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Sobre los Pobres (y qué hacer con ellos)

20 10 2004 - 07:02

Como suele suceder con cierta periodicidad, aunque mucha menos de la deseable, la Iglesia y los medios volvieron a ocuparse de los pobres en estos últimos dias, al menos en el discurso. Tras la emergencia de algo relativamente novedoso (la pobreza de masas) todos parecemos aceptar a esta altura que vivimos entre muchos más pobres de los que debería haber. Herencia de hiperinflaciones, debacle productivo y excesos neoliberales, los pobres estan en todas partes.

Esta pobreza de masas interpela los modos establecidos de pensar los procesos económicos y sociales: Los neoliberales y sus instituciones de crédito asumieron tradicionalmente a estas hordas de pobres como transitorias, como una consecuencia circunstancial del ajuste necesario. Los tradicionalistas nac&pop se han cansado de señalar a los pobres como resultado esperable de políticas económicas tan injustas como equivocadas; un indicador en última instancia reversible en la medida que volviéramos a las viejas certezas keynesianas. Lo que sucede ahora es que unos y otros comienzan a percibir que la pobreza de masas llego para quedarse.

Cualquier proyección de los datos sociales, aun en escenarios optimistas sobre el futuro económico, deja como saldo que ni el empleo formal ni los ingresos de los más pobres mejorarán significativamente. No lo suficiente, en cualquier caso, como para terminar con números de desocupación y pobreza bien por encima de los dos dígitos. Y ahí aparece la polémica:¿Qué hacer con tanto pobre?

Las políticas sociales siempre son más cuestionadas por lo que hacen que por lo que no hacen. Así, el Plan Jefas y Jefes de Hogar (PJJH) es acusado de promover el clientelismo, y de erosionar la cultura del trabajo. Se le reconoce haber sido un eficaz instrumento para paliar la emergencia en plena crisis, pero todos quieren reemplazarlo por otra cosa. ¿Qué cosa? Ah.

Sabemos que el PJJH beneficia a mas de un millón y medio de personas — by far and large el programa de ingresos más importante de Latinoamérica. Al menos dos tercios de los beneficiarios son mujeres con poca o nula historia laboral, cuyo nivel educativo no alcanza la secundaria completa en por lo menos la mitad de los casos. No hay que extrapolar demasiado para darnos cuenta de que si alguien pretende incorporar a estas personas al mercado de trabajo formal en, por ejemplo, digamos, la construcción, se encontrará con que la gran mayoría de los beneficiarios no reúne las mínimas capacidades de empleabilidad necesarias. Difícil de entender, en este contexto, a qué se refiere la Iglesia cuando acusa el programa de “erosionar la cultura del trabajo”.

Al respecto, podría ser útil preguntarse por qué hay tantas mujeres jefas de hogar desocupadas, cuando las encuestas las ubican en menos de 150.000. Una hipótesis: estas mujeres no son “técnicamente” jefas de hogar, sino cónyugues cuyos maridos salen todos los dias a tratar de encontrar algún mango haciendo changas por ahí, la mayoría de las veces sin éxito. En vez de quedarse en casa como otrora, ellas se anotan en el programa para suplementar los ingresos del hogar para así contar al menos con un ingreso seguro, albeit mínimo. Si esta hipótesis es correcta (y estoy convencido de que lo es), podemos pasar a un diagnóstico tentativo en tres puntos que me parecen relevantes:

Primero: mientras el mercado de trabajo informal siga devaluado, millones de hogares seguirán dependiendo de este Programa para poder vivir. Segundo: pretender que los beneficiarios cumplan con las contraprestacionas laborales es, para la mayoria de los casos, un absurdo, cuando no una quimera. Tercero: cualquier intento de reformular la política social debe dar cuenta de que, como sociedad, carecemos de principios organizadores para entender qué nos esta pasando.

Partamos de la base de que cualquier actividad económica es genuina. Lo que le da carácter formal o no es estar reconocida (o no) como tal por la seguridad social por medio del registro del trabajador. ¿Pero cómo registrar las actividades laborales de los informales si, justamente, las características de la mayoría de esos empleos posibles se vuelven inviables a la hora de pagar los aportes patronales y las contribuciones a la seguridad social, let alone salarios razonables?

Las políticas sociales no pueden sino tener objetivos múltiples: distribuir mejor el ingreso, proteger al trabajador de eventuales imposibilidades para trabajar, establecer regulaciones indirectas sobre el mercado de trabajo. El problema de PJJH es que pretende llegar con dinero a los más humildes, recapacitarlos para que puedan trabajar y hacerlos trabajar al mismo tiempo. En este sentido se le pide al programa mucho más de lo que puede dar. No hay forma de hacer todo esto junto con un solo instrumento.

Volviendo a la Iglesia: nos propone reemplazar el plan con un ingreso por hijo para los hogares indigentes. No está mal en principio, pero la propuesta olvida que los trabajadores formales y aquellos comprendidos por el impuesto a las ganancias ya reciben beneficios por cargas de familia. Entonces, ¿para qué discutir si los indigentes (categoria más teórica que práctica para determinar merecimientos de ayuda social) tienen derecho a recibir un ingreso por hijo, si esta cuestion ya está resuelta desde hace rato en el caso de los trabajadores más afortunados? Tan sólo habria que generalizar las asignaciones familiares para todos, independientemente de las condición laboral. Esta medida, simple y concreta, permitiría al menos remediar la injusticia de que sólo subsidiemos como sociedad a la niñez más acomodada.

Otro punto hace refencia a la empleabilidad de los beneficiarios. Exigirle a madres con chicos a cargo (mujeres con la secundaria incompleta en el mejor de los casos) que salgan a trabajar es, como se señaló más arriba, tan cruel como ridículo. Mucho más pertinente seria facilitarles capacitación — una manera de adquirir competencia laboral via sistema educativo (casi la única esfera estatal, btw, que funciona con cierta autonomía de la discreción politica). Claro que esto requiere que “alguien” se haga cargo de los chicos in the meantime.

Lo cual plantea la siguiente cuestión: hoy es más fácil mandar a un chico de 19 años a la universidad pública que encontrar una guardería publica de calidad. Dato curioso en una sociedad que se vuelve día a día menos familiar y en la cual las mujeres participan masivamente del mercado laboral o, como vimos, de los planes sociales. ¿No habrá llegado entonces la hora de definir qué tipo de servicios y de empleo debería ser generado directamente por el Estado?

Un apunte sobre el clientelismo: Todo programa social que pretenda distinguir entre merecedores y no merecedores de ayuda social nos conduce a un terreno delicado. Las categorías sociales que usamos para debatir estas cuestiones son, por definición, abstractas. No hay forma de saber quién es pobre o indigente. Estas categorías sirven apenas para saber cuántos son qué en un punto en el tiempo. En este sentido, el clientelismo opera como un mecanismo perverso para imponer racionalidad — no es posible medir con regla todo el tiempo los ingresos de los hogares. Terminar con el clientelismo requeriría, en todo caso, acotar los márgenes de discrecionalidad a partir de clarificar los principios que regulan el acceso al derecho social. Y esta es la cuestión central.

Neoliberales y nac&pop coinciden en equiparar derechos laborales con derechos sociales. Ambos campos desconocen la posibilidad de que existan derechos sociales legítimos en sí mismos, justificados en la condición de ciudadanía y no en la condición laboral.

La pobreza de masas pone en el centro del debate la necesidad de una reforma social profundamente política. La economía, está claro, no resuelve la cohesión social. Tampoco los programas sociales concebidos como ad-hoc de lo económico. La cohesión social se funda en la existencia (reconocida en la instituciones) de un contrato social. Y la pobreza de masas expresa la ausencia de dicho contrato, o por lo menos la exclusión del mismo de millones de argentinos. Refundar un Estado de Bienestar en este rincón del mundo suena ambicioso o delirante, dependiendo del día y del humor de cada uno. ¿Pero puede existir otro eje de acción politica para quienes en serio quieran terminar con la pobreza sin matar a los pobres?


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UCR: a la izquierda de júpiter y a la derecha de la luna.