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Llach en la esquina de Banchero

4 08 2008 - 03:39

Bueno, boludo. ¿Hay alguien ahí? ¿Qué pasa que nadie habla? ¿Hubo golpe? ¿O acaso quedamos pasmados con la filigrana oral de Cristina en la conferencia de prensa? ¿Adriana Puiggrós está en la lista de correo y por respeto nadie habla? ¿Esperamos que sea ella la primera, que venga a bajar la línea de la Compañera Presidenta? ¿O todo esto es porque otra vez bajaron de un piñazo en el Madison a Luis Ángel Firpo?

Acá la historia se repite dos veces, la primera como tango y la segunda como canción de protesta.

Me mudé hace una semana al downtown, a Talcahuano y Corrientes, al corazón del chocolate con churros, la esperanza de los teatristas, las esquirlas de antiguos comités centrales. A la grasa misma de la Capital. Al lugar con mayor cantidad de debates sin público por metro cuadrado, cerca de un décimo piso donde está la última sala de cine en la que te miran MUY MAL si emitís un susurro. El barrio de Buenos Aires donde la cultura es cosa seria, no como en Palermo donde se te cagan de risa de todo, te arman un evento medio pavo para presentar un libro, o te venden suéteres de Evo Morales al precio de un salario de trabajador boliviano en la Argentina.

Me pregunto de qué queremos hablar, mientras escuchamos lo que dice la patota, mientras escuchamos a creyentes inverosímiles en la revolución (ahora le dicen “shock redistributivo”) desgarrados en su fe. Esto fueron estos años: se nos fue lo poco de interés en la política que nos quedaba mirando el último acto de una opereta religiosa.

Así que acá estamos, asistiendo a su fe renovada. A su indignación moral. Está bien. La Biblioteca Nacional se convirtió en una unidad básica VIP. Nos habría gustado participar de ese emprendimiento, pero no pudo ser. ¿Vamos a quedarnos hablando toda la vida de ellos, la puta que lo parió?

Ojo, que con ellos la mesa está servida, eh. Esto no es una guerra, ni a lopas. Ese es precisamente el punto: ESTO NO ES UNA GUERRA, HERMANO: nos encanta jugar a los soldaditos montoneros, soñamos con una reproducción en miniatura del asalto erpio al Cuartel de Chihuahua en nuestro hogar. Los que tengan ideas estratégicas para una decoración hogareña tipo museo de la política están invitados a mi modesto PH en la esquina de Banchero. Pero eso: de este lado no hay fierros, ni del otro tampoco. Ni vos sos un hijo de puta, ni yo tampoco. No existen tales lados, bandas, facciones o como lo quieras llamar. Siamo en la lucha simbólica de los tiempos que corren. Eso es lo que molesta un poquito. La imaginación de la orga. Miremos un poco lo que pasa. Acá a la vuelta: los que van a Güérrin después del teatro, los que comen de parado en Güérrin, la fila de los que esperan a las dos de la matina el saldo pizzero de Güérrin, el cartonero que el otro día me pidió que le ayudara a levantar tremenda bolsa con sus pertenencias recién obtenidas a su carrito de dos pisos. ¿Querés llamarlo lucha de clases? Perfecto, lucha de clases. ¿Querés gritar a los cuatro vientos que la violencia es la partera de la historia? Gritalo, hermano, gritalo. Sacate la leche. Pero una vez que acabaste, te ponés a pensar. ¿Por qué hice esto? ¿Al final era una guerra o la guerra estaba en mi cabeza? Pasa eso.

El marxismo es el opio de los intelectuales. Somos lo mismo. Ese es el punto. Pasado mañana, como hoy y como ayer, vamos a estar en la misma repartición, en la misma cartilla de cursos progresistas. O meadero de por medio en el baño de La Academia o en la fiesta de egresados de la Editorial Pindonga. El Negro D’Elía, que me cae mil quinientos puntos, vive o labura acá al lado, porque ya lo vi tres o cuatro veces por Talcahuano en la semana que estoy acá. Yo me lo quedo mirando, y él me mira con una cara de ortin bastante pronunciada. Capaz que cree que soy un cacerola. ¿Cómo me va dar miedo el Negro? Hablemos, gente, que dentro de diez segundos todos vamos a estar mirando las flores desde abajo. Nueve. Hablemos, filosofemos, que lo único seguro es que esto se cae a pedazos en cualquier momento.

¿Y entonces?

Nos habría gustado, nos habría gustado, si no la hubiésemos votado, etcétera. Podemos empezar por emitir lecciones de gramática.

“Un desempate del vicepresidente a favor del proyecto oficial ‘hubiera’ significado arrancarle al Congreso una decisión contra su naturaleza y contra su opinión más extendida.” Wrong, Joaquín: no es hubiese, es habría.

O ir corriendo a cubrir viejas novedades, literatura de la que jamás consumimos. Crímenes imperceptibles de Guillermo Martínez, un grande. El anteúltimo hit del invierno pasado. El tipo vendió como medio millón pero sigue yendo a las fiestas del Grupo Planeta. Va a charlar, a hacer política. Fidelidad a las bases, está bien. Y escribe así: “La navaja de Ockham, hubiera dicho Seldom”. No, Martínez, no. Es habría, otra vez. Habría, la puta que te parió, habría. Si me vas a vender una novela en la que el tono me hace acordar a Borges, o sea, una novela pretenciosa como la concha de la lora, no metas una garrafa gramatical en la primera página. O un “lacónico mail” en la segunda línea: meteme un mail lacónico, la concha de la lora, no un lacónico mail. Pero bueno. Se ve que nos vamos a quedar toda la vida corrigiendo errores gramaticales de los demás. Asistiendo a las expresiones de su fe militante.

Porque hoy agarramos un Cocaine nights y arranca con prosa pedorra, o porque la otra semana la dedicamos a La Cartuja de Parma y los problemas narrativos son horrorosos. Es verdad que el principio, la vida social de la nobilidad milanesa trastocada por la llegada de los toscos oficiales del ejército revolucionario de Napoleón, es demoledor, y también la caminata fantasma del noblecito italiano por Waterloo. Pero con eso, un artista de hoy te arma un videojuego de la puta que lo parió, o una serie histórica mucho más pro, no con un narrador que de repente mete baza y de repente no, o confunde su propia voz con la de los personajes. Stendhal estaba demasiado ocupado tratando de cogerse marquesas para ponerse a pensar en esas boludeces. Más o menos como nosotros acá.

Bueno. No leo los diarios. La banda ancha es una de las cosas a las que provisoriamente habemus renunciado. Tratamos de generar un espacio libre de contaminación informativa. Traduzco para una editorial blanca un estudio cultural sobre autoayuda. Algunos títulos de la primera nota al pie: “American life in an age of diminishing expectations”, “The importance of disappointment”, “The age of experts”. We are in the oven, muchachos. El arsenal retórico se lo llevaron los tituladores ingeniosos de papers y los publicistas de TyC, los guionistas de Pergolini. Pero ya pasó la adolescencia, ¿eh? Y no nos copa del todo el cinismo. Tratemos de darle nombre a los motivos por los cuales estamos así.

Si te ponés a hurgar encontrás plata rápido. “Los pañuelos son intocables”, dice Verbitsky que dijo Kirchner. “Cristina estaba viendo un documental sobre el 73 chileno”. Wainfeld: “Sería la hora del shock redistributivo”. Ahora van por la renta financiera y estamos a favor, ¿eh? Que quede claro.

Tenés dos opciones: o estos tipos no se creen las cosas que dicen o hacen decir, o se la creen de verdad. Yo creo que un poquito se la creen, están justificando sus obras completas. Pero, igual, me resisto a pensar que el motivo por el que estamos así es Kirchner. O el peronismo, si querés.

Resistencia al peronismo, hm, podría decir nuestro analista.

Sí. No queremos quedarnos toda la vida tirándoles balas de salva a los agentes del orden progresista. Pero bueno, se ponen a volar a lo pichones por la opinión pública, ¿qué podemos hacer? ¿Escribir la crítica de la razón agónica, seguir proyectando grandes frescos que nunca serán, u ordenando nuestros documentos privados, nuestros LP, nuestra vieja colección de la revista Envido? La revista Envido! En los setenta cualquier boludo tenía una revista. Feinmann, Horacio González o Dri vienen firmando en los mismos organismos de prensa hace como cincuenta años. Eso es guita, boludo, Victoria Ocampo editaba un fanzine al lado de esto. Estos tienen la Biblio Nacional, la neoprensa de izquierda, las revistas de los porteros, Argentina Televisora Color, las radios nacionales, el montonerismo de Second Life, el motonetismo provincial. Así que nos sacamos el sombrero otra vez ante estos capos.

No sé. Creo, parecería, a la luz de los acontecimientos recientes (ponele lo que pasó desde el número 1 de Envido, más o menos, julio del 70), que tampoco queremos hacer la revolución. Quiero decir: no queremos fingir que queremos la revolución, y levantar nuestro kiosco a partir de ahí, munidos de un pin de Ernesto Guevara Lynch. Pero, así y todo, seguimos más o menos atentos los asuntos públicos y la fiebre publicadora. O más bien: es porque los seguimos más o menos atentos que los revolucionarios de la calle Corrientes nos producen un poco de aprensión. Eso: queremos ver qué pasa ahí, más cerca de los bares que de los centros culturales.

Te ayudaría, pero prefiero filmarte, le dice famosamente el de la cámara a la chica en Proyecto Blair Witch. ¿Es una cita muy remanida o todavía podemos usarla? Me resulta inspiradora, diría, no sé, Batman. En todo caso, se me ocurre esto: tal como lo percibí yo como lector, los Trabajos Prácticos en su origen fue algo así como una conversación publicada.

Se puede arrancar por ahí, ¿no?


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