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La izquierda del tenis

10 09 2006 - 00:51

Viendo hoy a Roger Federer jugar a media máquina, esforzándose sólo de vez en cuando para ganarle al ruso Davydenko en las semifinales del US Open, me di cuenta de que hinchaba por él, incluso cuando estaba a punto de terminar el partido, situación en la que uno, enroscado en un frazada sobre el sofá, a las dos de la tarde de un sábado para el que no tiene muchos planes, suele cambiar de tenista favorito sólo para que el partido dure un poco más y uno pueda demorar otra media hora las respuestas a preguntas que no quiere hacerse. Yo quería que ganara Federer, quería que el suizo hiciera su entrevistita chupamedias en su inglés casi perfecto, que paseara su personaje de superhéroe frío por el borde de la cancha firmando pelotones en manos de niños con apellidos italianos o judíos.

Un par de horas más tarde, leyendo The Economist mientras esperaba a que mi mujer saliera de un museo al que me había dado fiaca entrar, volví a pensar en la fabulosa dicotomía entre Federer y Rafael Nadal, el Patoruzito español que va a eliminar a decenas de argentinos en Roland Garros en los próximos años. Anoche, en casa, mientras comíamos unas empanadas muy dignas de una señora argentina que vive en Queens a la que llamás y te las trae a tu casa, les pregunté a unos amigos qué era más de izquierda, si hinchar por Federer o por Nadal. Yo no lo tengo muy claro, porque a pesar de que Federer encarna miles de valores burgueses —belleza, elegancia, buenos modales— y Nadal es un un luchador con salpicaduras de rebeldía, con más voluntad que talento, el progresismo deportivo históricamente se ha inclinado más por elogiar el talento y la belleza que el esfuerzo y la disciplina, siendo el menottismo el más claro ejemplo de todo esto. Ernesto no supo qué contestar, pero prometió pensarlo, y Pablo dijo que el progresismo menottista es la versión elitista del progresismo.

Esta tarde, pensándolo otra vez, en una tarde veraniega de las últimas que nos quedan en el hemisferio norte, seguía sin poder responder esta pregunta, y aún no puedo: ¿qué es más progre, hinchar por Federer o por Nadal? Yo hincho por Federer, pero en mi caso la opción está manchada por la ridícula competencia deportiva que trato de hacer todo el tiempo entre Argentina y España y que, salvo en el fútbol, últimamente estamos perdiendo por paliza (desde las semifinales del Mundial de basket, hace dos semanas, hasta la Fórmula 1, el tenis, el golf, los Juegos Olímpicos y hasta el hockey sobre césped). Es decir, yo hincho en contra de Nadal porque es una batalla de una guerra ridícula que no quiero perder, y entonces busco y encuentro argumentos en contra de Nadal para disfrazar mis impulsos primarios: digo que es la versión masculina de Arantxa Sánchez, que es popular sólo porque se viste bien y tiene el pelo largo, pero que si fuera feo y nerd todos lo acusarían de ser calculador y defensivo, que su estilo de aguantar y contraatacar es la versión tenística del 4-4-2 defensivo de los equipos amarretes. Todo esto es un poco verdad y también es un poco exagerado, porque Nadal juega bien y le pone una pasión al circuito que si no la pone él no la pone nadie.

Esta parrafada, de todas maneras, no contesta mi pregunta anterior. ¿Por quién hinchan los progresistas? ¿O por quién hincharían si no consideraran al tenis un deporte de oligarcas y reprimidos con aversión al contacto físico? Uno, en principio, debería pensar que por Nadal: el chico de Menorca es lo más parecido que puede haber en una cancha de tenis al Che Guevara —o de lo quedó del Che: no me sorprendería verlo a Nadal con una remera alegórica— y parece tener algo, por lo menos un poco, más de calle que Federer, un modelo de corrección y ampliación para la reproducción del capitalismo.

Federer es ateniense y Nadal es espartano: como la izquierda de las últimas décadas ha dejado de hinchar por la modernidad y la razón, Federer debería parecerle un poster child de Occidente y del triunfo del iluminismo cosmopolita. Nadal no es un símbolo de la pureza asceta y patriótica de los espartanos —aunque habla mal en inglés, lo que desde una perspectiva antiimperialista es un punto a favor—, pero en el mundo globalizado del tenis es uno de los pocos que tienen algo de aspereza y bordes sin pulir.

Federer tiene talento, y la izquierda desde hace mucho tiempo que se lleva mal con el talento, al que considera tan arbitrario como la clase social o la belleza. Nuestro mundo capitalista actual premia demasiado a los talentosos, a los ricos y a los bellos, todos beneficiarios de recursos repartidos genéticamente y socialmente de una manera injusta, a los que la izquierda sale a combatir. Nadal, en cambio, tiene coraje, un comportamiento merecido, porque depende de él y no de un pileta genética al azar o una cuna de oro aristocrática. El esfuerzo, el romperse el lomo laburando todos los días, aunque forma parte del mito capitalista y de la movilidad ascendente del sueño americano, también resuena con la épica laburante. Más a favor de Nadal.

Y sin embargo, pese a que enumeradas así las señales son bastante claras —exagerando un poco: Federer, creativo publicitario; Nadal, obrero metalúrgico—, no tengo del todo claro que la opción progresista sea hinchar por Nadal. Es el menottismo el que me confunde. El menottismo valora a los individuos y desconfía de las intervenciones burocráticas de los técnicos, elogiándolos cuando hacen poco y criticándolos cuando meten demasiada mano: en la cosmogonía menottista, achicar el estado (técnicos-dirigentes) es agrandar la nación (jugadores-fóbal). [Otras contradicciones entre el bilardismo, el menottismo y el progresismo —como, por ejemplo, que el menottismo propone un sistema elitista, porque sólo lo pueden ejecutar los talentosos, mientras el bilardismo socializa el éxito, porque se puede ganar con un equipo de pataduras— en este artículo bastante viejo de Pablo Valle.] Si hay, entonces, una diferencia tan grande en lo que el progresismo opina de fútbol y lo que opina sobre el resto de los temas, ¿por qué no debería haberla en el tenis? Exacto, que cada uno hinche por quien quiere, pero recordemos, queridos hermanos, una vieja máxima del progresismo: todo es ideología —como dicen los tanos: dormir en bolas es de izquierda, dormir en pijama es de facho—, ninguna elección es inocente.


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