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Combatiendo al capital

25 08 2006 - 02:28

“Entonces aquí, mi amigo, puse yo mi lucidez en acción. Trabajar para el futuro está bien, pensé, trabajar para que los otros tengan libertad está perfecto. ¿Pero entonces yo?, ¿yo no soy nadie? Si yo fuese cristiano, trabajaría alegremente por el futuro de los otros, porque iba a tener mi recompensa en el cielo; pero también, si yo fuese cristiano, no sería anarquista, porque entonces las tales desigualdades sociales no tendrían importancia en nuestra corta vida: serían sólo condiciones de nuestra prueba y serían recompensadas en la vida eterna. Pero yo no era cristiano, como no lo soy, y me preguntaba: ¿pero por quién y por qué me voy a sacrificar en todo esto? Más todavía: ¿por qué es que me voy a sacrificar?”
Fernando Pessoa, El banquero anarquista

Trabajo hace 6 años para la oficina local de un holding de publicidad y marketing, especializado en medios. A lo largo de este tiempo, mis compañeros y superiores fueron armándose una idea extrañísima de mí. En alguna ocasión el CEO, en una fiesta de fin de año en la que estaba de visita uno de los dueños del grupo, me presentó como “el trotskista”. Hace poco, una directora me preguntó cómo podía ser que no me gustaran Sabina o Silvio Rodríguez, dada mi condición de zurdito. Y cómo olvidar aquella vez en la que el CEO hablaba con el director de la unidad de negocios a la que fui a parar sobre un global meeting en el que evocaban a cierta corporate lady que había pasado por la parrilla del señor Ibarra. Recuerdo cómo el director le mencionaba al pasar al CEO la gastada que le hizo a la dama en cuestión por su fato con el destituido, un “tipo impresentable, chanta, con ideas de izquierda”. Allí estaba yo siguiendo la conversación en el bar que tenemos como zona de esparcimiento. Y el CEO, siempre tan acertado, le retrucó “ojo que acá Baum es comunista”.

Con el eje corrido a la derecha, yo quedo como un bolchevique cualquiera por estos lares. Los comentarios que fueron generando esa imagen nacen de una postura personal abierta y crítica sobre los métodos hipócritas del management o la lógica suicida del manejo de recursos humanos. O de charlas de almuerzo/café donde desarticulo los lugares comunes de mis compañeros de oficina, que tienen adherido el discurso prejuicioso de clase media como si estuvieran empetrolados. Como buen progre, en un ámbito permeable al discurso de Macri, Blumberg o Lopez Murphy, desentono.

Hace unos días nos presentaron el nuevo “credo” de la compañía. Ya no hay misión o visión, como en los libros de los 90. Ahora las empresas tienen credo. Es el último grito de la moda. Argh. Nos reunieron a todos y, sin anestesia, nos contaron cómo son los nuevos valores. Y como una religión sin propaganda no es nada, ahora las paredes están llenas de banners que dicen cómo tenemos que ser.

Ser humano. Ser considerado. Ser divertido. Ser una familia. Ser generoso. Ser ágil. Ser adaptable. Ser innovador. Ser flexible. Ser visionario.

Si los miro así, sueltos, hasta me agradan. Son valores simpáticos, difíciles de rechazar. Es más, hasta me entusiasma la idea de incorporar los que no tengo. Pero que me digan en qué tengo que creer de Lunes a Viernes de 9 a 18, ya me parece demasiado. Yo sólo quiero trabajar y que me paguen.

Por un momento, creería que soy yo, el inadaptado de siempre, que transmito la imagen del Che Guevara de las corporaciones porque tengo, por lo menos, medio centenar de críticas a cómo se organiza el laburo hoy en una multinacional. Y no es que me tiente demasiado la idea de vivir en un sistema de planificación centralizada (ese es otro debate). Pero cada vez me tropiezo con más y más casos en los cuáles, evidentemente, no soy yo el revolú, si no que realmente las multis solitas se entierran y me ahorran todo tipo de acusación con olorcete marxista.

Tomo como ejemplo un dato no menor que me llegó en estos días. Involucra a la filial local de una consultora multinacional de origen norteamericano, en la cual trabajan no menos de 1200 personas. Se especializa en distintas ramas, siendo su negocio más representativo la comercialización e implementación de SAP, la nueva religión en sistemas integrados de gestión de la información, que abarca todos los procesos de una empresa-monstruo. Quién tenga algún conocido que esté vinculado al grupo Techint (verdaderos ganadores de la era K), podrá dar testimonio de esta fe inquebrantable que hay depositada en SAP.

Esta corporación está llena de corporate standards para todo tipo de procedimientos, ya sea acá, en Rumania o en Tailandia. Cuando uno pispea el merchandising y los cuadernitos que reciben los empleados, asusta. Llevan la cultura de la globalización a límites insospechados y sospechosos.

La cuestión es que en lo tocante a las oficinas de Argentina, se decidió aggiornar el corporate standard de remuneraciones y dejar de pagar horas extra so pretexto de que, como en el mercado local no se pagan, de ahora en más esta gente tampoco las pagará.

A ver. Evitemos razonamientos laterales del tipo: claro, si en el mercado local rige el derecho de pernada o el trabajo esclavo, bueno, Mr.CEO, pídale a Recursos Humanos preservativos o grilletes, según corresponda el caso, tal como indica el manual de procedimientos.

Tampoco da para decir qué querés esperar, si ellos tuvieron Enron o Worldcom, no vas a pretender que las empresas made in USA sean un canto a la transparencia.

Tal vez uno es un poco ingenuo y cree que, porque vienen de países más desarrollados, a lo mejor les enseñan a los empresarios locales las últimas técnicas sobre cómo hay que tratar e incentivar a los empleados o, en última instancia, como aflojar con el negreo.

Al final, es justamente al revés.

Apelar al anti-americanismo naturalmente nos deja a gamba en el análisis (al menos en este rubro). Business is business y las corporaciones (de USA, Europa, Asia o Latam) no están diseñadas para que la gente se realice o se acerque al meaning of life.

Mientras un montón de personas corren, se estresan, se quedan hasta tarde, laburan algún que otro fin de semana, hay otros que negocian, se estresan, se agachan, le dan mil vueltas a las cuestiones para no llamar a las cosas por su nombre y negocian plazos y condiciones imposibles, todo porque en algún punto del otro lado, en clientelandia, se da esa misma carrera rabiosa. Y todos corren, agarrados de la cabeza, chocándose y siguiendo sin pedir disculpas, hablando por miles de celulares y tiroteando e-mails, sin pensar que se va la vida. Se va la vida y no sólo no tenemos las respuestas a las preguntas fundamentales, sino que ya ni siquiera hay margen para esas preguntas. En algún otro lugar, los dueños de unos papeles que valen más o menos (en función a lo que hagamos o dejemos de hacer, entre otras variables) están preocupados para ver si pagan la amarra en St. Tropez o en Mallorca. Como mucho, cada tanto, se alborotan frente a la posibilidad de un takeover, deciden recortar gastos y fue un placer tenerte entre nosotros, que no se corte.

¿Es paranoico pensar que al final se trata de organizaciones que funcionan explotando lo peor que tiene cada sujeto en su interior, para motorizar una carrera loca hacia el siguiente escalón, apelando a los recursos más bajos y condenables desde una lógica sistémica saludable? Cada vez me voy convenciendo más de que no. Es cierto que hay mucho talento y creatividad en muchos de los sujetos que forman fila en las empresas, pero en el radio pasillo de cualquiera podremos sondear esta idea de que, al igual que en la esfera laboral pública, sin un padrino, no se llega muy lejos. A menos que la falta de escrúpulos y un buen serrucho sean considerados como una opción válida. Y si no, siempre están los clásicos mecanismos de propulsión a base de venta de humo, que suelen facilitar ascensos hasta el límite de la incapacidad del chanta en cuestión.

Lo paradójico de seguir siendo testigo de estas formas de socialización del trabajo es el marco circunstancial en el que se desenvuelven. La última vez que me fijé, me dio le sensación de que estamos en épocas en las que se reivindican valores de trinchera, se le pega al neoliberalismo (salvo en las tribunas de la derecha) y se habla de Argentina-un- país-en-serio™. Yo no quiero ser aguafiestas, pero entre la inflación (que no es otra cosa que una puja distributiva capitalistas-trabajadores y capitalistas-capitalistas), el trabajo en negro y, más cerquita de la civilización cool, la abolición de los altos standards importados de calidad laboral, sería interesante ponerse a pensar un poquito cómo sigue la historia de los trabajadores, con perdón de la palabra.

Digo: montones de personas cambiando tiempo, talento, capacidad, habilidades más o menos calificadas por cada vez menos dinero. En un espacio en el cual la felicidad no sólo no les está garantizada sino que muchas veces el tiempo destinado a la felicidad se les pide prestado como horas extra y fines de semana al servicio del credo (horas que además se van dejando de pagar). Resignar felicidad, a menos que esa felicidad esté identificada con algo así como un sentido de pertenencia o carrera, para lo cual deberán acostumbrarse a trepar o ser pisados. Algo definitivamente sigue andando mal.

Y la cadena de patetismo continúa. No sólo se borra toda posibilidad de cuestionar para qué corremos, porqué vivimos a mil. El “mercado” tiene entre sus filas un montón de sujetos que mueven la maquinaria complementaria. El consumo para el estilo de vida de la gente “a full”: complementos vitamínicos, antidepresivos, aspirinas para hacer de todo, yogurts con beneficios, estancias con spa, aguas con aditivos, leche con anfetas. En lugar de bajar cuatro cambios, el mercado empieza a modificar productos y servicios para que el infierno no queme tanto.

Todos estos tópicos de discusión de café no dejan de tener el peso suficiente como para empezar a preguntarse qué alternativas hay a este presente neurótico. Leyendo la nota sobre el socialismo de Tomás Abraham, me preguntaba si, en toda esa lista de actualizaciones que Abraham le propone al socialismo, no sería necesaria una incorporación sobre este tema. Una agenda que mezcle una regulación seria sobre la invasión del trabajo y el mercado en la vida de las personas y que cuente con propuestas para volver a tener tiempo para generar más participación ciudadana, vida de familia o momentos de reflexión zen, lo dejo a gusto.

Yo sigo cuestionando esto y cuestionándome el hecho de pensar soluciones para hacerle la vida más fácil a esta gente que, por hacer precisamente eso, me tilda de zurdito.

Tal vez tenga que preguntarme, como el banquero de Pessoa, para qué tanto sacrificio.


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Oupen faier