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Loser Wins

23 10 2006 - 09:27

Siempre me ha dado bastante vergüenza participar en debates frente a gente que no conozco bien: tengo la sensación de lo que estoy a punto de decir es terrible, y que el destinatario de mi puñalcito retórico no sólo se va a ofender sino que va a pensar que soy una mala persona, un agrandado, un ignorante o una combinación variable de cualquiera de las tres. En mis diálogos conmigo mismo –en la moto, en el subte, en el primer intento de cada noche por tratar de dormirme— mis opiniones son devastadoras para casi todo el mundo, y en esos monólogos contra la almohada, en las noches que no imagino goles de tiro libre o pases-gol, invento debates con enemigos a los que destruyo y ellos, lejos de enojarse, se quedan mudos ante la revelación que han supuesto mis argumentos.

En la vida real eso no pasa, no sólo porque casi nunca vi a nadie reconocer su derrota en una discusión –en la oratoria hay muchas maneras de hacerse el lesionado o fingir un codazo del rival—, sino porque además cuando llega el momento de la verdad, de decir algo hiriente o desmoralizador, al final no hago ninguna de las dos cosas: tartamudeo, contemporizo, digo “sí, bueno, en algún punto tenés razón”, cosas así. No sé bien por qué es: la tribuna psi dirá que tengo pánico a caer mal, lo que es un poco verdad; pero también creo que es porque soy un poco cobarde y porque en el fondo me doy cuenta de que tampoco vale tanto la pena. Esto lo digo sin ninguna ironía: estoy bastante podrido de las discusiones en las que dos o más personas se pelean desde sus trincheras a ver quién dice el lugar común más contundente o quién pone al otro en la chicana más perversa. En el fondo, y en la superficie, no es más que otra medición de penes, como ver quién tiene el auto con más chiches o el gato con más tetas. Me gusta discutir con gente con la que me parece que tengo algo en común, pero no todo, y que en el chapoteo del charquito del medio podamos hacer avanzar algún tema, sacarnos de encima algún mito: salir un rato de la trinchera y jugar a la pelota, como los soldados franceses y alemanes en el video de Pipes of Peace, de Paul McCartney, al que no he vuelto a ver desde Johnny Allon circa 1984 y cuyo populismo sensiblón, exagerado por tambores militares y esa flautita, todavía me pone nostálgico.

Aún así, pese a mi complejo de que tengo aversión al conflicto, de que prefiero demorar las soluciones de todas las cosas, mi participación en TP ha sido sorprendentemente polémica: de hecho, y esto lo digo con mucho orgullo, soy el colaborador de TP que más veces ha sido atacado e insultado en las propias páginas de TP, con mucha diferencia sobre el segundo. En páginas como ésta me dieron para que tenga, en orden cronológico, Guillermo Piro, Ernesto Semán, Roberto Gargarella, Tomás Abraham y Gustavo Noriega. [Quintín no me prendió fuego: me fue tostando de a poquito.] De todas estas personas, la única que respondió a una humillación mía anterior fue Gargarella, cuyo artículo sobre la televisión rompió un fusible en mi cerebro y me llevó a escribir en un tono que casi nunca había usado y no he vuelto a usar. Los demás, algunos con más humor, otros con menos, saltaron motu proprio, como animados por una misión humanitaria y la necesidad de devolver al mundo a la senda de la virtud.

En mi vida privada no tengo nada de masoquista, pero, por alguna razón, como decía un amigo de Christopher Hitchens sobre el propio Hitchens la semana pasada en el New Yorker, en la vida pública de TP he descubierto con no poca sorpresa que me excita que me fajen. Quizás “excitarme” sea un poco exagerado, pero debo decir que cada uno de estos artículos me confirmaban que mi puñalcito había tocado un nervio sensible, y que sólo por eso ya todo valía la pena.

Hace un par de semanas leí, por motivos profesionales, Enemigos, la larga entrevista que Ernesto Tenenbaum le hizo a Claudio Loser por email y que fue publicada en forma de libro el año pasado. Es un libro que muchas veces está a punto de conseguir un milagro pero al final siempre se queda corto, y en el epílogo Tenenbaum decide mandar todo a la mierda. Hay momentos en los que Tenenbaum, baluarte del antimenemismo y del progresismo mediático reciente, parece tener ganas de entender, de saber por qué los tipos del FMI hacían las cosas que hacían. Pero al final no lo hace. Es inquietante, en cambio, que Loser sí se permite reconocer errores y que sea él quien está mucho más predispuesto a salir de su trinchera. También es posible que Loser tenga más errores para reconocer que Tenenbaum, pero al final me quedó la sensación de que Loser era un tipo obcecado y triste pero bienintencionado, y que Tenenbaum era igual de obcecado, algo menos triste y menos bienintencionado. El periodista quería que el entrevistado le admitiera y pidiera perdón por todas las acusaciones que él tenía guardadas en el bolsillo desde hace diez años, como hago yo en mis divagaciones pre-sueño o esperando el subte los días de lluvia. Cada vez que Loser le contestaba algo sensato que no cuajaba con su denuncia, Tenenbaum se enojaba. Cuando Tenenbaum, en cambio, demostraba que se estaba burlando del riesgo país sin saber cómo funcionaba, Loser no aprovechaba para clavarle una daga. (Enemigos, por otra parte, aunque esto es algo menor, es probablemente el único libro de la historia en el que el nombre del autor del prólogo está mal escrito: Fernando Henrique se llama Cardoso, no Cardozo.)

No es que quiera ahora caerle encima a Tenenbaum, que me parece en general un tipo bastante abierto al diálogo y a decir lo que piensa. Lo que sí creo es que en algún momento sí tuvo ganas de entender al enemigo, de abrir una pequeña grieta en su propio relato facilongo, pero que al final arrugó, en parte por las famosas presiones del entorno. Lo dice él mismo, al principio del libro: sus compañeros de Veintitrés y sus amigos lo gastaban porque tenía relación con un tipo del FMI.

Pero estoy hablando demasiado de Tenenbaum, quien, repito, me sigue cayendo bien. Lo que quería decir es que leí el libro al mismo tiempo que en el mail interno de TP empezábamos a masticar la idea de despedirnos. Como Enemigos tiene un cierre deprimente —“el diálogo es imposible”—, me di cuenta de que en algún punto en TP, con el cierre, le estábamos dando la razón a los que se sienten cómodos en la guerra.

Después también pensé, o por lo menos tengo esa sensación, que el folclore kirchnerista con el que nos habíamos cebado hace un año, hoy está más ablandado. Ya nadie se lo cree tanto. La caricatura de 2003-2004, fanfarrona y prepotente, ha perdido lustre. Los propios kirchneristas empiezan a admitir, por fin, muchos en privado, algunos como Artemio López en público, altos grados de sanata e ironía en su discurso. Creo que en ese sentido, ayudado por el solcito del crecimiento al 9%, el clima algo ha mejorado. Nadie debate nada, nadie habla con nadie, pero creo que la pátina pedante y patotera del primer kirchnerismo intelectual se ha adelgazado o derretido. De hecho, creo que estos últimos meses son los más herbívoros del gobierno de K, como si estuviera corto de proteínas, muerto de ganas de dormirse una siesta delarrúica hasta la campaña del año que viene.

Me gustaría pensar que TP ha tenido algo que ver en todo eso, que un poco contribuimos a que se discuta mejor. Y que si Tenenbaum escribiera hoy ese mismo libro se animaría a tomarse menos en serio a sí mismo, y a saldría a chapotear con Loser en el barro de Alsacia y Lorena con la flautita de Paul McCartney de fondo.

  1. Ezequiel Baum    Oct 23, 10:55 AM    #
  2. Nacho    Oct 23, 08:34 PM    #

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