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Fútbol por TV #7

20 09 2006 - 16:38

Como soplan vientos de cierre en tp, la prolongada despedida de esta columna se adapta bien a la circunstancia, aunque esto también tiene el estilo de los últimos recitales de viejos cantantes. Miguel, un lector, dice en una carta: “Entiendo que es casi un recurso literario eso de ‘Me parece que éste es el último capítulo.’” En realidad no lo es. Trato de ser sincero: quiero dejar pero no lo consigo del todo y termino abusando de la paciencia de los lectores.

Hubo otras cartas en la semana. Opi, Javier y Tomás me alentaron muy amablemente a continuar. Roger y Leonor fueron también muy amables, pero me instaron a cambiar, de una vez por todas, las notas de fútbol por otras de cine y literatura. Pero la carta que más me tocó fue la de Nicolás, especialmente estos dos párrafos.

“Quintín: A pesar de que lo vamos a extrañar, la sensación de hastío y sobredosis de fútbol que transmite su último texto me hacen pensar que tanto fútbol puede llegar a ser más que peligroso para su salud. El síntoma más visible de esta tendencia es que casi no habla del juego en sí, sólo se trata de una larga (certera y razonable) crítica a la situación actual del arbitraje, en la línea de sus textos anteriores. Pero si bien en aquellos textos habían referencias criticas hacia los hombres de negro, también una gran parte estaba dedicada a los partidos, de tal manera que se adivinaba cierto disfrute y placer por el juego.”

“Este último texto transmite tristeza, decepción y, por momentos, una amarga indignación que muchas veces se nutre de moralina, similar a la que alimenta la corriente hegemónica del periodismo deportivo, enamorado de su presunta superioridad moral por sobre todo el resto del “sistema futbolero nacional”.

Porque, efectivamente, esa es la sensación que tuve releyendo las últimas columnas: que me había ido al demonio y cada vez me parecía más a la versión periodística del viejo choto, ese personaje sentencioso y monotemático que se hace tan molesto. Cuando empecé a escribir sobre el Mundial lo hice pensando que quería decir algo sobre fútbol que fuera distinto a lo que se leía por ahí. Tras algunos intentos, me encontré con que la tarea resultó más difícil de lo creía y dejé que la prosa se fuera tornando agria y las ideas repitiendo.

Para cerrar la autocrítica, déjenme decir que este es un tema interesante y un desafío. A veces, tengo la sensación de que podría mejorar. Es más, pienso que debería proponerme mejorar. Escribir sobre fútbol es, finalmente, un problema intelectual como cualquier otro y debería encontrarle la vuelta. Así que, por lo menos, lo intentaré esta vez. Y después vamos viendo. De todos modos, el cierre de tp puede ocurrir antes de que termine de deshojar la margarita. Por último debo cumplir con mi amigo Marcelo Panozzo, que me mandó este mail:

“Quin,
Si vas a despedirte del fútbol, hacelo a partir de esto, que es tristísimo.
Un gran abrazo,
Panox”

“Esto” era la noticia de la renuncia de Riquelme a la selección. Sobre el final de la cobertura del mundial imaginé que Riquelme no iba a jugar nunca más en el equipo argentino y casi acierto. La imprevista designación de Basile, tal vez el único técnico que se podía animar a convocarlo después de la carnicería que hizo la prensa con Riquelme, intentó cambiar la historia, pero no era posible. El reo estaba sentenciado y él fue el primero en reconocerlo. El otro día escuché a Víctor Hugo Morales en ESPN decir que las críticas que había recibido Riquelme eran más bien leves, que después de todo eran “sólo fubolísticas”. No sé si Morales es o se hace. Más allá de que nadie lo acusó de drogarse, no veo qué puede ser más duro para un futbolista que lo acusen de no saber jugar y hasta de ser cobarde y mal compañero, como fue el caso. No recuerdo que haya ocurrido algo así con otro jugador. A Riquelme, es bueno repetirlo, lo liquidaron. Su debacle era lo que supusimos que ocurriría. No sólo en la selección, también en su club. El otro día lo vi jugar en el Villarreal con una absoluta falta de confianza, perdiéndose un gol en el que sólo tenía que poner el pie para empujarla adentro. No parece faltar mucho para que Riquelme pierda la titularidad en el equipo español (que ya había arrancado muy mal el año antes de que Riquelme se incoporara) y no sé qué más puede venir después. Espero que tenga la lucidez y las ganas de sobreponerse a esta persecución tan inmerecida y tan desagradable.

El viernes, durante la transmisión de Quilmes y Newell’s por América, un energúmeno al que no conozco se dedicó a festejar la renuncia de Riquelme y a burlarse de él toda la noche. Y ese es sólo un ejemplo. De hecho, tal vez haya algún periodista que lo defendiera, pero no lo leí ni lo escuché. Pero cabe hacerse la gran pregunta del por qué. ¿Por qué esa ferocidad, ese odio? Mi hipótesis es que Riquelme molesta. Cada vez que sale a la cancha, se empeña en demostrar que el fútbol es lo que él quiere que sea. Es algo muy raro, no hay jugadores así, dispuestos a hacer uso de una libertad que ya nadie está dispuesto a concederle a los deportistas. La pelea con Riquelme es una cuestión de poder, una disputa por la soberanía en la cancha. Los intereses de los técnicos (salvo insólitas excepciones como Basile) y de los periodistas coinciden en destruir la autonomía de los jugadores. Unos, se van unificando en un tipo psicológico ególatra y autoritario. Los otros, quieren tener la última palabra sobre todo, la autoridad para descalificar sin rendir cuentas. Los jugadores deben obedecer, su voluntad debe ser quebrada (el relato que hoy hacen los diarios del entrenamiento de Boca con Lavolpe es escalofriante, y no exagero) y luego deben ser juzgados, estar sujetos a un número como si fueran escolares. Es completamente ideológico lo que sucede: un ejemplo más de las corporaciones contra los individuos, de la burocracia contra el talento. Riquelme, a su manera, intentó rebelarse contra este estado de cosas. Igual que Zidane. Pero Zidane se dio el lujo de irse con una explosión después de apostarlo todo. En realidad, les hubiera gustado más que se fuera en silencio. Es lo que hizo Riquelme. El sufrirá y nosotros nos lo perderemos.

En una columna de La Nación del lunes, Juan Pablo Varsky confirma lo que uno imagina de los periodistas deportivos: que creen haber tocado el cielo. Su teoría sobre el caso es que Riquelme es, justamente, un invento de sus colegas, que le adjudicaron irresponsablemente la categoría de “crack”. Varsky parece haber visto The Harder they Fall, esa película en la que el periodista que interpreta Humphrey Bogart ayuda a convencer a un grandote sudamericano de que es un gran boxeador. Le arreglan las primeras peleas y recién cuando le dan una paliza, el tipo se da cuenta de que es muy malo y que debe tragarse el orgullo de su familia (¡!). Varsky piensa que Riquelme es una criatura a la que engrupieron los amigos del barrio y los técnicos complacientes. El argumentos que da para demostrar que el jugador no es un crack es curioso: sólo jugó bien y triunfó en Boca 1998-2001 y un poco en el Villarreal 2004-2005. Pero Bielsa no lo convocó a la selección ni Van Gaal lo bancó en el Barcelona (siempre los técnicos “duros” son la palabra autorizada) y sólo Pekerman y Basile, dos blandos, lo quisieron con la camiseta argentina. “El verdadero crack”, sugiere Varsky, “es aquel que, a pesar de un contexto adverso, siempre impone su calidad.” El enunciado es desde ya capcioso, pero usémoslo para distinguir los cracks del pasado, especialmente los que ocuparon el puesto de Riquelme. Bochini sólo jugó en Independiente y no tuvo un paso importante por el seleccionado. Alonso fracasó en Europa y no descolló en la selección. Francescoli no brilló con la camiseta uruguaya y en Europa no pasó de clubes chicos. Borghi se hartó del fútbol, fracasó en River y en el Milan. ¿Estará de acuerdo Varsky en sostener que Bochini, Alonso, Francescoli y Borghi no eran cracks? ¿Para quién quedaría el término, entonces si recordamos, de paso, que a Maradona no anduvo del todo bien en Barcelona y que en Europa solo tuvo apenas un par de años muy buenos pero en el Napoli, un cuadro chico? No hay duda que si se buscan jugadores que hayan sido eficientes y regulares en todos sus equipos, no se los encontrará entre los conductores o los creadores sino entre los defensores y mediocampistas: la irregularidad viene con el puesto porque la exigencia es mucho más grande. Se puede correr y marcar todos los días, inventar sólo se logra a veces. Ahora, si hay que aceptar que los grandes cracks del fútbol argentino fueron Ruggeri y Simeone, por ejemplo, es mejor dedicarse a otro deporte. Más si uno viene de una época en la que bastaba ver como un jugador paraba la pelota para distinguir su categoría. No había que esperar hasta que se retirara. El crack se define por sus mejores momentos, no por su promedio en el Olé. Y Riquelme es un crack, tal vez el último que dio el fútbol argentino, aunque es muy posible que sus grandes actuaciones hayan quedado para siempre en el pasado. Eso no quiere decir que haya que compararlo con Di Stefano, el fenómeno al que ninguno de los que aquí discutimos vio jugar. Pero esta polémica un poco absurda viene a cuento de lo que decía antes: los periodistas pueden decir literalmente cualquier cosa y, en el camino, ser completamente irrespetuosos y despectivos con los futbolistas.

Pero si a pesar de las dificultades de esta tarea, trato de seguir adelante, es por dos razones. La primera es la adicción y es hora de hablar de ella. Hace un tiempo, había parado de ver fútbol, me impuse el tratamiento pelota cero. Pero el mal me agarró de nuevo ahora y estoy peor que nunca. No sé si hay “Futboleros Anónimos” pero no me vendrían nada mal. Déjenme contarles, para dar un ejemplo, el último fin de semana. Arranqué el viernes a la noche en Buenos Aires, con el partido televisado de primera. Pero a las ocho y media del sábado, ya estaba viendo Portsmouth–Charlton por la Liga Inglesa. Después vi el primer tiempo de Everton–Wigan, pero ahí volvimos a San Clemente, así que me perdí el segundo tiempo y también Aston Villa–No sé-quién. Pero llegamos justo a tiempo para La Coruña–Villarreal, y después vinieron Arsenal- Racing y Colón-Vélez. El domingo, bien temprano fue un rato de PSV-Feyenoord, de Holanda, y luego Chelsea-Liverpool, Manchester-Arsenal y (lo grabé en el otro televisor), West Ham-Newcastle. Llegó entonces la Liga Española: Racing-Barcelona y un tiempo de Real Madrid-Real Sociedad, para terminar con Gimnasia de Jujuy-River. Grabé y no vi Independiente-San Lorenzo. Me agota la simple enumeración de los partidos, así que imagínense cómo terminé el domingo a la noche: intentando ver Fútbol de Primera y durmiéndome frente al televisor. De paso, déjenme comentar que contratamos DirecTV, para poder ver al Barcelona todas las fechas (aunque con la excusa de que Flavia graba muchas películas).

Este es el disparate en el que se ha transformado mi vida. Bien quisiera yo, como me dicen que debería, comentar libros y películas, pero tengo la compulsión de ver todos estos partidos, más la Liga de Campeones entresemana, más la Supercopa y la Copa Sudamericana. Y algún partido de Italia en la RAI. ¡Qué se yo! Les dije que se trataba de una adicción. Escribir me hace pensar que hago algo útil con todo ese tiempo perdido. Y encima, como dice el amigo Nicolás, me sale mal y desparramo tristeza y dogmatismo.

Pero bien, ¿qué busco en esa obsesiva cabalgata frente al televisor? Ojalá lo supiera bien, pero no hay duda de que se trata de una regresión a la infancia. Pero también de una apuesta en una batalla metafísica que siempre tiene una encarnación terrestre en cada campeonato. Hincho por los Riquelme de este mundo y los equipos que intentan atacar más que defenderse, arriesgar más que calcular, jugar más que trabajar. A eso se reduce todo. A una cruzada contra los Ruggeri, los Merlos, los Lavolpes, los Capellos, los Mouriños. Y cada partido (o casi cada partido, en este contexto no vale la pena ver Banfield-Estudiantes), es otro capítulo en la batalla del Bien contra el Mal, en la que el Mal, por supuesto, lleva las de ganar pero en la que cada victoria del Bien es un signo de esperanza. Qué loco estoy…

Pero acompáñenme en la recorrida. Repasemos. Portsmouth, por primera vez en su historia, va puntero en la Premier League inglesa. Es un equipo chico y muy simpático. Juega uno de los jugadores que más he admirado en la última década: el nigeriano Kanu. Kanu es de la especie de los Riquelme (aunque juega parecido, tal vez mejor, que otro grande: Rivaldo). Es alto, lento, exquisito, indolente, impredecible. En los juegos olímpicos de Atlanta, semifinal con Brasil, le vi hacer uno de los goles más increíbles que he visto: mató la pelota con el empeine, la dejó sobre el pie, giró y se metió dentro del arco con pelota y todo. Asombroso. Kanú venía de jugar en el Arsenal, donde siempre era suplente. Un día no lo vi más y suponía que su carrera se había terminado. Así que fue una alegría encontrarlo en el Portmouth y descubrir que está en plena forma, con unas ganas tremendas de jugar. Esas cosas son las que valen la pena del fútbol. Es como volver a ver a un viejo amigo.

Supongo que hay gente que toma nota de que ahora Boca, después de haber sido el mejor equipo argentino en mucho tiempo, va a jugar sin enganche, preocupado por la defensa y el orden, con jugadores que parecen robots. Y esa gente dice, ajá, veamos cómo siguen las cosas. Si Boca tiene éxito en los resultados, lo apoyaremos, si no lo criticaremos. Esos son los periodistas. Pero para mí, es una catástrofe, como es una catástrofe que Riquelme no juegue más en la Selección. A veces me gustaría poder ver el fútbol de otro modo, reservarme la frase inteligente para justificar siempre al que gana, tener una distancia olímpica sobre lo que sucede en la cancha y aceptar el resultado. Pero no es así. Si San Lorenzo llega a ganar el campeonato, me va a dar un verdadero disgusto. No tengo nada contra San Lorenzo como club. Sólo quiero que este año fracase, que echen a Ruggeri y traigan a otro técnico que no sea tan canalla y patotero y que lo haga jugar decentemente, no con nueve defendiendo. San Lorenzo tiene dos muy buenos delanteros, Lavezzi y Silvera, y con ellos y el resto del equipo colgado del travesaño como contra Independiente (aunque no lo vi) puede ser campeón. Sería terrible.

Pero este año vengo mal: Italia ya ganó el Mundial. En Inglaterra la batalla es la misma. El Chelsea, el equipo más rico del mundo, no juega a nada. Es decir sí juega a algo. Tiene una filosofía similar a la de San Lorenzo. Si nos defendemos bien, poblamos el medio campo y de algún modo le hacemos llegar la pelota a Drogba y Shevchenko, aunque estén de espaldas y marcados, algún gol van a hacer y podemos ganar. Es lo que pasó el otro día con el Liverpool (otro equipo irritante, que ganó de casualidad una Copa de Campeones): Drogba hizo un golazo impresionante y a cobrar. Es horrible ver jugar así. Porque si un equipo chico sale a defenderse y a especular, se puede decir que no tiene juego como para arriesgar más. Pero si alguien puede elegir los jugadores que quiere en el mundo y sale a hacer lo mismo que Quilmes, es un sinvergüenza. Pero lo mismo hace nada menos que el Real Madrid, a pesar de su tradición, de la mano del siniestro Capello. Lo deja en el banco a Robinho, que explotó definitivamente y está pasando un momento extraordinario. En el Madrid, pasa algo increíble. Es tan mecánico y vertical que si el sector izquierdo de la defensa quita la pelota, el ataque debe transcurrir por ese lado y nunca puede pasar al sector derecho, como si hubiera una pared en el medio. Nunca vio algo así. En ese Madrid rígido y torpe jugaban, hasta hace poco Zidane, Figo, Ronaldo. Hoy juega con dos mediocampistas defensivos (más Guti que también juega atrás) y que se arreglen arriba.

En cambio, el Barcelona es distinto y, ahora que se fue Basile de Boca, es casi el único equipo que vale la pena ver. Ronaldinho, Deco, Eto, Giuly, Xavi, Messi (que, sin embargo, todavía sigue sin explotar) tocan, entran salen, cambian de puesto, tiran tacos, túneles. Hicieron cinco en la semana por la copa y tres el domingo. Está bien que el fútbol no es solo eso. Se disfruta también de ver una gran atajada, de un quite heroico, de un partido disputado con intensidad por los 22, de un gol agónico como el que hizo el pibe de River el domingo. Pero sólo con eso no alcanza. Es fundamental ver otra cosa. En Inglaterra, ni el Arsenal (sin Henry) ni el Manchester (sin Giggs) son lo que fueron, pero son diez veces más interesantes que el Chelsea o el Liverpool.

Así como la victoria de San Lorenzo fue una desgracia, la alegría del fin de semana fue Arsenal-Racing. Racing ganaba y empezó a sacar delanteros y poner defensores, a refugiarse debajo del arco. El modesto Arsenal, que había jugado mejor, le empezó a tirar centros y le embocó dos goles a los 42 y 47. Un momento muy feliz. Dijimos la primera fecha que Racing no tenía nada. Parece que era así, nomás. En realidad tiene a Merlo, que le sirve para irse hundiendo en cada partido, paso a paso.

Y en Boca, definitivamente, llegó la tristeza. No vi el partido, pero nada puede salir de la megalomanía de Lavolpe. Es casi inevitable que los jugadores se depriman y rindan mucho menos que con Basile. Frente a la elegancia lacónica del Coco, este otro aparece en todos los programas deportivos, en todos los diarios, es un animal mediático de un narcisismo inagotable. El Torneo Apertura tiene sus cosas buenas: los goles del paraguayo Cardozo, una pequeña levantada de Velez, muy mecánico pero ofensivo. Pero son pocas. A veces, me asalta un deseo: que el torneo Apertura no lo gane nadie. Que sigan tirando piedras y se suspendan todos los partidos. Así, de paso, descanso de esta pesadilla.


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