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El Discreto Encanto

1 09 2006 - 05:03

Tengo treinta y casi nada. Trabajo en comunicación, que para explicar fácil es como un trabajo administrativo, pero en el que te vas a tu casa al borde de un infarto, y en el que cada tanto te pasan cosas estimulantes, y no te importa que las motos que van a mil sólo te hagan sentir viento, que lo que importa es que vayan a mil.

Soy un usuario ocasional de marihuana. Ocasional quiere decir una vez o dos al mes. “Consumo recreativo”, pondría en la escala lickert de la encuesta del Cenareso que imagino para definir cual es mi relación con la sustancia verde vegetal, como dicen los expedientes antes de que pseudovaya al laboratorio la sustancia verde, y entonces te quiero ver.

Tengo un amigo que, digamos, se llama Nicolás. Nicolás consigue la marihuana que yo fumo y no me cobra, lo que lo hace mi pusher ad honorem. Permítanme que diga pusher, que está en las canciones de Eminem, y no dealer, que es tan ochentas. “El problema de los dealers es que cortan la cocaína con cianuro, para que te dé el flash, entonces es muy peligroso”, decía la revista Gente en una nota circa 1986. Si buscaron asustarme lo lograron, porque nunca tomé cocaína, por miedo a morir envenenado y con la nariz sangrante cantando una de Pet Shop Boys.

Vivo en Buenos Aires. Hoy se hizo una marcha digamos que en contra de la inseguridad (y me pregunto que costaba decir que era a favor de la seguridad, al fin y al cabo somos toda gente pro). Convocó un señor a quien le mataron el hijo de veintialgos, que era un polaco con la quijada angulosa y cara de aprobar química en el cole y de no joder a nadie. Este señor, Blumberg, ya hizo otras marchas. Le fue bien de manera decreciente y las encuestas dicen que tiene un futuro político.

El gobierno está dirigido por un señor que se puso nervioso con una marcha en las narices de su oficina (a pesar de demostrar todo el tiempo que va al frente por default). La última semana transcurrió entre la idea de que Blumberg le pagaba la cuenta de de luz a los centros de tortura de los 70 y la idea contraria de que, ante la ausencia de líderes que muevan el amperímetro, ir un ratito a la plaza mayor de la ciudad era una buena manera de joderlo al tuerto que tenemos por Presidente, que bien merecido lo tiene por ser el gallo que compró el penthouse desde el cual caga de manera sistemática a la derecha vernácula y burguesa de la que de alguna manera soy parte.

Ya debo estar aburriendo con la introducción y conviene ir al hecho central de esta líneas, que es como luce Buenos Aires bajo los efectos de la cannabis. Me conformo con que me salga un decimo de bien de lo que le salió a Sarmiento contar La Plata caminada inmediatamente después de fumar opio.

Fumamos en la oficina, en la que no había nadie salvo la empleada, digamos Elvira, que estaba lejos y nunca abre las puertas de los despachos. El porro era promedio para arriba en cantidad y calidad y lo liquidamos en media hora, tiempo en el que sólo me distraje para pedir turno con mi digamos psicóloga, tarea que se puso difícil cuando me dio un acceso de tos que la secretaria de la terapeuta se aguantó estoica, que después de todo para eso está.

A las 8 y media de la noche, digamos que Nicolás y yo cruzamos Córdoba en diagonal y empezamos a caminar por Florida al Sur. Entonces sentí que la masa de gente que iba en los dos sentidos no era una masa sino un montón de individuos moviéndose al mismo tiempo, cada uno con su ritmo, con sus caras, con su ropa que delata si es cliente del Ciudad o del Boston. Drogado, la gente era gente y no los obstáculos que todos los días un par de veces por día sorteo con paso rápido.

Por algún motivo la gente que iba hacia el Norte había decidido caminar por la vereda que, está establecido, por uso y costumbre, transitamos los que vamos al Sur. Entonces la gente a contramano pasaba demasiado cerca y nos fuimos haciendo chiquitos y tirándonos hacia el centro de la calle, donde es fácil chocarse con los cestos para basura pequeña que abundan en Florida a razon de medio cada dos guardias urbanos. A la altura de Tucumán, digamos que Nicolás notó que estábamos yendo a menos, entonces empezamos a caminar con paso decidido por el medio de nuestra mitad de vereda, y correte vos.

Una hora después de caminar sin parar, estabámos apenas llegando a Corrientes, entonces tuve la sensación de que ibamos a ver la plaza vacía cuatro horas después y que la Richmond no iba a llegar nunca y que la London era inalcanzable. Pero todo llega si uno persevera y a eso de las nueve, hora reloj, no hora marihuana, convencí a digamos que Nicolás de me acompañara a comer una hamburguesa al Burger King de Rivadavia y Florida.

El adolescente de rigor, que no tiene futuro pero que le pone garra, tomó el pedido. Whopper gigante triple queso, doble panceta, para llevar. El chico no tenía acné pero sí tenía tetitas de gordo. Mirándome con decisión, fue por un momento el croupier de un casino en Las Vegas. ¿Le querés agregar un extra de queso, además del que ya pediste?, desafió. Siempre se puede doblar la apuesta, pero conté las fichas de colores en el paño de la mesa de veintiuno y dije, “me planto en triple queso”.

Mientras esperábamos saqué cinco pesos para darle de propina al chico. Era sólo para poder contar la gracia después, pero digamos que Nicolás y yo decidimos que por ahí lo tomaba a mal, así que guardé el billete mientras veía proyectado el comienzo de Perros de La Calle, con el policía infiltrado entre los ladrones haciendo la defensa de no dejar propina, y Harvey Keitel dando cátedra de porque está mal ser un pijotero.

Con el pedido en la mano enfilé para la puerta, pero digamos que Nicolás, que es más juicioso, sugirió que comiera en el local. Nunca antes la cebolla tuvo tanto gusto a cebolla, ni el pan estuvo tan tibio en la yema de los dedos, ni la panceta crujió de manera tan seca, como una rama seca que se parte. Entonces dejé de ser digamos que yo y fui un organismo complejo, competitivo, desarrollado, al servicio de comer la hamburguesa.

En eso estaba cuando digamos que Nicolás, continuando la conversación permanente que gira siempre en torno a tópicos tales como mirá que orto, cojer, garchar, está vieja pero la mato, a la administrativa le voy a dar y demás, sacó a colación que un amigo en común es gay pero no se hace cargo. “pero si estas con él y te ponés en bolas, le sale sangre por los ojos” dijo digamos que Nicolás mientras hacia las caras de gay reprimido de nuestro amigo en común. Tuve entonces el primer ataque de risa, con llanto espasmódico sostenido y palpitaciones. Para entonces ya pensaba en escribir esto, y agendé en la memoria aclarar que soy muy moderno y que todo bien con todas las elecciones personales. Bueno, ya aclaré.

Con la boca explotando de sabor a whopper doble volví a la calle, para caminar por Rivadavia hasta la plaza. Entonces entré en crisis. Todos los asistentes a la marcha tenían cara de velorio, de circunstancia, de reunión de consorcio convocada porque el chico del tercero A meó en el helecho del palier. Tuve el segundo ataque de risa pensando como hicieron todos para ponerse de acuerdo y escuchar a un cura o pastor que hablaba no se sabe bien de qué pero que cumplía su función de telonero con la misma actitud. Por respeto y un poco de pudor me puse cerquita de una pared gris, y me reí histérico y en sordina durante diez minutos. Digamos que Nicolás se reía un poco menos pero con ganas y tapandose la boca. Una señora mayor, digamos que una vieja, nos miraba pensando que yo lloraba y asentía con la cabeza, “tan grandote y tan sensible, mi vida.”

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Me recompuse como pude y empezamos a caminar entre la gente. Gente como uno. Toda. Señores con saco a cuadritos, canas, y la memoria de haber tenido un Prilidiano Pueyrredon heredado. Señoras Qué Barbaridad que no lograron que la empleada los acompañe. Muchos chicos que si hubieran nacido 15 años antes hubieran militado en UPAU, y hubieran cojido, porque en política se coje, pero ahora están en una ONG y, lo que es terrible, no cojen. Chicas lindas, bien gracias. Una cada trescientos, tapadita, del brazo del novio.

Ya entrébamos en el mar modesto de personas con las que no tengo nada que ver, salvo porque me parezco demasiado a ellos, con el ligero toque atrevido que me da elegir corbatas chillonas y propias de una compra compulsiva en un rapto de euforia. Pensé en la corbata y mi traje prolijo y mi physique du rol de reaccionario que vive Córdoba al Norte y repasé en dos minutos mi vida y caí en que desde chiquito decidí estar con los que ganan pero que esa es una decisión utilitaria y que la idea es hacer tu negocio, y no desentonar y mirar con toda la sorna que se pueda y que peor es ser setentista, porque los suéteres de lana peruana pican y Althousser no se entiende.

Frente al Cabildo nos encontramos con un cliente, que es periodista y con la maldad del caso venia riéndose, con las solapas del saco levantadas. Digamos que Nicolás robó una frase del argot marginal y me sopló: “Rescatáte”. Hice lo que pude, rogando tener los ojos en condiciones mínimamente presentables, y empezamos a charlar. ¿Mañana, la tapa de Clarín, por un almuerzo en el Esplendor? El cliente, que cuida la plata, aclaró las reglas: ¿menú del día o a la carta? Quedamos en menú del día. “Veinticinco mil personas”, dijo. “Ni en pedo”, dije yo. “Quince mil”. Ahora, en la madrugada posterior a lo que cuento, Clarín digital no arriesga un número, y voy a tener que esperar una horas hasta saber si estoy treinta y cinco pesos abajo o arriba.

Por suerte el cliente siguió viaje, sin que diera muestras de haber notado algo.

Cinco minutos después, en la esquina de Bolívar y Diagonal Sur, una mano me apretó el brazo y me llamó por mi nombre. Digamos que eran los Fernández, amigos de mi padre muerto, padres digamos que de Agustina, el amor de mi vida cuando tenia trece años. A los tres minutos pude averiguar que digamos que Agustina tiene dos hijos y vive en un country. Hace siglos de la tarde en que bailó conmigo el lento “in my mind”, tan perfumada, para luego ir a besarse con Richard, más rubio y canchero que yo, que antes de proceder tuvo la caballerosidad de preguntar “¿No te molesta, no? Se me hizo difícil seguir la conversación, sobre todo porque el señor Fernández que antes era de la gama de los azules, ahora estaba gris metalizado. Fernández hablaba y yo no podía dejar de preguntarme en qué momento lo habian plastificado en gris. Cariños para todos. Seguí viaje.

Diez metros después me encontré con un petiso deportista que ví por última vez hace doce años haciendo press de banca en un gimnasio de Avellaneda regenteado por el ser más estúpido que jamás conocí. El petiso a los abrazos, con novia adjunta mucho más sofisticada que él, o tal vez era el efecto de esos anteojos de marco negro que quedan tan bien. El petiso está en política, ex Ucedé insertado en Pro tras la voluminosa figura de Burzaco. La plata la pone De Narváez. El petiso miente de manera descarada y es diseñador gráfico y me va a llamar el lunes para resolverme un newsletter, “para qué carajo le estoy dando la tarjeta a este tipo”, me pregunté con el disco a treintra y tres revoluciones mientras sacaba una tarjeta de mi tarjetero de cuero, garabateaba el celular y pedía, “llamame, pero llamame, eh.”

Mientras tanto, a treinta metros, Blumberg se peleaba con su discurso. Blumberg, como aconsejan algunos periodistas, no gusta de los adverbios terminados en “mente” — el problema es que no los ignora sino que los censura. Asi es como el presidente lamentá no recibió el petitorio, Alberto Fernández lamentá no atendió el celular, Arslanian lamentá quiere reformar el Código Lamentá. Reprimí como pude otro ataque de risa mientras Blumberg se ocupaba de nombrar al presidente y los funcionarios para que la gente bufe y poder decir “no, no, respetemos”.

En eso Blumberg, la voz de Blumberg, empezó a balbucear y una aspirante a locutora leyó un petitorio. Hay que sacar a los chicos de la droga, en la cárcel los presos deben tener trato humano y aprender de los errores, la educación es un derecho de todos. Comprobé entonces con tristeza que ya no se puede ni ser de derechas. A Blumberg le pegan dos afiches y ya asume un discurso culposo. Resulta que tanta gente dejó sus ocupaciones, pensé, para venir a escuchar mariconadas cuando lo que quiere oir es que los presos a la cárcel y la gente decente tranquila y a cobrar.

El acto terminó con la marcha Aurora en los parlantes y la gente desconcentrando con la falta de sangre ya mencionada. A la altura de la municipalidad lo crucé a Castells, y quise darle la mano, por joder. Iba con su grupo, cantando, tan distintos, tan alegres, tan cuadros, sin tan sólo se les pudiera inocular un poquito de Milton Friedman, intoxicarlos apenas con el barro negro que se junta abajo del Key Bridge.

En eso estaba cuando me tomé un taxi y despedí a digamos que Nicolás. El taxista manejaba como un loco, pero en la radio sonaba que cantamos porque no vamos a dejar que la canción se haga cenizas y usted preguntará porque cantamos. El taxista accedió a subir el volumen y canté sin errarle ni una estrofa a pesar de que hace veinte años no escuchaba eso. Vinieron los comerciales y el taxista hizo zapping a Aspen, The Police estaba bajo tu dominio y la letra se entendía mas clara que nunca. El “sikinnolesh” de la fonética resultó ser que Sting estaba “seeking knowledge”. No sé si el acierto fue mejorar mi inglés o empezar a fumar marihuana.

En la vereda de la puerta de mi casa, en Belgrano Clase B, había dos o tres bolsas de basura y la caja de las empanadas que comimos ayer. Me pregunté para que carajo pago los impuestos, y cuando se van a clasificar los desperdicios, y juré que son todos vagos.

Entonces entendí que voy a volver a marchar con Blumberg, o similar, y que estamos con el orden y el progreso, pero eso sí, antes de ir, ya sabemos lo que voy a hacer.


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