorías en profundo estado de pobreza, una lucha incesante por el reparto de lo que se produce, una acumulación de capital insuficiente, un aparato productivo vetusto con millones de pequeñas empresas sin capital ni crédito, y una educación diezmada.

¿Cómo se puede gobernar un a sociedad en estado crítico, luchas sectoriales, tremendas asimetrías regionales, poblaciones marginales, especialmente entre los jóvenes, si no es concentrando poder, tomando iniciativas a veces inconsultas que no dependan de extorsiones permanentes y siempre insatisfechas de los que dicen representar a grupos de ciudadanos e instituciones en crisis?

La idea de consensos participativos y flexibles, una consultoría democrática orgullosa de amparar un rico dialogo tolerante, ni siquiera es creído por sus portavoces. La lucha por los espacios de poder es encarnizada y la volatilidad institucional es una costumbre. Las palabras populismo, clientelismo, caudillismo, en realidad son descripciones más o menos metafóricas del funcionamiento de sociedades que no se han organizado como las repúblicas de una gran clase media en las que la meseta de ingresos medianos es la dominante y permite un sistema fiscal riguroso y controlado para dar el servicio de un estado benefactor que, aunque hoy en crisis, sigue sólido y cumpliendo sus funciones.

El socialismo en Alemania gobierna con la democracia cristiana, en España no altera la política económica y sólo cambia la dirección de la política internacional. Por lo demás la discusión entre conservadores y progresistas se lleva a cabo en los terrenos de las políticas culturales, la relación de los valores con la religión, la integración de los inmigrantes, la tolerancia y la política sexual, etc. La política económica es lo que menos se discute. Los programas de inversiones, las políticas fiscales, la relación de la corporación política con las multinacionales, la función de los bancos centrales, el rol de los sindicatos, las metas inflacionarias, el valor de la moneda, las estrategias de exportación, todos estos son temas cuya discusión es cuidadosa, y sus cambios apenas graduales, cuando se dan.

Entre nosotros la economía es la más versátil y la más debatida de las cuestiones políticas, los ministros de economía son los principales personajes de la escena política después del presidente, y aún, a veces, más que él. Las críticas a su funcionamiento son permanentes, la alternativas a su gestión oficial siempre son abstractas, y la popularidad del gobierno depende del éxito o fracaso de su economía. Por eso Menem ganó con el 60% en el 95, por eso de la Rúa no se sostuvo en el 2001; por eso también Kirchner tiene hoy muy buena imagen, apenas disputada por Lavagna. De ahí también vale la pena recordar que Cavallo tenía el 70% de aceptación según los encuestólogos en marzo del 2001, era en quien se depositaba la esperanza de revertir la situación que se vivía en el país.

El modo en que se diagraman las funciones y normas institucionales en nuestro país sigue el modelo vigente en el aparato estatal, comprendiendo que la determinación también puede ser recíproca. Eternizarse en el poder parece ser una constante que atraviesa un sinfín de dispositivos de gestión pública. El Estado debe tener una autonomía relativa para poder llevar a cabo su gestión. Nadie puede ignorar que el espacio público se ve atravesado por fuertes presiones de los grupos de intereses privados. Pero el grado de fortaleza de un Estado se mide por el grado de permeabilidad a estas presiones. La división de las funciones político-juridícas, los controles de la recaudación y del gasto, la capacidad en la gestión, la rigurosa selección de personal para darle jerarquía a las carreras administrativas, constituyen el horizonte de una acción eficaz del aparato de Estado. En nuestro país los movimientos políticos, y en su momento la corporación militar, se adueñaron del Estado y lo usan el tiempo en que ejercen el mandato presidencial. Luego tratan de dejar – en caso en que deban retirarse – todas las cosas en la peor condición posible para que el que llegue fracase antes de lo previsto.

Gobernar nuestro país es infinitamente más difícil que predicar desde la oposición. Es una tarea en la que han fracasado todos los gobiernos no peronistas desde 1930. ¿Por qué ser socialista entonces? Ya dije que el acervo de ideas generales no basta como guía para la acción. Muchos menos la doctrina, elemento vetusto que apenas sirve como identidad melancólica y retórica. Los grandes hombres de la tradición política sirven del mismo modo en que sirven todos los grandes hombres que podemos llega a encomiar. Son ejemplos morales; lo pueden ser Jean Jaurés, Juan B. Justo, Alfredo Palacios y Estévez Boero. Pero hay que entender como funciona el poder, estar al tanto de las armas que tiene para trabar cualquier tipo de acción que lo ponga en peligro, la complejidad de la actualidad, los resortes de la economía mundial.

El socialismo debe elaborar análisis concretos de situaciones concretas tomando en cuenta los dilemas en cada uno de los campos en los que quiere intervenir. Es decir midiendo los costos de la toma de decisiones. Hay una esforzada labor pedagógica para hacer con las nuevas generaciones. Para eso deben autoeducarse las ya maduras. Trabajar sobre la calidad institucional, sobre la transparencia de los procedimientos no debe hacerse de un modo hipócrita. La política está hermanada con la mentira, los juegos estratégicos se comen a los principios. Sin embargo, la firmeza de las convicciones debe por eso estar aunada a la consecución de objetivos. No hay recetas para eso. Hay que tener en claro cuál es el límite de lo intolerable, el momento en que ya no vale la pena pelear por el poder. El que pierde esta noción, la de los límites que no quiere franquear sin perder el rostro, ya despojado de toda autenticidad, se ha corrompido a sí mismo y no tiene retorno. Todo vale. Pero los límites de la acción política son una cosa y la moralina otra. Mientras dirigentes progresistas empleen un lenguaje puritano y den sermones morales contra la globalización, el capitalismo, las corporaciones, no son creíbles. Como tampoco lo es el cántico por un mundo más justo y con menos pobres que reúne a santones y diablillos. Es otro tipo de político el que hace falta. No faltan ejemplos, como los de Felipe González, Lula y Cardozo, Lagos, Blair y Jospin, una tradición que puede llevar distintas siglas y contextos en los que se implementó pero que debe hacer pensar en los caminos de la política en la sociedad contemporánea. Camino tortuoso e interminable, mucho más impredecible que los viejos intentos de reforma moral y mejora social. Muchos de los dirigentes nombrados han sido acusados de traidores. González y la entrada en la Otan, Blair y su alineamiento con los EE.UU, Jospin y el mantenimiento de las reglas del juego capitalista, Lula y su cautela con el sistema financiero, etc. Una vez llegados al poder los dirigentes progresistas cambian. Es lógico que así sea. Sólo aquellos que piensan que el poder es sucio y malo buscan paraísos morales en los que la gente se entiende conversando y predicando. Ni la política tiene la imagen de la guerra según una tradición, pero mucho menos la de una parroquia con feligreses medio dormidos ante el sermón del pastor.

El socialismo debe dejar de ser parroquial para atreverse a pensar el mundo que se viene y en el que ya estamos. El otro día resumía muy bien lo que quiero decir un reportaje al senador Rodolfo Terragno, un hombre que piensa incansablemente la política, cuando le preguntaron cuál era su posición respecto de la candidatura de Lavagna. Su respuesta fue que para tomar una posición se debería saber como respondería el candidato a dos problemas. Uno es el saber cómo se mantiene un dólar alto sin inflación. El otro es cómo mejorar la redistribución de las riquezas sin afectar la inversión.

Este modo de interrogar es ejemplar, porque muestra lo siguiente. Primero, que aquel que puede llevar a cabo una política que responda taxativamente ambos temas no sólo está preparado para gobernar la política económica argentina sino que puede paseárselo por todo el mundo por ser el abrecadabra de todos los problemas habidos y por haber. Segundo, si Terragno conoce el método y no lo dice, tiene una actitud incomprensible, porque poseedor de la llave que resuelve los problemas se la guarda, tanto en la oposición como cuando fue gobierno. Y si no tiene idea, y delega en Lavagna semejante saber, peca de bastante ingenuidad, ya que supone que existe semejante receta y por algún motivo extraño, él no la tiene.

En suma, creo que adelantó que apoyará a Lavagna, si consigue a su vez algún apoyo en la capital. Veremos. Por mi parte, creo que el socialismo debe agrupar toda sus fuerzas en Santa Fe, e ir paso a paso en el crecimiento de sus filas, sin comprometerse con otras fuerzas políticas que hacen de la pureza de sus metas la justificación de la esterilidad de su accionar. No ser oposición sino alternativa.


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