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Sans camoufler

20 10 2006 - 09:31

A Ernesto, Huili y Puri.

El último fin de semana, laaaargo, por el homenaje a los muchachos de la armada española que anclaron en Dominicana en 1492, fue soleado y un poco ventoso, primaveral en la forma, el asunto de los arbolitos en flor, pero otoñal en el contenido porque a la sombra había que abrigarse o putear debidamente por el fresco, que sería algo así como: “la concha de su madre, salí sin el buzo”. En cualquier caso fue amable, casi perfecto, si comparamos con otras regiones y más si no se es demasiado pobre y hay, por lo menos, tres pesos para un café al aire libre sobre la vereda del sol. Ahí, sentados con la espalda estirada, con el pilón de diarios en la mesa y la magnífica cara de orto que Dios nos dio (dio no dio), solos o acompañados, pensando en todo lo que nos podría pasar si nos tomáramos el trabajo, pudimos comprobar el último grito de la moda, que no es exactamente un ¡ey!, sino algo así como un ¡¡march…!!

Pareció un accidente estadístico cuando antes de mediodía había visto sólo a setenta y dos personas vestidas igual, pero cuando a media tarde llevaba contadas trescientas nueve me dije, porque hice cinco materias de Socio, que era una estructura, una tendencia firme. Resulta que legiones de vecinos de todos los colores, de todas las suelas de zapatos, los nacidos y criados en Palermo pero también las parejitas llegadas de Flores al microcentro de Armenia y Costa Rica, a conocer el ghetto perfecto y que se acomodan en los bares equivocados, agarraditos de la mano, pegados a la ventana, emocionados por el paseo; todos ellos, salieron a la calle vestidos con una prenda de camuflaje a la vista. Hablamos de remeras ajustadas para los hombres, con alguna inscripción equívoca como army of souls, y pantalones para las mujeres con el tiro bien corto, para que se les marque la cola y la raya de la misma.

La moda es global y entiendo, como dicen los abogados, que recién está empezando en Buenos Aires, por lo que en las próximas semanas veremos más y más prendas camufladas hasta que la cantidad de compañeros vecinos disfrazados como para la guerra, nos genere la inquietud, a los que intentamos liderar sin éxito esta comunidad, de por qué no cagarnos a tiros de nuevo entre nosotros (olviden San Vicente porque distrae). La pregunta llegará recién en noviembre y explotará en Navidad cuando los arbolitos se llenen de musculosas, bermudas y boxers camuflados. Para entonces, la guerra debería resultarnos completamente indiferente. Pero tenemos un problema. El primer síntoma de mis dificultades para liderar a las masas es que ni hoy ni en Navidad sabría a quién matar con mis manos o mandar a achurar primero.

Cuando es política, la duda se puede disfrazar de un cálculo sofisticado, táctico, que encubre déficits más pesados en la personalidad. Así es que me pregunto: ¿Cómo armás hoy esa lista de buena fe? ¿Quién es mi Aramburu? ¿Eh? Jodido el orden. Sobre todo si tenés opinión formada sobre cinco o seis temas distintos y le podés tener tanto hambre a la conchuda de Nilda Garré como al anormal de José María Muscari, un teatrista con ¡un entusiasmo! que es para ir a cagarlo a trompadas sin sacarte los anillos, en caso de un alto el fuego pedido de urgencia por la ONU, y abrirle la panza como un médico filipino y sacarle las tripas. El orden, por otra parte, no te lo puede dar la fortuna del tipo que te vas a cargar, en el sentido de que la base material determina la superestructura del orto y que, por eso, por los ricos hijos de puta es que estamos como estamos, porque nuestro primer crimen debe ser político, esto es simbólico y factible. Puede ser rico o puede ser uno de esos forros que están por la mitad. La culpa, llegado el caso, es lo de menos; ya maté tantos boludos en sueños que cuando me toque hacerlo, será un dejá vu, un dejá soñé sur la plage abandonnée.

Esas prendas de camuflaje, en mi recuerdo de innumerables paseos sórdidos por el centro porteño, se vendían —antes de esta asimilación repentina por la moda oficial— en puestos que decían rezago militar debajo de la 9 de julio en ese largo túnel de luz blanca que une Cerrito con Carlos Pellegrini, del cual, si bien se sale vivo, se emerge sin esperanzas para lo que quede del día en que cometimos el error de creer que evitando semáforos y autos llegaríamos más descansados y mejores personas del otro lado del río. Desde la primera vez que fui por ahí abajo supe que estaba todo irremediablemente mal y para siempre; y, sin embargo, me sumergí una y otra vez en ese pasadizo horrible con la ilusión de que un día me iban a devolver una pared con colores. Esa tendencia a buscar y buscar donde no hay, algo lindo, vida con la que podamos conectar, es la peor cara de la esperanza. Es consanguínea de la estupidez.

Cuando la esperanza queda liberada de la compulsión a la repetición es lo mejor que hay. Ahí sí, ves. Estás fresco, la vida es un pizarrón verde y a estrenar, el mundo es un salón a 23 grados con olor a jazmín. Me gusta sentir la esperanza, que algo me la da, aunque más me gusta sentir que es alguien el que la ofrece. Y es con personas que uno celebra vínculos históricos y amorosos y con quienes hace memoria común.

Los compradores de aquella ropa camuflada en aquellas tiendas bajo la 9 de julio eran habitualmente tipos piantados que vivían con la madre, muchachos de ojos tristísimos cuando toman el café con leche en tazas blancas como de hospital. También la compraban compañeros que asistían a recitales de heavy metal o de bandas como Cadáveres de Niños y que, sin ser estrictamente piantados —porque de mañana iban a la facultad, y tenían rutinas productivas y proyectos—, se ponían castrenses para salir de noche como forma de marcar diferencia con otros fenómenos paranormales como el de Soda Stereo. ¿Qué les querían decir estos soldados de la noche a los fanáticos de Soda? Yo creo que algo que no tiene nada que ver con la dictadura, León. En ese caso el pantalón verde no era un elogio metonímico del terrorismo de estado, aunque sí era, si querés, algo previo, como su precalentamiento, algo así como qué bien que les vendría a estos putos hacer la colimba, un poco de esfuerzo, carajo, un mate cocido a las cinco de la mañana, sabés como se te acaba la sobredosis de tv.

Ahora, me refiero a hoy, no sé qué sentido tiene el camouflage pero no deja de alegrarme que a la hora de comprarse el atuendo, la gente sienta que no será confundida con algún mogólico del 601 que metía máquina. Cosas así liberan. Aunque sea inevitable que una ciudad donde todas las personas están vestidas de fajina nos genere una fuerte inquietud a los líderes morales. En fin, dejo esta materia para los historiadores o forenses que se ocupen de esta época en el futuro.

A lo que yo iba es que pensando en uniformes, el que me parece mejor o ese del que no me puedo desprender es el guardapolvo blanco. En fin, me pone el borde del populismo.

—¡Qué fantasía pelotuda!

—¿Por qué no me cojo a Canela, si soy así de forro?

Bueh, es que toda mi religión inconsciente se resume en un guardapolvo blanco. Tomarse el colectivo a la mañana, que tus papás crean en los maestros, que los chicos estudien e integren un coro, que una tarde acompañen a un compañerito internado y vayan todos los nenes del grado al hospital, vestidos de civil y se vean entre ellos por primera vez fuera de la escuela en algo que no es un cumpleaños… Y esa lenta integración al mundo real, al mundo de los adultos, a esa película que dura como quince años hasta que empezás a ver las costuras de las cosas. Eso es todo en lo que creo y todo lo que he sido.

Para esta época del año, octubre, sol, remeras cortas, los pibes de cada quinto año, de cada año, del Normal Mariano Acosta, sea que marcara la cancha Isabelita, Videla, Viola, Leopoldo Luque o Alfonsín, arrancaban durante el recreo largo de media mañana una vuelta olímpica espectacular que encabezaba el más quilombero o desubicado de cada tanda y que tenía en la cola al más cagón o respetuoso de cada curso que, por supuesto, no siempre significa lo mismo. Eso, en el arranque, porque al final del recreo había doscientos tipos de todos las divisiones del secundario y chiquitos de varios grados involucrados haciendo la cometa.

El Acosta es un edificio de dos plantas que ocupa tres cuartos de manzana entre las calles Urquiza, Moreno y 24 de Noviembre, con idas, vueltas, escaleras, catacumbas, laboratorios, vivienda del casero y hasta residencia para un yacaré; por lo tanto, la murga era larga, interminable casi siempre, e inevitable para todos. La recorrida tenía paradas fijas, pequeñas tomas amistosas como el buffet atendido por un señor al que le decíamos “cariño” porque él nos decía “cariño” a nosotros y por su esposa a quien llamábamos simplemente tía. Luego se avanzaba sobre la “imprenta” de Williams, un hombre que funcionaba en cámara lenta y sacaba fotocopias y después salíamos al patio, que era la clara representación de la libertad. Volviendo por la planta baja, los nenes de primaria terminaban en andas de los secundarios y los maestros saludaban con el pulgar derecho y una sonrisa sincera, como de pueblo, a los pibes que tuvieron de alumnos diez años antes y estos maestros de apellidos Politti, Carrara o Albanese, que también usaban guardapolvo blanco, tenían apretada en el bolsillo superior una boleta de Prode con una Bic.

El ruido de un recreo durante todo el año se caracteriza por no exceder un murmullo gritón de fondo, sin melodía, unos goles cantados por nenes con voces finitas, ponele que un campanazo robado por un pibe alto que llegó a la soga, pero no más. Luego el timbre, formar, si había que formar, al aula y al silencio. Hasta algún día de octubre en que sin aviso, sin cálculo, porque llegó la temporada, escuchabas la canción a lo lejos “tengo las bolas por el pisoooo, naaaaadie me lo va a negar eeeeste es el último añooooo, ya nos vamos del Normal”, que crecía un punto de volumen en cada reinicio. Salías al patio y veías a la banda de boludos grandes con guardapolvos saltando sobre los pisos superiores de cerámicos antiguos sostenidos por columnas de hierro. De lejos y de abajo, podías ver la oscilación del suelo. Era una fiesta, era una cosa de locos, estaba permitida, estaba bien, y lo mejor de todo es que a veces terminaba mal. Y ese momento en que estaba por terminar mal, que si querés es como el instante previo a un diluvio cuando olés esa lluvia que ya llovió a lo lejos y que el viento te trae para que te prepares, eran como siete desembarcos en Normandía. En andas a los ocho años o cargando un pendejo en los hombros a los dieciocho, saltando en masa, excitado por la ondulación del suelo, cantando, que lo parió, nunca fui tan feliz.

De repente, alguien bajaba una persiana que no había que bajar. La que separaba la parte más antigua del edificio y el ala más nueva a la que llamábamos Siberia porque los materiales con los que fue construida no aislaban tan bien el frío del invierno como la otra. Era una persiana de madera y marrón que se cerraba desde adentro de Siberia y que si los canas de los celadores quedaban del otro lado, era quilombo grosso en serio, porque significaba al menos doscientos menores sin control. Los ordenanzas la enganchaban en altura con una cadena y, entonces, había que trepar para descolgarla y que cayera hasta escuchar el ¡blum! en el suelo. A los ocho, a los diez, a los doce, a los catorce, a los quince, dieciséis, diecisiete y dieciocho años, cada vez que eso estaba por pasar, tuve una sensación física que puedo definir sin exagerar y sin metáfora como pre eyaculatoria.

Después, el sudor, la calentura, el arrebato contra la cortina, con los puños, gritando “hijos de puta, hijos de puta”, “la concha de su madre”. Me colgaba de la cadena de la campana, alentaba a los demás levantando los brazos como los futbolistas que piden presión de la tribuna, yendo aula por aula de Siberia para reclutar buenos salvajes, saltando sobre los listones de madera del suelo, viendo la ondulación, sintiendo el quilombo en las rodillas.

Cuando terminé el secundario me pasaron muchas cosas, todas muy obvias; trabajar, mantenerme, hacerme grande y aguantarme la mersada ambiente. En todos los casos, siempre busqué restaurar aquella sensación del despelote escolar, la clausura de Siberia y que nos vengan a buscar. Todos los días de mi vida fui y soy un chico sudado debajo de un guardapolvo blanco pegándole con el puño a una cortina, trepándola, zarpado, promoviendo una fuga o un encierro y gritando con toda mi alma: ¡la concha de su madre!

  1. ajv    Oct 20, 11:52 AM    #
  2. scrip++    Oct 20, 12:12 PM    #
  3. sergio    Oct 20, 01:16 PM    #
  4. Eugenia Mitchelstein    Oct 20, 01:55 PM    #
  5. Ezequiel Hara Duck    Oct 20, 02:02 PM    #
  6. Fernando Pérez    Oct 20, 02:42 PM    #
  7. jorge    Oct 20, 03:21 PM    #
  8. Santiago Llach    Oct 20, 03:48 PM    #
  9. sergio criscolo    Oct 20, 05:09 PM    #
  10. Marcelo    Oct 20, 07:45 PM    #
  11. Sandunga    Oct 20, 08:49 PM    #
  12. DagNasty    Oct 21, 12:42 AM    #
  13. didiego    Oct 21, 02:50 AM    #
  14. Huili Raffo    Oct 21, 02:59 AM    #
  15. Puri    Oct 21, 08:54 AM    #
  16. gemeloscocteau    Oct 21, 08:56 AM    #
  17. Huili Raffo    Oct 21, 09:05 AM    #
  18. simismo    Oct 21, 10:08 AM    #
  19. pedro    Oct 21, 01:59 PM    #
  20. Samurai jack    Oct 21, 02:53 PM    #
  21. Sandunga    Oct 21, 08:49 PM    #
  22. Samurai jack    Oct 22, 12:12 AM    #
  23. Puri    Oct 23, 09:33 AM    #
  24. hernan    Oct 25, 03:00 PM    #
  25. martin lerma    Oct 27, 12:35 PM    #
  26. Carl Schmidt    Oct 28, 10:00 PM    #
  27. Laura Sanchez    Oct 28, 10:02 PM    #
  28. Eche Nike    Nov 2, 12:48 PM    #

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