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La herencia de Maurice William

16 10 2006 - 01:50

Huili Raffo me pasó el texto de Mara —en el que ella criticaba algunas de las cosas que yo había escrito por aquí hace unos días— y me preguntó si quería responderle. Yo estaba en plan de domingo a la mañana, con los pies sobre el sofá y mirando unos dvds con cortos del viejo Free Cinema inglés (hermoso, hermoso), pero luego de leer algo de la crítica marense, me vinieron ganas de responderle. La verdad es que lo más me entusiasmó del comentario de Mara fue su anécdota interrupta sobre la peluquera leninista, entre otras cosas porque me hizo acordar de mi dentista marxista.

Resulta que yo estaba fuera del país con un dolor de muelas terrible. Así que, sin saber a dónde iba, abrí la puerta y salí corriendo de mi departamento en busca de ayuda. En medio de mi corrida di con una entrada sospechosa, junto a la cual un cartel diminuto denunciaba la presencia de una dentista. Ella tendría unos 50 años, y su fiel ayudante tendría mi edad. Entre ambos conformaban una célula de adoctrinamiento extraordinaria, pero como dentistas eran temibles. Comprobé esto último con mi propia boca, porque al dolor me lo calmaron arrancándome la muela enemiga de un golpe. Luego de un repaso doctrinario, los para-dentistas pidieron que volviera a presentarme en el lugar unos días más tarde. Esta segunda sesión —que sería la última— resultaría todavía más curiosa que la primera. Yo estaba acomodado en el sillón, pálido luego de ver que el fiel ayudante volvía a cerrar sus manos sobre las pinzas gigantescas y traidoras de la primera vez. Mientras él, sin ningún justificativo —y esto es verdad— empezaba a hablarme de la clase obrera polaca, sonó el timbre: llegaban al consultorio unos muebles nuevos, a ser instalados en el primer piso. Sin dudarlo un instante, ella, la dentista, se sacó el delantal, él también, y luego me lo sacaron a mí. Me preguntaron si me molestaba ayudarlos con la mudanza, y yo les dije que bueno, que ya que estaba. Así que nos pasamos 40 minutos (¡!) subiendo muebles al primer piso. Pasa que después ya se me hacía tarde, yo me tenía que ir, así que aproveché para escaparme antes de que pudiera consumarse el nuevo atentado bucal. Nos despedimos a los abrazos, y nunca más volví a ver a la alegre pareja marxista.

Dicho lo anterior, paso a las cuestiones menos ortodóncicas que Mara propone discutir. Me interesa, en particular, comentar alguna cosa sobre el tema del arrepentimiento y el derecho. Ella toca un punto que me resulta atractivo, cual es el de la relación entre derecho y moral y, más directamente, la importancia de separar derecho y moral, para dejar a esta última resguardada dentro del ámbito privado. En este sentido, agrega ella, el derecho no debería preocuparse de buscar el arrepentimiento de la persona condenada por un crimen. El derecho se debe quedar, nos dice con parte de la razón, con las “acciones externas”, dejando en paz la conciencia íntima de cada uno (ella propone también otros temas que me interesan menos, y que me parece que llevan a trivializar la discusión (por ejemplo, se pregunta si uno cree que todos cometen delitos por resentimiento social; o me pregunta cuánto tiempo hay que esperar para que alguien se arrepienta del crimen que ha cometido).

Sobre el tema, diré que la separación entre derecho y moral es atractiva pero errada como propuesta, y falsa como cuestión descriptiva. Esto último debiera ser obvio, a pesar de que una mayoría de leguleyos (y muchísimos filósofos del derecho) no lo quieren admitir. Pero lo cierto es que cualquiera debiera advertir que esa separación entre derecho y moral no se da en la práctica. La misma Mara, que no es abogada, lo reconoce sin querer admitirlo, cuando habla del modo en que, en los hechos, se aumentan o reducen penas de acuerdo con el grado de arrepentimiento del autor, su actuar “bajo la ceguera de la pasión” o “a sangre fría.” El vínculo entre derecho y moral es mucho más fuerte que ése. Cada paso que da el derecho está marcado por una cierta opción moral o valorativa: que concepción tenemos de la democracia (así, por ejemplo, cuando algunos jueces consideran a un piquete como una afrenta y no un noble ejercicio de la democracia representativa); qué concepción tenemos de la igualdad (¿dar ayudas especiales a la mujer, durante el embarazo, implica honrar u ofender la idea de igualdad de género?); qué concepción tenemos del castigo (el tema de este debate). El derecho está a la vez infestado e iluminado por opciones morales. Y siempre va a estarlo. Por eso, me resultan impropios los reclamos positivistas, que toda la vida han insistido con la cantinela de que el derecho estaba y debía seguir estando separado de la moral.

Me interesa mucho más, en cambio, otra versión de lo que dice Mara (que es la que, según entiendo, ella quiere defender), y es que el derecho debería hacer el máximo esfuerzo por dejar que cada persona viva su vida del modo en que quiere vivirla. En principio (en principio) comparto esta idea, sobre todo si la abrimos en dos y le sacamos lo que tiene adentro, para ver que ella implica afirmar que el derecho debería comprometerse abiertamente con una concepción moral muy peculiar, como lo es la que valora que cada uno viva como quiera (lo que a su vez requiere que cada uno de nosotros aprenda a respetar el modo de vida de cada uno de los demás, lo que a su vez puede requerir del cultivo de ciertas prácticas cívicas, de algún tipo de educación cívica común). Todo ello me parece acertado, más allá del modo en que este tipo de opciones nos dejan enfrentados, desnudos, frente a preguntas de difícil respuesta, en torno a la inasible idea de la neutralidad estatal. Yo propondría arrancar pensando que un sistema como el que tenemos no es neutral en nada, lo cual nos obliga a preguntarnos a cada instante frente a qué opciones nos ha colocado ya el derecho realmente existente. Para tomar un caso complicado, diría que el derecho no es neutral frente a nuestros deseos de participar o ser indiferentes en materia política: diría que él directamente desalienta la participación política. Me pregunto entonces cómo debería pensarse un sistema político para no impugnarlo por alentar, como el actual, nuestra pasividad política (como hoy lo hace al bloquearnos ciertos canales de participación y al cerrarnos otras puertas en la cara, cuando intentamos salir por la puerta lateral). Pero como ya tenemos demasiadas complicaciones, déjenme pasar directamente a la cuestión del arrepentimiento.

La pregunta sería: ¿debe interesarle al derecho que el “culpable” de un cierto crimen se arrepienta de lo que ha hecho? Frente a tal cuestión, primero me cuestionaría un par de cosas: ¿hoy el derecho se desinteresa del tema del arrepentimiento? No me parece. Y segundo ¿sería bueno que el derecho se desentendiera completamente del arrepentimiento? En un sentido que no sé si es modesto pero me gustaría que lo fuera, diría que no. Mi ideal del derecho (ideal al que aspiro que el derecho se acerque lo más posible) no es ése. Ante todo, no me parece que el derecho debería ser indiferente al grado de compromiso de cada uno con las reglas que organizan la vida en común. Mi ideal (ideal del que estamos muy lejos, pero al que podríamos acercarnos un poco. Eh, che, un poquito) es el ideal rousseauniano de que las personas respeten ciertas reglas comunes como forma de respetarse a sí mismos, porque encuentran que el derecho es producto y expresión de sus aspiraciones y convicciones. Al derecho nunca se le escapa la cuestión de la motivación de la gente. Lo que pasa que hoy prefiere motivar a través del miedo o la toma de ventajas tramposas, inequitativas (esto es, manipulando las reglas a las que denomina universales). Es decir, hoy el derecho se basa en el miedo y el abuso, porque prefiere pagar ese precio a rendirle tributo a la igualdad. El derecho de hoy está comprometido con, y es producto de, la desigualdad, y no tiene ningún interés en salir de allí, porque todos quienes lo escriben están bien cómodos ahí dentro. A mí, como a Mara y como a tantos otros, me gustaría que el derecho fuera creado de otro modo. Pero además, y por ello mismo, quisiera que cada persona que en algún momento quebró el derecho, dejara de tener razones para hacerlo, y en ese sentido pasara a respetar el derecho porque cree que el derecho es respetuoso con él. Hoy, son muchos los que no tienen buenas razones para arrepentirse de lo que han hecho. Yo quisiera que las tuvieran, porque me interesan esas razones para el estar juntos (me interesa que estén genuinamente convencidos del valor de las reglas comunes), más allá del modo específico en que, luego, cada uno decida vivir su vida. Otros, una minoría diría —dentro de la cual, posiblemente, se encuentre Etchecolaz— no se arrepentirán nunca de lo que han hecho. Pero ello no remueve nuestra persistente obligación de humanidad: no motivarlos, como lo hubieran hecho ellos, a través del miedo, la tortura o la muerte, sino hacerlo apelando a lo que quede de su razón.

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Nota de la redacción: Maurice William fue el primer dentista marxista del que tenemos conocimiento. Después se le pasó un poco.

  1. Ezequiel Baum    Oct 16, 07:43 AM    #
  2. Mara Bragarnik    Oct 16, 12:10 PM    #
  3. Mara Bragarnik    Oct 16, 04:23 PM    #
  4. Melibé    Oct 16, 11:30 PM    #
  5. Puri    Oct 20, 02:11 PM    #
  6. Huili Raffo    Oct 20, 05:02 PM    #

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