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El Síndrome Benito

18 10 2006 - 02:30

Escribí muy poco en TP, menos de lo que hubiera deseado y, sobre todo, menos de lo que prometí. Tuve problemas de tiempo y cuando debí participar de algún debate público (este año me tocó la resistencia a la inclusión obligatoria de la bandera en las películas nacionales) me pareció que lo lógico era hacerlo desde mi lugar natural, que es El Amante. Más allá de mis razones personales coyunturales, a las que se les agregan mi pereza y mi timidez, alguna otra razón debe existir para que varias personas que declaramos admirar a los TP no hayamos aportado lo suficiente para su subsistencia. Trataré de desentrañar algunas, por lo menos las que a mí me atañen.

Dos notas prometí y no pude llegar a escribir, una por razones felices y otra porque su tiempo le llegó demasiado tarde. En el primer caso respondía a un pedido expreso de lo que entonces era la redacción de TP: un relato de lo que en ese momento sólo había sido una breve experiencia televisiva. Sin tener ninguna práctica previa en el medio había formado parte de Indomables hasta que un acto de censura por parte del canal América a TVR, de la misma productora, terminó con el programa. Su continuación en el 13, Duro de domar, no contaba conmigo por una indicación expresa del canal aduciendo la necesidad de achicar el formato.  Cuando habían pasado largos meses de mi forzado exilio y nada hacía suponer que volvería a integrar el programa (salvo las repetidas promesas del productor Diego Gvirtz), en la misma mañana en que decidí dejar de dar vueltas y escribir mi nota sobre el tema me llamaron proponiéndome participar en DdD haciendo un reemplazo que se terminó convirtiendo en mi regreso definitvo. Lo que quedó en el camino fue mi nota para TP: tenía pensado una reflexión sobre lo que significa trabajar en el medio más lunático de la producción cultural pero para realizarla era necesario una cierta distancia. Mi idea era contar que incluso en un lugar despiadadamente competitivo y poblado de egos del tamaño de las Torres Gemelas (y con su misma inestabilidad) no era imposible construir un espacio digno. Había sido el trabajo más feliz que había tenido, en el que más me había divertido y en el que más libre me había sentido. Sin embargo, para que mi relato tuviera algún valor tenía que escribirlo desde afuera. La misma historia de mi retorno reafirmaba mis ideas sobre el medio. En la televisión ser es ser percibido: nada era más fácil para la productora que olvidarse de mí y soltarme la mano. Sin embargo, para ellos mi vuelta era una cuestión de honor por la que habían dado su palabra. Que la cumplieran corroboraba mis ideas pero las viciaba de credibilidad. Ya no era una persona retirada que miraba atrás sin resentimientos sino un empleado que hablaba bien de sus patrones. Mi credibilidad hubiera dependido de la buena fe que me adjudicaran los lectores.

La otra nota me la había sugerido Quintín y también se relacionaba con un ámbito laboral. Fui procesador de censos y encuestas de INDEC desde 1988 hasta comienzos del año pasado. Participé en dos censos nacionales e innumerables encuestas. Tenía una idea muy definida acerca del mérito de un organismo técnico que había logrado irritar a todos los ministros de Economía a partir de Martínez de Hoz y me molestaba muchísimo que, como se trataba de una institución oficial, se le aplicara el lugar común de la incredulidad, descreyendo estadísticas y cuestionando estudios. A comienzos de la era Kirchner escribí una nota al respecto en la revista TXT (donde regularmente tenía una columna sobre televisión). Lamentablemente la nota, obviamente escrita en primera persona, salió por error sin firma y con una foto del director del INDEC, lo que hacía suponer que estaba escrita por él. El párrafo final decía:

“En estos momentos en que los argentinos han entendido que es imperativo mejorar la calidad institucional a todo nivel, una de las medidas más urgentes, y al mismo tiempo más sencillas de implementar, es dotar al INDEC de su autonomía. No es solo que sus técnicos se hayan ganado el derecho a evitar que las necesidades de la política estorben su tarea. Es que es así como deben ser las cosas en un país que se precie de civilizado.” 

Es significativo eso de “calidad institucional”, una idea con la que el gobierno había batido el parche durante la remoción de miembros de la Suprema Corte y que hoy parece tan lejana como la convertibilidad. La nota no tuvo ningún eco. Para reescribirla para los Trabajos Prácticos estaba esperando que sucediera lo inevitable, que el Gobierno no soportara su independencia y comenzara a extender sus garras. La ocasión, demasiado tardía para nuestros propósitos, acaba de llegar a través de esta nota de la revista  Fortuna donde se adjudica a miembros del Ministerio de Economía la siguiente frase: “Entre los cuadros técnicos del INDEC hay muchos que vienen del Partido Obrero y se ve una ligera tendencia a exagerar las cifras de pobreza e indigencia”.

Revisando las notas no escritas descubro que las dos tratan de disolver malos entendidos. Como si yo perteneciera a un determinado mundo y a la vez a otros y que, como un conquistador que vuelve con los suyos y cuenta sus experiencias, les informara a mis pares que no todas sus intuiciones son corroboradas por la realidad. No toda la gente que trabaja en televisión es siniestra o estúpida o sin principios. No todos los organismos oficiales son refrendadores de la política de turno. No quiero dar la impresión de que me gusta hablar bien de todos los trabajos por los que pasé. Estuve en otro organismo oficial relacionado con las encuestas que podría ser cerrado en este mismo minuto sin que se me mueva un pelo, fui becario de Conicet y les aseguro fue la peor época de mi vida y soy consciente de que no podría trabajar en televisión en ningún otro lugar que no sea el que tengo ahora. No era el optimismo panglossiano el que me animaba sino la necesidad de contarle a mis pares que en algunos mundos hay espacios posibles, personas de bien, conductas ejemplares. De todas maneras, la sombra de la sospecha pendía y es probable que lo más paralizante haya sido el miedo a aparecer como ingenuo en un medio sofisticado como el que aquí estamos despidiendo.

Muchas de las discusiones en la red y la enorme mayoría de las disputas políticas públicas se diluyen entre insultos y argumentos ad hominem. Mientras elaboraba el duelo por el cierre de TP me entero del cierre de otro site  de extraordinario nivel, el blog personal Fuck You Tiger, del uruguayo benito quien, harto de un aluvión de comments descerebrados, también lo pasa a mejor vida. En su comienzo de despedida, el blogger dice:

“Empecé escribiendo para amigos y conocidos con intereses en común, ahora escribo para gente que no sabe escribir y critica mi escritura, que no comparte ni le interesan mis gustos estéticos pero que necesita denostarlos, que no tiene la más puta idea sobre los temas de los que hablo pero busca la fisura en lo que digo para tratarme de ignorante, que no piensa pero desprecia lo que opino, que no le gusta este blog pero le parece un espacio valioso para cooptar con sus divergencias.”

Aun con la restricción de no ofrecer comments pero estimulando la discusión entre sus redactores, TP fue por momentos un espacio de diálogo que iba  más allá de los brotes de violencia histérica habituales en la red. Pero solapadamente la conversación se fue apagando, en algunos casos en forma brusca y ruidosa. Hay que recuperar esa charla que ahora enmudece. Las reglas de un buen diálogo establecen que cada participante considere que su interlocutor, especialmente el que discrepa con él, lo hace de buena fe, sin segundas intenciones ocultas. Otro imperativo es aquel que exige la mejor interpretación posible de los argumentos del adversario; es decir, no agarrarse de alguna frase aislada, alguna asociación posible, llegando al extremo de mejorar su posición (Para entender con un ejemplo práctico basta leer las polémicas desarrolladas por Roberto Gargarella). Lo que creo es que hay que aplicar estas reglas de urbanidad y civismo incluso y especialmente con aquellos interlocutores de los cuales sospechamos su mala fe, como si el imperativo fuera hablar con, digamos, Aníbal Fernández. Como en la moral cristiana de la segunda mejilla, quien asume esta forma de conversar está en desventaja aparente frente a los obtusos pero qué otro remedio queda. La espiral de violencia que se suele crear en las discusiones virtuales no tiene como resultado más que la desaparición de los sitios más valiosos. No es tan difícil y una conversación menos crispada es posible. 

  1. Wal    Oct 18, 09:09 AM    #
  2. Mara Bragarnik    Oct 18, 09:12 AM    #
  3. Noriega    Oct 18, 10:10 AM    #
  4. roberto    Oct 18, 10:33 AM    #
  5. Miguel Sedoff    Oct 18, 10:40 AM    #
  6. tausk    Oct 19, 07:50 AM    #
  7. Reina Coral    Oct 27, 02:08 PM    #

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