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Shiny Happy Hernanii
Hernán Iglesias Illa
12 08 2008 - 13:01
El sábado me regalaron un CD con una hora y media de canciones latinas de los años ’90. El domingo, cuando me puse a escucharlas, mi cerebro me recordó enseguida qué poco me gustaban aquellas canciones en su momento, hace 15 años, cuando de golpe las fiestas y los bares se convirtieron en eventos tecno-tropicales que los porteños, animales de clima templado, bienintencionados pero torpes, maltratados por la evolución del homo sapiens en la flexibilidad de nuestras caderas, bailábamos más o menos pero intentábamos absorber hasta el fondo su espíritu “divertido”, ese gran imperativo social que va y viene pero que a mediados de los ’90 estaba en su pico máximo: la diversión era la única emoción posible. Otra vez hablo en primera persona del plural, y no debería, porque yo no bailaba nada, nunca. Ninguna de estas canciones.
Escucharlas tanto tiempo después en el CD —ráfagas: “Oye, mi cuerpo pide salsa”, “Yo soy Candela, soy una llamará”, “Todos los domingos, todos los domingos”— me puso de un humor raro, nostálgico pero incómodo, porque me hizo acordar a mi yo de aquel entonces, un tipo orgulloso, cabezadura y que se tomaba demasiado en serio a sí mismo mientras se aburría bastante en aquellos boliches o fiestas o casamientos, siempre merodeando en los márgenes y los rincones, fumando Gitanes Blondes porque los Marlboro le parecían demasiado comunes y enviando a la tribuna señales sutiles y gestos mínimos que la tribuna, por supuesto, jamás detectaba. A algunas pocas señoritas, este personaje huraño —“misterioso” si había viento a favor; “pánfilo” en cualquier otro contexto— les hacía gracia, pero la mayoría permanecía indiferente y yo no hacía nada por cambiar la situación. En 1993 o 1995, yo realmente creía indigno de mí ponerme a bailar con una mina que cinco minutos antes hubiera estado cantando
Eres azúcar amargo
delirio y pecado
un cofre de sorpresas
llegas me besas y
Eres azúcar amargo
un ángel un diablo
maldito embustero
dando saltitos abrazada con las amigas, apasionándose con una emoción tan artificial y prefabricada. Sentía que estaba traicionando un parte realmente nuclear de mi persona si lo hacía, o si, todavía peor, me ponía a cantar yo mismo, apretando los ojos, con las manos agarrando un micrófono invisible junto a la boca, como hacían no pocos amigos míos tan rockeros y “profundos” como yo pero dispuestos a hacer sacrificios en la pista de baile para un par de horas más tarde tener la chance de conseguir unos besos o lo que la fortuna sonriera.
Yo no podía. Yo era incorruptible, un talibán musical que prefería mil veces volverme solo a casa, escuchando mis cassettes de Nirvana o Pearl Jam en el colectivo o en mi Spazio TR azul de aquellos años, que el espectáculo de traicionarme a mí mismo bailando Amor a la mexicana frente a una petisita cualquiera que, por el simple hecho de estar bailando (o, peor, cantando) esa canción, ya me merecía más bien poco respeto. El extremo de la incredulidad para mí eran las dos o tres canciones con coreografía propia, como Provocame: ver a adultos varones golpeándose los puños y después hacer esas alitas frente a la cara me producía un rechazo profundo y visceral. Uno no debería estar dispuesto a “cualquier cosa” para levantarse una mina, pensaba, con indignación moral.
Mi bronca incluía, por supuesto, a los disc-jockeys, a quienes acusaba de vagos, de no tener ganas de investigar el gusto de la gente y de poner siempre las mismas canciones, siempre las más sosas e inofensivas que tuvieran a mano. Cuando, por ejemplo, nos hacían un hueco a los rockeros, los disc-jockeys de fiestas y de muchos boliches ponían siempre lo mismo: You shook me all night long, Should I stay or should I go, Start me up, The KKK took my baby away, I want to break free. Todas canciones mediocres de bandas mucho mejores. Lo mismo pasaba con el rock nacional: de Charly ponían No me dejan salir y Fanky, dos canciones del montón. Por eso disfruté mucho cuando descubrí en esa época la letra de Panic, la canción de los Smiths que en el estribillo dice
Burn down the disco
hang the blessed D.J.
because the music that they constantly play
it says nothing to me about my life.
Me hacía sentir un poco menos solo en mi cruzada. En todo esto había además un componente político. Los que en esos años tomábamos nuestras pautas culturales de Página/12 habíamos aprendido bien desde el principio que uno de los males de la época era la frivolidad, que bajaba desde la Casa Rosada hasta contagiar e intoxicar todo lo que tocaba, desde la Revista Caras a Ritmo de la Noche. La música latina, entonces, era frívola y menemista: Thalía era menemista, Cristian Castro era menemista, Emanuel Ortega era el más menemista. Yo no podía bailar las canciones de estos tipos: que las bailen los menemistas.
Después, mientras seguía escuchando —a unas pocas canciones las recordaba con cariño, como La Gota Fría, que tiene dos líneas memorables: ”qué cultura va a tener, si nació en los cardonales”—, me crucé con la entrevista semanal de preguntas cortitas que hace siempre el Guardian y que esta semana le tocó a Zizek. Le preguntaron al esloveno semi-argentino:
–What makes you depressed?
–Seeing stupid people happy.
Una respuesta patética, pero excelente: potente, bien construida, probablemente contestada por email, cuatro palabras encadenadas para explotar juntas y producir una bomba de sentido. “Seeing stupid people happy”. Me pregunté a mí mismo si no me había pasado los ’90 haciendo lo mismo, despreciando y creyéndome superior a la stupid happy people porteña que bailaba la música de Xuxa o Elvis Crespo. Preferí no contestarme, porque ya ni tengo ganas de saber la respuesta, pero me prometí hacer todo lo posible por no ser así a los 60, que es la edad de Zizek: a los 20, uno tiene derecho a hacerse el interesante y a exagerar sus depresiones para conseguir cosas; a los 60 es un poco más triste. Cuando le preguntan por el amor, Zizek parafrasea a Cioran, como un veinteañero que acaba de comprarse un libro de citas citables:
–What does love feel like?
–Like a great misfortune, a monstrous parasite, a permanent state of emergency that ruins all small pleasures.
La última respuesta de la entrevista es igual de melancólica y, quiero creer, algo humorística:
–Tell us a secret.
–Communism will win.
A medida que avanzaba el CD, primero el domingo y después anoche, me fui dando cuenta de que algunas de aquellas canciones ya no me parecían tan malas. La propia Azúcar amargo, por ejemplo: los arreglos envejecieron mal –parece la versión para karaoke de una canción de verdad–, pero el estribillo tiene un par de volteretas que se han mantenido bien. Otras, como Timidez, de Emanuel Ortega, híbrida e insulsa hasta la exageración, una canción sin ningún tipo de jugo ni proteína, son insalvables. Y me puteé a mí mismo por sentirme un poco nostálgico, por extrañar esa época en la que me sentía un poco un extranjero y un amargo. A veces me pasa eso con los ’90: le hemos puesto encima a la década tantas capas de sentido que hemos tapado el olor de lo de más abajo de la pila, la emoción inicial, que ya ni nos acordábamos de cómo era. Respira bajito, latente, y vuelve con todo con excusas inesperadas, como una fucking canción de Sergio Denis. Como si me pidiera el Guardian dentro de 40 años que les contara un secreto y yo les dijera, con el mismo fatalismo, la misma melancolía y la misma nostalgia de Zizek por la juventud perdida:
–Rock will win.
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Del mismo autor:
5. Noche