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Ultimas obsesiones

22 10 2006 - 04:02

Hace varios días que le vengo dando vueltas a esta nota. Nunca fui bueno para las despedidas. Sobre todo cuando son indeseadas.

Unos días antes de que el cadáver de Perón fuera utilizado para parodiar en San Vicente el enfrentamiento de 1973 en Ezeiza (apropiarse de Perón, vivo o muerto, parece haber sido a lo largo del tiempo la mayor obsesión peronista), la televisión mostró un episodio singular. A raíz de un conflicto sindical en el Hospital Francés, treinta matones (imprecisamente llamados “barrabravas”), treinta individuos de actitud amenazante y aspecto siniestro golpearon salvajemente a empleados, periodistas y a un diputado nacional. Luego se atrincheraron en el edificio protegidos por la policía federal, a cuyos agentes trataban con singular confianza. Cuando la prensa le preguntó al comisario a cargo del operativo por la pistola al cinto que portaba uno de los cabecillas de la banda, respondió que el arma se le había caído a un vigilante y que el patotero la recogió para devolvérsela. En seguida se supo que los parapoliciales respondían a un tal Capaccioli, acólito del ministro Alberto Fernández, y que uno de sus personajes más vistosos era empleado ñoqui del Gobierno de la Ciudad, congresal del PJ metropolitano e integrante, como sus compañeros, de la juventud kirchnerista. La agresión se completó con un discurso macartista del interventor del hospital (que convocó a la patota pero atribuyó los hechos de violencia a “la izquierda”).

Si uno intenta imaginar a los presuntos secuestradores de Julio López, la imagen que obtiene de ellos se parece mucho a la de estos mercenarios al servicio del gobierno. Si uno carece de imaginación pero, en cambio, tiene buena memoria, puede evocar las caras que había en el palco de Ezeiza el 20 aquel de junio de 1973.

No puede ser progresista un gobierno que maneja estas patotas, estos métodos, estas costumbres. No es progresista un gobierno que colabora en la reelección indefinida de impresentables sátrapas provinciales. No es progresista un gobierno que se apoya en servicios de inteligencia nunca depurados para armar operaciones de espionaje y desprestigio de sus opositores. No es progresista un gobierno que descree de la división de poderes e intenta manejar el parlamento y la justicia como sus apéndices. No es progresista un gobierno que provoca conflictos constantes con las naciones vecinas por meros cálculos electorales. No es progresista un gobierno que quiere bajar los precios mediante el adulteramiento de los índices y la intimidación. No es progresista un gobierno que practica el clientelismo como paliativo de la miseria y el subsidio a los poderosos como método de control de la economía. No es progresista gobernar con una corrupción como la que impera y tener a disposición cada vez más fondos de los que no hay que rendir cuenta. No es progresista un gobierno que cree en consignas políticas que atrasan cincuenta años y que hace alianzas estratégicas con regímenes en los que es imposible pensar un futuro mejor para sus ciudadanos.

Sin embargo, entre los progresistas argentinos es de buen tono ser kirchnerista. Como es de buen tono indignarse cuando se califica de dictador a Fidel Castro. Se trata del mismo país en el que los progresistas están acostumbrados a despreciar las libertades democráticas y los derechos civiles. Formalidades burguesas las llamaban en los setenta, excusas reaccionarias les dicen ahora a la pretensión de vivir sin que el poder se concentre infinitamente para forzar las leyes y abusar de su autoridad. Los derechos humanos, en los que el actual presidente no creyó nunca, son la coartada de una política que solo los tiene en cuenta los que se violaron hace treinta años. Parecería que a Kirchner le bastara reabrir los juicios a los viejos represores para legitimar la suma de caprichos, torpezas, crueldades, actos frívolos e irresponsables que constituye su gestión de gobierno. Si alguien expresa entre progresistas una opinión contraria a este oportunista tan poco oportuno que nos gobierna, tan dispuesto a hacerse suceder por el diluvio, es enviado al rincón de los reaccionarios y sólo parecería tener en los medios de derecha un lugar para expresarse. El resto es obsecuencia y silencio.

Me pregunto seguido por qué ocurre esto. Por qué es tan cool, tan elegante ser oficialista entre la clase media ilustrada. Sospecho que algo tiene que ver nuestra fabulosa incultura política. En la Argentina se sigue analizando el mundo con las consignas de la Guerra Fría, bajo la obligación de pertenecer a uno de dos supuestos bandos. Y si no, cuenten cuánta gente hay que se oponga a las violaciones de los derechos humanos en Cuba, que reclame un sistema democrático para la isla y que, simultáneamente, repudie la invasión a Irak y la política israelí de injusticia, persecución y muerte hacia los palestinos. Las respuesta es que muy pocos. Hasta hay algunos que apoyan a Cuba, a Bush y a Israel. Y a Kirchner. Es que también somos muy pragmáticos y nos parece que el que tiene el poder algo (bueno) habrá hecho.

Pero creo que hay otra razón para que a uno lo miren mal cuando despotrica contra el gobierno. Es que a muchos les va bien con Kirchner. Digo, a muchos periodistas, intelectuales, escritores, cineastas, etc. O por lo menos piensan que les va a ir mejor si se callan y esperan un cargo, un subsidio, un trabajo, un viaje. La tan asimétrica recuperación económica argentina beneficia a una parte de ese sector social. Y así, a diferencia de la época de Menem donde solo Jorge Asís y Pacho O’Donnell se atrevían a ser funcionarios culturales, hoy hay muchos más candidatos como José Nun que con su Congreso de Cultura para funcionarios y sus espectáculos en las canchas de fútbol parece haber descubierto de viejo los placeres del bufón y el demagogo. Pero es un hecho que la gente linda es kirchnerista, por acción u omisión.

La clase media ilustrada no es muy grande. Y tal vez nunca como ahora sintió que se le abrían los pasillos del poder (hubo un embrión de kirchnerismo en la era alfonsinista). Si se tira del hilo de un intelectual que contribuye a la propaganda oficial, se descubrirá pronto un pariente en las filas del gobierno. O, al menos, una enorme red de amigos y contactos que atraviesa las nóminas de pago de los ministerios, secretarías, organismos descentralizados y medios de comunicación. El kirchnerismo va produciendo una casta burocrática en la que son bienvenidos los que durante mucho tiempo creyeron que morirían siendo opositores. El clientelismo kirchnerista no se agota en los ómnibus que se llenan con los beneficiarios de planes sociales. También son clientes, y de los mejores, los que se nutren de la información que el gobierno suministra, los que se sienten parte de su red de relaciones. Como esa estructura es piramidal, como todos responden a la voz del amo a pesar de las infinitas internas y, sobre todo, como es peligroso no cobijarse bajo el paraguas oficial, el sistema crea una coraza que protege al poder de la maledicencia, un ejército de defensores anónimos pero entusiastas que van desde los ejecutores de la propaganda a los tímidos y vergonzantes que nunca confiesan ser oficialistas pero no comunican más que la doctrina oficial.

De la cooptación, de la censura y del miedo pero, sobre todo, de esa nube de contactos informales e interesados, proviene el silencio que muchos han empezado a advertir en el espacio público y hasta en la vida cotidiana, como bien advierte una lectora de Junín. Ya no es una vergüenza dentro del progresismo ocupar un lugar en los medios para repetir lo que quiere el gobierno. Antes, los mercenarios de la prensa al servicio del poder eran de derecha. Hoy, muchos son de izquierda. La asombrosa ética periodística local confunde la militancia con el derecho a mentir en nombre del Estado. Nadie cree que vayamos a sentir un día por la mayoría de los redactores de Página/12 el desprecio que hoy generan Neustadt o Gómez Fuentes. Nadie piensa que dirigir la agencia oficial de noticias como lo hace su actual titular llegue a ser un día motivo de vergüenza. La obsecuencia es un inconveniente para la convivencia del futuro, porque mucha gente comprometida con estas miserias humanas y profesionales ha quemado las naves. Pero el cambio impulsa el arrivismo de un conjunto significativo de intelectuales en camino hacia un destino de funcionarios.

A pesar del silencio mencionado, cada día recibo una andanada de mails contra Kirchner. Los envía un grupo de ultraderecha, que reivindica o niega las atrocidades de la dictadura en el más puro estilo de la retórica neonazi. Debo reconocer que nunca creí que volviera a circular ese tipo de literatura, como nunca creí que pudiera ocurrir la desaparición de Julio López. Pero ¿debería uno hacerse kirchnerista solo para estar lo más lejos posible de esta escoria? La respuesta es no. Pero es indudable que la vocación del gobierno por volver a los setenta va trayendo una serie de consecuencias cada vez más peligrosas e indeseables. ¿Deberemos elegir entre Kirchner y Blumberg, así como los nostálgicos nos quiere hacer creer que alguna vez debimos elegir entre Videla y Firmenich? Negarse a esa elección es mantener vigente la posibilidad de vivir en democracia en el futuro. Pero nos empezamos a alejar cada vez más de ese día.

La política kirchnerista ha desprotegido a Julio López y pueden ocurrir otros episodios de esa naturaleza. Me gustaría hacerle una pregunta muy frontal al lector: ¿Cambiaría la reaparición con vida de López por la libertad de todos los represores de la dictadura? Mi respuesta personal es que sí, que si de mí dependiera, lo haría sin vacilar. Pero si la respuesta es positiva, hay que señalar que eso es lo que hicieron los gobiernos constitucionales que precedieron al de Kirchner. Alfonsín, Menem, De la Rúa y Duhalde, compartieron implícitamente una política de Estado en relación con los militares. Consistió en eliminar a los militares como factor de poder político a cambio de no perseguirlos hasta sus últimas consecuencias. Esto fue lo que ocurrió en estos años de democracia sin desaparecidos y con una paulatina ausencia de las viejas marchas militares y el peligro que siempre insinuaron. Las distintas medidas tomadas estos años fueron tal vez demasiado cautelosas o directamente cobardes, pero también fueron efectivas. Cuatro gobiernos democráticos mantuvieron una política de prudencia en esa área. Cuando se recuerda esos años, se suele hablar de los desastres de los que gobernaron y estos no fueron menores. Pero esos veinte años, con sus terribles crisis de toda índole, con sus víctimas injustificables, preservaron también las instituciones y, en conjunto, fueron alejando los fantasmas de la violencia y la persecución. Kirchner, en cambio, ha decidido enarbolar un purismo justiciero que no puede proteger a los que no tienen guardaespaldas ni garantizar que casos como el de López no se repitan. ¿O serán las patotas del Hospital Francés las fuerzas de choque que nos defiendan de los fantasmas del pasado?

Como medio para mantener la vigilia y esperar que los fantasmas del presente se disipen, resultaba muy útil este site. Hasta siempre.

  1. whgp    Oct 22, 04:17 AM    #
  2. Eric    Oct 22, 06:04 AM    #
  3. Samurai jack    Oct 22, 06:42 AM    #
  4. leon    Oct 22, 09:27 AM    #
  5. tebele    Oct 22, 12:53 PM    #
  6. lucy    Oct 22, 02:31 PM    #
  7. Boudu    Oct 23, 08:01 AM    #
  8. Isidro Beccar Varela    Oct 23, 08:05 AM    #
  9. Clark    Oct 23, 08:59 AM    #
  10. Huili Raffo    Oct 23, 09:14 AM    #
  11. FT    Oct 23, 09:20 AM    #
  12. Boudu    Oct 23, 11:15 AM    #
  13. Leo    Oct 23, 12:09 PM    #
  14. Martin    Oct 23, 12:13 PM    #
  15. mauricio gasparini    Oct 24, 12:28 PM    #

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