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Fertilidad

23 08 2006 - 07:22

Como Hernanii es amigo de la casa, me sentí casi en la obligación de hacer algo por él cuando leí su modestísimo y, por lo tanto, conmovedor reclamo de discusión política. Pero estoy de vacaciones, y ni él ni nadie conseguirá arrastrarme a las profundidades de la Licenciada Bleichmar y su extraordinaria sugerencia de que “la subordinación del sujeto al deseo del otro” sea penada por la ley. O al revés, no se entiende muy bien y es probable que Bleichmar tampoco sepa lo que intenta decir, pero no importa, porque ella sabe que nadie le va a cuestionar una palabra. “Bleichmar” es intercambiable, en este caso, por cualquier otro exponente del paquete K que menciona Hernanii. Dentro de ese paquete sólo hay una polifonía perfecta de voces afinadas en la doctrina gaseosa (pero inmediatamente reconocible) que las aglutina. Y lo que hay afuera del paquete no existe para ellos. Es un lujo que pueden darse ahora a conciencia gracias al poder, pero del que tampoco se privaron antes, como puede comprobarse en el registro existente de las cosas que pensaban y decían hace veinte años. (Lo que hacían es un tema aparte.)

No, en vez de discutir con Bleichmar voy a discutir —insólitamente— con Hernanii, y él sabrá apreciarlo. Empezando por acá: los debates que él añora no son estériles. O, mejor dicho, suponerlos estériles de antemano es una pésima idea que está muy de moda, probablemente el motivo mismo de su escasez.

Lo cual no quiere decir que uno no necesite (también) debates estériles para salir de su letargo en otras áreas. Anoche discutí durante dos horas con mi mujer acerca de Theft, la nueva novela de Peter Carey que a ella le parece honesta y humana y a mí me parece una estafa. ¿Quién tiene razón? No lo podríamos haber establecido ni siquiera llamándolo a Carey por teléfono. Y es lo de menos, en última instancia, porque cualquier novela que te hace terminar una sobremesa a los gritos merece su lugar en tu biblioteca y en la historia. Cabe cuestionar la justicia de la denominación, si un debate tan estéril resulta tan disfrutable. Pero no es tanto la denominación lo que cuestiono sino su oportunidad. Uno podría sostener que todos los debates son estériles o que ninguno lo es, y mi observación no cambia.

Variante 1: Ningún debate es estéril.

Creo que, en casi todos los órdenes de la vida, quién tiene razón importa bastante poco. Hay tantos grises, tantas ramificaciones, tantas líneas trazadas por el azar (verdes) y la causalidad (rojas), que cuanto más se empecina uno en discutir más imposible se hace, más, si querés, estéril. Uno discute igual, porque le gusta, porque aprende, porque si no te calentás por algo para qué vivís, y si te tenés que calentar por algo mejor si ese algo es complejo e interesante, y si es complejo e interesante va a ser muy difícil saber quién tiene razón, pero uno paga ese precio sin problemas sabiendo que lo que obtiene a cambio vale la pena. Y ahí está: el debate que era estéril termina teniendo muchos hijitos de distintos colores si uno está discutiendo con alguien que escucha y dice cosas que no escuchaste antes. Quién tiene razón no importa, todos ganan.

[Las dificultades que, amplificadas, pueden resultar en un silencio como el que Hernanii y Krohn (en el último podcast) comentan, aparecen cuando tu interlocutor no habla, o habla en otro idioma, o no escucha, o escucha pero no entiende, o el que no entiende sos vos. En ese caso, no discutís y listo. Que es lo que está pasando. Una situación como esta conduce, creo, a algún tipo de violencia si ambas partes están forzadas a convivir durante un tiempo. No es mi caso. Por suerte vivo lejos.]

Hay disciplinas excepcionales que merecen una categoría aparte en esta variante. Una es la ciencia: no importa cuánto disfrute uno de la cena con Crick y Watson, al final la doble hélice existe o no existe, y la retórica de sobremesa es superflua. En la política, a un nivel local y menos trascendente, pasa algo parecido. Porque la política no es otra cosa que una discusión sobre cómo queremos vivir. Una discusión infinita que jamás se salda del todo, pero que se encuentra con escalones de consenso cada vez que hay que decidir algo más o menos urgente que nos importa a todos.

En cada uno de estos escalones, oficialismo y oposición (argentinos) predican, no discuten. La hipocresía de los nuevos defensores de la república y el analfabetismo confeso de los legisladores juegan en contra, pero la anulación del Congreso es un hecho. La hipótesis de que da lo mismo que exista o no un parlamento compuesto por sus miembros actuales es comprensible pero peligrosa. El comportamiento de los medios masivos justifica nominalmente el desprecio del gobierno, y al revés también. Pero el resultado es que nadie discute. Y si uno le pide a sus amigos kirchneristas que expliquen por qué José Nun es Secretario de Cultura en vez de estar sellando formularios en mesa de entradas como recompensa más acorde a su desempeño profesional, lo que obtiene es un silencio que se extiende mucho más allá de José Nun. No te hablan más.

¿Qué importa José Nun? Uno quiere seguir teniendo amigos. Por eso uno deja de hablar de política. No porque el debate sea estéril (en esta variante, ninguno lo es) sino porque no hay debate posible. El debate es rehuído sistemáticamente por todos los interlocutores K que intuyen (a veces con razón, pero no siempre) una pregunta para la cual tal vez no tengan buenas respuestas. No podés obligar a alguien a conversar.

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Variante 2: Todo debate es estéril.

En algún momento del año pasado, Ethan Jarrison Jarlewski, narrador y protagonista en jPod, de Douglas Coupland, entró a un Ricky’s Pancake Hut y pidió una Coca Cola. Se la trajeron en un vasito de plástico con un slogan impreso:

COCA-COLA
FREE WILL!

Wow, pensó Ethan, está muy bien que Coca-Cola esponsorée la idea de pensamiento independiente a un nivel tán básico y popular. Tal vez las corporaciones internacionales no son tan malas, después de todo. Tal vez tienen algo que ver con el futuro del conocimiento y la transmisión de cultura a las generaciones futuras.

Mirando el vaso más detenidamente, Ethan se dio cuenta de que no decía Free Will sino Free Fill. La camarera le explicó que podía servirse Coca-Cola en ese vaso cuantas veces quisiera, gratis.

A mí esas cosas me pasan todo el tiempo, y me resulta muy frustrante no poder discutir o comentar el tema con la camarera de turno, o con el gerente de márketing de Coca-Cola. Porque el comentario entre amigos no pasa de ser comedia observacionalista (+), y lo que yo quiero es hablar con el responsable. I wanna talk to the manager. La concertación no es contra nadie, dice Alberto Fernández, sino contra los que quieren la Argentina del pasado. El auditorio asiente o calla. Uno quiere hablar con Alberto Fernández, preguntarle: pero si es contra los que quieren la Argentina del pasado es contra alguien, ¿no? No es una variable que esté contemplada. Sólo lo podés comentar entre tus amigos, que cada vez serán menos si entre ellos hay socios de Alberto Fernández. “La condición humana de los líderes no es materia abierta al conocimiento de los pueblos”, dice Wainfeld. ¿Por qué? Porque “el poder también es enigma”. ¿Cómo es que “también” resta en vez de sumar? Coca Cola Free Will. Free Fill. Da lo mismo. Las palabras como instrumento de la razón son la Argentina del pasado.

Hay quien sostiene que mis conversaciones hipotéticas con Wainfeld y Alberto Fernández estarían en cualquier caso destinadas al fracaso. No sólo Wainfeld, que se rehúsa al debate argumentando que sus interlocutores, con quienes no habló nunca en su vida “no están abiertos al debate”. También gente mucho más inteligente, como John Gray, que le niega a la razón todo instrumento posible sobre la base de que la razón no existe, y el libre albedrío tampoco. Suena excesivo, pero como Gray se mueve con soltura dentro de la tradición filosófica de los últimos quinientos años y se ampara a menudo en fuentes contemporáneas que uno comparte, y además escribe bien, uno reconsidera.

Free will, dice Gray, is a trick of perspective.

Gray menciona el fascinante trabajo de Benjamin Libet que mencionamos al pasar alguna vez, cuando estábamos tan deprimidos por la re-elección de Bush. Lo que Libet parece haber demostrado con bastante precisión, es que los impulsos eléctricos que inician la acción, ocurren en el cerebro medio segundo antes de que uno pueda tomar la decisión consciente de actuar.

We think of ourselves as deliberating what we do, then doing it. In fact, in nearly the whole of our lives, our actions are initiated unconsciously: the brain makes us ready for action, then we have the experience of acting.

La vida según Gray es una constante racionalización de impulso tras impulso, animalitos haciendo de cuenta que piensan y deciden, cuando en realidad son (somos) como Tim Allen en Shaggy Dog, cuando se convierte en perro: no voy a buscar el palito, cortála con el palito, uy, el palito, el palito, ahora vuelvo.

Gray, que trabaja de enfant terrible, sólo menciona muy rápido un concepto que en Libet es, sin embargo, importante: el veto. “La capacidad consciente de abortar o detener un proceso ya iniciado por el cerebro”. Y hay un detalle más que su versión amarillista de Libet pasa por alto. Medio segundo no es mucho tiempo. A todos nos llegará el momento en que el destino nos ponga a prueba, y el medio segundo de Libet nos salvará la vida o nos condenará para siempre o ninguna de las dos cosas. Pero en nuestra vida cotidiana, tardamos mucho más de medio segundo en hacer el tipo de cosas que uno después celebra o lamenta. La idea de Gray no es banal; sugiere que nuestra vida está hecha de exabruptos, que las excepciones son la regla. Eso suena bien a nivel intuitivo (parece cierto, de acuerdo a la experiencia de uno) y hay evidencia suficiente para considerarlo cierto. Pero hace falta mucho más que eso para convencerme de la inexistencia de la razón si estoy tipeando esto en una computadora. Si abro mi Powerbook me encuentro con una serie de chips, circuitos y cablecitos que no están puestos ahí al azar. Un montón de gente se puso de acuerdo en cómo meter todo eso ahí. Tardaron mucho más de medio segundo en hacerlo.

Lo de Gray es una versión ilustrada y extrema (más cerca del budismo, digamos, que de las ciencias sociales) del relativismo posmoderno que le da de comer a tanto defensor de causas indefendibles en todas partes. Gray es más interesante que Bleichmar porque sabe leer y escribir, y también es más interesante que, digamos, Deleuze, porque no es chanta; Gray hace los deberes y escribe con ganas de entender o inventar algo. El día que Gray escriba una obra de ficción voy a ser el primero en comprarla. Mientras tanto, y mientras dure este párrafo, consideremos a Gray como Verdad Revelada y aceptemos que toda discusión es estéril, que la política es entertainment. ¿Cuál sería el curso de acción más razonable en ese caso? ¿Abandonarlo todo? ¿Irse a vivir al campo? ¿Romper todo? No necesariamente. En uno de sus momentos más brillantes, Gray se saca de encima toda posible relación nihilista y declara: “El nihilismo es la idea de que la vida humana debe ser redimida de su falta de sentido”. Me da un poco de vergüenza reconocerme ahí, pero concedo, porque la definición (novedosa) es certera. Ese soy yo. No lo puedo evitar. Como Hernanii no puede evitar su sed de debates, aunque sean estériles. Es imposible, es inútil, y lo queremos hacer igual. ¿Por qué no? ¿Por qué invocar al veto de Libet? Nuestro medio segundo nos impulsa a responderle a Wainfeld. Después decimos pfff, no, no vale la pena. No porque el debate sea estéril (en esta variante, todos lo son) sino porque, otra vez, el debate es rehuído sistemáticamente por todos los interlocutores K que ven venir (a veces con razón, pero no siempre) una pregunta para la cual tal vez no tengan buenas respuestas.

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No me agarré de una palabra al azar para usarla como excusa, ni parece muy importante en el contexto de la nota de Hernanii cuán fructífero o estéril pueda resultar un debate como el que él reclama. Me detuve un rato en esta cuestión porque creo ver (y compartir) algo que subyace en el pedido de Hernanii: desesperación. Sabiendo que discutir nunca es inútil, Hernanii y yo queremos discutir con quienes hoy esgrimen credenciales oficiales o filo-k, pero sabemos también que ellos nunca accederán, salvo que uno intente convecerlos de que es un juego. Es en joda, no te preocupes. Es estéril. No te va a pasar nada. Pero vení y charlemos, porque no le sirve a nadie que “ustedes” sólo hablen entre “ustedes” y “nosotros” sólo hablemos entre “nosotros”. Y lo peor es que ni siquiera hay “nosotros”, salvo por la decisión de “ustedes”.

Durante estos dos años, todos los miembros o colaboradores de TP que tuvieron o tienen alguna simpatía o conexión con el gobierno fueron desapareciendo de estas páginas. Nadie los echó, se fueron solos, o se excusaron por motivos personales, o se pelearon porque sí, o se pelearon por algo en particular, o no se pelearon pero no escribieron nunca más, o coquetearon con la idea pero no escribieron nunca. Los debates que proponemos no tienen, por supuesto, por qué suceder en TP. Pero no sucedieron ni suceden, tampoco, en ninguna otra parte. Si es culpa nuestra, que nos cuenten por qué. Y si no, que se dejen de joder y escriban también ellos, porque esta es una oportunidad que no se da todos los días.

No sé Hernanii, pero yo no quiero que TP sea así, un hub de disconformes con la miserable tarea de establecer un punto crítico, alternativo al escándalo y las maquinaciones de la derecha. Yo quiero que todos hablen con todos. Y me resisto a vivir encerrado en el palco de los muppets, como los dos viejitos que hacen comentarios sarcásticos todo el tiempo, quejándose de todo pero volviendo al día siguiente a ubicarse en el mismo palco, porque es lo único que tienen. No puedo hablar por los demás, pero yo sé escuchar y he mantenido conversaciones fructíferas con personas de lo más diversas alrededor del planeta: comunistas, rednecks, marines, internos del borda. Con todos se puede hablar, si uno le va buscando la vuelta. Esto que sucede con el kirchnerismo es inaudito para mí. No me pasó nunca antes, con la posible excepción de la dictadura setentista (pero ahí uno ni intentaba, por obvias razones de preservación física).

No puede ser. Cualquier discusión, vamos. Ya el hecho de que exista es fértil.
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(+) Hay justamente un ensayo de Coupland circa 1996, lamentablemente perdido, que habla del observacionalismo en comedia y dice, creo recordar, cosas muy interesantes. Si alguien sabe dónde encontrarlo, que me avise. Google no lo encuentra.


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