Click here
Más Features

El fin de la vía (8) | El fin de la vía (7) | El fin de la vía (6) | El fin de la vía (5) | El fin de la vía (4) | El fin de la vía (3) | El fin de la vía (2) | El fin de la vía (1) | Néstor Kirchner, la (primera) película | Renuncio | Graciela Bevacqua | Testamento: 4.2 Memoria y Condición Humana |







Fútbol por TV #5

7 09 2006 - 07:12

Es un gran placer que Basile sea el técnico de la selección. No sólo lo puso a Riquelme (pensé que ningún técnico se animaría a hacerlo después de que la prensa lo usó de chivo expiatorio del mundial), sino que lo nombró capitán del equipo. Lo de Basile, diciendo que se ha actualizado como técnico pero no al punto de jugar un 4-4-2 “para aburrirse” es directamente una provocación para la PPD, esa Prensa Policial Deportiva que quiere orden y disciplina en el fútbol. De modo que la derrota por tres a cero frente a Brasil se debe haber celebrado secretamente en las redacciones. Digo “secretamente” porque el policía deportivo es también nacionalista, lo que lo obliga a ejercer la hipocresía. Es una ventaja que tenemos los apátridas. Si a la selección la dirigiera Merlo y hubiera perdido tres a cero con Brasil, esta página declararía feriado. Pero la designación de Basile nos ha hecho patriotas por cuatro años (a menos que Basile se actualice de verdad y salga con cosas raras).

Pero el problema, debo reconocerlo, no es tan sencillo. En la causa de la defensa de lo indefendible, es decir de un fútbol basado en la marca y la especulación, no sólo se anotan periodistas vociferantes y rencorosos que odian a los jugadores. Es cierto que éstos son cada vez más numerosos y predominantes, pero no son los únicos que suscriben este curioso masoquismo (¿serán las escuelas de periodismo las que los hacen así o será la imitación de modelos “exitosos”?), que adhieren a esta verdadera cruzada contra la libertad. En mi última visita a Buenos Aires, me ha ocurrido encontrarme con gente aparentemente normal, pacífica y desinteresada que adora las fórmulas tácticas tenebrosas y odia a los que arriesgan en la cancha como si fueran emisarios del demonio. Gente que se pone contenta porque Brasil nos da el ejemplo de poner a un técnico como Dunga, sin antecedentes en la profesión, pero caudillo del peor equipo de la historia brasileña, el del 94, que ganó un mundial con Romario solo arriba y reventando la pelota. Gente que aprecia que Pasarella haya reforzado el mediocampo con picapiedras para enfrentar a equipos tan débiles como Argentinos o Arsenal. Gente que piensa que Argentina va a llegar lejos en el próximo mundial si se elimina a Riquelme, se suprime el enganche y se juega con cinco mediocampistas de marca y un centrodelantero grandote. O con Messi convertido en Superman, ocupando el lugar del imaginario Maradona que se necesita para ganar. No sé por qué piensa así esa gente, es algo raro, pero es así.

Por otro lado, es muy interesante que Argentina haya perdido tres a cero con un Brasil sin Ronaldo ni Ronaldinho y con solo un rato de Kaká. Es muy interesante que ese equipo brasileño limitado y medroso (¿alguien lo vio contra Gales o contra Noruega?) hiciera pensar desde el primer avance que podía ganar por goleada (creo que Argentina tuvo suerte y pudieron ser más). No sirve para nada buscar excusas, decir que el entrenador tuvo poco tiempo o que faltaban jugadores. Lo bueno es que el partido sirvió para plantear el problema o, mejor dicho, para actualizar el problema que Argentina tiene desde hace mucho tiempo. Esto es que, por un lado, no es una potencia de primer nivel: puede ganar, pero es muy probable que pierda con los grandes, especialmente con Brasil, cuyos jugadores, aun los suplentones, tienen una técnica individual muy superior que, combinada con una notable fuerza física, los hace candidatos a todo. Pero, además, Argentina no tiene un patrón de juego que le permita utilizar sus virtudes y esconder sus defectos: escasa altura en algunos jugadores, inmadurez en otros, deficiencias técnicas en algunos, falta de flexibilidad táctica y excesiva predisposición a la obediencia en casi todos, ciclotimia, miedo escénico, falta de convicción y ausencia de liderazgo dentro de la cancha. Aclaremos: no es que la Argentina sea el peor en ninguno de estos rubros, pero son los defectos que mostró en el mundial, los defectos que deberá corregir si quiere mejorar su performance, no solo en el próximo mundial (la selección no debería orientarse, como quieren los entrenadores y periodistas más miserables, a jugar siete partidos cada cuatro años) sino en cada compromiso que enfrente.

La selección argentina tiene dos posibilidades. Una es construir un equipo del montón, ordenado, equilibrado y “serio” con el que nos aburriremos a morir y que difícilmente vaya a ganar nada porque los jugadores argentinos no son los mejores (a menos que Messi pegue un gran salto y sea efectivamente comparable al Maradona del 86) como le pasó a Bielsa y, aunque haya intentado disimularlo, también a Pekerman. La otra es hacer lo contrario de lo que indica este sentido común inconducente y apostar a un milagro. Esto es, a un equipo que juegue decididamente mejor que el resto y, que si gana (nadie puede garantizar una victoria) lo haga por eso y no porque ese día tuvo suerte frente a otro conjunto equivalente (como fueron equivalentes los que tuvieron chances en el último mundial). Acá no tiene nada que ver “la nuestra”, idea que confunde a mucha gente porque la nuestra no es sólo gambetear y pisarla sino también pegar patadas y envenenarle el agua a los rivales. Brasil del 70, Holanda del 74, Manchester United de los 90 o Barcelona de la temporada pasada no eran “nuestros”, como no es “nuestro” el Boca de Basile. Boca es rarísimo: no tiene figuras excluyentes (aunque Gago es parte de la diferencia), sus jugadores vienen casi de ninguna parte, juega con un tanque de nueve, se maneja igualmente bien atacando y contraatacando, etc. El Boca de hoy es un buen ejemplo de milagro. Frente a los otros equipos del fútbol argentino, en los que la mayoría de los jugadores están especializados en una zona del campo, y pendientes casi exclusivamente de quitar la pelota, los de Boca parecen tener el arco contrario en la cabeza cada vez que intervienen y se desplazan de tal modo que sus compañeros siempre disponen de una opción adicional para jugar la pelota, lo que produce una riqueza de variantes insólita, que no excluye ningún procedimiento para llegar al gol. Mientras que en el resto los delanteros libran batallas heroicas en inferioridad numérica, en Boca hay tiempo para pensar y los que llegan al área lo hacen con espacio para definir. Basile fue capaz de armar ese equipo y cabe pedirle otro milagro en la selección, donde sus equipos fueron los que mejor jugaron en los últimos años. El técnico sabe, además, que para jugar bien no alcanza con poner a los mejores jugadores, pero que es imposible lograrlo sin ellos y que su verdadero desafío es hacer rendir a los más capaces jugando juntos (y no hacer la de Lavolpe y otros entrenadores autoritarios que excluyen por principio a los mejores para imponer un esquema rígido que sea más fácil de cumplir). Como Argentina tiene a Riquelme, Messi, Tevez, Agüero, Gago, etc., dispone de una base importante sobre la cual construir un funcionamiento colectivo. Como lo dijo el propio Basile, eso ocurre a veces de entrada, pero otras lleva años. La hipótesis que no se verificó contra Brasil (hipótesis que creo que el técnico tenía y de la que se ha desengañado) es que iba a costar menos. No fue así: a la Argentina le resulta muy difícil desarrollar un juego fluido por más de cinco minutos, encontrar circuitos, no caer en pozos anímicos y futbolísticos, desterrar la idea de que se debe ganar de prepo (otra vez más, Samuel pegó un golpe descalificador y varios jugadores estaban para pelearse al final del partido). Esto no tiene nada que ver con un jugador o con otro. Es una cuestión de química. A veces pasa y a veces no. Un buen técnico es el que logra hacer brotar la chispa.

Así que, en lo sucesivo, Basile deberá buscar los jugadores y las variantes que al equipo le faltan y acostumbrarlo, de paso, a tenerse la confianza que le faltó en Alemania. No es una tarea menor, pero vale la pena ver como va resultando el intento. Si el Coco llega a la próxima Copa América sin claudicar en su intento y con un principio de solución para el acertijo argentino, el resultado será algo muy agradable de ver: un equipo de verdad es parcialmente impredecible, no sabemos cómo jugará. Hoy, la Argentina parte casi desde cero, aunque repita jugadores. Nadie sabe, por ejemplo, de qué juega Messi. Ni Messi lo sabe y estos meses no han ayudado en lo más mínimo. Nadie sabe tampoco cómo hacer rendir óptimamente a Riquelme, ni qué será del medio campo cuando empiece a jugar Gago.

La Argentina tiene un problema adicional. El torneo local es cada vez más mediocre. Basta ver cómo se destacan jugadores que tuvieron roce internacional, como Verón y aun el Kili González, o cómo Wanchope daba el sábado una lección de movimientos ofensivos. Montenegro parece pertenecer a otra liga, Higuain y Gago no estarán mucho más tiempo entre nosotros y, no aparecen nombres en los equipos chicos que prometan ser figuras. Este Torneo Apertura es casi un páramo donde Boca domina a placer y ha sacado cinco puntos en otras tantas fechas. En general, se está jugando mal aquí, con demasiadas tensiones y un placer casi nulo. Por eso, mientras Boca sigue aplastando aunque no haga siete goles y Rosario Central e Independiente daban un espectáculo imprevistamente feliz, con dos equipos que salieron a jugar y a ganar, el resto parece reunirse, siguiendo a Racing, con un destino de mediocridad anticipada. La decepción personal de la fecha fue Newell’s, al que casi no habíamos visto, y terminó resultando un equipo mecanizado y sin gracia, que aísla entre camisetas rivales y de espaldas al arco a sus buenos delanteros paraguayos.

En Central – Independiente, el mejor partido de la fecha, dirigió muy bien Favale, que le dio continuidad al juego, acertó en un penal que fue penal y pudo haber omitido un pequeño agarrón a Wanchope en el último minuto. Por su gran actuación, la prensa lo destruyó y, por ejemplo, para Olé fue el peor arbitraje de la jornada. Mientras tanto varios, colegas de Favale decidieron partidos haciendo un uso abusivo de su autoridad. Elizondo lo liquidó a Arsenal con un penal inventado. Collado lo dejó tempranamente con diez jugadores a Argentinos por una expulsión apresurada igual que Maglio a Quilmes, Giménez a Godoy Cruz y Lunati (un tipo obviamente desequilibrado, que uno se pregunta cómo llegó a dirigir primera) a Estudiantes. Cinco partidos en los que un exceso arbitral (es bueno insistir en que un exceso no es lo mismo que un error) fue importante o decisivo para el resultado. La mitad de los partidos de la fecha. Paren, por favor.


————————————

Del mismo autor:
Ultimas obsesiones
Fútbol por TV #9
Fútbol por TV #8
Fútbol por TV #7
Fútbol por TV #6
Fútbol por TV #4
Fútbol por TV #3
Fútbol por TV #2
Fútbol por TV
Diario del Mundial # 31.1