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Qué silencio

22 08 2006 - 07:34

Tengo esta sensación, a ver si es más o menos acertada: en Argentina se adormiló la discusión política y están todos acostumbrados a o contentos con el rodillo kirchnerista. ¿Es así? Después de la paliza oficial del gobierno a la oposición con los proyectos de los decretos y de los superpoderes, el último alarido republicanista, parece que todos los que tenían algo de rabia se quedaron sin aire y ahora prefieren alquilar DVDs y disfrutar de los beneficios de vivir en el corredor norte de Capital Federal, uno de los mejores lugares del mundo para vivir si tu salario al menos duplica el salario mínimo, coeficiente bastante fácil de conseguir para quienes viven al norte de la Avenida Corrientes. Parece como si ya estuviera todo decidido, que damos por hecho que en algún momento del año que viene nos excitaremos unos meses con una campaña electoral, fingiremos la perspectiva de un final cabeza a cabeza —como hicimos en 1995 con la fórmula pilochachista, un caballo por el que pagamos más de lo que valía y llego segundo cómodo—, sólo por la necesidad de tener un tema de conversación excitante y sabiendo que el pingüino o pingüina que ponga su nombre al tope de la boleta del Frente para la Victoria, el partido de peor y más inmoral nombre de la historia del mainstream político argentino —aunque, pensándolo bien, el vocablo “justicialismo” sólo pudo ser superado, en su kitschísima fusión de palabras, con la invención de la “mostanesa” en el apogeo menemista—, ese candidato, del que por ahora sólo sabemos su provincia de nacimiento o adopción, dará un discurso ante la Asamblea Legislativa el 10 de diciembre del año que viene.

¿Es así? ¿La bonanza ha borroneado la discusión, o la ambición de ser quisquilloso? Juro que pregunto con la mejor intención: desde Brooklyn, apenas sintiendo un poco el ronroneo de los diarios, las cortas conversaciones teléfonicas, los chateos tartamudeados, los blogs estetizados, las señales débiles del zeitgeist, que la distancia siempre hace más difusas, lo que parece es que hemos decidido dejarle la pelota al gobierno y sus escribas, y que los que teníamos algo para decir que no sea gritar “¡inseguridad!” o hinchar las pelotas con la sumisión a Hugo Chávez hemos dulcemente aceptado la derrota discursiva: en los primeros años de la aplanadora K, los progresistas revoloteaban hacia miles de direcciones distintas, algunos enfervorizados por los ataques del gobierno contra los enemigos reales y también los imaginarios; y otros, por ejemplo en TP, nos cagábamos de risa de algunas cosas, intentando, casi siempre sin éxito, que no nos compararan con los programas mañaneros de Radio 10. Ahora, los reacomodamientos parecen haber terminado: todo el mundo parece haberle puesto al paquete K el moño que más le gusta y haberse lanzado al disfrute de su vida privada, que en el Corredor Norte es intensa, salpicada de Benjamín Nieto, con los olores a árboles y caca de las terrazas de Palermo, y trabajos medianamente creativos que se hacen menos alienantes gracias a HBO o, dos semanas por año, al Festival de Cine Independiente.

¿Estoy diciendo, agrandado y presuntuoso, desde mi exilio a diez cuadras del supuesto centro del mundo, haciéndome el canchero, que los porteños residentes se han entregado a la “tierna indiferencia del mundo” camusiana cuando en realidad deberían estar combatiendo a una “tiranía” light pero arrogante que no le hace asco al nacionalismo ni a las encuestas ni a los lugares comunes? No, ni en pedo: sobre todo porque creo que eso es lo que estaría haciendo yo si estuviera en Buenos Aires (y lo que estoy haciendo, de hecho, con los pocos interlocutores interesados en política argentina con los que me cruzo en mi cada vez menos caluroso verano brooklynita: no hablamos nunca de política).

Lo que sí me parece es que es un poco aburrido. Hasta hace algunos meses parecía que estaba pasando algo, que mientras Alberto Fernández murmuraba sus incoherentes y cínicas defensas del gobierno, había algunos que creíamos poder ensayar poses algo cancheras (siempre a propósito, admitiendo pero con elegancia nuestra sensación de superioridad), hoy no sabemos qué decir. Una señal de que hay gente que cree que la batalla está ganada es la reciente ofensiva de Página/12 por el aborto, un tema que en la pirámide de necesidades ideológicas está claramente después de, por ejemplo, los derechos humanos, el setentismo y el antimenemismo en sentido amplio. Obtenido el consenso en estos tres ítems, y en algunos otros, Página/12 se siente con confianza para sacar un defensor, poner un delantero y dedicarse al jogo bonito: el resultado, la gran discusión, está ganada; el aborto, en este sentido, es un caño, una rabona, algo que uno sólo se puede hacer cuando va 3-0 y quedan veinte minutos para el final del partido.

¿Hay que meter un cambio entonces? La oposición no da dos pases seguidos y está siempre al borde del gol en contra (es la última metáfora futbolística, lo juro). Lo que quiero es que haya debate otra vez, que parezca que hay alguien interesado en discutirle el megáfono a, por ejemplo, Silvia Bleichmar, y a reírse del puritanismo de buena parte del kirchnerismo no peronista (el kirchnerismo peronista no tiene nada de puritano: el barro y la bacanal son sus hábitats naturales). En fin, que para muchos de nosotros la vida sin debates estériles es muy aburrida y, después de tanto fútbol y tanta literatura, estoy empezando a necesitar la mamadera ideológica: euforia por una idea que valga la pena, la vibración de una puñalada moral bien puesta, la descarnada confesión de un progresista desanimado que no quiere comerse más sapos y le da fiaca salir de la cama porque se olvidó de devolver el DVD.


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