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21 10 2006 - 15:29

Creo que si me pongo el jumper del uniforme que usaba en la secundaria, en vez de parecer una mujer disfrazada para la conquista sigo aparentando una nena de quince. Debe ser por eso que me relaciono con gente que me lleva entre diez y cuarenta años, y que cinco veces por semana (como mínimo) me pregunta la edad. Tengo 22 años y ocho meses, pero como nací el día bisiesto de 1984, cumplidos posta tengo cinco y voy por el sexto a los 24.

Entonces levantan los hombros, se echan para atrás y mirándome de costado preguntan:

—¿Vos cuántos años tenés?

—Veintidós.

Y ahí empiezan a decirme lo chiquita que soy, que no me preocupe por nada porque tengo mucho tiempo por delante y me empiezan a contar que a mi edad estaban en babia y que tengo futuro y sangre. Sí, de la roja.

Pero en el campo de valores actual la juventud es un mérito. Entonces empiezan a aparecer los escritores de menos de 35 que se jactan de ser jóvenes. Me parece una buena idea de marketing que no tiene nada que ver con la literatura. ¿Acaso hay una edad para empezar a escribir? ¿Uno es mejor porque es joven? ¿O es que se valora el tiempo que tienen para desarrollar “la obra”? Si “la obra” más que tiempo necesita talento, y si bien los talentosos lo son siempre, productivamente se explicita en un tiempo determinado. Además, ¿cuántos libros hay que escribir para que se haga obra? Las fotos de la solapa se pueden retocar (si es que llegan a aparecer en la solapa de su libro) y los dolores de espalda nos afectarán por siempre a todos.

Se asocia a la juventud con el ruido y el descontrol. En las fiestas empañadas de alcohol la represión cotidiana se transforma en un instinto eufórico y animal y se me representa como miseria y nos doy pena. Encima si uno decide ir a una fiesta tiene que entrar con una clave que te mandan por mail del tipo: “Vengo al cumple de Juan”. Si no, vas a un bar habilitado donde te recibe un cuerpo capacitado para agarrarte del cuello y devolverte a la vereda sin posibilidad de réplica y que en vez de “hola”, lo primero que te dice es: “Chicos, documentos por favor”. Adentro la música rompe los parlantes (y las condiciones laborales de sus empleados que deberían cobrar como trabajo insalubre) lo que impide cualquier tipo de comunicación verbal, pero también te prohíben bailar, te anulan el cuerpo, la conquista, en fin. Lo único que te queda es cruzarte con alguien en la angosta escalera que sube al baño. Imposible.

Cuando sos joven las veces son siempre primeras, las sensaciones nuevas vienen con el pack del miedo (y la adrenalina) que genera lo desconocido. Sentimos como los niños, tenemos caprichos, hacemos berrinches, pero tenemos responsabilidades y preocupaciones de grandes. No entendemos mucho de nada. El pasado no es tan largo y tampoco está del todo elaborado, hay un presente repleto de necesidades que se genera a partir de un futuro amplio, blanco, grande, incierto como inmortal y uno pone a funcionar la imaginación a mil para tratar de llenar esos espacios y que el porvenir no nos agarre desprevenidos.

A los veinte todo es una posibilidad de ser y de hacer o al revés. Con lo único que contamos es con tiempo. Los que pasaron los treinta capitalizaron noches, mañanas, tardes y sienten el dolor de lo irreversible. Nosotros, si nos mandamos una cagada, el tiempo es el margen; la desilusión y la tristeza de un momento pasará a ser anécdota en meses. A mi edad, la prueba, el ensayo y error son una constante irreprochable.

Uno termina aprendiendo a reconocer los mecanismos de defensa ante el mundo. A veces mi compu vuela, otras el monitor me parece gigante, y por eso lo cubro con una especie de forro plástico estilo oficina de seguros de los ochenta a punto de quebrar cuya última adquisición fueron unos equipos exportados a estrenar y a cuidar. La dejo caer sobre la pantalla como un flequillo o parche de pirata para acotar el espacio y no asustarme.

Si vas bien, estás cortando el hilo definitivo que te une a tu familia y entrás al mundo adulto. Que es simple. La idea es escapar de dormir en la plaza y para eso te pasás como mínimo un cuarto del día encerrado en un lugar en el que con muchísima suerte (o una maquiavélica convocatoria) encontrás gente copada. Terminás por entender que siempre estás solo y que falte una moneda para el peso es una constante.

Pero yo, con toda la energía veinteañera, no estoy para luchar contra nada. Soy de las que cuando van a un recital y la banda atina a despedirse, no agito para que vuelvan, si quieren volver, mejor, pero si deciden no participar de ese juego histérico de los bises, bien igual.

En el medio del barullo me encontré con gente que hace trabajos prácticos. Donde básicamente aprendí que los matices son al menos más interesantes que las dicotomías tajantes. Que se puede hacer una política moral sin ser moralizadora. Y que el ser humano es una paradoja en sí mismo: no puede vivir aislado pero a la vez le cuesta relacionarse con los otros. TP, merci.

  1. Sync    Oct 21, 06:34 PM    #

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El Bar