Click here
Más Features

El fin de la vía (8) | El fin de la vía (7) | El fin de la vía (6) | El fin de la vía (5) | El fin de la vía (4) | El fin de la vía (3) | El fin de la vía (2) | El fin de la vía (1) | Néstor Kirchner, la (primera) película | Renuncio | Graciela Bevacqua | Testamento: 4.2 Memoria y Condición Humana |







Indulgencias plenarias en Villa Constitución

7 09 2006 - 07:09

Villa Constitución es una de esas ciudades-pueblo que viven de una gran empresa. Y esa gran empresa-mamá es, desde hace más de sesenta años, Acindar. Acindar, con el Ingeniero Arturo Acevedo (“Don Arturo”) es, en el imaginario popular, la medida de todas las cosas. Cuentan que hace treinta años, con el recibo de Acindar te daban cualquier auto y cualquier casa. Sabían que ganabas bien y que ibas a pagar tus cuentas. El tiempo pasó y todo eso cambió.

Por razones de trabajo, durante doce años viajé entre 3 y 4 veces semanales desde Rosario y me hice amigo de mucha gente en Villa Constitución. Conocí el pulso de la ciudad, ví como se hundía, como recibía un salvavidas, y como se volvía a hundir. Entre 1991 y 1994 Acindar despidió (mediante el sistema de retiro voluntario) a cerca de dos mil personas; cada una de ellas recibió unos U$D 50000 U$D 60000 como gratificación especial por su retiro. Era un pedazo de guita, unos diez millones de dólares derramados cash sobre una ciudad de ochenta mil habitantes en un lapso muy breve de tiempo. En cualquier relato, eso sería el equivalente a una edad de oro. Bueno, en el nuestro no.

Esos diez palitos verdes se convirtieron en verdulerías, remises, taxis, videos, canchas de paddle, kiosquitos y despues de dos o tres años, desaparecieron en el aire, dejando a sus propietarios sin el trabajo y sin el capital. Un grave error de estrategia de todos. De los que recibieron la plata y de la propia empresa. Me acuerdo de que nos preguntábamos por qué no había una especie de oficina de estrategias de inversión, o algo así, que permitiera que todos los indemnizados pudieran transformar su pequeño capital en parte de un capital más grande para conseguir impulsar nuevas empresas que producirían insumos y partes para la siderúrgica local. o incluso la cercana SOMISA en San Nicolás. Lamentablemente (mal argentino) la planificación otra vez estuvo ausente y esa guita se fue al tacho, junto con sus dueños. Siempre me pregunto qué habría sido de toda la región con una eficiente canalización de esa guita, si a alguien se le hubiera ocurrido planificar, cooperativizar a la gente, sacarles la inercia del empleado a la espera de un sueldo.

Bueno, pero eso no era lo que iba a contar.

Resulta que después de un par de años de no ir, volví el lunes a Villa Constitución para ajustar algunas cuentas pendientes en tribunales (no se asusten, soy abogado). Hice un recorrido a pie para encontrarme con gente querida por ahí.

Me llamó inmediatamente la atención un cartel gigante que colgaba en la parte izquierda de la Iglesia:

“En esta Iglesia usted puede ganar una indulgencia plenaria cada día”.

Vino a mi mente el recuerdo de la indulgencia plenaria, enterrado desde mi lejana formación católica escolar, como una especie de liquid paper gigante que borraba, por decisión del Papa de turno, todos tus pecados y te dejaba limpito para salir otra vez a convertirte fervorosamente al pecado. Leyendo un poco, después, me enteré de que la indulgencia plenaria era normal en determinadas festividades (Semana Santa, Inmaculada Concepción, Jubileo año 2000) o por la adoración a algunos Santos (Medalla de San Benito, uno de ellos). No voy a meterme con la génesis y las consecuencias de la indulgencia plenaria, una institución más vieja que yo (como casi todas las instituciones), pero lo que me llamó la atención fue la forma de publicitar ese “beneficio”, que se parecía más a un anuncio de rebajas en grandes tiendas que a los acostumbrados mensajes religiosos.

Por supuesto, frente a tal oferta, no tuve otra opción más que aceptarla.

Me dirigí hacia la Iglesia y me encontré con que estaba cerrada. Las tres puertas principales, la grande del medio y las más chiquitas a los lados, estaban todas cerradas. No ví un horario de atención, y apenas eran las once de la mañana, así que pensé que tal vez Dios había, por una vez, organizado el trabajo y obligaría a los pobres mortales a pelear por nuestra salvación. Nada de Iglesias abiertas para que cualquiera pueda rezar cuando quiera. Basta. Vengan a horario y les será dada la indulgencia plenaria. ¿Como es eso de querer tirarse un rezo a las once de la mañana? A esa hora deberías estar laburando, es demasiado grande el premio como para no poder bancarse un horario de oficina. Bueno viejo, si querés que te perdonen todos esos oscuros pecados que acumulaste desde hace más de veinte años, al menos tené la deferencia de respetar los turnos, porque una indulgencia plenaria no se da todos los días.

Me dio vergüenza preguntarle al que vendía panchos en el bar de al lado a qué hora podía ir a tramitar mi indulgencia plenaria, porque el tipo seguramente me iba a ofrecer un descuento o me iba a asegurar que me conseguía dos a precio de uno, andá a saber. Tal vez hasta me sacaba unos mangos a cuenta, no sé. Decidí volver a mis ocupaciones reales, alejándome de las dos enormes cruces en el frente de la iglesia, que me proponían:

“Salva tu Alma.”

Bueno, pensé, pero ustedes también hagan algo.


————————————

Del mismo autor:
La Caridad Inducida