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La insatisfacción permanente

9 10 2006 - 08:08

En dos de los textos que publiqué en este entrañable sitio —que hoy, con enorme tristeza despido— presenté algunas intuiciones anti-carcelarias que me persiguen como fantasmas, inesperada e incansablemente, desde hace décadas. Ellas se han combinado, en el último tiempo, con algunas reflexiones teóricas acerca de cómo pensar el castigo. Hoy quisiera poner a prueba estas ideas tomando en cuenta uno de los casos más graves sobre los que puede pensarse en materia penal. Me refiero al caso que lo involucra a él, al peor de todos, al represor Miguel Etchecolaz —seguramente el más cruel y desagradable de los operadores de la última dictadura— recientemente condenado a prisión perpetua por el Tribunal Federal n. 1 de la Plata. Como el análisis que sigue puede ser polémico, quisiera proponer (rogar por) un pacto de lectura al eventual lector. Quiero pedirle que se resista a sacar conclusiones rápidas de mi trabajo, y que me acompañe con una lectura reposada (que no es lo mismo que desapasionada) de mi argumentación. Finalmente, mi análisis se vincula con cuestiones que aún me generan dudas, y respecto de las cuales todavía tengo demasiado por estudiar.

Como trasfondo de mi escrito, quisiera colocar a un debate que se diera hace más de una década, en la Argentina, entre mi añorado maestro Carlos Nino, y el destacado especialista en derecho penal Raúl Zaffaroni. En ese debate, Nino se propuso testear el escepticismo penal de Zaffaroni frente al enjuiciamiento de los crímenes de la dictadura —un proceso que el propio Nino contribuyó a diseñar. Nino escribió entonces desde una posición crítica de la pena, y a la vez crítica de posturas abolicionistas como las que él atribuía, tal vez impropiamente, a Zaffaroni. Él justificaba la prisión, en todo caso, dentro del marco de una teoría de la pena exigente, que reconocía la validez de las penas privativas de la libertad sólo en el caso de que se dieran, entre otras condiciones, el conocimiento y consentimiento previos de la víctima hacia el sistema penal en general. Zaffaroni, mientras tanto, parecía poner entre paréntesis sus posturas críticas sobre el valor de la pena cuando se trataba de enjuiciar a los crímenes cometidos por la cruenta Junta Militar argentina. Me parece que dicho debate reflejaba, como aún hoy refleja, la dificultad que tenemos para pensar sobre el sentido y los límites del castigo. Mi postura sobre la cuestión es en parte afín y en parte crítica en relación con las dos anteriores. Según entiendo, hay razones pare mantener una postura escéptica sobre el valor del castigo penal, aún en el marco de una teoría consensual de la pena, como la de Nino; como creo que no hay razones para poner límite a dicha mirada crítica siquiera frente a los casos que más repulsión nos suscitan. Ello, en particular, y según diré, si sabemos incorporar dentro de los fines principales del proceso penal valores tales como el de la reparación y la búsqueda de la verdad.

Para no generar confusiones innecesarias, permítanme despejar algunas cuestiones importantes. ¿Representa, la postura esbozada, una impugnación a lo actuado por los organismos de derechos humanos que consiguieron —como ejemplo importante— la reapertura de las causas vinculadas con la última dictadura? No, porque la tarea de tales organismos ha sido excelente e indispensable, tanto en la búsqueda de la verdad, como en su rechazo al arbitrario, injustificado, e inconstitucional cierre de aquellas causas. ¿Sugiere mi postura que Etchecolaz es inocente respecto de los crímenes de los que se lo acusa? No. Por el contrario, entiendo que él es culpable de los peores crímenes imaginables. ¿Quiero decir, en cambio, que él no debió ser juzgado? Tampoco: él merecía ser juzgado, y juzgado mucho antes de lo que lo ha sido. ¿Quiero decir, entonces, que él no debió ser condenado? No, pienso que él debe ser objeto del reproche más fuerte que incluya nuestra teoría de la justicia criminal. ¿Quiero decir, sin embargo, que él debe quedar libre a pesar de todo? No (y quisiera enfatizar este punto) a menos que, antes que él, salgan libres todos los pobres e indefensos que nuestro sistema encarcela por los rasgos de su cara, por su piel oscura, por su pertenencia a etnias o nacionalidades despreciadas por nuestra policía, o por su falta de recursos para afrontar los pagos que exigen abogados que se prostituyen y jueces con gustos demasiado caros.

Si llego, en este punto, a conclusiones distintas u opuestas a las que llegan algunos colegas (que finalmente entienden que la prisión se encuentra en principio justificada, o justificada únicamente en casos como los que involucran a Etchecolaz), ello tiene que ver con varias razones, siendo una muy importante el modo en que pensamos las finalidades propias del sistema penal. Para mí, la idea retributivista sobre la pena no es interesante, y mucho menos lo es cuando ella se presenta en las versiones degradadas en que la conocemos (versiones que incluyen el “ojo por ojo” o el “por mí que se pudra en la cárcel”). Tampoco me resultan atractivas, al menos en principio, las posturas consecuencialistas o prevencionistas sobre la pena, cuando apelan a nuestro temor o a nuestra prudencia como forma de asegurar que “él u otros como él vuelvan a cometer actos semejantes.” Estas últimas visiones aparecen asentadas, como sugería, en presupuestos sobre las capacidades preventivas de la pena en las que no confío. En mi opinión, cada crimen que se comete denuncia que una parte del tejido social se ha roto, y nos llama a reconstruirlo. Para ello, necesitamos primordialmente de la verdad: saber qué ha ocurrido, quién ha hecho qué, y por qué razones. Del mismo modo, necesitamos que la persona que ha cometido un crimen (lo que acordemos en considerar como un crimen) reconozca que no tiene buenas razones para repetirlo, como necesitamos que todos los demás igualmente situados tampoco encuentren razones apropiadas para realizar actos semejantes.

El proceso penal actualmente existente, en cambio, contradice brutalmente tales propósitos. Por un lado, él obstaculiza —hasta directamente contradecir— el objetivo de lograr que el victimario nos diga qué es lo que ha hecho —cuál ha sido su conducta, o dónde ha ocultado los cuerpos de aquellos que ha desaparecido— y por qué lo ha hecho. El actual proceso penal alienta al victimario a callarse o a mentir: cada cosa que él diga en su contra servirá para imputarlo —su confesión nos servirá para condenarlo definitivamente (“a confesión de parte, relevo de prueba,” dice el derecho).

Del mismo modo, cabe decir que, cuando encerramos a alguien, sea un torturador, un violador, o un ladrón de cables de cobre, como lo hacemos hoy, expresamos nuestro desprecio e indignación moral hacia ellos, mientras que no damos un solo paso para buscar el arrepentimiento de los condenados, ni les damos una sola razón moral (más allá de las razones prudenciales que les imponemos, como el miedo), para que no vuelvan a cometer las conductas que queremos que nadie cometa. Hoy, el torturador, el violador y el ladrón de cables nos odian, desde su encierro, y si salen —si los dejamos salir— van a seguir odiándonos, quizás como nunca antes. Nosotros, mientras tanto, parecemos contentarnos con sacárnoslos de la vista por un buen rato, mientras los ponemos en el cesto de basura, y colocamos luego la tapa sobre ellos.

Conste que no hablo aquí de las condiciones carcelarias a las que hoy sometemos a quienes privamos de la libertad, y que incluyen el hacinamiento, la violencia, la brutalidad diaria, el trato inhumano, la mala alimentación, la pésima atención médica —finalmente, la reducción de algunos a la animalidad de la que hablaba Marx, en sus escritos de 1848. Y es que el problema que me interesa no tiene que ver con las condiciones carcelarias que hacen que hoy todo lo que ocurre dentro de la prisión resulte violatorio de la Constitución, a los gritos (una situación que justificaría que algún juez con agallas, digamos, se decida a abrir las puertas de las prisiones, para poner fin a la masiva y radical violación de derechos que hoy la magistratura legitima y ampara, de modo cómplice). El problema no está en las condiciones carcelarias sino en la cárcel. El problema no está en las dificultades para conseguir la verdad, sino en los incentivos creados que hacen imposible obtenerla.

En lo personal, no me interesa que Etchecolaz “se pudra en la cárcel,” sino que nos diga qué ha hecho con sus víctimas y dónde las ha ocultado; como me interesa que el sistema institucional dé lo mejor de sí para conseguir —para intentar al menos— que él se arrepienta y reconozca la tremenda gravedad de los daños que ha causado. Las cosas no son demasiado diferentes a la hora de pensar en crímenes de gravedad mucho menor. Así, me interesa que el que ha robado no tenga más razones para privar a otros de lo que poseen de modo justificado (en un contexto en donde, todavía, toda propiedad parece un robo, y todo dinero parece mal habido); como me interesa que nuestro sistema institucional bloquee la acción de quienes hoy violentan a otros en nombre del derecho laboral, y privan de una vida decente a la mayoría, en nombre del derecho civil y las estrategias de marketing.

Ocurre, sin embargo, que hoy nuestro sistema institucional da luz verde, cuando no condecora, a quienes delinquen pero bien vestidos, y en general a aquellos que son más rápidos en sacar ventajas indebidas de los otros. Del mismo modo, nuestro sistema penal no ayuda a que los Etchecolaz digan la verdad, confiesen sus crímenes, se arrepientan y nos pidan perdón, sino que los induce a hacer exactamente todo lo contrario. Dicho sistema los premia si no confiesan; y los invita a mantener su convicción de que han actuado bien, frente a una sociedad a la que consideran ejerciendo venganza contra ellos. Lo que me preocupa no es la reconciliación, que en estas condiciones me parece imposible e indeseable, sino la construcción colectiva de la verdad; la admisión de culpabilidad por parte de quienes cometieron crímenes; la reparación moral (y en ocasiones material) de todas las víctimas; y el reconocimiento, por parte de los violadores de derechos, de los gravísimos crímenes que han cometido.

  1. carlos    Oct 9, 11:39 AM    #
  2. roberto g    Oct 9, 06:31 PM    #
  3. Marcelo    Oct 9, 07:27 PM    #
  4. Gustavo    Oct 10, 06:46 AM    #
  5. charlie++    Oct 10, 07:30 AM    #
  6. Martín Vecchio    Oct 20, 07:40 PM    #
  7. Martín Oteiza    Oct 24, 03:13 PM    #
  8. ignacio    Oct 26, 01:39 PM    #

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