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D'Elía-Blumberg

24 08 2006 - 03:18

Blumberg es un hombre valiente y desesperado. Fundamentalmente esto último. Es posible que tenga conversaciones con dirigentes políticos para presentarse en futuras elecciones. Tiene todo su derecho. En ese momento dejará de ser un desesperado para convertirse en un nuevo político. Asumirá los riesgos de esa nueva profesión. Como lo hicieron Fernández Meijide y Hebe de Bonafini. Ya no pudieron justificarse por su tragedia familiar. La marcha que anuncia Juan Carlos Blumberg para el día 31 está en la cornisa que une y separa ambos destinos: el de ser una víctima de criminales amparados por la desidia o la complicidad de los aparatos de Estado, y el del hombre que tiene aspiraciones políticas para mejorar la sociedad. En ninguno de los casos dudo de la honestidad de Blumberg. Aquellos que le dicen fascista, hombre de la extrema derecha o le pintan bigotitos de Hitler, pertenecen al verdadero fascismo que impera y que se reviste con el lenguaje de la izquierda proletaria.

D’Elía se ha convertido en la guardia pretoriana de Kirchner. Amenaza con represalias. Junto a Alberto Fernández provocan a la sociedad y parece que le quieren meter miedo. No a toda la sociedad, indudablemente, sino a los sectores que critican a la política oficial. En la Capital Federal se encuentra el principal polo opositor al gobierno. Esto irrita de sobremanera al personal gubernamental.

Han intentado cubrir los acontecimientos con el juicio a de la Rúa, aquel de cinco millones de pesos, una cifra irrisoria comparada con los fondos oscuros que hoy se manejan, desde la millonada secreta de Santa Cruz hasta los fondos fiduciarios del Estado. Además, esas coimas presumiblemente ciertas, son un caso menor de las coimas actuales para lograr la adhesión de gobernaciones e intendencias. Todo este asunto de las coimas del Senado es para cazar bobos. Durará hasta que la divina Shakira llene el estadio de Vélez en octubre.

En todos los países del mundo la lucha política es dura y sin remilgos. Los discursos parlamentarios emplean toda la cizaña que tienen disponible. Las declaraciones de los políticos son por lo general tremendistas. En este rubro de las imprecaciones no hay nada nuevo en nuestro país. La política despierta pasiones. Hay quienes temen perder amigos y se callan para no incurrir en excesos verbales. Pero todo esto sigue siendo un juego, el de la disputa, el de la polémica. En sí no es violento, puede ser creativo, estimulante para el pensamiento, desafiante para los dogmas.

Sin embargo, lo que sucede en nuestra sociedad no es para nada escolástico. Existen grupos de choque de dimensiones masivas. Antes también los había. Barras bravas de algunos clubes, personal sindical adiestrado, camioneros tanquistas, grupos parapoliciales, bateadores de Quebracho, encapuchados callejeros, provocadores a sueldo. Tenemos hoy la sensación de que no sólo no han desaparecido sino que son los que tienen el monopolio de la violencia en la Argentina. No hay policía uniformada ni gendarmería ni ejército que cumpla esa función: la de mantener el orden. Para los personajes de la izquierda es una excelente noticia, porque manifiesta que el pueblo defiene sus derechos y que la represión ha quedado inerme. La ley de la calle tiene sus dueños. Ya no son los secuestradores que arrancaban a la gente de sus casas para asesinarla en los años del Proceso. Estamos en democracia. La violencia ha cambiado.

Por eso volvemos a Blumberg que de una o de otra manera habla de esto. Más allá de propuestas de bajar la edad de imputabilidad o cambiar el régimen de excarcelación, materia opinable y creo que desafortunada, el problema se entiende aunque se discuta la solución. La que existe no es una ley de la calle que deriva de la injusticia social, sino una que se aprovecha de ella formando contingentes violentos para conseguir dinero o para defender a una corporación de intereses económico-políticos que ocupan el poder.

Es muy probable que en una ciudad en la que hay villas miserias desde la Isla Maciel hasta La Plata, hablar de seguridad republicana no sea más que una entelequia vana. Cuando hay miseria puede haber violencia, ya sea contra sí mismo en la resignación fatalista y en el reviente por las drogas, o contra los otros en asaltos y crímenes. Y también existen los usos espurios de la miseria. La especialidad de algunos mandamaces que ocupan secretarías, gabinetes, redacciones de diarios supuestamente combativos, y de ideólogos que ansían el desarrollo estructural de estas minisociedades incipientes. En nuestro medio, manejar grupos de intervención violenta es la especialidad de políticos ambiciosos e ideólogos que sueñan con comités revolucionarios y punteros mediáticos. La justicia social en una sociedad de buchones.


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