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Chapelco Devocional

8 09 2006 - 06:39

Esquiar es un pasatiempo caro. Ciertas cuestiones laborales coincidieron para que los últimos cinco años viajara a distintos centros de ski sin tener que pagar casi nada de mi bolsillo. Este año pensé que sería una buena idea ir de vacaciones a la nieve y llevar a los chicos. Particularmente, me hacía ilusión que mi hijo de cinco aprendiera a esquiar. Se trataba de un sentimiento extraño. Por un lado, trataba de pensar que la ilusión pasaba sólo por compartir el placer: quería que otro (él) probara eso que a mí me hacía disfrutar tanto. Pero también tenía la sensación de que había otra cosa atrás del deseo de ir a “esquiar con los chicos”. Me sonaba a un deseo relacionado con las apariencias, a un valor de clase que quería marcar. Como si se tratara de una inversión para el futuro. No es lo mismo un joven que sabe esquiar que uno que no sabe, pensaba sin fundamento, algo parecido al deseo de los padres de que sus hijos adquieran una segunda lengua desde temprano. A pesar de sostener y de declarar otra cosa, sabía que había un valor de clase atrás de esa ilusión de ver al nene equipado y cargando las tablas camino a su clase de ski.

Con estas cuestiones archivadas en algún lugar poco molesto, llevé a cabo el proyecto. Ciertas cortesías del centro de ski para con un sponsor hicieron que los costos del viaje fueran bastante menores que para cualquier mortal. La aclaración vale en este contexto progre donde irse a esquiar no es un valor, pero tal vez no me preocupe de aclararlo en otros contextos donde el sólo hecho de mencionar este tipo de vacación marca que uno pertenece a quién sabe qué.

Algo que tampoco necesitaré aclarar en ese otro tipo de contextos es dónde me alojé. El dato me lo pasó una amiga que también viajaba con sus hijos al centro de ski. Los costos de alojamiento y media pensión eran irrisorios. Se acercaban a los valores que manejan los centros de jubilados cuando ofrecen sus paquetes turísticos a Termas de Río Hondo. Me alojé seis noches y siete días en Palabra Divina, la hostería sin fines de lucro que esta fundación cristiana tiene en San Martín de los Andes.

El alojamiento incluía la cena, que consistía en primer plato, comida, postre y la bebida que uno mismo se proveyera, a menos que se eligiera tomar agua de la canilla que era servida en prolijas jarras de vidrio. Nadie me lo dijo, pero asumí que el consumo de alcohol no estaba permitido ya que nadie consumía. Había otras cosas que tampoco nadie hacía y otras que todos hacían que al principio no me importaban, pero que con el paso de los días empezaron a adquirir extrañas proporciones. De hecho, todo empezó a adquirir extrañas dimensiones conforme se hacía más claro que nosotros no éramos del palo, y que no teníamos gran interés en convertirnos.

La primera noche, antes de empezar a comer, el dueño de la posada nos instó a dar las gracias a Dios por la comida. Esto no me pareció dañino. Me parece bien dar las gracias en general. Sea a Dios, sea a la Tierra, sea al que hizo la cena… Todo bien con dar las gracias. Después de la cena, un predicador que se alojaba en la hostería nos dirigió un sermón a los comensales. Ingenuamente pensaba que el resto de los huéspedes, igual que mi amiga y yo con nuestras respectivas familias, estaban ahí sólo por una cuestión económica. Todos los huéspedes y todos los empleados (que con el tiempo descubrí que se llamaban servidores) pertenecían a la comunidad de esa iglesia en particular y todos recibían como algo normal el sermón del Predicador. El primer día, sumida en mis pensamientos sobre cómo resolver el día siguiente sola con dos nenes en territorio desconocido, no le presté atención al sermón, aunque me puse un poco paranoica cuando noté que el pastor no dejaba de referirse a los judíos y al pueblo de Israel que había desoído a Dios y a cómo los judíos se habían preocupado por construir sus casas en vez de construir el templo de Dios y a cómo los judíos (esos judíos) tenían prioridades equivocadas. Es muy importante, dijo el pastor, ordenar las prioridades de nuestra vida. Fangulo, me dije. Todo bien con el sermón. Los evangelistas no son antisemitas. No es algo contra mí. Es pura paranoia.

Promediando la mitad de la estadía, el momento de la cena se me empezó a hacer insoportable y también el desayuno. La comida era rica, pero yo empecé a sentirle gusto a pata, a olla, a pócima. Sentía que si comía con ellos y participaba del ritual era parte de la iglesia. Una parte negada o renegada, pero parte al fin. Y eso no fue bueno porque empecé a hacer cosas que manifestaran mi no pertenencia, a no mirar el video que pusieron una noche, a correr atrás del bebé en el medio del sermón, a llegar tarde a la cena para no dar las gracias. Pero ahora me pregunto ¿qué necesidad había de hacer todo eso?

El sermón del tercer día hubiera sido interesante si me hubiera permitido escucharlo sin resquemor: La Vida es con Dios. La Muerte es la Separación de Dios. Vida=con / Muerte=Sin. Linda ecuación. No hay vida corta, sino vida eterna. Ecuaciones sencillas que permitían construir y destruir equivalencias. Todo empapado en el concepto de “no hay segundas oportunidades” El que no viva con Dios se irá al Infierno, morirá por siempre.

En el sermón del viernes a la noche el pastor contó cómo él mismo había entrado a la organización: había sido de casualidad porque alguien le había dicho de jugar un partido de fútbol con la camiseta de cierta Iglesia. Y él había pensado ¿Por qué no, qué mal puede hacerme? Me hablaba a mí. No había duda. Continuó contando cómo esa mirada que tenían los jóvenes de la Iglesia lo había decidido a sumarse al grupo. “Miraban diferente,” dijo el pastor con orgullo. Y sí, miran diferente. Tienen –en los casos más agudos– la mirada perdida.

El Cerro es una feria de vanidades donde el hombre más bueno es el que tiene la ropa más cara y el mejor nivel de ski. Yo tenía ropa prestada que se veía bastante cara, muy buen nivel de ski, un pase semanal, un hijo en la escuelita “Junior” y otro en la Guardería Jardín de Nieve. Todo un lujo. Un sueño cumplido. Pero al bajar al pueblo (así se dice en la jerga) entraba en una realidad paralela. Primero pensaba que era sólo por esta cuestión religiosa que el grupo de la hostería me provocaba cierto rechazo, pero con el tiempo descubrí que ahí también había una cuestión de clase.

Los huéspedes de la hostería no iban a esquiar. Con ropa evidentemente alquilada, subían al cerro a tirarse bolas de nieve. Algunos alquilaban equipos con los que infructuosamente trataban de dar sus primeros pasos en el llano, donde aquí y allá había hielo y manchones de barro. Pero sus vacaciones no giraban en torno a la práctica de este deporte, sino que iban a visitar miradores y circuitos turísticos, muchas veces en excursiones organizadas por Palabra Divina.

La hostería en sí, el edificio, estaba muy bien. Los servicios indispensables para ese tipo de clima eran óptimos: buena calefacción y agua caliente abundante y siempre disponible. La marca de la austeridad o de la religión o de la clase estaba en los detalles: En el lobby había una estufa con leños falsos que funcionaba a gas; no había ningún sillón, sólo sillas de algarrobo sin almohadones. Las plantas eran de plástico. La gente se perfumaba mucho y a bajo costo.

Conclusión tentativa: las religiones evangélicas no atraen a la clase alta ni al aspiracional de clase media porque precisamente este tipo de organización, relativamente nueva para los tiempos de la civilización, tiene el mismo status que el ‘nuevo rico’: las plantas son de plástico y los leños son de cemento. Esta condición de nueva religión provoca que las personas que están en el segmento ‘padres’, incluso ‘abuelos’, sean muchas veces casi los fundadores de la organización. Todavía hay pocos miembros de la Iglesia cuya militancia en esa religión les haya venido dada por herencia. Eso es clave en la manera de operar. Los primeros cristianos se hacían mártires y se arrojaban a los leones con tal de manifestar su credo. Los de ahora se ufanan de ser “católicos” pero no fanáticos. Incluso el judaismo, el segundo culto posible al que se puede  pertenecer si se aspira a cierta pertenencia de clase, funciona de esa manera. Los jóvenes judíos manifestan cierto consumo irónico de tradiciones, comidas, feriados, palabras. Cosas que les fueron dadas por sus padres. A la generación primera de estos cultos evangélicos no hubo padre que les legara nada. No hay tradición, sólo novedad, sólo un día en el que despertaron, un día en el que fueron llamados. Esa crisis vital que los llevó a convertirse es el motor que remplaza a la tradición,  y es probablemente lo que los tiene con la mirada perdida. Los hijos de éstos, sin embargo, se reconocen miembros de la religión pero sin furor: fuman, toman alcohol, y se van a vivir con el novio sin casarse, aunque los sábados toquen el órgano en la Iglesia.

En la hostería había algunos adolescentes, claramente segunda generación de creyentes, que se animaban a hacer chistes, a sugerir que tal gasesosa era cerveza, etc. Sus padres se reían. Mis hijos jugaban con los hijos chiquitos de los huéspedes, miraban Discovery Kids en el hall. La pasaban bien ahí, hasta el momento en que “El señor ya empezó con eso de Dios. Yo no creo en Dios, mamá” fue dicho en voz demasiado alta. Nos miraron todos con lástima. Lo que yo sentí fue que les dábamos pena: Una madre sola, con dos chicos, buscando salvarse, pero que iban derecho al infierno.


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