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Raffo en Surbiton

7 08 2008 - 04:50

Pronto. ¿Pronto cómo? Cinco años. ¿A cuántos días de las elecciones empezaste a opinar sobre el gobierno de la Alianza, o sobre cualquier otro? 

No. Empecemos de nuevo.

Al cronista le parece muy pero muy ridículo hablar en tercera persona de sí mismo, y mucho peor todavía cuando en realidad está hablando de los demás y lo único que queda en tercera es la inimputabilidad de sus opiniones. Escribe en primera, entonces, aunque guardando ciertas formas, cuidándose, cuidándome de mantener en privado algunas cosas, porque esto no es un confesionario, tampoco. Soy el que habla en público: no exactamente el mismo que desayuna ahora en un jardín infestado de arañas, a metros de los patos y los cisnes que hacen lo propio a la orilla del Támesis, pero separado del agua por una topadora que hace tres días está tirando abajo la concesionaria de Honda, con una determinación y una constancia que cagáte de risa de nuestras discusiones.

El ruido que hacen, los hijos de puta.

Dormí poco y mal, como todos estos días. Y tal vez por eso esta mañana, después de los tres primeros dailies y de la segunda taza de café, me sorprendo escribiendo en segunda, en modo Fight Club. This is your life, and it’s ending one minute at a time. Como Jack, que tampoco dormía bien. O Laurie Anderson, que sí dormía bien, salvo durante el breve período de pánico provocado por el estrangulador del Lower East Side a principios de los setenta.  This is the time, and this is the record of the time. A veces, mientras guardo la bicicleta, digo las dos cosas juntas:

 This is your life, and it’s ending one minute at a time.
 This is the time, and this is the record of the time.

Las dos tienen la misma cadencia, pese a las dos décadas que las separan, un abismo que se expresa en posiciones bien distintas. Laurie Anderson (via John Cage) cree que las cosas mejoran; Jack todo lo contrario. Pero los dos denuncian lo mismo: cómo vivimos hoy. Y a mí me gustan los dos, porque los dos pueden tener razón aunque digan cosas distintas, y si los dos tienen razón, elegir no hace falta. Más: cuando dos que tienen razón se pelean, casi siempre hay un tercero que la pasa pésimo. 

“Ese sorete de Descartes”, dice Spinoza, “¿cómo no se dio cuenta de que los animales también tenían glándula pineal?” Y el mono suspira, aliviado: ¡por fin alguien se acuerda de nosotros! ¡Años de vivisección y tortura no han sido en vano! “Eso sí”, agrega Spinoza, “con los animales podemos hacer cualquier cosa, porque están en un escalón jerárquicamente inferior.” El mono elige, si querés (y si puede), salir corriendo.

Ah, pero mi mamá y mi papá se separaron cuando yo era MUY chiquito, y entonces el adiestramiento de a quién querés más lo tuve doble. Triple, porque pese a la perspectiva limitada de los cinco años, me daba cuenta de que en una de esas los que no se querían más eran ellos, y entonces mi respuesta se podía convertir en veredicto. Un veredicto que si yo hacía las cosas bien podía, ¿por qué no?, ser absolutorio. 

“A los dos igual” no sirve. No ganás nada, es la respuesta polite. Y vivo en Londres ahora, sabés cómo estoy de polite. “Polite notice”, dicen los carteles. Y enseguida, abajo: prohibido fumar, o no pise el césped, o fuera de acá, o el texto más aterrador y amenazante que se te ocurra. Que se vuelve polite por arte de magia, porque le pusieron “polite notice” antes. Le pregunté a la población indígena al respecto y me contestaron —in a very polite manner— que ellos tampoco sabían por qué esos carteles autoproclamaban una gentileza inexistente. Tampoco parece importarles mucho. El desinterés por las palabras es universal.

Pero bueno. “A los dos igual” es mentira. No podés decirle a tu tía que los querés a los dos igual. Los querés distinto, y los querés, igual. Con la coma ahí bien puesta, como la bandera marcando el territorio. Y si quererlos a los dos te suena demasiado hippie, probá, dale, vení a decirme que no lo tengo que querer al otro y vas a ver como te volvés a casa reconfigurándote el cerebro. De todas las discusiones de la historia, esa es la que no me vas a ganar nunca. Soy el Doctor Lecter de la redistribución afectiva. Yo te avisé.

Debería haber avisado antes, y nos habríamos ahorrado bastante fricción circa 2005. Como dueño de la pelota (no de la cancha, y además, ¿que hago con la pelota yo solo? Me aburro hasta el fin de los días…) lo voy a decir ahora que empezamos de nuevo sin precalentar: vamos a aprender a vivir CON LOS DOS, aunque se estén peleando. Porque es la única manera de entenderlos. Y si los entendés, aunque sea un poco, los querés. Y cuando llegás a ese punto, te curaste (¿cómo? ¿No sabías que tenías un problema?) Y si vos te podés curar, con un poco de suerte, ellos también.

Y a la tía le decís: ¿cómo se te ocurre preguntarme eso? ¿Cómo voy a querer más a mi papá o a mi mamá? ¿Vos te das cuenta de lo que me estás preguntando? La tía te mira fijo y NO SE DA CUENTA, porque el lugar común de hacerte elegir estaba cantado, dada la configuración previa del casillero. Son conflictos preexistentes, no empezaron con las cacerolas y la carta abierta. Es la lucha de clases, sobrino. O la República. Entonces el casillero es inmutable. El jamás se reacomoda, y entonces el que se tiene que reacomodar soy yo. ¿Qué soy? ¿Ganado? No, vos seducíme, porque el estado natural es no estar en ninguna parte, y el casillero, como las instituciones, está compuesto por personitas individuales. Y las pasiones irrevocables de los demás merecerán el respeto o la piedad del caso, pero no son las propias salvo que me las vendas bien, compartiendo y dejándome elegir a mí, si hace falta. Insisto: la mayoría de las veces no hace falta, podemos convivir igual. Me llegó un muy tentador request ayer de “post antikirchnerista”. Quintín sabe bien que simpáticos no me caen, pero uno tampoco es el lorito del organillero. A ver, Raffo, hablemé mal del kirchnerismo. Comprensible en cuanto uno siempre quiere compañía, pero ojo con el recruiting. We will not take requests today. Otro día puede ser.

Acá hacen mucho recruiting. Conseguí que me invitaran a la entrega regional de los Education Awards el mes pasado, una especie de Oscar a la educación, con maestros en vez de celebrities, y algunas celebrities también, pero menores. Aprendí que “Education. Is. Very. Important.” Y también que la Fuerza Aérea no sólo recluta entre los estudiantes secundarios, sino que además otorga un premio propio, que en esta ocasión fue a parar a un ser monstruoso de sexo indefinido y sorprendente parecido con la momia futura de Ernestina Herrera de Noble. El premio está auspiciado por el Guardian, que no será Página 12 pero tiene su corazoncito. En el buen sentido, en este caso. Hay muy buena gente ahí. Tipos grandes, que se rompieron el culo durante décadas alfabetizando teenagers del council estate y lo consiguieron, en parte; tipos que son responsables directos de, qué se yo… De que un ex-pibe pobre ponga su instalación en la Tate, o de que no la ponga pero sea relativamente feliz en su radicalmente distinta pobreza de artista. Y estos tipos están ahí, aplaudiendo al telemárketer de uniforme que coordina la cooptación de niños para la guerra. No se pelean. Nadie discute. Están todos locos. No están menos locos que en Argentina: están igual de locos. Y es que, si bien los modales son un problema, EL problema no tiene nada que ver con los modales, y es más bien la Naturalización de la Monstruosidad, algo que puede tomar la forma de una discusión a los gritos entre dos agrupaciones peronistas del conurbano, o la de una prolija entrega de premios. EL problema es el subtexto que tienen en común:

“Todos sabemos que esto no es la verdad. Adelante. Sigamos. Da lo mismo.”

¿Y cuál es la Verdad? Ah, qué se yo. ¿No sirve de nada saber cuál no es? 

Iba a recurrir a ejemplos de los diarios pero justo acaba de entrar mail de un fan de Fogwill que, desde Once, interpreta a Schmidt antes de rechazar su oferta:

Claro, desde tu PC con internet decís, con una prosa de banana, que me despierte de no sé que sueño que, en todo caso, soñaron nuestros viejos y que rara vez se reproduce en nosotros (ninguno tiene un arma, nadie clama por la muerte y, bastantes —después de todo, esto es el peronismo y no la casa de heidi—, proyectan cosas concretas para laburar y modificar), que deje, es lo que se entiende, de militar.

No querría hablar por Schmidt, pero si me preguntás a mí, te diría que no. Que no dejes, si por militar se entiende socializar, conocer gente que no se parece a vos y compartir cosas con ellos, quedarte hasta tarde haciendo algo de lo cual no va a quedar el más mínimo rastro en tu memoria cuando, en diez años, te acuerdes de los ojos de la chica que lo hacía con vos. “Militar” es una palabra horrible que pensé que no se usaba más, pero qué importa si es una excusa para coger, charlar y organizar la felicidad. Ponele el nombre que quieras. 

Ahora, si vos decís “militar”, ¿en serio? ¿Por la causa? ¿Con jerarquías y todo? ¿Bases? ¿Conducción? ¿Cuadros? Y sí, dejá. Dejá ya. Lo más rápido que puedas, corré que viene Spinoza. 

No sólo pintábamos pelotudeces en las paredes: íbamos a cursos de extensión doctrinaria, te lo juro por Dios. ¿Eso es el mundo? Estábamos en tercer año de la secundaria y venía Sara Lifszyc a hablarnos de Althusser y los aparatos ideológicos de Estado. Y yo, ya entonces, no lo podía creer, sabía que eso era mentira. No porque hubiera nacido sabio sino (entre otras cosas) porque antes, a los once o doce años, había tenido la suerte de estar dibujando con la radio prendida, a la noche. AM, gratis, al alcance de todos los pobres en el radio de alcance de la antena de una emisora mainstream, un programa que, sin ánimo de provocar, recuerdo claramente auspiciado por Coca-Cola. Un muy joven Roberto Pettinato aparecía cada tanto ahí, con sus discos, y esa noche pasó Psychedelic Furs y Brian Eno. “Ahora es fácil”, diría Cherasky, pero no te puedo explicar lo que le hacen los Warm Jets a la cabeza de un nene de doce años a principios de los ‘80. Y no me voy a hacer el canchero comparando a Brian Eno con Jauretche. Comparálo con Althusser, nomás. Con Gramsci, si querés, y decíme quién le hizo mejor al mundo.

Sí, ya sé que Pettinato ahora es una celebrity. No sé bien qué hace, aunque me imagino que no pasa Brian Eno por la tele. No importa. El tampoco le juró fidelidad a nadie, ni tendría por qué. Dejen vivir a la gente. Haga lo que haga Pettinato hoy, estoy seguro de que conoce las Oblique Strategies. Hace años conseguí un mazo de esas cartas y las uso mucho. O, mejor dicho, las uso poco, lo indispensable para no gastarlas, para que cada instrucción me sorprenda y me duren décadas. Las Oblique Strategies expresan simple y precisamente lo que yo más quiero que suceda acá, en estas páginas. Hoy, para celebrar nuestro regreso y en honor a los que escriben y a los que leen, voy a sacar una carta en público y actuar en consecuencia. Ahí va:

Me pasa a veces, que la carta sugiere lo que yo ya venía haciendo. Menos mal, porque es tarde y esto se hace largo. La idea ya está más arriba, pero la completo con esto:

Lo importante son momentos. Ráfagas de iluminación que para nosotros, los que no creemos en Dios, son igual de sagradas aunque nos conecten con otras personas. No “aunque”, claro: precisamente por eso. El mundo es mejor después de esos momentos y no puede ser mejor sin ellos. Thus, el arte, pero también la política. Lo que la política debería ser y no es, ni en pedo, ni acá ni allá ni en la China. No sabemos cómo se cambia pero sabemos que así, como es ahora, no es lo que dice ser.

Ya sé, me vas a decir que no se puede. Que realpolitik es lo único que hay. Puede ser: convencéme y nos sentamos a hablar. Pero no me vendas realpolitik como gesta de liberación de no sé qué mierda, porque ahí siento que me estás cargando. Yo también, cada tanto, en un aeropuerto, sucumbo a la inevitabilidad de comerme un Big Mac. Y bueno, mala suerte, qué va a hacer. No hay otra cosa. Aunque en Heathrow pusieron un EAT ahora, y la transición de McDonalds a EAT no es trivial, salvo que te quieras morir mañana, porque EAT (que no auspicia este sitio) vende cosas que son buenas, baratas y ricas. No fue la revolución, ni Horacio González, quienes hicieron posible esta diferencia, sino una generación entera de obesos y enfermos de clase media que ya no quiere comer mierda, y media baja también, que no quiere que la coman sus hijos, y EAT se aprovecha, y nosotros nos aprovechamos de EAT, y todos felices. Una instancia en la cual el capitalismo funciona. 20 puntos para el capitalismo. Y si mañana nos enteramos de que EAT le compra el café a un colombiano que, gracias a la desaparición de la FNC tiene esclavos en vez de empleados, le restaremos 50 de esos 20 puntos, y pediremos disculpas por nuestra ingenuidad noventista. ¿Pero son felices los que comen en EAT? Depende. Los de la city, que trabajan en los bancos, no. No hay más que verles las caras. Los que se sientan en las mesitas de afuera del South Bank sí, parecería. ¿Cómo medís la felicidad de la gente? ¿Y cómo tomás decisiones que los afecten si no la sabés medir? Salvo que no te importe.

El tiempo pasa y después te morís. No hay otra cosa, chicos. No podemos comprar el Big Mac como si fuera un wrap de EAT o, peor, la ostia de la redistribución de la riqueza, sólo porque le cambiaron el nombre. Dennis Moore se reía de esto hace treinta años, ya. Decíme la verdad. ¿Es esto la vida, ahora? ¿Realpolitik con peluca? ¿Lo que vimos antes, pero peor, convencido de que es mejor? Bueno, es una elección posible. No es la única. También podés irte al campo a plantar tomates. OK, el “campo” quiere decir otra cosa este año. Podés irte a la selva, con los monos que se salvaron de Althusser y Spinoza. Quedan pocos y no tienen sindicato, tampoco. Aviso que el primero que venga a sugerir que preocuparse por animales es una tilinguería o un lujo burgués, mejor que lo piense dos veces y traiga buenos argumentos, porque para algunas cosas ya no tengo paciencia.

Los quiero a todos, dije cuando cerramos hace dos años, y sigue siendo cierto. Los quiero a todos ahora que empezamos de nuevo, porque es el único motivo y la única manera de hacer esto. Volveremos pronto sobre el tema, porque recibimos mucho mail ahora, y te apuesto cualquier cosa que uno o varios van a decir: “¿Qué tiene que ver la política con querer a la gente?” Y ahí vamos a tener que empezar todo de nuevo, porque si hacés esa pregunta no entendiste nada.


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