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Fútbol por TV #8

28 09 2006 - 06:01

En la publicidad de un programa deportivo se lo ve a Ruggeri afirmar (con un tono que recuerda al de Frank Nitti, el segundo de Al Capone en la vieja serie Los intocables) que si la Selección argentina hubiera jugado a defenderse todos estos años, habría sido campeona del mundo “como Italia”. La escena es posterior a la victoria de San Lorenzo contra Independiente, donde los esquemas especulativos del técnico habían dado momentáneo resultado. Pero es anterior a la derrota del sábado pasado contra Lanús y a la promesa de que va a salir a defenderse contra el Santos por la copa (¡!). Hace tiempo que Ruggeri se candidatea para el seleccionado sin ningún tipo de escrúpulo ni decoro en los métodos. Lo suyo es la ocupación de los medios (especialmente los que manejan sus cómplices en el periodismo) y el uso de la palabra para intimidar y agredir. Es posible que, algún día, Ruggeri sea nombrado al frente de la selección. Será el momento de no hablar nunca más de fútbol.

Pero había que ver la cara de Ruggeri el sábado a la noche, durante el partido. Su equipo salió a hacer lo de siempre: defenderse y ver si los dos buenos delanteros que son Lavezzi y Silvera aprovechaban algún descuido del contrario. Es muy limitado San Lorenzo o el técnico confía en muy pocos de sus jugadores: lo hizo jugar a Silvera lesionado y este no tocó la pelota. Y el partido, contra un equipo modesto y ordenado, fue un calvario para San Lorenzo. Tanto que entrenador y jugadores exhibían continuamente gestos de resignación y malestar. Como si, derrotados de antemano, estuvieran lejos de allí. No sé si alguna vez vi tanta desazón en un equipo que iba puntero. Se supone que Ruggeri es un “técnico ganador”, pero pocos contagian miedo a sus dirigidos como él.

También fue interesante, el domingo, ver la cara de desconcierto de los jugadores de Boca contra Chicago. El equipo distendido y alegre en la era Basile se transformó (en solo dos partidos) en un conjunto en tensión, con su técnico siempre bien visible para las cámaras, mostrando ostensiblemente su disgusto hacia el juego de sus dirigidos. Lavolpe lo retrasó a Gago a la defensa, los dejó aislados a los habitualmente temibles Palacio y Palermo y, por primera vez en el año, la figura del equipo fue el arquero Bobadilla. El entrenador no se privó de hacer salir a Franzoia, un jugador que había entrado como reemplazo (una humillación gratuita), ni de sustituir a las figuras. Aunque el equipo juegue mal y su gestión se asemeja hasta ahora a la de un mecánico que logra descomponer un Rolls Royce, Lavolpe parece ir logrando sus objetivos: imponer su protagonismo, arrebatarle a los jugadores el centro de la escena, lograr que ninguno se destaque más que ocasionalmente. Hay algo de locura en el personaje y solo una prensa muy mediocre, que comparte el desprecio de los técnicos hacia los futbolistas, puede abrirle todos los micrófonos. Así, Lavolpe nos aturde con una verborragia que, detrás de su ligero velo de novedad, no es más que una confusa amalgama de autoelogios, verdades a medias y vaguedades seudotácticas. Una sanata, en suma. (Un buen ejemplo de la vacuidad de su prédica es que se vanagloria de que ahora Boca mejoró porque “sale jugando”, solo porque el arquero se la da a un defensor cercano, y este no sabe qué hacer con la pelota porque sus compañeros están todos marcados.) Pero me temo que tendremos una sobredosis de Lavolpe en todos los medios durante varios meses.

Para demostrar que el fútbol está globalizado como pocas cosas (y los malos ejemplos circulan muy rápido) es bueno observar que los gestos de Lavolpe en la cancha son muy parecidos a los de Capello, el técnico del Real Madrid. Siempre de pie como Lavolpe, Capello ni siquiera sonríe cuando su equipo hace un gol y tiene permanentemente una actitud adusta, como si fuera un general que ve morir a sus soldados y no un conductor deportivo. Dentro del campo, los jugadores del Madrid (gente que tiene enorme experiencia internacional en algunos casos), se muestran también serios y preocupados. El partido del sábado contra el Betis, ganado con la misma dificultad que el de Boca con Chicago, parecía un velorio a juzgar por la cara de los futbolistas. Y el martes, contra el Dínamo de Kiev por la Copa donde (gracias a una sucesión de regalos de la defensa ucraniana) el Madrid ganó 5 a 1, el siempre sonriente Roberto Carlos tenía cara de asistir a una ceremonia fúnebre.

Capello es también un predicador y un practicante de las tácticas defensivas que tanto entusiasman a Ruggeri. Hace jugar a su equipo con cinco defensores (Guti ocupa el lugar que Lavolpe parece querer asignarle a Gago) y dos mediocampistas defensivos, Diarra y Emerson. El medio se completó el sábado con Cassano (que no está en un buen momento, ni siquiera para saber de qué juega) y Reyes, que viene a ser el equivalente del solitario “fantasista” en un equipo italiano (tiene técnica, pero el rol le queda grande). Adelante está solo Van Nistelrooy para que se arregle, como los típicos nueves de Italia. Así jugó el Real contra el Betis, en uno de los peores partidos que recuerde haber visto últimamente. Contra el Dínamo entró Raúl por Cassano y el cambio le dio un poco de fluidez. Pero contra ese débil rival, ¿para qué sirven los cinco defensores y tener a Emerson en el campo? La respuesta es que para jugar tan mal que aun con la goleada, el público del Bernabeu se mantuvo frío todo el partido.

Pero el Chelsea hace lo mismo que el Madrid: juega con dos números cinco: Essien y Makelele. Lo curioso es que, como Diarra y Emerson, son dos tractores, casi infalibles en el quite (Essien tiene un poco de juego, el otro sigue sin aprender qué se puede hacer con la pelota). Cualquier equipo estaría feliz de tener uno así, de modo de asegurarse la marca en el medio y poder atacar. Pero no, ponen dos y el ataque, desde ya, se resiente. El Chelsea es un poco menos mezquino que el Madrid: tiene dos puntas (Drogba y Shevchenko) y un tercer delantero que puede ser el contradictorio holandés Robben. Lo que, en verdad, lo salva al Chelsea es tener a Drogba en un momento extraordinario. El marfileño hace todo, hasta rechazar de cabeza los corners del contrario. Pero la filosofía es la misma que la de Capello, Lavolpe, Ruggeri, Merlo, Troglio y tantos otros a lo largo y a lo ancho del planeta: asegurar el cero en el arco propio poblando el medio campo y maniatando al equipo rival para convertir solo cuando se puede atacar sin arriesgarse al contragolpe. Como decíamos la semana pasada, es una batalla cósmica, que la victoria italiana en el Mundial ha inclinado hacia el lado de los malos.

Son pocos los equipos que intentan otra cosa, que salen de los esquemas de moda, el 4-4-2 o el 3-5-1-1, sistemas que coinciden en utilizar cinco (y hasta seis) en el fondo, ocho (o nueve) jugadores dedicados casi exclusivamente a defender y a todo el equipo preocupado por el rival. Es muy difícil jugar contra estas murallas y, cuando los dos equipos las utilizan, los partidos se hacen abominables. Otra modalidad reciente, aunque parezca insólita, es que muchos de los que se salen a defender de esa manera, aunque les hagan un gol continúan jugando igual. Eso hizo San Lorenzo contra Lanús, por ejemplo. Ultimamente, si hay una goleada, se suele producir recién en los últimos minutos, cuando ya se bajan los brazos. Pero en el fútbol argentino, por ejemplo, las hay cada vez menos.

El partido más común que se está viendo en todos lados, recuerda al que se suele ver en Italia desde hace cuarenta años. El equipo más grande, o el local salen a ver que pasa y el chico o el visitante a que no pase nada. Si el que especula logra hacer un gol cuando todavía tiene alguna lucidez (hacia el final, se trata solo de reventar la pelota) las cosas se le complican tremendamente al que quiere ganar. Le pasó al Manchester United el sábado, cuando el Reading le convirtió en el primer tiempo y apenas logró empatar con un golazo de Cristiano Ronaldo (que ha madurado muchísimo, como venimos diciendo). El Manchester está herido, es un equipo que no tiene tanto dinero como solía y, por eso, el banco de suplentes es pobre y el medio campo, sobre todo sin el lesionado Giggs, bastante mediocre. Pero Ferguson juega con tres puntas, aun de visitante, como lo hizo contra el Benfica por la Copa. En todo caso, Rooney se tiraba atrás para dar una mano. Pero hay otra intención que se traduce en la voluntad de no resignarse de sus jugadores, algo que los equipos especulativos tienden a hacer cuando las cosas no le salen.

El Portsmouth, que iba puntero y suele salir a atacar, sufrió el lunes el mismo problema que el Manchester. El Bolton se le puso en ventaja y no hubo nada que hacer. Para un equipo limitado, una defensa nutrida del contrario es un obstáculo casi insalvable y, en estos partidos, cada vez más ocurre que el que hace el primer gol gana. Es muy raro ver, incluso en la liga inglesa, a dos equipos que intercambien ataques, que confíen en sus posibilidades de ganar y que lo intenten abiertamente. De los seis partidos ingleses que la televisión mostró el fin de semana, solo Newcastle – Everton hizo recordar la norma de ese campeonato en otros tiempos: un ida y vuelta permanente con innumerables situaciones de gol.

El mejor equipo inglés, el que intenta definitivamente otra cosa, es el Arsenal, que empezó mal pero va subiendo. Juegan bien: sus jugadores tienen una técnica impecable y hasta los defensores piensan en el arco contrario. El sábado, contra el Sheffield United, tuvo que resolver el problema de siempre: el contrario con los once atrás, y lo hizo con la solvencia y la clase de años anteriores. El comentarista Diego Latorre anunció que el Arsenal no tiene chances, así que hay muchas esperanzas de que gane el campeonato. Algo que sería mucho más agradable que la victoria del Chelsea o de su mellizo el Liverpool, que también viene subiendo y es igualmente ordenado y mezquino.

Nombramos a Latorre y es hora de hacer una queja formal. El tipo también está un poco chiflado. No es solo que le atribuye cada gol a un error de la defensa y no a un acierto del ataque (esto ha pasado a ser obligatorio para todos los periodistas argentinos) sino que sus transmisiones son una interminable retahíla de críticas a los jugadores y los equipos. Su tono de maestro ciruela, de severo juez de sus ex colegas que nunca tiene para ellos un elogio ni la menor generosidad, resulta absolutamente insoportable. Las transmisiones amargas y mezquinas del fútbol nacional, que abusan de ese tono criticón e irrespetuoso, son una verdadera plaga, pero Latorre es el campeón de los tontos envanecidos. Fox Sports lo complementa adecuadamente con el Bambino Pons, cuyo nivel de grosería aumenta jornada a jornada. Por razones chauvinistas (el pase de Tevez y Mascherano) el canal ha decidido seguir al West Ham, que pierde todos los partidos y ni siquiera tiene siempre a los argentinos de titulares. A Pons no se le ocurre nada mejor que insultar al aire, con frases lunfardas carentes de toda gracia y plenas de vulgaridad. Latorre y Pons, más allá de toda diferencia de criterio que se tenga con ellos, son relatores subestándar, un par de incompetentes. Son más molestos que la banda superior que ensucia las transmisiones de ESPN (ver para creer).

El partido más importante del fin de semana, donde otra vez se trató de un equipo que sale a jugar y otro a especular y tratar de robarse algo, fue el Barcelona – Valencia del domingo. El Valencia jugó la mayor parte del partido con todos sus jugadores en el propio campo. En el primer tiempo, contragolpeó un par de veces y logró un gol. El Barsa no estaba especialmente inspirado y chocaba una y otra vez contra el muro adversario. Pero en el segundo tiempo, Rijkaard empezó por sacar a su único mediocampista defensivo, Ednilson, que no cumplía ninguna función y puso a Iniesta. Los primeros minutos fueron alucinantes y el Barsa creó cinco situaciones de gol seguidas, hasta que llegó el empate. Luego se diluyó y el Valencia se llevó el punto que vino a buscar. El partido fue interesante, con los jugadores actuando cada uno en una franja muy chica de terreno, como si fueran piezas de ajedrez. Los locales trataban de desequilibrar en cada casilla del tablero y los visitantes intentaban impedirlo. Pero hoy, contra el Werder Bremen, Rijkaard hizo un planteo más cauteloso, intentando el contragolpe y no le dio resultado. Los alemanes (un buen equipo que empezó mal el año) se pusieron en ventaja y siguieron jugando más o menos igual. Pero entró Messi por Giuly y, por primera vez, pude ver que es cierto que Messi es una cosa seria y no tiene techo. De entrada, gambeteó a tres y se la sacó el arquero. Y, al final, tras una gran pared con Deco, definió con la seguridad de los que presienten que ellos solos hacen la diferencia en un partido. Quedé muy impresionado.

En el fondo, el Barcelona y el Chelsea coinciden en un aspecto fundamental. Saben que sus jugadores son mejores que los del rival que les toca enfrentar. Confían en que si no arriesgan demasiado, si no se dejan sorprender, habrá alguna jugada en la que se establezca el desequilibrio. El Barsa es más lujoso y no tira pelotazos verticales como el Chelsea, pero en el fondo piensa eso. En definitiva, que los jugadores le ganen el partido individualmente. Cuando el planteo se exagera, como en el caso del Madrid, ya los jugadores tienen menos posibilidades de hacerlo. En el caso de San Lorenzo y, peor, en el de Racing, los planteles no tienen esa superioridad y se suicidan esperando siempre un golpe de suerte.

Es notable comprobar que el Barcelona y el Arsenal juegan lento: sus jugadores no recorren muchos metros y aceleran solo en los últimos tramos del campo. Es lo contrario de lo que hace River, que trata de jugar a mil por hora y pierde precisión de manera proporcional a su velocidad. El domingo le pasó con el muy débil Colón, al que dominó en el primer tiempo. Se dijo que River se perdió muchos goles, pero no fue tan así. En la mayoría de los ataques, los delanteros llegaban atorados, sin tiempo para pensar y definir correctamente. River jugó con Ortega, Falcao, Iguain y Belluschi (uno más impreciso que el otro), lo que parece un planteo ofensivo, pero también puso cinco defensores (contra un equipo que casi no atacó). El resultado fue el habitual desequilibrio del equipo, aunque terminó ganando el primer tiempo. En el segundo, Pasarella fue sacando de a poco a los tres de adelante y, aunque puso a Gallardo (igualmente impreciso e inseguro), intentó cuidar el empate. Y Colón lo pasó a dominar paulatinamente y terminó empatando en el descuento. Fue justo y River volvió a demostrar que no tiene la jerarquía necesaria como para dominar de verdad y definir los partidos. Lo mismo le ocurrió el miércoles por la copa, aunque formó con suplentes (Pasarella se empeña en tomar todas las decisiones equivocadas): los jugadores eran otros pero la inseguridad y los nervios eran idénticos). También River tiene miedo.

El que resultó más débil de lo que había insinuado, fue Independiente. Desmoralizado por la derrota frente a San Lorenzo, diezmado por algunas lesiones y suspensiones, perdió esta vez con Estudiantes, que le ganó bien. Burruchaga intenta algo distinto, pero por ahora no le ha salido. Como River, es otro equipo que se apresura y cae en la imprecisión. De la dicotomía entre apresurados y retardatarios, solo se salvaba Boca que, como hacen los buenos equipos, sabía manejar los tiempos y las velocidades. Pero ya vieron quién vino a cenar. De todos modos, volviendo a Independiente, quería decir que el arquero Ustari me sigue pareciendo un fenómeno. Ataja como Amadeo Carrizo, como si lo hubiera visto jugar.

Ha llegado el momento de decir que, hoy por hoy, el proyecto más original del fútbol argentino es Vélez. El sábado, en su muy buena victoria contra Belgrano, alineó a Castromán, Ocampo, Escudero y Zárate: cuatro jugadores rápidos y hábiles que, con la ayuda de defensores con manejo, intentan llegar tocando y gambeteando. El defecto de Vélez es que juega a un mismo ritmo, tratando de enhebrar cada jugada desde la salida a gran velocidad. Cuando salen las cosas, cada ataque de Vélez puede ser una obra de virtuosismo. Cuando no, suele caer en pozos de tedio e impotencia. Es que el sistema es muy de laboratorio. Pero comparado con San Lorenzo o con Racing, es refrescante ver jugar a Vélez y ver como la pelota circula veloz y sin que la maltraten.

Los árbitros se han moderado un poco, en general. Menos tarjetas, menos disparates, aunque Elizondo (otra vez diez tarjetas), Giménez (lo terminó de liquidar a Independiente a tarjetazos) y Pezzotta (el primer penal contra San Lorenzo fue ínfimo), continúan con sus exageraciones. En cambio Badassi, Favale y el grandote Maglio, están dirigiendo bien. En esta fecha hubo 57 amonestados y 5 expulsados. Unas seis tarjetas de promedio, contra menos de tres en Inglaterra. Ese es el cálculo: la mitad está de más. Pongamos un treinta por ciento. Con esa cifra se jugaría mejor, con menos histeria. Es miércoles a la noche. Está jugando San Lorenzo por la copa. No tengo fuerza para verlo… Al final, terminé viendo un rato… Tres a cero (nadie ganaba por esas cifras últimamente) y un fixture muy favorable para el resto de la copa. Hmmm, esto viene muy mal. También habrá Ruggeri por un tiempo, me temo. Yo también tengo miedo. No quiero insistir en el lamento, pero este es un trabajo insalubre.


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