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Fútbol por TV #3

23 08 2006 - 15:03

El fin de semana tuvimos vistas en San Clemente, fuimos honrados por la presencia del eminente profesor y cineasta enano Rafael Filippelli. Con él vi los clásicos, pero no lo podía obligar a ver el resto, de modo que, cabalgando entre el deber con los lectores y la cortesía con el invitado, estuve espiando el resto de los partidos. Lunes y martes tuve que terminar el trabajo acumulado así que, aquí estoy, el miércoles, comenzando una edición atípica de Fútbol por TV.

Lavolpe es oficialmente el nuevo técnico de Boca. Es curioso. La repentina fama que adquirió entre nosotros se debe a su cargo como entrenador de la selección mexicana en el mundial, donde su equipo sorprendió a la Argentina durante el primer tiempo. Pero México perdió dos partidos, empató cero a cero con Angola y le ganó a Irán, acaso el peor equipo del mundial. Esta mala actuación le ha valido la admiración del lobby de los resultadistas. Es un poco como el caso de Ruggieri, un técnico esencialmente perdedor al que se contrata por su mística ganadora.

Por lo que vimos en el mundial, Lavolpe reúne varias condiciones desagradables: miente sin complejos, tiene modales de matón, sus equipos son altamente especuladores y es muy autoritario con los jugadores, a los que considera piezas de un juego mecánico. Con él, los más hábiles juegan un ratito si es que juegan y nunca tienen el puesto asegurado. El resultado es lo que ocurrió en el mundial. Mientras que en los demás equipos, algún jugador era figura cuando el equipo ganaba, en México, Lavolpe era la figura aunque perdiera.

Un técnico así es ideal. Ideal para los dirigentes, que quieren que los jugadores tengan un gerente o un capanga al frente del equipo y no un par de los jugadores. Ideal para los periodistas, a los que les encanta que Lavolpe sea “moderno” y diga cosas tales como que “ya no se juega con enganche”. Ideal para todos los que predican un fútbol en que los jugadores sean cada vez menos libres. Ideal también para Macri, ya que Lavolpe es un bicho mediático como pocos y le asegura exposición a Boca y a su proyecto político personal en los próximos meses.

El domingo, después de perder con Racing, la barra brava de River le pinchó las gomas a los jugadores. La de Godoy Cruz de Mendoza impidió, el domingo anterior, que se jugara un partido porque los dirigentes y los futbolistas no pagaron la protección que pretendían. No es un ambiente muy tranquilo el del fútbol argentino. Todo el mundo está nervioso, y cualquier cosa es un motivo para reaccionar mal, para quejarse, para ser mezquino, especular y sacar ventaja. El arte de la simulación en el área ha sido llevado a un punto en el que es casi imposible saber si hay falta o no. En esta fecha se sancionaron varios penales y los que más parecieron serlo fueron uno no sancionado contra Arsenal y otro contra Colón.

Pero hay cosas aún más grotescas. El otro día comenté lo de los nombres de los jugadores en la camiseta, una costumbre muy útil a partir de que los jugadores no salen numerados del 1 al 11. En la Argentina se ha dejado de usar (Lanús es la única excepción, creo). En un principio pensé que se intentaba usar ese espacio para poner publicidad (aunque ambas leyendas podrían coexistir). Pero después vi que algunos equipos no tenían ni nombres ni avisos. Y ayer, durante el partido ente San Lorenzo y Banfield por la Copa Sudamericana, me di cuenta de la verdadera razón. En ese torneo, los nombres son obligatorios, pero los jugadores de Banfield (un equipo ciertamente especulador) no tenían los apellidos, sino nombres de pila y sobrenombres. La única explicación que se me ocurre es que es un intento de confundir, de no permitirle a los contrarios identificar rápido a los jugadores. Creer o reventar. Alguno de estos genios de la táctica decidió que era “dar ventaja” poner los apellidos en la camiseta. Y todo el resto lo imitó. Algo parecido pasa con los entretiempos, que en el torneo local pueden durar hasta media hora. Se considera que si el contrario sale y se lo deja esperando un buen rato, los jugadores toman frío y se ponen nerviosos. Ahora, para no dar ventaja otra vez, los dos equipos salen a cualquier hora. Un poco más y tienen tiempo para tomar el té como en el críquet.

Por eso es lindo ponerse a ver el fútbol inglés, ahora que empezó la Premier League. Es cierto, hay que soportar a gente como el Bambino Pons y a Latorre en la transmisión pero, por un rato, uno tiene esa ilusión primer mundo, fútbol-fiesta. Por lo menos, las camisetas tienen nombre, hay alegría en las tribunas y los arbitrajes son permisivos. No parece el programa sobre la campaña de Atlas. Y es mejor cuando se ven cosas como el primer tiempo del Manchester United, que ganaba cuatro a cero en menos de veinte minutos tocando y tocando, con la destacada participación del joven maravilla Wayne Rooney y del viejo maravilla Ryan Giggs. Pero también puede ocurrir que uno vea al Chelsea, que me pareció jugar un muy mal fútbol el sábado. Esa cosa vertical, donde casi todas la pelotas se juegan a dividir y, sólo por la calidad superior de los jugadores, alguna vez se produce la filtración de la defensa y el gol.

A diferencia del Manchester, incluso del Arsenal, Chelsea es antipático y juega feo, casi como para que uno no se pueda quejar de San Lorenzo, que tiene jugadores de menor jerarquía. Igual, los cinco mediocampistas de Ruggieri, avanzando y retrocediendo estrictamente por su carril como soldaditos de plomo, dan un espectáculo molesto. Y eso que entre ellos hay dos que saben jugar, Hirsig y, especialmente, Adrián González, tapado por el mecano de Boedo. San Lorenzo no sale a empatar, pero tampoco a ganar. Sale a ver si su hipercuidadosa defensa y su monótono ataque se encuentran con un error del rival, con una chispa de inspiración de Lavezzi o con una certera definición del peruano Malingas Jiménez al que, con puntilloso racismo, Niembro y Clos ya le han cambiado el apodo por el de “Mandinga”. Pero a eso, a ver qué pasa, juegan todos los equipos salvo Boca y River (alguna vez Independiente, pero no el sábado pasado contra Boca). Algunos salen a atacar un poco más frente a rivales flojos, y eso parece haber llevado a Estudiantes y Arsenal a la parte de arriba de la tabla (Verón jugó muy bien el domingo, todo Arsenal hizo un buen partido).

Lo de Racing frente a River fue muy curioso. Su plan era defenderse y contraatacar con un recurso único: pegarle para arriba y que el colorado Sava tratara de bajarla de cabeza. Pero resultó que River hizo un barullo tan grande, perdió tantas pelotas en el medio, que se abrió el partido y Sixto Peralta empezó a tenerla, a jugar por abajo y a lograr así que Bergessio pudiera demostrar sus cualidades de gladiador en el ataque. Y así fue creciendo Racing hasta terminar jugando realmente bien. El partido fue vertiginoso, intenso y emotivo, el mejor del campeonato hasta ahora. Si Passarella sigue retirándole la confianza a los jugadores después de cada error, River la va a pasar mal. No parece tener un patrón de juego claro y no tiene tanto plantel como para darse el lujo de andar reemplazando a todo el mundo. Aunque los periodistas no lo vieron, jugó bien Gallardo y, con Peralta, los dos enganches le dieron vida futbolística al clásico, antes de que la llegada de Lavolpe ayude para proscribirlos para siempre (¿alguien duda de que cuando Boca pierda dos partidos con Lavolpe, este suprimirá el enganche como quien decide que no hay presupuesto para postre?). Ortega, en cambio, tuvo un mal partido y ya se abrió la temporada de caza del burrito: no hay cronista que no le pegue.

A la movilidad de Racing-River contribuyó en gran medida el árbitro Baldassi. Durante 85 minutos le dio continuidad al juego con la ley de ventaja, sin sancionar nimiedades, haciendo reanudar rápido y administrando con cuidado las tarjetas. Cuando River se puso 1-3 y sus jugadores sacaron a relucir su habitual intemperancia (últimamente River actúa como si tuviera el derecho adquirido a ganar siempre), Baldassi redobló su esfuerzo, siguió el juego aun más de cerca, intentó prevenir los golpes y evitar la tendencia al descontrol de los jugadores agotados. Pero al final, como ya le ocurrió en las dos fechas anteriores, se descontroló él: empezó a amonestar sin ton ni son y se equivocó en las dos expulsiones. Claramente la segunda amarilla para Nassutti fue exagerada y la jugada que provocó la de Gallardo, que en un principio me pareció la típica reacción violenta a la que nos tiene acostumbrados, fue simplemente un intento a destiempo de quitar una pelota desde atrás. Es una lástima que Baldassi se obnubile al final. Tal vez le falte resto físico. Pero hizo mucho por el partido.

En cambio, su celebrado colega Elizondo sigue jugando para ser el niño muy bien diez de la FIFA, lo que no le hace ningún bien a los partidos que dirige. A diferencia de Racing-River, que prometía ser malo y salió bueno, Boca e Independiente, que habían jugado el mejor fútbol del torneo, produjeron un juego cortado y espasmódico, con muy poco brillo, en el que lo más destacado fue la defensa de Boca (¿cómo es que en estos años no escuché hablar del Cata Díaz, cómo es que no juega en el Barcelona?). El partido no fue de ningún modo violento pero, con doce amarillas, Elizondo batió el record de tarjetas (¿de todos los partidos de primera de la historia?). Las sacó por todas las causas y en todas las circunstancias y no dejó nunca fluir el juego. Sería bueno que alguna vez diera la ley de ventaja, aunque es evidente que desconocerla le ha dado resultado en su carrera. Esta manera burocrática de arbitrar ha desterrado el concepto de conducción de los réferis. Se trata ahora (y así lo entienden también los periodistas) de sancionar (si es posible con el agregado de una tarjeta) una serie de infracciones independientes. No se habla con los jugadores, no se los previene, no se los calma. Pero el veedor, el monitor y el supervisor están contentos. Elizondo, tal vez prepare, como Castrilli, su carrera de funcionario público para cuando se retire. En fin, Boca e Independiente quedaron en deuda, como se suele decir. En algún lado leí que Boca dio una exhibición. No fue en este partido.

Habiendo escrito lo anterior, me puse a ver la liga inglesa. El Middlesborough me dio la alegría de ganarle al Chelsea, para gran desazón de Pons y Bassedas (del primero sobre todo). En un momento, ganaba uno a cero y pareció que tenía el partido maniatado. Pero el Boro tiró dos centros y metió dos goles, mientras los locutores-policías preguntaban quién había fallado en la marca, como para avisarle al técnico que le aplique una sanción disciplinaria a los culpables.

Dos cosas sobre la televisión. Fox Sports transmite el campeonato inglés con una placa para el resultado y el tiempo de juego más grande de lo que debería. Molesta sin necesidad. En un canal deportivo, ¿no hay nadie que controle esos absurdos diseños? La otra: en las cuatro primeras fechas del torneo Apertura se habrá televisado cuatro veces a Nueva Chicago y sólo ahora se podrá ver a Newell’s y sus paraguayos. ¿Cómo se deciden los partidos que se transmiten?

Esta serie se aproxima a una situación caótica. Empieza la Liga Española, la Champions League, la Copa Sudamericana, hay partidos de México, de Chile y vaya uno a saber de dónde. Sin hablar del fútbol del ascenso. Creo que ya necesito vacaciones.


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