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Llach, lumpen y pospunk en Diagonal Norte

8 08 2008 - 07:39

“Hollywood estaba repleto de gente neurótica
que quería que le explicaran el sentido de sus vidas
y que tenía toneladas de dinero para pagar
por esas explicaciones”

Otto Freidrich

Todo bien, ¿eh?, pero vamos a bajar un cambio; qué digo uno: tres, cuatro, vamos a arrancar en primera. Es un poco más lento, les voy a decir. Acá en el Once (mi residencia es móvil, hay noches que paro en Viamonte y Azcuénaga) se cortó la luz, no hay banda ancha, no puedo repasar las novedades que traen los bits, y estoy solo frente a la hoja en blanco. Más tarde voy a tener que bajar a un locutorio -como objetivo de política cultural, me interesaría mucho más radiografiar lo que pasa en los locutorios que lo que pasa en las filas gubernamentales; ya llegará. O confiar argentinamente, poco científicamente, en el ciclo de la ilusión y el desencanto: cuando termine de escribir este texto, se hará la luz.

No todos los días, pero un par de veces por semana y cada vez más seguido, me encuentro preguntándome qué fue de la vida de Claudio Paul Caniggia, qué pasa que la máquina mediática no lo registra, qué pasa que no aparece ni en la banda de la droga del Showbol maradoniano. Anoche llegué a googlear, y en el último año, Clarín (que es nuestro referente periodístico) daba una sola noticia de la actualidad del Pájaro, un sueltito de cinco líneas que reproducía declaraciones del 7 para un diario de Marbella. Toma sol en Marbella, el Pájaro. Algunos de los que están leyendo estas líneas capaz no lo vieron jugar; nada me rompía más las bolas que los tipos que en los ochenta me hablaban de Ermindo Onega, así que voy a ser breve. Lo que quiero decir es esto, eso sí lo saben todos: en la década pasada el Pájaro y Maradona eran los dos máximos ídolos futbolísticos del país. Íconos para adormecer a las masas mientras acá se llevaba a cabo el ajuste sin anestesia, diría la gente que gusta de las cosas simples de la vida. Allá fueron, Diego y el Pájaro, y decidieron festejar los goles que hacían en Boca dándose un chupón. Y acá todavía hay gente que es heterosexual. Hoy estoy sentimental, y pienso en el público que lee estas páginas. Los chicos de las oficinas, de los locutorios, los chicos que tienen como dirección de mail un título de Fogwill, o incluso uno que delata un error de juventud, un título de Jack Kerouac. Los chicos de ahora asumen la bisexualidad con alegría, ellos son nuestros referentes. Si tenés más de cuarenta, entonces, leé para informarte, y te lo advierto desde ya: tu hijo es bisexual, pansexual mejor dicho.

Y eso, que alguien me lo aclare en los comentarios, que se reciben, se leen y ya van a tener una devolución de algún tipo: ¿hay algún pacto de silencio en torno al tema Caniggia? O el tipo está como dice, tomando sol. ¿Por qué nadie reporta desde Marbella? Tenemos un viejo amigo ahí, un amigo común con Hernanii: ¿te lo topaste al Cani, Sarno? ¿Cómo se está tomando la crisis económica que cae sobre la Península?

El otro día le dije a mi hijo León de salir a caminar por el barrio. Al comienzo de la noche, trajinamos un lugar común: Corrientes, Diagonal, Plaza de Mayo. Antes de llegar a la Plaza, empezamos a oír una música que parecía salir muy fuerte de un gimnasio donde los últimos oficinistas dedicaban sus esfuerzos al cultivo del cuerpo. Eran las ocho, la hora en que el centro de las megalópolis se lumpeniza, se proletariza, se prostituye. Frente al portal de entrada al Banco de la Ciudad (el Citibank, quiero decir), frente a la estatua del autor de la ley del sufragio universal, un power trío ejecutaba un larguísimo tema instrumental pospunk a todo lo que daba. No parecía la forma más eficaz de que les tiraran monedas. Si cantaban una que conociéramos todos, seguro juntaban más. Pero se ve que, autorizados por la ciudad macrista, tenían ganas de entretener de esa manera: cagándose un poquito en lo que la gente quisiera escuchar, haciendo sin alardes un modesto fuck you.

En estos días, porque no hay nada de qué hablar, se habló un poquito de que la revista Ñ de Clarín le dedicó una tapa a una hagiografía de Osvaldo Lamborghini. Como para muchos de mi generación, Osvaldo es parte importante de mis lecturas. Una patada en el estómago de la militancia que se tomaba demasiado en serio a sí misma. Pero eso: no hay mucho que inventar, y entonces convertimos a un loco lindo en un santo, y Luis Gusmán o no sé quién empieza a contarnos si lo conoció en el bar Mongo o en el bar La Paz. Me parece fantástico; tan fantástico como un boludo con blog que cuenta dónde conoció a su novia. Historias, gente que se quiere expresar. Creo que es el mismo Gusmán el que pone en la contratapa de la reedición de un libro de Oscar Masotta, otro campeón del santoral posprogresista: “en tiempos de Masotta ‘escribir un libro, un ensayo o un simple artículo significaba tener que hacerlo en los términos de un acto de trascendencia política’”. Bueno, Masotta también quería entretener a su manera, como los chicos pospunk. Y hay un punto donde compartimos: ¿queremos entretener, eso y sólo eso, o queremos agitar, creemos que formas un poco anticuadas como las de la escritura todavía pueden hacer pensar, pongamos? No sé, la verdad que no lo sé, eso de hacer pensar ya me hace un poco de ruido. Incluso aunque a la escritura le pongamos banana: la verdad, yo no me siento ningún banana, no me da el piné. A lo sumo, banana pisada con dulce de leche.

Somos (¿somos quiénes? Nadie, ¿eh? Ellos, nosotros, yo, todos somos) borders de la política, de las industrias culturales. Yo sigo traduciendo a esta chica que cuenta cómo fue que se popularizó el psicoanálisis, me gusta: “Si los materiales culturales tales como las novelas, las películas, la literatura de autoayuda o los programas de televisión tienen un impacto en nosotros, no es sólo como dispositivos hermenéuticos que nos ayudan a otorgarle sentido a nuestro mundo, sino también como dispositivos culturales que producen y canalizan complejos aparatos emocionales (tales como la indignación, la compasión, el deseo amoroso, el miedo y la ansiedad).” Lo que uno puede ofrecer, a esta altura de los acontecimientos, está ahí, donde (perdón el término) se articula la vida privada con los procesos generales.

En particular, lo que nos pasó fue que el texto de la ley de convertibilidad se discutió en la mesa familiar antes de ser enviado al Congreso, pero por esa época nos fuimos a los bares, y desde entonces nuestras relación con la política fue más una manera de dirimir temitas psicológicos que un negocio (o un proyecto, llámenlo como quieran) que pudiéramos abordar de alguna manera. No lo pudimos abordar de ninguna manera que no fuera observar el espectáculo. Algunas veces fuimos a reuniones de agrupaciones, pero no llegamos ni siquiera a la primer lección de Althusser. La deriva apocalíptica, deleuziana, impugnadora de los docentes de Puán se nos aparecía más como una necesidad de expresión artística que como un hecho político. Quisimos creer, querríamos creer, y admiramos a los que creen. Por eso ese es uno de los públicos que tenemos en primera fila: el de los chicos kirchneristas. Bánquense que los puteemos un poco, hermanitos. All we need is love, y a veces reclamamos amor puteándolos un poco. Ustedes van a estar en la política cuando el kirchnerismo sea más o menos lo que hoy es el frondicismo; nosotros seguiremos en la boludez inorgánica, en el fordismo de las industrias culturales, puteando un poquito porque en algún momento de la vida debimos haber sido más vivos o más sabios. Ustedes saben que los señores que cazan fantasmas kirchneristas en, digamos, la literatura, no son objetos de ningún interés particular para nosotros. No aportan más que fanfarrias poco razonadas. Ustedes, en cambio, todavía quieren construir. Y nosotros estamos por la construcción, no por la destrucción.

Básicamente, me interesa hablar del lumpenaje y del mundillo cultural, incluyendo si querés ahí al mundillo político. No porque ninguno de esos mundos sea mejor, ni peor. Nada, tratando de ver de qué manera se pueden relacionar los saltos del bajista del power trio, la estatua de Roque Sáenz Peña, los ex combatientes de Ushuaia que duermen en Plaza de Mayo, el tipo que clausura la puerta de la Catedral a la noche acostándose a lo largo del mármol de la entrada, escondido abajo de dos frazadas.

Benjamin le afanó a Baudelaire una idea que este le afanó a su vez al socialista Fourier: la idea del bar de todos, abierto para todos. Era parte de una sociedad utópica, donde todas las cosas eran trabajadas por manos humanas, y convertidas libremente en objetos útiles y bellos. Con el protocolo del bar de todos, vamos por la calle y miramos cómo interactúan los jugadores, las putas, los muñequitos de las vidrieras y las tapas de las revistas; tratamos de ver qué pasa ahí, en los residuos de la batalla diaria.

Era previsible, nada cambia, todo vuelve, renace la ilusión: en el Once volvió la luz.


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