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Hernanii siempre dice

5 08 2008 - 07:40

Cómo seguir después de esto, ¿no? Qué nervios. Porque tenemos ganas de vaciarnos, de apretar los ojitos y gritar todo eso tan interesante y profundo que tenemos guardado desde hace dos años. Elegimos, sin embargo, contenernos, como si viajáramos barranca abajo en bicicleta; apretamos los frenos con la esperanza de tener razón y de que allá abajo estén las chicas lindas con canastas de frutas y sonrisas como medialunas que nos habían prometido. No nos desangraremos; haremos todo midiendo cada paso, calculadamente. Preferiremos uno largo que uno intenso.

Menos mal que no estuvimos durante el conflicto del campo: fueron cuatro meses muy poco irónicos y muy poco frívolos, en los que todo el mundo se tomaba muy en serio a sí mismo (incluidos nosotros, cada uno en su cubículo hogareño privado) y en los que este ejercicio que empezamos ahora, de vestirnos de mordaces y frívolos para, en el fondo, tomarnos las cosas muy en serio, habría sido mucho más difícil, porque el caminito que nos dejaban libre se había hecho muy angosto. Hubo noches de abril y mayo y junio en las que si me hubiera tocado escribir un daily habría venido por acá tocando una chacarera y anunciando con emoción mi mudanza inmediata a Chañar Ladeado o Vicuña Mackenna. Menos mal que no me vieron aquellas madrugadas, en calzones frente a la pantallita de la computadora, viendo TN en vivo durante horas: sintiéndome parte de un bando. Arrghhhh.

Menos mal que ya todo pasó y podemos volver a posar y pasear nuestra aloofness y nuestro liberalismo igualitario (sic), tan difíciles de lograr en una tribuna donde se usan palabras viejas (oligarca, negro) y todos son tan machos. Ideológicamente, nosotros (mis amigos y yo) somos medio metrosexuales: cuando la cosa se embarra un poco o hay amenaza de sangre, gritamos “¡Animals!”, como los ingleses a Rattin, y nos pedimos un vermú en el saloon o pulpería más cercano.

Todo esto parece joda, pero no lo es: a los gritos no se puede discutir de nada, y menos hacer leyes que sirvan para algo o hacer cualquier tipo de contribución positiva. Tampoco se puede hacer nada si la única forma de organización política-militar a mano es la patota o la montonera (la del rugby, no la de Evita).

La presidenta Cristina dijo el viernes, en un acto en San Martín, este parrafito que pego aquí abajo. Venía hablando de debates y modelos y la “historia nacional y popular”:

Yo siempre digo: cuando tengo alguna duda miro quién se pone del otro lado, y allí simplemente por asociación me coloco del otro.

¿A quién no le parece una frase inmensa y desconsoladamente triste? Para empezar, el “yo siempre digo” es casi de futbolista, una frase que sólo me imagino en TyC Sports en los labios de un ex futbolista cincuentón entrevistado a fondo mientras se cocina un asado y que contesta algo tipo: “Yo siempre digo que si las lesiones no lo hubieran castigado tanto, la Rata Rodríguez habría sido mejor que Caniggia”. Yo siempre digo. Una de las muletillas más inexplicables del mundo del fútbol, súbitamente ascendida a muletilla presidencial.

Pero lo importante de la frase no era eso, por supuesto: eran los bandos, la cosa esa de que durante todos estos años ha estado bien –ha sido una seña de buen progresista: ha valido la pena– comerse los sapos de los Kirchner porque en el otro bando estaban Miguens o Macri o Blumberg. Con dos bandos, la vida del firmante de solicitadas y cartas abiertas se hace mucho más fácil. Y no es sólo un mecanismo inconsciente para protegerse: mucha gente inteligente cree que el mal humor, la crispación, los insultos y la falta de sentido del humor son cosas buenas, son lo más parecido que nos queda a un estado pre-revolucionario.

Por eso quiero acá hablar de Martín Caparrós y Ernesto Tenenbaum, dos que despegaron sus espaldas del velcro oficialista y desde hace unos meses caminan solos y a tientas, en la intemperie, buscando un lugar firme donde afirmarse mientras escuchan de lejos las puteadas de sus ex compañeros. En mi última nota de la primera etapa de TP, me hacía el enojado con Tenenbaum. En la primera de la segunda, le envidio el coraje de hacerse un hueco en Página/12 para publicar un párrafo como éste, opuesto a todos los párrafos de las otras notas alrededor:

Parecía que se trataba de una discusión de ideas, donde distintas personas respetables pueden pensar distinto. Pero resulta que no. Quienes opinan de determinada manera, que a Feinmann le disgusta, se han aislado y no tienen retorno. Se han caído varias caretas, agrega. Por momentos, ante ciertas admoniciones, es difícil no recordar al viejo stalinismo.

Tenenbaum sabe que se está quedando un poco solo. Dice justo después:

Algunas cosas no se pueden decir porque le hacen el juego a la derecha, o hay que decirlas sólo en determinado tono, y quien se exceda de eso queda del otro lado de la línea, cómplice del enemigo, sin retorno, aislado.

Aislado. Uh. Caparrós, por su parte, lleva meses intentando refrescar el debate sobre los años ’70, ahora que los malos están en la cárcel y los buenos en el gobierno. Salir de la multitud le ha costado a Caparrós no sólo los insultos de quienes deja atrás sino, casi peor, el abrazo de aquellos con quienes no tiene nada que ver. Hace un par de semanas, por ejemplo, recibí de dos personas que hasta hace nada despreciaban todo lo que tuviera que ver con Caparrós, sendos emails con links al artículo publicado ese día en la contratapa de Crítica. Un párrafo de la nota de Caparrós:

Por eso estoy de acuerdo con el hijo de mil putas cuando dice que “los guerrilleros no pueden decir que actuaban en defensa de la democracia”. Tan de acuerdo que lo escribí por primera vez en 1993, cuando vi a Firmenich diciendo por televisión que los Montoneros peleábamos por la democracia: mentira cochina. Entonces escribí que creíamos muy sinceramente que la lucha armada era la única forma de llegar al poder, que incluso lo cantábamos: “Con las urnas al gobierno / con las armas al poder”, y que falsear la historia era lo peor que se les podía hacer a sus protagonistas: una forma de volver a desaparecer a los desaparecidos.

La introspección de Caparrós llegó también a sí mismo, a preguntarse por qué hace las cosas que hace. Más allá de estar de acuerdo con él o no –eso no es lo importante: lo importante es el proceso–, es refrescante leer a alguien que parece estar pensando en voz alta, sin medir las repercusiones de cada línea. Un párrafo de otra contratapa, publicada la semana pasada :

Me da envidia el camarada Grossman, que sabía para qué escribía. Ahora no sabemos: me parece que casi siempre no sabemos. Ya no sabemos dónde está el coraje de un texto, dónde su necesidad. En general, creo, escribimos para escribir. Porque es interesante, simpático, satisfactorio incluso, porque no está mal ser escritor, porque se gana algo de plata y un poco de respeto, un par de viajes, la admiración de algunos. Por eso, supongo, escribimos cositas.

En fin. Se me hizo muy tarde y las gambetas que hace dos horas me salían ahora me rebotan en el otro pie y se me van al lateral. En TP en general no nos gustan los bandos y nos gustan los que dejan sus bandos y se cortan solos. “Nos gustan los traidores”, me sopla Raffo. Traidores queda feo en estos días. Ya dije que éramos metrosexuales ideológicos, basta de masoquismo por hoy.

Elegir tu opinión sobre un tema después de que eligieron todos y viendo qué elección te deja mejor parado es medio cobarde. Aun cuando lo recomiende la presidenta. Nosotros prometemos, con ego y solemnidad, decir lo que pensamos, aun a riesgo de estar de acuerdo un día con JP Feinmann y el otro con Bergoglio. A veces nos zarpamos, y terminamos al lado de los indeseables más de las que nos gustaría. Pero ése es el riesgo. Si el viaje vale la pena, hay que hacerlo. Aunque no nos gusten nuestros compañeros de camarote.


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5. Noche