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Fútbol por TV #6

13 09 2006 - 10:05

Creo que esto no da para más. Por un lado, paso demasiado tiempo viendo partidos y, además, los veo pensando en lo que debo escribir en esta columna. Por otra parte, creo que no le encontré la vuelta a esta entrega semanal: el tono es grandilocuente, me sale farragosa, incomprensible para los que no les interesa el fútbol y demasiado obvia para los aficionados. Me parece que éste es el último capítulo.

Convengamos en que el fútbol argentino no ayuda. El domingo, un presidente de club más repugnante que la media ya penosa de sus colegas y un árbitro insolvente y ansioso de protagonismo llevaron a suspender el partido más importante de la fecha. Ese Muñoz, producto extremo del nauseabundo caldo en el que se mezclan fútbol, negocios y política, mete miedo. Parece un villano de película de gangsters. Yo también hubiera huido ante sus amenazas.

Pero Giménez es indefendible. Hace muchos años que dirige muy mal, es un tipo obtuso y violento a su manera y el sistema lo ha amparado durante demasiados años. Por otro lado, no es extraño que el disparate en que el arbitraje está sumido y contra el que vengo despotricando en estas notas, haya desembocado en un episodio inexplicable. Nunca se suspendió un partido por esta causa, pero la incertidumbre que provoca la manera de dirigir actual hace que, paulatinamente, la ansiedad vaya invadiendo a jugadores, técnicos, hinchas, dirigentes y a los propios árbitros y que todo transcurra en un clima enrarecido. En esta fecha, además del episodio Giménez, Pasarella dio una conferencia de prensa para decir que los árbitros están favoreciendo a Boca y perjudicando a River (en realidad, es más bien al revés). Los jugadores de Lanús declararon con furiosa unanimidad que Baldassi había favorecido a Independiente por ser un grande (dirigió bien Baldassi). Los de Godoy Cruz se manifestaron convencidos de que los árbitros los bombean por ser del interior (lo dieron poco a Godoy Cruz por TV, no puedo opinar). Y hubo otra docena de quejas. Pompei, que parecía un juez equilibrado, sacó doce tarjetas, incluyendo tres rojas. Leí que la AFA lo paró por considerar que la actuación fue muy mala. Elizondo liquidó a Gimnasia de Jujuy con una expulsión apresurada, como había hecho la fecha anterior con Arsenal. Pezzotta casi hace lo mismo con River, con la absurda expulsión de Zapata, pero después compensó echando a uno de Quilmes. Giménez inventó otro de sus penales absurdos. En total, hubo 68 amonestados y 8 expulsados y eso que se jugó sólo la mitad de Gimnasia-Boca. De haber terminado el partido, hubiéramos superado las siete amarillas de promedio. Después de Estudiantes-Banfield, el jugador Verón hizo el siguiente comentario: “No era un partido para sacar tantas tarjetas, pero tras el mundial muchos árbitros están más susceptibles y van muy a esa línea.” En cambio, en sus comentarios de los partidos de la fecha, la prensa afirmó que, en casi todos los casos, los árbitros debieron amonestar y expulsar más.

Esta línea que dice Verón lleva al episodio de La Plata, que sucede cuando los arbitrajes han perdido toda credibilidad. La razón es muy simple, pero sus consecuencias son diabólicas. Si en cada choque entre dos rivales hay una potencial tarjeta en juego, si los jugadores no son libres de disputar la pelota con lealtad porque pueden ser penalizados igual que si lo hicieran de manera violenta o dañina, si la cantidad de tarjetas por ese motivo va siendo cada vez mayor y más aleatoria y si, para colmo, los árbitros están atentísimos a las protestas, a los festejos y a otras insignificancias, el resultado es que se juega al fútbol pero se dirige con un reglamento de otro deporte. Es un juego nuevo que la FIFA inventó en el mundial y que los argentinos, más papistas que el papa y de la mano de la bendición de Blatter a Elizondo, se empeñan en radicalizar más aun.

Y así llegamos a los sucesos del domingo. En Gimnasia era evidente que estaban todos locos: los dirigentes, los jugadores, el técnico y su ayudante (no los hinchas, curiosamente). Era la sexta fecha, Gimnasia no parece peligrar en el descenso ni ser candidato al título. Pero salió a jugar como si el partido con Boca fuera la final intergaláctica. Y a ganarla con deslealtad y violencia repartiéndose las patadas para que no hubiera reincidencia, provocando a los rivales y con el cuerpo técnico aullando insultos desde la línea de costado. Hace tiempo que no se veía algo así. Giménez le sacó seis amarillas en un tiempo a Gimnasia, pero este festival de tarjetas es habitual y no distingue entre un juego normal y el desmadre del otro día. Entre otras cosas, dirigir así tiene ese problema: no se tienen defensas contra la mala fe real. Aunque el réferi le había dado un penal ridículo y Gimnasia iba ganando, era muy probable que el equipo local debiera afrontar expulsiones de jugadores (ya se habian ido el técnico Troglio y su asistente) en el segundo tiempo. El presidente de Gimansia, con su mente patoteril, trató de impedirlo en el entretiempo. Lo más notable es que lo logró. Si el partido se reanuda, bastará reemplazar a los seis amonestados para borrar las amarillas. Y si no le descuentan puntos a Gimnasia, el negocio será redondo. Muñoz tuvo la mala suerte de encontrarse con Giménez, que sobreactuó la respuesta, aunque lo hizo dentro de la ley.

Lo de los arbitrajes tiene arreglo. Hay que hacer dos cosas. La primera, independientemente de las tonterías que digan en Zurich, hay que reestablecer un criterio sencillo del reglamento, a pesar de que su redacción actual sea infinitamente más estúpida que la anterior a 1997: las faltas son faltas y las incorrecciones son incorrecciones. Por lo tanto hay que amonestar sólo si la conducta es realmente “antideportiva”, es decir si involucra verdadera mala intención y no simplemente porque “fue de atrás” o “lo tocó”. La regla dice, por otra parte, que las faltas son aquellas que involucran “imprudencia, temeridad o uso excesivo de la fuerza”, no que “hay contacto físico” e incluso permiten tocar al contrario si se juega primero la pelota. Además, se debe instruir a los árbitros para que presten absoluta atención a la Ley de Ventaja, lo que no sólo es obligatorio y mide los reflejos de un árbitro, sino que es fundamental para agilizar el juego y no tener una ceremonia a cada rato. Es decir, se debe instaurar la sensatez y el gusto por el juego en la manera de arbitrar. La segunda cosa es dar de baja a los réferis que no tengan la dosis necesaria de talento para reconocer las faltas, ni equilibro emocional e inteligencia como para dirigir un partido de fútbol. Personalmente, tengo tres candidatos para la baja inmediata: Giménez, Pezzotta y Lunati. Pero hay varios en observación. De todos modos, entre el plantel de árbitros oficiales tiene que haber al menos 30 que estén en condiciones de dirigir Primera División de manera normal y absteniéndose de ser primeras figuras del espectáculo.

De ese modo, con un criterio unificado y respetuoso de la naturaleza del juego, se podrá bajar la paranoia de los protagonistas y hasta disminuir la absurda sed de sangre de la prensa a la que desde hace años alimentan las figuras represivas como Castrilli y sus émulos (y Elizondo se parece cada vez más a uno de ellos) que vienen entorpeciendo el juego con la complicidad de periodistas ciegos y/o morbosos.

Lamentablemente, si lo de los árbitros tiene solución, lo de los dirigentes es mucho más complicado. ¿Cómo se hace para que personajes como Muñoz y algunos de sus colegas no se instalen en los feudos de poder e influencia social y política que son los clubes y manejen la suerte del fútbol con criterios mafiosos? No tengo respuesta para esta pregunta. Y, además, un canalla como Blatter preside la FIFA, por lo que no cabe afirmar que el de los dirigentes del fútbol es un mal argentino.

Pero lo del otro día, además de grotesco, fue grave. Se está jugando al límite de una tensión nerviosa injustificable y, en el fondo, autogenerada. No puede ser que cada partido sea una guerra potencial ni que el mundo del fútbol viva en estado de irritación permanente. Cuando digo que no puede ser, no se trata de una cuestión moral, sino empírica y práctica: es absurdo y no lleva a ninguna parte.

Además, así no queda lugar para hablar de fútbol. Para decir que Montenegro e Independiente dieron otro gran espectáculo y que River, a pesar de que volvió a ganar y de que Iguain es un goleador notable, se parece cada vez más a un cuadro chico. Antes de despedirme hasta la próxima entrega (quién sabe cuándo) quería comentar que Rodrigo Palacio era mucho mejor de lo que supuse al principio. Y que vi a Tevez debutar en el West Ham. Carlitos lucía desconcertado, un poco perdido. Pero espero que triunfe: ningún argentino tuvo éxito allí después de Ardiles y Villa en el Tottenham, hace ya veinte años. Y vi al Barcelona debutar en la Copa de Campeones con otra lujosa goleada.

Continuará o no continuará…


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