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Pagliaccio

24 10 2006 - 10:59

Una vez el terapeuta me dijo

—Lo más difícil es lo que menos les gusta a las personas: cambiar.

Y como yo tengo un aspecto tirano y otro de víctima, el tirano se la pasa diciéndome: “tenés que hacer aquello que a las personas menos les gusta, lo más difícil”, mientras que el pobrecito dice “y bueeeno, si a nadie le gusta cambiar ¿por qué tengo que cambiar justo yo?”

Empecé un trabajo nuevo, que consiste en ir de payaso por las escuelas primarias. Mi mujer, que es payasa, dice que yo tengo pasta de payaso también. Y me lo creo. Hacemos un número que sale bastante bien. Lo que me da más trabajo es hacerme el nudo del moño. Hace tiempo, una amiga que vino de España me trajo de regalo un moño. Dijo que era especial para mí. Yo tuve el moño ese ahí guardado en el cajón, durante años. No es que no me animara a usarlo, porque tengo bastante desparpajo, pero muchas veces lo ponía sobre la mesa y empezaba a mirarlo y no lo entendía, porque no es un moño ya armado, sino uno de vestir. De esos que se usan con traje de gala. Una tira con panzas. Y cuando quise transformarme en payaso, esto del moño se convirtió en algo fundamental. Así que una tarde, en la sala de ensayo donde hay unos espejos gigantes cubiertos por telas negras, me puse a maniobrar abriendo los espejos y probando nudos, porque las papas quemaban. Era ahí y entonces, o nunca. Al final quedó un moñito más que decente, y yo enseguida me sentí transformado. Como si de repente fuera delgado, o como si hubiera tomado mucho. Estiraba un brazo y era como si hubiera estudiado mimo con Decroux. Cantaba y era como cuando uno ve a esa gente que puede cantar en un bosque y se sacuden hasta las manzanillas ahí abajo. Intentaba tropezar y me caía como un auténtico tropecista.

Todo muy lindo con ser payaso, pero después uno se tiene que meter en las hendijas de la vida. Todavía no intenté trabajar en la calle o en una plaza, aunque fui asistente de otros payasos que sí lo hicieron. Por ahora, nos vamos infiltrando en la comunidad educativa. Y descubrimos que en algunas escuelas bilingües necesitan payasos en francés.

Al principio me agarró un cagazo padre. Apenas empiezo a dar mis primeros traspiés como payaso, que ya me están pidiendo que lo haga en francés. Desconozco el francés. Todo lo que recuerdo de mi educación francesa es que la profesora del secundario, Mme. S., era mala por consenso. Yo pensaba que era mala solamente para mí, y una vez que tenía que dar lección y no sabía nada le rogué a Dios que a ella le pasara algo para que faltara a clase, porque yo no iba a poder faltar. Algo le pasó, porque ese día no fue a clase y yo casi termino haciéndome creyente. Pero digo que era mala por consenso, porque una vez me enteré de que un grupo de tareas integrado por algunos compañeros había vertido un kilo de azúcar dentro del tanque de nafta del auto de Mme. S., lo que parece que le ocasionó serios perjuicios. Sobre todo la humillación de aparecer llorando al frente de la clase. Y un chiste como ese no se lo propinaban a cualquiera, los responsables del acaramelado del tanque de nafta.

Sin embargo, el payasismo es una lengua universal que no se ve interferida por el idioma en que se ejecuta. Algún recuerdo sonoro parece que me quedaba también, y en todo caso el repertorio de un payaso se compone de frases que cuanto más cortas, mejor. Como ser: “Je suis desolé”. O “Ne me quittez pas”. O “Voilà”.

Decía que uno tiene tiene que meterse en las hendijas. Eso significa mucho personal de maestranza apalabrado para que se abran las puertas de los pasillos. Los señores o señoras que están al cuidado de las puertas de entrada, suelen usar bastón y sentarse sobre un banquito. También suelen tener cierto estrabismo, y entonces uno no sabe si esos atributos son discapacidades que se tuvieron en cuenta al otorgarles esos puestos de trabajo, o si acaso son deformaciones profesionales. Al fin y al cabo, si uno tiene que pasarse todo el día sentado en un banquito y mirando para los cuatro costados, ¿qué otra cosa cabe esperar que un caminar inestable y una mirada torcida?

Acá es donde se hace tangible esa vaguedad que nos pasamos escuchando: “transformarse uno para modificar una situación, en lugar de esperar que cambien los demás”. Yo me paso la vida pensando cómo se hace esto, porque cada vez que en la oficina o en el colectivo o en el supermercado intento cambiar de actitud, siempre me encuentro con las mismas necedades por parte de los burócratas, o del chofer o de la cajera. Termino irritado, detestándolos y maldiciendo al hijodemil que nos mete estas normas de civilidad o de maduración o de negociación en la cabeza. Cagándome en la voluntad de cambio. Pero luego voy al terapeuta, que me dice “será que no modificaste realmente tu actitud”. Ahí sí, tengo ganas de empezar a los gritos, pero les temo a las interpretaciones. Y lo peor es que en el consultorio de al lado atienden a un energúmeno que se la pasa todas las sesiones gritando y vocalizando como si le aplicaran alguna especie de terapia alternativa, que para mí es psicodrama. Entonces después de haber pasado el tiempo conteniéndome yo y reclamando que se escuchan los gritos del pibe de al lado, el terapeuta termina diciéndome: “sí, pero mirá qué tranquilo se va nuestro vecino al terminar su sesión”.

Cuestión que en el trámite de atravesar las puertas custodiadas por porteros estrábicos, les provoco el primer impacto cuando me ven acercarme cargando la utilería. Me tratan entonces como tratan los porteros a un tipo que viene cargado de cosas quién sabe desde dónde y que no tiene adónde más llevárselas: paladeando el poder de hacerme volver sobre mis pasos habiendo recorrido un trecho bastante largo con muchas cosas al hombro, y en vano. Yo entonces alabo con entusiasmo la profesión de la portería y su enorme dignidad, ruego, me someto, y el tipo a regañadientes, mirando hacia mis dos costados a la vez, me franquea el paso. Las puertas suelen ser de dos hojas pero me abre una sola, y yo que vengo cargando unos bultos enormes tengo que hacer veinte malabares para pasar por ahí.

Pero una vez adentro, me visto de payaso.

Y ahí, ah, ahí sí. Me apodero de los pasillos. Pregunto dónde está el baño y me lo indican con una precisión tal que podría ir con los ojos cerrados. Me acerco otra vez al portero y me pregunta con entusiasmo si necesito algo más. Si tengo que volver a pasar, me abre la hoja de la puerta que antes había mantenido cerrada. Me mira con ternura, tratando de apuntarme al menos con un ojo, como si yo fuera su hijo y hubiera cumplido en la vida con todo aquello que él esperaba de mí. Hasta deja el bastón a un costado y me ayuda a levantar las cosas que tengo que cargar.

Después hay que tomar posesión del salón de actos. El piano en un costado, tapado por la funda marrón, y todo el lugar está cubierto por una capa de mugre, que desde arriba de las gradas, dispersas, parece la nubecita de tierra que formaba el coyote al golpear contra el fondo del precipicio. Debajo de una grada hay un chupetín usado que reluce de baba. Es como si los nenes usaran forros en un rincón del salón de actos, y me tocara encontrarlos a mí cuando me disfrazo de payaso.

Una secretaria con un tornillito en la mano me aborda cuando salgo al pasillo y bajo por la escalera. El tornillito proviene de nuestra utilería:

–¿Se le cayó a usted? Mire que, en una escuela, esto es un arma mortal –dice.

Pero yo iba a buscar alguna autoridad con predicamento sobre el personal de maestranza. Alguien que limpiara el salón. O que me prestara una escoba y una pala, algo. Teníamos que hacer la función veinte minutos más tarde, y el salón de actos estaba lleno de muebles pesadísimos desordenados, tierra por todos lados, el chupetín usado que seguía en el mismo rincón. Encontré en el camino a la vicedirectora, que me frenó en seco con una sonrisa muy amable y me entregó un manojo de llaves.

–El salón es suyo –me dice–. Le doy el llavero porque por ahí necesitan el televisor, o alguna de las cosas que están bajo llave – y me deja ahí sosteniendo las llaves, pensando para qué podíamos necesitar un televisor y sin atinar a decirle lo del personal de maestranza. El moño sigue funcionando como una varita mágica, aunque no siempre puedo controlar las transformaciones.

Poco a poco, me voy habituando a los momentos previos a una función.

Una vez que logramos despejar el salón, las maestras empiezan a traer a los chicos. Yo tengo que largar la banda de sonido. Esto se hace en una punta del salón, mientras que nuestra actuación es en la otra punta. Estoy vestido de payaso al lado del equipo de sonido y el salón empieza a llenarse de chicos que me saludan. Yo (no sé de dónde lo saqué) no puedo saludarlos de manera muy explícita. A lo sumo una sonrisa, porque si no me voy a salir del papel. Después de un ratito, noto que los chicos lo cubrieron todo, que no dejaron ni un resquicio. Que como están las cosas, solamente podría pasar pisándoles las cabezas, o empujándolos mucho. Y yo tengo pensado un determinado paso de payaso, que no contempla la muchedumbre. Seguro que no voy a hacer a tiempo, que voy a empezar mal y terminar peor. Y es mi debut. Estoy actuando como si yo ya supiera de esto, pero es la primera vez.

Sin embargo, yo sigo sonriendo y esperando a ver qué pasa.

Cuando hay tantos chicos juntos, el griterío es como una nube de moscas. Que parece algo independiente, que sobrevuela con entidad propia, aunque uno sabe que la cacofonía no proviene sino de la suma de los fondos de esas gargantas. En determinado momento, es como si el tiempo estuviera suspendido. Ya entraron todos los chicos y siguen a los gritos, las maestras se dan vuelta y me miran, un poco dándome a entender que ya podemos empezar y otro poco naturalizando el ruido que hay ahí en la sala, como si me dijeran “este es el piso de silencio que tenemos, eh” y todo estuviera en óptimas condiciones.

Yo sigo pensando cómo voy a hacer para atravesar la masa de chicos, porque todavía no aprendí a volar. De repente, sin saber de dónde ni cómo, soy yo el que dice por encima del griterío:

–Attention monsieurs et dames… on va commencer !!– digo, y es como si alguien hubiese hablado a través de mí. Miro para todos los costados y no hay nadie más. Pero los chicos se quedaron todos callados, mirándome. Y a medida que encaro hacia el proscenio me van abriendo el paso. Puedo hacer mi caminar de payaso a la perfección.

Me pregunto cómo hice eso y recuerdo entonces que tengo el moño puesto. Allá voy.

  1. b    Oct 24, 11:11 AM    #
  2. roberto    Oct 24, 11:59 AM    #
  3. Maria Laura    Oct 24, 01:10 PM    #
  4. eleonor    Oct 24, 05:38 PM    #

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